Maldito consenso

En estos días las redes sociales han estado repletas de defensores y detractores del discurso del consenso, posiblemente el resultado de una izquierda desmoralizada por…

Piet Mondrian

Piet Mondrian

I. De verticalidades

[dc]E[/dc]n marzo del 2005 me estrenaba tímidamente como articulista. La pieza, piadosamente titulada “La estética del consenso”, evaluaba los retos del co-gobierno de entonces y buscaba salvar al espacio público y al urbanismo de la tragedia que le venía encima por las incomprensiones entre rojos y azules.

No me pudo ir tan mal en esa primera incursión en la desaparecida “Revista” de El Nuevo Día, que dirigía Ragui Vega Curry, por las subsiguientes oportunidades que vinieron después para expresarme en un medio de circulación masiva. Quiero pensar que la timidez ha cedido a un arsenal de tonos más diverso, que es producto del ejercicio de sostener un duelo con la palabra escrita regularmente.

Si algo recuerdo de aquella primera presencia fue una crítica que recibí por insistir en la rúbrica del consenso. Siete años y siete meses más tarde me veo en la misma posición de aquel lector que objetaba la deseabilidad de forzar el encuentro de puntos comunes, ya sea por puro pragmatismo o lo que es peor, por un resabio de moralismos judeo-cristianos que son incapaces de resistirse al llamado a la unidad y al todos juntos ya.

En estos días las redes sociales han estado repletas de defensores y detractores del discurso del consenso, posiblemente el resultado de una izquierda desmoralizada por el legado pírrico de las pasadas elecciones, donde el mismo voto izquierdoso que llevó al poder al neonato Alejandro también destruyó la posibilidad de un bloque de oposición liberal por parte de los llamados partidos emergentes, y el propio PIP, que solía ser la fuente exclusiva de votos de desesperación de último minuto hacia el Partido Popular. Las recriminaciones se han dado en el terreno del “dejemos las luchas internas y unámonos en algún punto incierto”, hasta la abierta invitación a colaborar con el Partido Popular y a volver a la posición de hacernos de la vista larga frente a sus aberraciones porque figúrate, “si hubieran ganado los penepés nos hubiera ido peor”.

Asumo que algo tiene que ver la edad y la experiencia de haber pasado por tantas elecciones y colaboraciones con distintas administraciones, penepés y populares, que va curtiendo el carácter de uno, removiendo las capas de inocencia con las que antes me convencía de conveniencias éticas y pragmáticas a la hora de aceptar trabajar con personas cuyo perfil político no concordaba del todo con el mío. También es cierto que contrario al tópico del joven que madura para volverse más conservador, mi experiencia personal ha sido a la inversa, que de ser un universitario ajeno a activismos de izquierda, desperté en escuela graduada a lo que hoy llamo una radicalidad estructural, de la cual no hay marcha atrás, al punto de que puedo aguantar el mote de come-fuego con una sonrisa y sin pedir vuelta.

En realidad le reconozco pertinencia a los argumentos de ambos bandos en este debate entre colaborar sin claudicar versus no colaborar y ser más efectivos desde la oposición. El asunto de Bernabe, y el hipotético ofrecimiento de la presidencia en la UPR, ha sido un detonador de esta discusión. Yo, Bernabe, me podría ver ilusionado con meterle mano a una bestia que se ha combatido por tanto tiempo desde afuera, y poder hoy darse el gusto de ocuparlo desde la cabeza misma. Puedo verme a través de él, como se ven muchos otros más, disfrutando vicariamente la posibilidad de transformar la estructura desde adentro, que es otro tópico de izquierdas que se sienten culpables por tener que “bregar” y acomodarse, y que recurren al auto-convencimiento de esta quimera absolutoria, la de revolucionar desde el interior. He estado también en la posición de tener que ajustarme a ser el responsable de una organización de la que uno ha sido crítico antes, como me pasó cuando me cayó el decanato de arquitectura de la Politécnica en las manos, situación que enfrentaba lo que habían sido mis posturas combativas hacia las escuelas de arquitectura con la posibilidad de revolucionar a una en particular.

La mente de quien se acostumbra a la militancia, a ser minoría, a estar en guardia todo el tiempo, sufre una inesperada transformación cuando de repente te toca asumir la responsabilidad de dirigir aquello que criticaste. Y en ese momento quieres hacerlo bien, y abrir camino a las nuevas ideas, al debate, crear el espacio para que todo a lo que te acostumbraste que era imposible ahora pueda viabilizarse, rodeado del equipo de trabajo perfecto, que es aquel rico en diversidad y disidencias honestas, y contando con que tu jefe, porque en toda novela del poder siempre hay un jefe, sea afín a tus alcances y metas intelectuales.

Mientras dura esa confianza y el jefe deja que el éxito ocurra, todo fluye, hasta que te topas con el tejado de cristal, que no lo produce el jefe, sino toda una maraña de buscones mediocres e incompetentes que se auto-constituyen en el poder verdadero. En realidad no me gustaría ver a Bernabe desperdiciarse en ese camino, aunque reconozco lo atractivo de imaginarlo en el tope, y casi puedo identificarme con el entusiasmo que inspira tenerlo ahí, en la rueda de arriba, articulando un proyecto de universidad inclusiva y democrática, resistiendo pragmatismos empresariales que a fin de cuentas llevan a la universidad a la quiebra material e intelectual.

Creo que toda esta descarga emocional de la última semana tiene que ver con haber salido de un gobierno grotescamente derechista, y que ello se dio por medio de negociar un espacio de victoria con una versión análogamente conservadora, sólo que de signo estadolibrista. Los que se prestaron para darle su voto a Alejandro, y vienen de una vocación liberal, quisieran pensar que hicieron lo correcto, pero a la vez desconfían de la llegada al poder de un Partido Popular que está lo más apartado de una agenda liberal que jamás haya estado en toda su historia. Salvo la marca Yulín, que se solidificó claramente mediante un discurso de avanzada similar al “branding” de gobernanza cagüeña, las voces dominantes de ese partido no están con las causas liberales ni en lo social ni en lo económico. Tampoco se vislumbra una alternativa a este orden de las cosas en la medida en que las mentes de formación liberal han optado por ocupar, con cierta comodidad admito, el discurso de la resistencia, de la no-colaboración con el centro del poder, y así se priva el gobierno de mentes ágiles que podrían demostrar que no es la gente formada en la banca o en el “sector privado” los que realmente saben gobernar, que alguien como Rivera Santana y Bernabe, que son dos ejemplos recientes, podrían traer nuevas metas y métodos a la administración pública, traídos de su experiencia académica, y desplazar, de una vez por todas, el monopolio discursivo de abogados, contables e ingenieros. Hasta yo me emociono mientras me lo imagino.

La realidad es que el mundo político no recibe bien a estas voces que se salen del consenso de la triada abogado/contable/ingeniero, que son los que dominan la estructura de gobierno. Existe, de entrada, un problema de comunicación, cualquier voz que suene distinta a la jerga de este bloque “pericial” será tildada de “demasiado” académica, y aquí se aprovechan de un reclamo de marquesina que repite como el papagayo que Puerto Rico lo que necesita son administradores. Un académico, desde esa sentencia populista, no es bienvenido. De hecho, uno ya ha visto con la facilidad con que se renueva esta triada enquistada en el poder con voces inexpertas, mientras que la llegada al gobierno de intelectuales y voces de la academia probadas se obstaculiza cada vez más. Nuestra historia reciente ha visto cómo los intelectuales han durado poco en la administración pública, si es que llegan a pasar el umbral de la legislatura troglodita rojiazul, y hemos visto cómo desde ahí comienza el vía crucis para cualquier ejemplar de la “disidencia” que quiera aportar: las taquillas, los nombramientos que exigen los alcaldes politiqueros, las presiones de grupos de interés dentro y fuera de sus respectivas agencias, y un largo etcétera que termina en renuncia “para estar más tiempo con mi familia”.

Por todo esto me inclino a decir que se joda el consenso. Que las personas que nos identificamos con una agenda liberal, aún con nuestras diferencias y matices, no debemos participar del ejercicio del poder salvo que se garanticen unos espacios de maniobra, porque si ese no es el caso, la razón por la que los buscan es una de relaciones públicas, procurando lavarle la cara al escepticismo con el que el votante mira a la administración pública, explotando para fines estrictamente politiqueros la credibilidad que trae el académico.

En ocasiones algo aún más siniestro se maneja aquí, se recluta al intelectual de izquierdas para luego sabotearle el espacio y reforzar con un te-lo-dije la triada original de abogado/contable/ingeniero que domina la esfera de la administración pública. Insisto, para poder cambiar esa realidad hay que dinamitarla desde afuera, y la lección que los que prestaron su voto tendrán de esta elección es que la esperanza de cambio dura poco, y que una sensación de incapacidad agobiante se asentará tan pronto el derechismo del nuevo gobierno se deje sentir en decisiones concretas, ya sean opciones nefastas de figuras al gabinete como validaciones de cursos de acción claramente objetables.

Acepto el riesgo de ser tildado de pesimista crónico en un momento de borrachera nacional con la salida de Fortuño, Rodríguez Pujadas, Santini y compañía; ey, yo también me alegro por eso, pero me niego a dejarme manipular por la épica de héroes y antagonismos a la que se reduce el proceso electoral, sobre todo cuando sólo veo antagonistas. El héroe brilla por su ausencia.

II. De horizontalidades

El exponerme a esta ronda de debates entre la izquierda que está dispuesta a bregar y la que quiere seguir operando desde la denuncia y resistencia, me ha hecho pensar en un incidente reciente, que es a la vez de naturaleza personal tanto como ha sido un asunto más o menos público.

Se reaccionaba libremente en una revista digital del patio a una pieza que allí se me había publicado hace más de un mes. Lo que podría ser visto como un ejercicio crítico, invitación sensata a matizar donde pudo haberse impuesto un verbo duro e implacable de mi parte, camuflaba un asesinato de reputación, con un tono difícil de combatir porque impostaba una aparente calma e integridad de carácter que hacen que cualquier defensa parezca estridente.

La razón del alegado ataque se enmarcaba en una invitación, casi cristiana y moralista, de escucharnos antes de opinar, de no hablar de lo que no sabemos, de darle espacio a la pluralidad como algo eminentemente bueno. Me reconozco en ese argumento porque esa era mi ficha en “La estética del consenso”, que es, de hecho, un “antic” bastante común entre arquitectos, dados a imaginarse gestores de utopías sociales de convergencia y paz, a manera de lavado de conciencia de las muchas instancias donde la labor del diseño ha sido galvanizar una geografía de privilegios en el espacio y el territorio. Esta figurada superioridad moral del arquitecto, cosa en la que no creo, se disparaba en esta ocasión contra mi reciente comentario en esa revista en relación a lo que llamaba “chamaquitismo”, que describía el cómo la objeción llevada a pose y proyecto narcisista, terminaba reforzando las estructuras del poder, porque en realidad se servía de ellas, consciente o inconscientemente.

Aclaraba en la pieza que esta alegada pose no se circunscribe a ciertos grupos generacionales, pero el amigo atacante quiso ver en mi artículo una afrenta a los “chamacos”, a su corillo, y de ahí se embarcó en un intento de asesinato del “padre”. Si me preguntan diría que como el padre no quiere serlo, que es mi caso pues reniego de esas jerarquías ancestrales, la plantilla narrativa entró en corto-circuito, y el aspirante a hijo cayó en un estado de decepción tras enfrentar la certeza de que su avance afectivo no había sido correspondido.

La naturaleza del ataque, que como he dicho venía vestido de inocencia, dio paso a todo tipo de acusaciones hacia mí, desde la tendencia al encasillamiento vicioso, la generalización insostenible, y lo peor de todo, el ensimismamiento del hombre-isla que al no querer validar lo que a mi entender es falsa heterogeneidad pecaba del peor mal que se puede lanzar desde la “izquierda”, la insolidaridad.

No quisiera abundar más en el contexto personal de esta diatriba, a la cual uno está más que expuesto si algún nivel de honestidad pretende ejercerse en la comunicación desde medios públicos. Mi interés aquí es comparar este incidente al “bullying” que se desata hoy entre la izquierda que aboga por consensos y alianzas contra la izquierda que advierte el peligro de tales acciones. Los segundos ven en la colaboración la erosión de un proyecto mayor de desmantelamiento, objetando el “todos juntos ya”, porque remar en la misma dirección no es algo automáticamente bueno y deseable.

La figura que introduce la sospecha en este enfrentamiento entre bandos de alegadas izquierdas es, irónicamente, malignizada, y hasta la sospecha misma se articula como enemiga del consenso, y todo a favor de la tesis de que hay que sobrevivir negociando espacios con el poder. Más o menos en esas líneas se intentó depositarme en la página de Cheo como el enemigo “sospechante”, y tengo que reírme de algunas pintorescas reacciones como el vincularme a las ansiedades blanquitistas de la “elite liberal”, como si fuera así de fácil transferir esa enfermedad aprendida en alguna universidad de la costa este americana al parvulario boricua, y que era precisamente un asunto que ironizaba como problema en “Chamaquitismo” al preguntar: “¿Es ‘emergente’ aquello que es nuevo en nuestro medio cultural pero asumido/criticado/superado en otras comunidades? ¿Es indispensable tener que revivir el proceso emergente de otro lugar en el propio, o sería posible ahorrarse pasos, caídas, derrotas ajenas, o incluso descartar el recurso de entrada por incompatible o simplemente irrelevante?”.

La base de este discurso de demonización de la objeción hace uso de peligrosas reducciones. De pronto «opinión» no es una forma de «conocimiento», «saber» se retrata como un espacio del «singular» (al carajo con los plurales), saber se visualiza como una certeza pura a la que agustinianamente se accede previo a la expresión. ¿Por qué no decir que la expresión molesta y punto? ¿Por qué no hablar del malestar en lugar de malignizar al sujeto que lo articula? ¿Por qué no desmenuzar la subjetivización del malestar? Curiosamente, la pureza que se pide para el «saber», cosa de «no hablar sin saber», que es de lo que se acusa frecuentemente al “objetor”, de pronto desaparece cuando de negociar con el poder se trata, si el asunto es sobrevivir. Es decir, que estamos frente a una moralidad elástica (¿tautológica?) que es remilgosa del saber ambiguo, que procede a ningunear con la palabra «opinión», convertida ahora en epíteto, pero se abre al “aquí se brega”, cuando la meta es establecer relaciones fructíferas con el poder, que siempre serán desiguales.

El «bullying» al que se expone la voz que insiste en objetar el consenso no sólo viene de ese poder empotrado y autoritario que se vilifica, se gesta también entre horizontalidades aparentemente fluidas y desarraigadas, contribuyendo, curiosamente, a solidificar jerarquías en sitio, a inmunizar el sistema de patógenos desestabilizadores, que son las «islas» que atentan contra la integridad imaginaria del «continente» social, el sujeto detrás del alegado consenso.

Invalidar la isla, o el aislamiento, como estrategia de acción y punto de vista legítimo, a favor de una supuesta «alternidad en el consenso», muy en sintonía con esa ética de Colegio Católico de paz, amor y solidaridad aplanadora de la diferencia (que es todo menos solidaridad), es de los argumentos más perversos que he escuchado recientemente.

Se usa el viejo sonsonete del insularismo para sostener la criminalización del hombre-isla. Peligrosa aseveración en la Isla donde la suma de voces se registra como un gran silencio. Ojalá hubiera más hombres y mujeres “isla”.

Concluyo que la “izquierda” del País quiere un mesías, pero no quiere bregar con su pecado original. Son rapiditos, eso sí, al momento de identificar a su Judas lo más lejos posible de donde emanan las fuerzas de la opresión, que en resumidas cuentas dejan in situ. Judas cumple aquí un doble propósito, ratificación del «bien» y evasión conveniente del «mal». Ninguna otra figura le ha servido mejor al statu quo.

Y es esa asumida narrativa redentora, que lo mismo resurge en los segmentos liberales que procuran negociar espacios como en los que lo resisten antagónicamente, lo que es problemático aquí. La oportunidad de manejar información instantánea de reflexión, opinión y conocimiento, como pudiera ser el propio foro que viabiliza 80grados, son ocasiones para disfrutarnos las diferencias, no cancelarlas en un ejercicio de purgación neurótica. Mi idea del disfrute no consiste en la contemplación pasiva del opositor, ni del opositor del opositor. Si algo práctico aspiro a obtener de este tipo de intercambio, y de los espacios de trauma que persiguen a la mente liberal, es poder identificar aquello que todavía opera como estructura a pesar de todas las justificaciones teóricas que nos han llevado a sobrevalorar un aparente estado de fluidez y suspensión del juicio que en todo caso mina la capacidad de acción.

Entre el maldito consenso, que es pacto desesperado más que gran logro nacional, y la crítica al hombre-isla (que me ha tocado experimentar como ataque pero que de pronto veo utilizarse para muchos otros más), veo una fuerza de opresión horizontal, donde el odio que se señala en el sujeto objetor en realidad es un odio proyectado desde ese segmento que se imagina liberal y libre, y que no quiere que nadie lo despierte de su sueño inducido.

Tengan claro que a mí lo que me interesa es traer a la atención a quienes, precisamente, inducen ese sueño. No me sorprendería descubrir que son los mismos que ahora abogan por consensos.

Miguel Rodríguez Casellas
Columnista

Miguel Rodríguez Casellas es un arquitecto que escribe. Por diecisiete años ha sido profesor de teoría y diseño en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica, siendo también su decano por cuatro años. Su próxima publicación, “Drag Kings: un ejercicio (contra)magistral”, es una colección de ensayos que intersecan la arquitectura, el género y la política desde los márgenes fluidos de Puerto Rico. Recientemente, Casellas ha vuelto a enamorarse de la forma a través de su firma Ordinal©, un juego etimológico entre orden y ordinariez concebido junto al arquitecto Miguel Szendrey Ramos.

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Miguel Rodríguez Casellas
Colaborador/a

<b>Columnista</b><br/> Miguel Rodríguez Casellas es un arquitecto que escribe. Por diecisiete años ha sido profesor de teoría y diseño en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica, siendo también su decano por cuatro años. Su próxima publicación, “Drag Kings: un ejercicio (contra)magistral”, es una colección de ensayos que intersecan la arquitectura, el género y la política desde los márgenes fluidos de Puerto Rico. Recientemente, Casellas ha vuelto a enamorarse de la forma a través de su firma Ordinal©, un juego etimológico entre orden y ordinariez concebido junto al arquitecto Miguel Szendrey Ramos.

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