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Fantasma


El olor era claro, agudo, perfecta e inevitablemente separable de otros olores en su entorno. Pero a la vez, me resultaba completamente desconocido, no identificable. Químico, pensé, tal vez alguna emisión de una fábrica vecina, y cerré las ventanas del auto. Pero el olor continuaba: de hecho se hizo más intenso. Tenía que venir del propio auto. Está en los ductos de aire acondicionado, de seguro.

Decidida a prevenir nuestro envenenamiento, llevé el auto al mecánico. El aire estaba bien, me dijo. Nada fuera de lo normal.

¿Y cómo era ese olor?, preguntó.

Químico, contesté. No sé, no lo había olido antes.

Se encogió de hombros. Internamente lamenté su evidente incompetencia, su indiferencia de burócrata hacia la salud respiratoria de mi familia.

Al día siguiente, sentí el olor en uno de mis salones de clase. Parece que el aire está contaminado aquí también, pensé, ahora más indignada. Este asunto era un problema general, tal vez hasta una causa.

Pero esa noche, el olor estaba en casa. Y en casa no hay aire acondicionado. ¿Vendría acaso de mí misma, de mi propio cuerpo?  Le pregunté a mi familia. No, no olían nada en el aire. No, tampoco en mi piel, ni en mi exhalación. No había tal olor, insistían.

Nadie más podía olerlo. Sólo yo. Era químico, desconocido, y mío.

***

Me puse (por supuesto) a buscar en internet. Mis pinitos de internauta autodidacta comenzaron, un tanto patéticamente, con las palabras clave “un olor que no está”, “un olor que otros no huelen”, “olor químico desconocido.” Al cabo de una hora o dos, me había puesto más sofisticada. Buscaba cosas como “phantosmia” y “alucinación olfatoria”, y a cambio aprendía sobre narices, cerebros y sobre las posibles causas del fenómeno que me aquejaba: actividad epiléptica, un tumor, Parkinsons, un catarro discreto.

Movida por el optimismo y el principio de parsimonia, decidí explorar la hipótesis del catarro, y fui a un médico de familia. La interacción fue parecida a la que tuve con el mecánico. Los ductos respiratorios: bien. Los pulmones: bien. La garganta: bien.

¿Y cómo exactamente es ese olor?

Como… químico. 

¿Cómo que “químico”?

Pues químico, a un químico, no sé, nunca lo había olido antes.

…Pues no sé….tendrá que ir al neurólogo.

El buen doctor tenía cara de preocupación, de modo que antes de ir al neurólogo, se me ocurrió la bendita idea de rebuscar las memorias ajenas en busca de información sobre mi abuela materna, que había muerto hacía mucho de cáncer cerebral. Supe que murió a los cuarenta años de un tumor en la cabeza; que uno de los síntomas era un olor que no podía identificar (era huevo podrido, y quemado, creo que dijo alguna vez); y que tenía además el pelo y las uñas muy débiles.

En los días que describo, los días de la génesis de mi olor fantasma, yo también tenía cuarenta años. Mi pelo y mis uñas se habían puesto frágiles a partir de mi último parto, cinco años antes.

El olor a químico se me antojó de pronto un poco como un anuncio de lo infernal, en el sentido clásico de la cosa como el paraje habitado por los muertos. De hecho, dicen que el infierno (en el sentido más cristiano y popular de hogar del diablo) huele a azufre. Pero tal vez ese dicho se lo inventaron cuando los olores “químicos” a los que las narices comunes y corrientes tenían acceso eran pocos y el azufre era más común que otros. ¿Qué tal, pensé, si el infierno sencillamente huele a químico?

Las búsquedas en google se tornaron más enfocadas. “Tumor” y “phantosmia”, “brain cancer” y “olfactory hallucination”. Eventualmente “brain cancer” y “prognosis.” Todo ello mientras me halaba los pelos y me masticaba las uñas, empeorando y confirmando así la debilidad de ambos. A veces lloraba, también.

Y escribía, escribía como una condenada, escribía como quien se rasca una picada, como un perro recién bañado que se sacude o un humano recién parido que llora o un prisionero torturado que confiesa lo que no hizo: Inevitablemente, irreflexivamente, buscando alivio, y porque sí.

Llamé al neurólogo. Amabilísimo y cortés (comportamiento altamente sospechoso e inusual en un especialista) este señor me mandó a hacer un MRI inmediatamente, confirmando así mis peores y más hipocondríacas sospechas. Me hice un calendario mental (viajar a Italia, conversar con mis hijos, ir a la playa) y continué alternando trabajar, escribir, llorar, y arrancar pelos y uñas mientras esperaba los resultados, que tardaron algunos días.

Las noticias del MRI (en contraste con su riqueza visual) eran parcas, pero buenas. No había tumor.

***

El olor siguió allí. Iba y venía, sin avisar. Traté de correlacionar sus llegadas y partidas con alimentos, horarios, eventos, climas, patrones de sueño. Nada.

Todavía me visita, aunque con menos frecuencia.

Sumida en mi pequeña, secreta, rutinaria y boba condena olfatoria, me he preguntado si hay una relación entre ese olor y la escritura. Y al parecer sí. Es posible que haya una relación entre el acto o las ganas de escribir, las alucinaciones de todo tipo, incluyendo olfativas, y la actividad del lóbulo temporal. De hecho es posible que existan relaciones (cuando del cerebro y de los humanos se trata, hablar de “una” relación resulta medio simplón) entre la producción creativa, en general, y esa región entre la sien y la oreja. Que allí ocurren (y/o provocamos) cosas. Eventos. Cambios químicos, físicos o eléctricos masivos como catástrofes o sutiles como brisas y vuelos de mariposa, cambios que pudiesen explicar, o complicar, la aparente relación entre mi olor fantasma y el impulso de ordenar significados a través de las letras.

La neuróloga (y escritora exquisita) Alice Flaherty describe algunas de esas relaciones en The Midnight Disease, la enfermedad de la medianoche. Examina, por ejemplo, la producción creativa masiva y novedosa de Van Gogh, Flaubert, Dostoievski, todos ellos maldecidos con epilepsia temporal. Examina también su propia crisis post-parto, caracterizada tanto por la escritura constante e incontrolable como por voces internas que eran casi-casi alucinaciones. Hipotetiza una relación parecida entre la actividad cerebral y la experiencia mística, y el fenómeno cerebral como el origen del concepto de “musa” creativa.

Y aclaro que no es que me ponga yo en esa categoría, en esas ligas artísticas y estéticas: La mayor parte de los seres que se ponen a escribir a la vez que se les activan voces, visiones y otras formas de alucinación no producen nada demasiado interesante. El elemento común es más bien el volumen de la cosa, y el producto más común es más parecido a un diario o una colección de videos caseros que a una sinfonía. Pero creo que ustedes me entienden cuando digo que tengo que escribir para entender, o que sencillamente tengo que escribir.

Un olor claro pero desconocido, que visita con frecuencia pero sin aviso, que puede o no guardar alguna relación con las otras cosas, tontas o profundas, que me definen. Tal vez soy afortunada. Tres neuronas a la izquierda y quizá estaría escuchando voces o viendo criaturas fantásticas dentro de mi sandwich. En la jerarquía de los sentidos, el olor no es demasiado importante, y quizá por eso mismo resulta más aceptable, en términos psicosociales, oler una peste que otros no huelen que ver seres u objetos que otros no ven, o escuchar voces que otros no escuchan.

Pero de algún modo es un goce, un alivio, reconocer la existencia de conexión y de misterio. Porque el fantasmal olor que me visita es un misterio, y como tal me sirve como recordatorio de lo misterioso que es el mundo, empezando por mi propio cuerpo y mis sentidos. Me sirve para no tomarme demasiado en serio lo que creo ver, tocar, oler, saber, conocer, pensar.  Y a la vez para recordar que a veces, incluso sin querer, incluso en las áreas más triviales, más ridículas, nuestro cuerpo nos permite, nos impulsa y nos obliga a crear y recrear lo innombrable, lo inefable, lo que no existe.