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El circunstante, el visitante, el residente: tres miradas sajonas sobre Puerto Rico | Parte 1


A José Anazagasty, por llamarme la atención sobre estas lecturas.

Un prólogo remoto: la mirada del circunstante

A mediados de la década del 1990 una colega de la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla puso en mis manos un curioso y poco conocido escrito estadounidense sobre Puerto Rico. Era un panfleto para niños titulado The Young West-Indian, atribuido a Mrs. M. Blackford e impreso en 1828 en Boston. Mis indagaciones preliminares demostraron que había sido vuelto a imprimir en Philadelphia en 1848 por lo que la posibilidad de que hubiesen sido difundidas otras ediciones era muy alta.

Martha Blackford era el pseudónimo de Lady Isabella Wellwood Stoddart, de origen escocés y autora de numerosas obras de literatura para jóvenes, historia y biografía entre 1810 y 1850. La búsqueda respecto a esta, para mí, obscura figura, me condujo a un callejón sin salida. Blackford tuvo a su haber 58 títulos que se difundieron en inglés, francés y alemán pero ninguna de las fuentes revisadas podía aclararme cosas tan simples como su fecha de nacimiento o algún dato concreto de su vida personal. Me encontraba ante una figura marginal. Los registros de la Biblioteca del Congreso me informaron que había fallecido en 1846, pero los ficheros de las bibliotecas europeas y americanas que revisé demostraban que su obra había continuado reproduciéndose durante todo el resto del siglo 19.

La lectura del panfleto The Young West-Indian y de los títulos de una parte significativa de su bibliografía revelaban un hecho irrebatible: la preocupación profunda de Blackford por la educación de los pequeños y los adolescentes, rasgo que ya había conocido en la obra escritural de la poeta sangermeña Lola Rodríguez de Tió y en los cuentos del mayagüezano Eugenio María de Hostos para sus hijos. Los escenarios familiares, el asunto de la orfandad como antípoda de aquella y la utilización de la literatura creativa e histórica como un medio de moralizar a las nuevas generaciones dominaban aquel conjunto. El que Blackford escribiera sobre Puerto Rico en 1828, momento en el cual las relaciones de la colonia española con el mercado estadounidense se iban haciendo más intensas al amparo del orden de 1815 y cuando, sin duda, la imagen de progreso de aquel país del norte comenzaba a seducir a algunos grupos de interés en la colonia española, llamó poderosamente mi atención. Lo que ella dijera sobre Puerto Rico podía darme indicaciones de la imagen que un estadounidense de su peculiar condición social poseía sobre aquel territorio remoto del Imperio Español. La revisión del relato me dijo mucho más de lo que hubiese esperado.

The Young West-Indian narra la historia de Francisco Gómez, a “native of Porto Rico” de 7 años, hijo de un hacendado español cuyo nombre se suprime. Warthon, un “American gentleman” de Long Island con espíritu de filántropo, le pide al  padre de Francisco que le permita llevarlo a su país para que acompañe a un hijo suyo de la misma edad. La petición oculta una preocupación particular: Warthon no deseaba que el chico llegase a la adultez, “ruined by a false mode of education”. La imagen del estadounidense recto, puritano y piadoso que se preocupa genuinamente por el otro, se impone en el relato. El juicio sobre la naturaleza retrógrada del escenario de la colonia hispana se transparenta de inmediato en el sencillo relato. Desarraigar a Francisco del escenario en el cual iba a crecer redundaría a la larga en el bien del muchacho. Warthon rechazaba los valores hispanos representados por el niño, no su condición de portorriqueño la cual es por completo invisible. Un portorriqueño es un español de las islas y nada más que eso.

Durante su estadía en Long Island, Francisco aprende dos lecciones morales al lado de Charles, hijo de Warthon. La primera tiene que ver con la libertad. Francisco se empecina en  enjaular unos gorriones que le seducen con su canto para conservarlos en su cuarto. Charles lo corrige: los gorriones enjaulados se sentirían prisioneros y dejarían de cantar. El tema del egoísmo autoritario de uno y el respeto reverente a la libertad como el estado natural de las cosas, diafaniza la oposición maniquea entre el hispano egoísta y el sajón altruista.

La segunda lección ilustra al lector sobre el asunto de los prejuicios de clase. Francisco, sobre la base de su “honor” herido, trata mal a un muchacho mayor que él porque no le obedece cuando le da una orden. La narración insiste en que lo humilla de modo análogo al que lo haría con la esclava negra Juana, su nana. La moraleja del episodio se completa cuando, al final del texto, ese mismo chico salva a Francisco de ahogarse en un lago. El  villano y pícaro de mala sangre al cual ha humillado le demuestra con aquel acto que el “honor” hispano es un valor inútil. La transparenta la oposición maniquea entre el hispano aristocrático y el sajón liberal.

Las preconcepciones que la autora manifiesta a través del personaje de Francisco son el modelo de una representación cultural generalizada y comprensible. En los chicos se manifiesta el choque de dos mentalidades antinómicas. Aquella mirada devaluadora del otro dominó la opinión estadounidense sobre la hispanidad decadente a lo largo de todo el siglo 19.  El etnocentrismo del discurso de Blackford es notable: los valores sajones, altruistas y liberales, son superiores a los hispanos, egoístas y aristocráticos. La devaluación de Francisco y lo que este significa culturalmente se completa mediante un  proceso de infantilización de sus valores más caros. De igual modo, Charles manifiesta la voluntad sajona de actuar como mentora del hispano por medio de ese juego en el cual un Charles civilizado pontifica de buena fe a un Francisco bárbaro que, a la larga, conviene con el proceso.

La idea de que ser portorriqueño equivale a ser español, perceptible por demás en el contexto de la escritura de este relato, me parece crucial. Los procedimientos discursivos de esta escritora mostraban  una tendencia que se repetiría una y otra vez en el contexto generado a raíz de la invasión de 1898. Lady Isabella Wellwood Stoddart, alias Martha Blackford, la circunstante, la espectadora y observadora desde la distancia, expresaba bien un interés y un forcejeo presente en un segmento de las elites estadounidenses respecto al tema la hispanidad. Vale la pena recordar que  Ramón E. Betances Alacán, en su conocido ensayo “Cuba” escrito en 1874, había trazado esas tensiones hasta 1823 por medio de una cita de Thomas Jefferson. Para Betances, sin duda,  los hijos de “Medea furibunda” estaban en la mirilla de la “constrictor” del norte desde aquel remoto entonces.

La mirada del visitante

En 1926 Knowlton Mixer, Jr. publicó el volumen Porto Rico History and Conditions. El libro ha tenido 13 ediciones entre aquella fecha y el 2005, cuando se difundió una versión facsimilar en Puerto Rico como secuela de la conmemoración del centenario de la invasión del 1898. Con Mixer sucede algo análogo que con Blackford: las posibilidades de construirle un perfil que llene de humanidad su nombre son pocas por lo que le queda al investigador es el diálogo contencioso con la textualidad que nos deja esta figura difícil de identificar con la imagen del historiador o escritor profesional.

En el capítulo 7 de su  libro “Customs and Habits of the People” Mixer, armado con la sensibilidad del burgués confiado, se ocupaba de la cultura de la gente que hallaron los invasores en la posesión ultramarina. El discurso de este autor proyecta la soberbia, el orgullo, la satisfacción y la altivez propia del periodo de prosperidad que Estados Unidos disfrutó desde 1922 hasta 1929. El final de la Gran Guerra en 1918, el cobro de las deudas de guerra de los aliados, el retorno al aislamiento vinculado al inicio de una nueva era de dominio republicano desde 1921 y el fin de la presidencia de Woodrow Wilson fueron, como se sabe, el caldo de cultivo de los “alegres veintes”.

Mixer era un excelente fotógrafo sin duda, pero no pasó de ser un modesto escritor que se abrazaba una perspectiva idílica del pasado de su país como buen nacionalista. El expansionismo hacia aquellos lugares exóticos que garantizó el 1898, fue un componente crucial para aquel nacionalismo que apropiaba el imperialismo como una culminación de la identidad. Mixer también mostró especial interés en las tradiciones que habían hecho a su país grande en especial la arquitectura colonial. Old Houses of New England (1927), obra en el cual comenta diseños arquitectónicos estadounidenses desde 1627 hasta el 1900, es su título  más conocido.

La relación de Mixer con Porto Rico es la del visitante, el forastero o el transeúnte. Su texto refleja la mirada de la extrañeza armada de la frialdad y el cálculo, capaz de resaltar sin pudor la diferencia y la inferioridad del “otro”. La devaluación de lo que se observa se apoya en los  instrumentos de una interpretación elitista elaborada desde arriba. Mixer parte de la premisa de que la historia de una sociedad o un pueblo “concerns itself necessarily with the record of activities of the ruling class”. Hablar sobre Porto Rico, en consecuencia, equivale a representar los actos de la “ruling class” local.

Mixer la descubre en ciertos nichos dentro del ambiente de abrumadora pobreza en el cual vivía el país a unos años plazo de la Gran Depresión. Para este autor el problema central de la “ruling class” en la isla fue que la misma arribó tarde al territorio. La genealogía que establece Mixer para esa “ruling class” no difiere de la que los historiógrafos liberales reformistas del siglo 19 puertorriqueño le dieron a la misma. La “clase dirigente” insular y, por lo tanto, la  “historia” de Puerto Rico comenzó con los procesos migratorios de la gente con capital y capacidad empresarial auspiciada por el decreto autoritario de 1815: la Cédula de Gracias.  Todo el periodo anterior, se deduce, fue solo pre-historia, preámbulo, preparación y, en consecuencia, barbarie. Mixer descubre esa “ruling class” en la ciudad en la forma del comerciante, el profesional o el burócrata;  y en el campo en la expresión del terrateniente o el “cacique”. La mirada liberal se impone con su señorío: la tesis es que los avances de la economía de mercado, el progreso comercial e industrial y la modernización material “inauguran” el tiempo histórico verdadero. Mixer como Blackford, identifica a Porto Rico como un espécimen de sus clases privilegiadas.

Una diferencia entre Mixer y Blackford tiene que ver con su condición de visitante. El discurso del autor apoya numerosas valoraciones sobre la base del contacto directo con el otro, el portorriqueño. No vacila en llamar la atención sobre la sociabilidad natural de la gente pero de inmediato antepone el defecto que la acompaña: “privacy is almost unknown”. No niega la profunda y visible lealtad que manifiesta el portorriqueño hacia la familia,  pero en la medida en que la entrelaza con la fidelidad férrea a la cultura latina – “Our Country-Our Flag-Our Latin culture”- el valor se convierte en un defecto. La forma en que Mixer, como Blackford, apropiaba al portorriqueño, en última instancia invisible,  era como el equivalente del español.

Detrás de la argumentación de Mixer subyace cierta incomodidad por la radical hispanidad manifiesta en la gente que observa. No debe pasarse por alto que de cara a la década del 1930 el discurso de la hispanidad, redivivo desde la primera década del siglo 20, se hacía cada vez más manifiesto en las elites del país. Dos distinguidos pensadores nacionalistas, Cayetano Coll y Cuchí (1923) y Pedro Albizu Campos  (1930), afirmaron sin recato de ninguna clase que el puertorriqueño era, en efecto “inasimilable” sobre la base de la presunción de que la civilización latina era superior a la sajona.

Más allá de la “ruling class”, las notas dominantes de portorriqueño común producían desazón al escritor: el “ruido” que lo penetra todo,  “a by-product of the over-crowding of the Island” llama su atención. La contaminación sonora generaba escenarios confusos e inarmónicos que afectaban el oído educado y civilizado de Mixer. Los sonidos de la cotidianidad insular le ofendían: las camas, las vitrolas, las “barbaric notes of the Bomba”, las bandas musicales populares eran reducidas a simples “ruidos” que vejaban el gusto del visitante. El arrebato interpretativo era más profundo: el uso del ajo y el aceite de oliva en la comida le incomodaba. La persistencia entre la gente ordinaria de usos y costumbres indígenas en la zona cafetalera y el la altura llamaba su atención.

Para Mixer la cultura hispano criolla o mulata o mestiza eran indicadores de barbarie. Sin proponérselo confirmaba que la promesa de progreso y democracia de 1898, lo que ello significara para el General Nelson A. Miles, no había sido cumplida. Para Mixer el progreso no era otra cosa que la ruptura con el pasado primitivo y medieval español sintetizado en la trilogía “Borinquen, the Conquistador, the Buccaneer.” Tanto para Blackford como para Mixer el portorriqueño era el otro y el otro era España.

(Continuará)

  • v garcia

    Interesante tambien las memorias del soldado Karl Stephen Herrmann. Hace observaciones interesantes sobre la gente, los pueblos y sus elites.