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Ya los niños y las niñas juegan a desobedientes civiles en la calle


La corte federal te daba el brake de decir unas palabras después de ser sentenciado. Le llaman “alocución”. Después de la aventura sobre nuestras desobediencias y arrestos que contó Wilda Rodríguez en la edición antipasada, nos tocó el juicio. Esta es mi “alocución” del 14 de junio de 2011.  Todavía me parece pertinente.

“I am not for a Navy, which, by its own expenses and the eternal wars in which it will implicate us, will grind us public burthens, and sink us under them.”

-Thomas Jefferson

Diez años después de la revolución de 1776, los hombres y mujeres de Massachussetts (el mismo estado de donde es originario el viequense Roberto Rabin) volvieron a rebelarse con palos y viejos mosquetes atacando y cerrando todas las cortes hasta llegar a Boston.

Lo hacían porque las cortes del nuevo gobierno “revolucionario” les embargaban sus propiedades por no pagar sus deudas en papel moneda en vez de moneda acuñada. Esta rebelión se llamó “la rebelión Shay” porque su líder se apellidaba así. Esta rebelión ocasionó una crisis política tal que provocó la redacción de la actual Constitución y la Carta de Derechos de los Estados Unidos.

Jefferson opinó lo siguiente sobre esa rebelión: “I am not a friend to a very energetic government. It is always oppressive.  It places governors indeed more at their ease, at the expense of the people. The Shay rebellion in Massachussetts has given more alarm, than I think it should have done. Calculate that one rebellion in thirteen states in the course of eleven years, is but one for each state in a century and a half. No country should be so long without one”.

La Constitución se aprobó en 1789 y la Carta de Derechos en 1791 porque a los “fundadores” se les olvidó incluirlos. Y fueron los hombres y mujeres comunes y corrientes, como nosotros y nosotras, los que presionaron para que se consagraran sus derechos.

Quiero detenerme en el cuarto artículo de esa Carta de Derechos por su pertinencia para nuestra lucha contra la Marina en Vieques. El cuarto artículo consagra el derecho a poseer y portar armas.

Hoy día, uno puede preguntar sin ingenuidad: ¿por qué poseer armas es un derecho? ¿Para defenderse de animales salvajes, para atacar a los nativos americanos, para agredir a los vecinos o para defenderse del gobierno?

Este derecho fue importantísimo para aquellos hombres y mujeres que se rebelaron por segunda vez después de la independencia (lo que demuestra también que la independencia por sí sola no necesariamente satisface las necesidades políticas de la gente).

Fue importante porque tener el derecho a estar armados era su única garantía real y efectiva para evitar que cualquier autoridad del gobierno pudiera entrar abusivamente en sus casas.  Era su única garantía, real y efectiva, para defender el habeas corpus (que dicho sea de paso fue suspendido durante la rebelión Shay por el gobierno revolucionario). Era su única garantía en contra de las cortes y los jueces abusadores.

En fin, el derecho a poseer armas expresaba y garantizaba el derecho de los ciudadanos a disentir activamente, el derecho a la insumisión, el derecho a la desobediencia. Ese espacio de autogestión, de participación, de democracia activa, de fiscalización fue parte esencial del sueño americano original de libertad. Contrario a lo que se ha convertido hoy día: la libertad de consumir.

Por estas razones yo entiendo que nuestra desobediencia ante el abuso de la Marina de Guerra estadounidense en Vieques está protegida por el artículo cuarto de la Carta de Derechos de los Estados Unidos de América. Es más, la desobediencia está promovida y alentada por ese artículo. Nosotros y nosotras en la lucha de Vieques hemos renunciado a las armas pero no a la defensa activa de nuestros derechos.

Visto de esta manera, la desobediencia civil no es solamente un acto ético individual mediante el cual se expresan valores. La desobediencia es un mecanismo real y efectivo para defender y ampliar la democracia.

En este sentido, me parece que sí tiene razón de Castro Font al advertir que después de Vieques la desobediencia se puede generalizar. A él la desobediencia lo atemoriza porque lo mira desde el punto de vista del gobernante que no quiere ampliar la participación, que no quiere dejar que “el populacho”cogobierne, que no quiere que la “gentuza” fiscalice porque le quita prerrogativas, porque le quita lo especial del cargo, porque le elimina privilegios.

Desde nuestra perspectiva, la desobediencia es el movimiento democratizador más importante en la isla desde los años cuarenta con el Partido Popular. Y contrario a aquella época, en este movimiento no existe un líder carismático único, gracias a Dios. Este movimiento tiene múltiples líderes de todas las esferas. Legisladores, obispos, sindicalistas, presidentes de partidos, reverendos, feministas, entre muchos otros que se han sumado a esta lucha, y aunque algunos han querido darle un liderato, no han podido. Esto ha creado espacios de mucha autonomía dentro del movimiento y una cultura de tolerancia que contribuyen inmensamente a lo que es ya la nueva democracia puertorriqueña.

Después de Vieques, Puerto Rico no es igual. Y no lo es porque haya crecido la afirmación nacional, no, sino porque ya más de mil personas han desobedecido. Y desobedecer, como dije antes, es participar activamente en los asuntos del país, es restarle poder a la Marina, a las cortes federales, al gobierno, a los partidos políticos. Desobedecer es asumir la responsabilidad de cogobernar, de ampliar y practicar democracia.

Y mientras ustedes, los jueces federales que nos juzgan y nos envían a la cárcel, no comprendan esto y sigan entendiendo que esto es solo un problema de ley y orden, serán escollos de lo que juraron defender: la Constitución, la Carta de Derechos, la Democracia.

Nosotros y nosotras hemos triunfado. Hemos cambiado el país. La gente quiere participar y cogobernar.

Ya los niños y las niñas juegan a desobedientes civiles en la calle.