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Cine y riqueza


En estos días en que revaluamos el cine visto en el último año, me gustaría destacar dos filmes que han coincidido en varias listas de publicaciones importantes y se han mantenido en el apartado de películas a las que les he dedicado pensamiento frecuente debido a su problemática: Cosmopolis de David Cronenberg y Holy Motors de Leos Carax .

Elementos importantes conectan estas dos películas. Ambas están estructuradas a partir de un personaje central que se traslada en limosina durante todo un día y una noche por una megaciudad (New York/París). En el primer caso, la acción discurre en torno a las interacciones del personaje con visitantes; y en el segundo, con visitas que hace el protagonista. El desarrollo de estas tramas se articula de manera episódica siendo cada interacción una historia independiente.

Un gran porciento de las películas ocurre dentro de las limosinas. Estos vehículos funcionan como burbujas de protección y status. Como es habitual en estos directores, la sexualidad, el poder y la violencia entran en juego en la trama a manera de inmersiones psicológicas profundas.

En Cosmopolis, el pálido billonario Erik Parker (Robert Pattinson) decide dirigirse, en un día tumultuoso de protestas, hacia el bajo Manhattan para cortarse el pelo con el barbero de su niñez. Este capricho, como en Citizen Kane de Orson Welles, apunta a aquello perdido (¿la inocencia?) que el dinero no logra comprar. No es un recorte en sí lo que quiere, sino reproducir una experiencia extraviada. El super rico sufre de vacío existencial y ostracismo. Su desinterés por el negocio, el cinismo ante la política y la realidad social, el desapegado vicio sexual y su fracaso matrimonial se van develando con cada pasajero que sube a su máquina y los brillantes diálogos que se suscitan. El viaje del joven rico termina en una búsqueda de sentido por medio del dolor y la humillación.

Holy Motors se mueve en otro campo: el de lo metacinematográfico. La película atraviesa su propia construcción. Se rompe literalmente la pared de la ficción y, como espejo, nos devuelve la imagen de nosotros como espectadores. Carax se observa a sí mismo como director revisitando tramas y personajes, y permitiendo una mirada íntima a su actor fetiche Denis Lavant. Lavant hace de un extraño actor-camaleón llamado Monsieur Oscar que desde su limosina se transforma en distintos seres: una vagabunda, un hombre monstruoso, un actor porno rodando en greenscreen, un padre de una adolescente tímida, un enfermo terminal y otros personajes excéntricos más. Oscar se envuelve en un cierto tipo de cine invisible ya que sus escenas no forman parte de un rodaje. Son viñetas sueltas de las cuales el actor entra y sale como en un servicio a domicilio. Cual un juego de cajas chinas, son innumerables películas dentro de una misma película o la carrera de un actor condensada en un día. Quizás un mundo alterno donde la realidad está tan necesitada de ficción que se contratan actores para alterarla.

Aparte de la calidad dramatúrgica y de puesta en escena en las dos propuestas fílmicas (a los cuales se le podría dedicar más espacio), un elemento me inquieta mucho. Cosmopolis y Holy Motors concuerdan además en el contexto económico que representan. Ambas películas se adentran en el mundo de los millonarios.

Esta atracción, que en ninguno de los casos opta por la sátira sino más bien por el drama existencial serio, puede ser síntoma, entre otros factores, de las discusiones mundiales de movimientos como “Occupy” acerca del acceso a la riqueza por el 1% vs. el 99% de la población (Cronenberg lanza guiñadas hacia el tema). La fascinación por el minúsculo mundo de los multimillonarios me sorprendió en estos directores independientes y de temas radicales, aunque no es exclusivo de estas dos películas. Los super héroes más exitosos del cine actual son los multimillonarios Batman, Ironman y el eterno “jetsetter”, James Bond. La lista de personajes podría continuar, por supuesto, incluyendo al más contemporáneo y realista Mark Zuckerberg de The Social Network.

Para Cronenberg y Carax estas figuras están llenas de problemas psíquicos y angustia. Independientemente de su intimidad fracturada siguen siendo el motor sagrado de una maquinaria que domina al mundo exterior. Entiendo que los directores se dirigen hacia esa relación. Los personajes encarnan el movimiento que agita, ya sea la bolsa de valores con Cronenberg o el “lumen cinemático” en el caso de Carax.

Sorprende el respeto que ambos directores le dedican no sólo al personaje, sino en cierta manera melancólica, al estilo de vida. “Estos pobres millonarios sufren de soledad, vacío humano y de todas formas tienen que terminar su difícil jornada”, parecerían decirnos. ¡Por favor!

A veces se crítica con acierto que la cultura mainstream occidental se enfoca en los problemas insulsos de la gente de raza blanca, que es como decir de las clases más afluyentes. Si esta tendencia por las narrativas de multimillonarios se asienta, estaríamos hablando del extremo final de esa aseveración: los problemas insulsos del hombre blanco multimillonario.

Tanto en la realidad como en la ficción estas personas son tan ricas que se vuelven intocables. El cine parece adorarlos cada vez más, quizás en la misma medida en que las producciones de Hollywood tienen presupuestos cada vez más altos y las celebridades cobran salarios hiperbolizados. “Qué hablen de nosotros, productores y actores, y de nuestros dilemas”, parecerían decir. ¿En serio?

En los 60 y 70 cineastas como Godard, Antonioni y Buñuel lanzaron fuertes críticas a la burguesía europea, que está más abajo que esta gente, por cierto. De esa trinchera queda Michael Haneke en actividad. Por su parte el cine gringo tiene un catálogo bastante grande dedicado a las sátiras suburbanas y las jodiendas de la clase media. Esta tradición balancea ideológicamente al cine visto en las últimas décadas. Sin embargo, es curioso que al millonario rara vez se le cuestiona en el cine. Funciona como una cúspide del deseo colectivo. Todo el mundo sueña con ser millonario como la Lotería bien sabe.

Una crítica gastada al cine de Woody Allen es que sus personajes pertenecen a la alta burguesía y es por ello que los conflictos que él presenta suenan enajenados. Es bastante cierto, pero el mundo de Woody puede parecer más cercano comparado a estos filmes que dan foco a lo más alto de la pirámide económica y que nos piden sentirnos afectados. Al menos yo no logro identificarme por más que el issue remita a la condición humana como intentan Carax y Cronenberg. Saberme solo en una limosina nunca será un conflicto que me interpele.

Aunque como espectador respeto la voluntad de cualquier director de hacer la película que desee y de sumergirse en el estrato social que quiera, (no se trata de ponernos a censurar o boicotear) siento que las ganas de seguir viendo estos dramas sobre los dolores del dinero se me van.

  • Ivonne Leon

    Tal parece que Cosmopolis es una mala adaptación de la novela de Don DeLillo que es excelente.

  • El escrito comienza bien pero me parece muy desacertado decir que “Ambas películas se adentran en el mundo de los millonarios. Esta atracción, que en ninguno de los casos opta por la sátira sino más bien por el drama existencial serio (…)”.

    A mi entender, ninguna de las dos está realmente interesada en desarrollar un drama existencial sobre el sujeto-millonario. De hecho, en el caso de Holy Motors yo argumentaría que el fin último es explorar las capacidades del metalenguaje puramente cinemático (cosa que el autor menciona muy someramente) más que encontrar algún tipo de identificación con el sujeto. Más que un statement existencialista, pienso que Carax está interesado, únicamente, en provocar las concepciones del espectador ante el cine; intención que me parece no logra del todo (su expresión onanista es, en ocasiones, muy empalagosa; ¡pun!).

    Creo que Cosmopolis es un trabajo mucho más meritorio que, en efecto, intenta hacer una observación existencial. Ahora, me parece que el contexto socioeconómico del protagonista es en gran medida incidental. Si bien se hace un comentario sobre la inequidad social que le permite sus lujos, en repetidas ocasiones los comentarios giran sobre la arbitrariedad de su presente condición. Necesitaría más tiempo frente al teclado para explicarlo mejor, pero yo sí lo entendí como una sátira. Sin embargo, ésta no se enfoca en las vicisitudes del 1% sino que se concentra en confrontar el concepto mismo de la identidad.

    Más allá del uso de la limosina como tropo, estas películas no tienen mucho en común.