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Lo que hay detrás de “La mucama de Omicunlé” de Rita Indiana Hernández


¿Qué hay detrás de un discurso apabullante que nos recuerda a La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez? ¿Quiénes son los que se apropian del discurso polifónico y cómo interviene con lo mediático? ¿Cuáles son los planos discursivos que hace tan interesante esta propuesta narrativa de Rita Indiana?

La novela La mucama de Omicunlé de la escritora dominicana llegó finalista en la II Bienal Mario Vargas Llosa que se llevó a cabo en el 2016 en Lima, Perú y recientemente, ganó el Gran Premio de Literatura de la Asociación de Escritores del Caribe, durante el quinto Congreso de la organización que se llevó a cabo en Guadalupe, FR del 6 al 9 de abril. Se presentaron más de cincuenta obras procedentes del Caribe hispano, francés e inglés y la decisión del jurado internacional recayó sobre La mucama de Omicunlé.

Vale considerar, entonces, algunos de los enigmas que afloran al entrar en la trama escurridiza de La mucama de Omicunlé en los que cada lectura se transforma en un reto para el lector que comienza a hacer conexiones y le provoca auscultar la historia y problemáticas de nuestros países caribeños. Esta novela es una magnífica propuesta narrativa, muy lejos de la idealización romántica o de las tramas lineales y chatas de amoríos y amantes, en la que se condensa un pueblo del Caribe repleto de disonancias.

La mucama de Omicunlé se desplaza por un sinnúmero de capas discursivas en el que se ofrece, desde el inicio, una mirada grotesca e insensible, pero atinada, sobre cómo la sociedad dominicana mira hacia el otro y lo cosifica, o aún más, lo percibe como un virus deshumanizándolo y transformándolo en basura. Más allá del valor de la estructura narrativa se presenta una nueva propuesta sobre la perspectiva de género de quien se prostituye, pero no entra en los parámetros convencionales: cómo se ve y cómo lo ven son aspectos que se enfrentan constantemente desde la marginalidad.

Lo grotesco y carnavalesco se pasea por cada frase o párrafo que nos invita a repensarnos y a establecer una indagación constante sobre lo que a cada instante le ocurren a los personajes de esta novela, que no son tan importantes como lo que se quiere denunciar o destacar. Son seres anónimos que van por el subsuelo de lo que ocurre en la sociedad dominicana. Por consiguiente, son individuos que ocupan posiciones marginales, pero el tesoro escondido es la revelación sin tapujos de una sociedad que alude al sincretismo y a lo que condena socialmente cuando tocan la cuarta dimensión de la intimidad. Más aún, el adoctrinamiento, el narcotráfico, la corrupción política, el discrimen, el dolor, el escapismo y la contaminación ambiental se funden en un relato que entremezcla lo coloquial con el ritmo fusionado de lo mediático y el arte.

La trama discurre fragmentada en polifonía de voces que revelan la cotidianidad de la República Dominicana, pero aludiendo a un tiempo futuro 2020 que hace que visualicemos la alteridad: el haitiano y el trato inconsciente hacia el mar, utilizando de referente al municipio de Sosúa. Una región que llama la atención por la transformación que ha tenido de ser el lugar destinado por Rafael Leónidas Trujillo cuando acogió a los judíos y que se ha transformado en un lugar turístico. Sin embargo, la narración alude a la penosa situación del impacto físico y de la contaminación de las aguas que ha provocado un deterioro sobre los arrecifes de coral de la zona de Sosúa.

Dentro de un discurso que da la impresión de estar encapsulado en lo escatológico se presenta una narración que hila fino con la historia, el arte, lo ecológico y la geografía del país. Es una manera de adentrarnos en los contrapuntos, paradojas y desaciertos caribeños desde la perspectiva de un narrador observador que describe puntillosamente la dureza del vaivén diario ante los conflictos y las diferencias de clases no para moralizar ni condenar, sino de manera evidente  para presentarnos la complejidad caribeña y la vida misma.