Nunca he sabido de nadie que diga que sus conocimientos comenzaron cuando pusieron un disco o escucharon la radio. Nunca le he hecho la pregunta a nadie porque hasta ahora no se me había ocurrido y ahora no tengo ánimo de hacer investigaciones epistemológicas. Los pocos que se preocupan por saber de dónde sale lo que saben tienden a pensar que los libros son la fuente primaria de su conocimiento sin darse cuenta que olvidan el papel imprescindible que la data sensorial juega en la adquisición de nuestras ideas más tempranas. La Biblia misma no existiría si los que la escribieron no hubiesen escuchado primero a Radio Bemba.
Para mí fue así y uno de mis más tiernos recuerdos lo confirma. Yo aprendí a leer cuando tenía cinco años pero cuando cogí por primera vez un libro en la mano ya llevaba tiempo escuchando a Felipe Pirela, Lucho Gatica, Virginia López y el Trío Los Panchos, que era la música que mi madre tocaba en la casa. En esos años primeros yo oía la música sin saber con certeza qué era lo que estaba escuchando. Las canciones me enseñaron muchas cosas aunque la mayoría permaneció latente por un período de tiempo largo.
No recuerdo que mi mamá comprara alguna vez un libro infantil para leérmelo al borde de la cama antes de dormir. Esa es otra pregunta que nunca he formulado y quizás se la debería hacer a mami o a mi hermana. Con mi hermano no puedo hablar pues murió hace… ¡treinta y seis años! Mi madre está viva, pero ella no se acuerda de nada. Aunque pienso que es más que no le interesa acordarse. Una vez su respuesta a una de mis preguntas fue que para qué yo quería saber si eso estaba en el pasado. En ese caso en particular yo llegué a la conclusión de que ella no se quería acordar pues la pregunta fue que por qué ella y mi papá se habían divorciado. De hecho, asimismo me lo dijo: de eso yo no me quiero acordar. Yo quisiera acordarme de todo pero no puedo y con mami no puedo contar. Es por eso que lo que aquí comparto puede que haya sucedido tanto como que no.
Pero volvamos a la música pues ésta se me mete por dentro antes que la palabra escrita comenzara a surtir su efecto en mi conciencia y por ello para mí siempre ha sido esencial. Mi primera experiencia musical en vivo ocurrió el día en que en una tienda ubicada en la Avenida Fernández Juncos en Santurce compré mi primer bongó. La influencia de la música en esa ocasión fue indirecta, abstracta, sin sonido excepto el que yo imaginaba mientras cargaba el bongó de la tienda a mi casa. Era un bongó de madera marca LP con anillos de hierro para sujetar los cueros y pesaba tanto que pasaron semanas antes de que pudiera aguantarlo entre mis rodillas por más de unos minutos. Los cueros eran gordos, naturales, de piel de vaca resonante. Yo no tenía idea de cómo darle pero escuchando los discos de Tito Puente y Eddie Palmieri pude descifrar la estructura de los repiques y antes de saber que el patrón rítmico que correspondía se llamaba martillo, aprendí a tocarlo. Al cabo del tiempo el marco de madera del tambor hembra se agrietó pero yo seguí haciendo ruido por años como si nada.
Durante esa etapa de mi vida la música me ayudó a reconocerme como puertorriqueño y como negro. La alquimia de imagen y sonido de Cortijo y su Combo en el Show del Mediodía me ayudó a llegar a esa conclusión. El sonido del combo era como las voces de mis tías y mis primos en la casa de mi abuela. Su imagen era como la mía ya fuese enfocándome en Martín Quiñones dándole a las congas o en Miguel Cruz pulsando las cuerdas del bajo, ambos con una sonrisa Colgate llena de humor y picardía. Fue tras escuchar a Cortijo que me dio con tocar el bongó pero sólo porque era el instrumento que podía comprar pues en ese entonces Cortijo no tenía bongocero. Más tarde, mi ejemplo y mi inspiración fue Roberto Roena aunque también estuve influenciado por Manolito González y por un tiempo breve por Chucky López y Pablito Rosario.
Recuerdo que estuve años tocando bongó en mi cuarto pretendiendo ser miembro de la orquesta de Tommy Olivencia después de enterarme por pura casualidad que existía. Eso sucedió el día en que me encontré con Chamaco Ramírez, embalao y enjuto, en una panadería de la calle Tapia. Después de saludarme me dijo que había empezado a cantar con la orquesta. ¿Tommy Olivencia? En su casa lo conocen, le dije a Chamaco. Luego, después de escuchar su música, no saber en ese momento quién era Olivencia, me dio vergüenza. Ese día en la panadería Chamaco me dijo que si yo quería aprender a tocar bongó tenía que escuchar a Papy Fuentes, el bongocero de la orquesta. Yo estaba enfocado en otras cosas y no le hice caso. Pero cuando escuché el album Trucu-tú supe de lo que Chamaco estaba hablando y seguí su consejo.
Junto con el bongó había comprado una campana maciza y muy sonora que volvía locos a la gente de mi vecindario. En ese momento mi afán izquierdista era tan grande que hice una plantilla de la foto de Alberto Korda del Che Guevara y la grabé en la parte inferior de la campana con pintura de esprei roja. Cuando mis amigos veían esa imagen en la campana se les abrían los ojos y me decían Mano que fiebrú. A ellos el Che no les interesaba para nada y lo único que teníamos en común era escuchar música y fumar marigüana. Escuchando música con ellos fue que reconocí que en mi vida los sonidos de la bomba y la plena, del mambo y la charanga tenían cualidades fantásticas. Obviamente, sin música no hay baile y entonces el problema es como el del huevo y la gallina: ¿quién vino primero? Excepto que con la música no hay dilema. Queda claro que la música antecede al baile pero mi caso fue especial. En mí, la música y el baile siempre estuvieron entrelazados, unidos por el amor, incluso durante toda la época en que escuchaba música sin saber bailar.
Hablando del amor, bien se sabe que hay amores que matan y otros que te hacen girar en una pista repleto de entusiasmo. La verdad de mi experiencia es que durante mis años de escuela superior tuve la oportunidad de bailar boleros y merengue. Tener una oportunidad y aprovecharla son cosas diferentes, pero en mi caso la suerte me llevó por rumbos donde la oportunidad de hacer algo que parecía ser bailar se caía de la mata.
En las fiestas escolares, algunas clandestinas como una guerrilla urbana, sólo hacían falta dos discos: uno de Tito Rodríguez y otro de Xavier Cugat. Con eso y varias botellas de vino El Canario nos entregábamos al roce de cuerpos que anticipaba encuentros más íntimos pero que al menos para mí no se dieron hasta mucho más tarde. Pero eso no era bailar. Los boleros eran una excusa para brillar hebilla y los merengues te permitían enjorquetar tu muslo en el pubis de las muchachas de forma diplomática. En ambos casos lo que hacíamos era poco más que darle una salida breve a la bellaquería que nos consumía mientras le gastábamos la suela a los zapatos.
La mayor parte de las fiestas eran en la casa de Iris Rodríguez, la chica que una vez, después de una de esas fiestas clandestinas, en un sofá amarillo verdoso como la pulpa de una calabaza cocida, forrado de plástico, me besó largamente para enredarme en su telaraña. La casa estaba en la calle 12 del Barrio Obrero, más abajo de la Avenida A, que era la sección del vecindario donde a medida que uno se adentraba más las viviendas se configuraban como un arrabal. La casa de Iris era de madera y tenía una sala grande, con suficiente espacio para un tocadiscos de mueble, que en esa época parecían baúles pero con patas, y para que cuatro o cinco parejas pudieran bailar. Entre canción y canción empinábamos el codo y como éramos tan jóvenes nadie iba nunca al baño.
No sé si alguna vez una pareja salió de novios después de una fiesta. Tampoco me acuerdo con quién yo me apretaba pero nunca se me olvida la vez que Iris me besó sentados en su sofá luminoso debajo de una de las ventanas. Cuando lo hizo, después de múltiples repeticiones de «A bailar merengue» y «Cosas del alma» y con una botella de Canario a medio tomar, estábamos solos. Nunca la besé durante las fiestas en sí. Creo que en muchas yo brillé hebilla con ella pero como ya he dicho eso no era bailar.
Iris era blanca. Su pelo era castaño y su cara era ovalada. Cuando se reía se le formaba un hoyito en uno de los cachetes que le daba un toque de monería a su sonrisa. Para decirte que estaba contenta sólo bastaba con que te mirara y si se sentía contenta de verte, sus ojos color de avellana brillaban. Mis manos al lado de las suyas hacían un buen contraste y cuando la tocaba su piel se tornaba rosada. Fueron muchas las fiestas en que pude auscultar todos sus detalles y por mucho tiempo no pude explicarme por qué lo nuestro no llegó a nada. Quizás fue porque ella no estaba destinada a elevarme por encima de los rudimentos del bolero para enseñarme a bailar de verdad. En ese momento de mi vida la música fue una crisálida en la que me mantuve aislado del tipo de conocimiento que Iris trató de instigarme.
La primera vez que vi una orquesta tocar en vivo fue en el Miramar Center. No me cabe duda que supe por cuenta de otros que ahí tocaban orquestas y que se hacían bailes pues el sitio no tenía un rótulo con su nombre. Para encontrarlo había que tener una brújula mágica o un sexto sentido para detectar congregaciones de jóvenes bailando. No era posible encontrarlo por el sonido de la música pues las paredes del local estaban acolchonadas para amortiguar la conmoción sonora de las orquestas, cosa que los vecinos no se molestaran. Si uno no sabía de antemano que en ese edificio, localizado al principio (o al final, dependiendo de hacia dónde uno iba) de la Avenida Fernández Juncos, a pocos pasos del Parque Muñoz Rivera y El Condado, se podía escuchar música y bailar, era fácil pasar por enfrente y seguir de largo sin que uno se enterara.
En un par de ocasiones me presenté en el sitio acompañado de amigos de Barrio Obrero que conocían al líder del grupo Chacón y sus Batirrítmicos. Nunca supe cuál era el apellido de Chacón y ni siquiera su nombre propio pero después de verlo en el Miramar Center lo vi caminando por la Avenida Borinquen. Él era un negro alto que se recortaba el pelo bien bajito cuya familia era de las primeras que se habían asentado en el vecindario antes de que por la obra y gracia de un arrimado de Santurtzi, de allá del País Vasco, San Mateo de Cangrejos terminara llamándose Santurce. Antes de que pudiera acercármele se metió en el Charneco y yo seguí rumbo al Teatro Matienzo a ver una película de Libertad Lamarque en la que ella cantaba.
La noche que vi a Tito Puente tocar fui solo. Esa noche Puente alternaba con Babó y su Latin Brass, un grupo que grabó su primer disco en el 1972 con Alegre Records bajo el nombre de Babo Jiménez y su Banda. Babó pasó a la oscuridad quejándose que además de estafarlo con un contrato leonino, Alegre Records le había robado a su nombre el acento en la o. A esa grabación Joe Cain le sacó el jugo produciendo varias versiones, en una presentando el disco como si fuera de Chamaco Rivera, el cantante de la orquesta. En su segundo elepé, en una movida rara, la compañía disquera le acentuó el apellido pero no el nombre a Babó y de eso él nunca se quejó. Hay batallas que de tan seguiditas uno se cansa de pelearlas.
Babó sonaba bien pero la verdad es que se parecía mucho a Puente, especialmente en la canción «Desde Ponce» donde el intercambio entre las trompetas y la percusión era de tipo «Ran Kan Kan.» Lo único que, aunque Babó era un buen trompetista y sus metales eran competentes, a la sección de trompetas de Puente no había quien le pusiera un pie al frente. Con los músicos de esa sección Puente era un dictador, exigiendo tanto velocidad como alcance estratosférico. Al final de la presentación, que para mí fue un concierto y para todos los demás un baile, alguien me dijo que Puente había botado a uno de los trompetistas porque había tocado una nota mal, cosa que quedó registrada sólo en los oídos de perro de Puente. A mí eso me pareció a la vez excesivo y ejemplar.
Al Miramar Center yo iba nada más que a mirar y a escuchar. Los bailarines se mofaban de gente como yo diciendo que íbamos a los sitios a aguantar paredes. La tarima estaba en un extremo del local, elevada como a tres o cuatro pies de altura (hay fotos que niegan esto pero mi recuerdo tiene más peso). Ahí cabían veinte músicos fácilmente. La pista de baile era inmensa y estaba marcada por unas columnas enormes atravesadas por una barandilla de hierro con pasamanos de madera que separaba a las parejas del resto de los participantes. Si uno quería mirar tenía que hacerlo a las afueras de la pista.
Cuando vi a La Lupe cantando con Tito Puente yo tenía un dolor de cabeza de madre. Por eso me coloqué más lejos de la acción que lo usual. Años más tarde, mirando una foto de la ocasión lamenté haberme ubicado en la periferia más lejana de la tarima pues me perdí los momentos más frenéticos de la Lupe bailando descalza. Sus piernas estaban circunscritas por el talle apretado de su traje blanco largo, pero la posición de los flecos del traje, suspendidos en el aire, sugerían un movimiento circular de caderas pronunciado. Me la imaginé articulando los gemidos que eran su firma personal y levitando.
Dentro de la pista sólo se podía estar si uno bailaba. Ese era el código sobreentendido que todos observábamos, lo que significaba que actos de apreciación musical sólo ocurrían al margen de la pista de baile y a distancia de la tarima. Al pie de la tarima nunca había nadie a menos que estuviera echando un paso (esto también queda desmentido por fotos que he visto pero he decidido no hacerles caso). Una noche escuchando a la orquesta de Eddie Palmieri quedé estupefacto ante un solo de timbal que me pareció magistral. Yo estaba bastante retirado de los músicos y el timbalero se veía como un celaje. En el claroscuro del local sus movimientos parecían secretos pero el sonido era prístino, como el centro de la tierra. Después supe que era Manny Oquendo y que según Palmieri todo lo que él sabía de música Latina Oquendo se lo había enseñado.
Al Miramar Center se podía ir vestido como quiera. Claro, nadie se aparecía por allí luciendo estrafalario. Pero no era como los eventos en El Normandie a los cuales había que ir mejor presentados. El Normandie era fácil de encontrar pero si uno no sabía con antelación que allí se iba a celebrar un concierto o un baile, también era posible pasar de largo y terminar dando vueltas en el Viejo San Juan. Ahí también los músicos tocaban en una tarima bastante elevada pero rodeada de mesas redondas con manteles blancos. En las mesas servían sólo bebidas pero yo nunca tuve la oportunidad de darme un buen trago pues apenas tenía dieciséis años y en el Normandie te chequeaban. Los mozos siempre me miraban mal cuando yo pedía agua.
La única vez que fui al Normandie también lo hice solo y llegué manejando el Dodge Dart de mi madre. En ese carro color marrón una vez le metí un codazo en la cara a mi prima Maira, una noche en que íbamos de parranda, al tratar de echarle el brazo. Yo tenía un afro enorme y Maira tenía el pelo corto bien brillante y alisado, peinado con partidura y echado hacia un lado. Detrás de sus gafas redondas de alambre, estilo Janis Joplin, sus ojos negros relucían como un lago en una noche iluminada y su sonrisa era tan grande que parecía que sus dientes le cubrían toda la cara. Pero no me malinterpreten, su cara era bellísima aun con la quijada puntiaguda que tenía que era como una be de vaca.
Con Maira fui al baile de graduación de cuarto año pero esa noche, para la gran frustración de ella que le encantaba dar sus pasos, la pasamos sentados en una mesa escuchando la música de Homy Sanz y su Orquesta y mirando a otros bailar. Yo estaba enamorado de ella y ella de mí pero como éramos primos nunca pasó nada. Después, cuando la invité al Normandie la noche que tocaba Richie Ray, se inventó una excusa para rechazarme. Yo sabía que peor que ser primos y estar enamorados era que yo no bailaba y por eso comprendí su rechazo. Más tarde me enteré que se había casado con un tecato que al cabo de años de infelicidad y maltrato la había abandonado. Yo traté de volver a verla pero ella nunca tuvo interés y pensé que quizás habría sido distinto si en algún momento de nuestro idilio prohibido hubiésemos bailado.
La cuestión fue que escuché a Richie Ray en el Normandie solito pero bien trajeado. Al final del show, cuando tomé el elevador coincidí con uno de los trompetistas de la orquesta. Era un americano muy alto, un negro acaramelado con facciones como de chino. Como era obvio que veníamos del mismo sitio intercambiamos nimiedades alusivas al concierto y entonces él me pidió que si no era mucha molestia que le diera pon a su hotel en El Condado. En ese momento yo no tenía idea que le iba a dar pon a Doc Cheatham, de lo cual me enteré como cuarenta años más tarde al reconocerlo en un video tocando con Machito en Japón. Ni siquiera recuerdo qué banalidades intercambiamos pues en lo único que yo podía pensar en el elevador y de camino al Condado era en Maira y nuestro romance truncado, todo por ser primos y por no saber bailar.
Cuando la NASA disparó los cohetes del Apollo 11, Roberto Roena estaba ensayando con su nuevo grupo en Puerto Rico. Según dicen las malas lenguas, Roena se había ido de El Gran Combo después de pelearse con Andy Montañez y la que había sido su orquesta particular desde el 1967, Los Megatones, dos años después se convirtió en Roberto Roena y su Apollo Sound gracias a la coincidencia del primer ensayo de la orquesta con las explosiones en el Cabo Cañaveral que llevaron al primer hombre a la luna.
Ese año fue importante para mí. Mientras Neil Armstrong declaraba que pisar la luna era un pequeño paso para el hombre y un paso gigantesco para la humanidad, yo estaba con Maira en el Hotel San Juan disfrutando de la música de Homy Zans y mirando con aire de melancolía a mis compañeros de graduación de cuarto año bailar. Tenía dieciséis años y en agosto entré a la universidad. Ahí, por primera vez pensé en el poder político y la democracia como cuestiones teóricas mientras un profesor de porte augusto compartía, en una combinación de solemnidad y entusiasmo, su manera de entender a Maquiavelo y a Rousseau. La teoría política me fascinó al instante pero fuera de la IUPI yo pasaba la mayor parte del tiempo arrebatao escuchando a Willie Colón y a Larry Harlow.
En la clase de inglés de honor, en donde me habían puesto sin consultarme, nada más que por haber obtenido una puntuación altísima en la parte de inglés del examen del College Board, intenté descifrar los misterios del Retrato del artista adolescente de Joyce. Hasta entonces mi mayor reto había sido no saber bailar. Ahora estaba enfrascado en una misión imposible tratando de dominar un lenguaje indescifrable en un escrito extraño. De esa misión por suerte me pude zafar dándome de baja de la clase pero el costo fue grande. Lo vine a pagar años después cuando al emigrar a los Estados Unidos descubrí que mi alta puntuación en el examen del College Board no valía nada. Otra vez estaba rodeado de gente hablando inglés y otra vez yo no podía hablar.
Antes de irme de Puerto Rico, de lo que nunca pude zafarme fue de la melancolía y de la soledad. De nuevo fui sin pareja al Hotel Condado, al lado de la playa del mismo nombre, a ver a Roena y su nueva orquesta. A pesar de estar solo, esa fue una noche memorable en parte porque me dio la oportunidad de ponerme de nuevo el traje color crema de polyester que había estrenado el día del baile de graduación. En esa época el polyester tenía una textura como de güata pero más firme y si alguien tropezaba contigo rebotaba. Me veía bien mamito con mi afro robusto, mi corbata marrón, los pantalones apretados y las gafas de aviador que recién había comprado.
Sentado en la barra del salón donde tocaba la orquesta me la pasé bebiendo Tom Collins y cantando en voz baja con Piro Mantilla tu loco loco, pero yo tranquilo. En lo menos que yo pensé esa noche fue en irme de la Isla pero al cabo de diez años eso fue inevitable. Cuando llegué a Estados Unidos ya sabía bailar pero eso no me hacía falta. Lo que no sabía era hablar inglés que era lo que necesitaba. En esa historia la música también jugó un papel importante y si esto fuera una novela eso sería un capítulo aparte.
El mismo año en que Roberto Roena formó su Apollo Sound, Ray Barretto sacó su tercer disco con la Fania. En la carátula –al lado de una imagen de plantilla de Barretto, que a mí me pareció similar a uno de esos cutouts con los que Matisse pasaba el rato cuando ya no podía pintar pero cuando se lo mencioné a mi hija que tiene un grado en bellas artes me dijo que no sabía de lo que estaba hablando– están las fotos de los miembros de la orquesta.
Barretto está en el tope de la carátula con una mirada un poco ensimismada pero penetrante y una camisa de manga larga de estampados de cachemir en blanco y negro, flanqueado por Orestes Vilato y Tony Fuentes. Debajo de esa foto está Luis Cruz reposando un brazo en el hombro de Adalberto Santiago que te mira como de arriba abajo con los brazos cruzados mientras Andy González mira más allá de la cámara con las manos en la cintura portando un chaleco de cuero que parece un vaquero dispuesto a sacar sus revólveres y disparar. En la parte de abajo de la carátula están Roberto Rodríguez y Papy Román, con sus cuerpos inclinados uno hacia el otro y sus cabezas casi tocándose, esgrimiendo sendas sonrisas y Rodríguez con la mano derecha alzada como si estuviera a punto de efectuar un saludo militar.
Creo que fue en el 1970 cuando Barretto tocó ese disco en el segundo piso de un local destartalado en la Avenida 65 de Infantería. Ese piso era una terraza con una baranda demasiado baja y para evitar que la gente se cayera por la baranda, de ella subía hasta el techo una cortina de alambre de gallinero que a la misma vez que protegía a la gente de un accidente desafortunado permitía la circulación del aire. De ese acto sólo recuerdo dos cosas: que Andy González empezó a gritar a todo pulmón ¡No, No! cuando alguien en la audiencia pidió que tocaran «Tin Tin Deo» y que yo estuve ahí solito, nada más escuchando pues todavía no sabía bailar.
Al año siguiente, por estar tirando piedras, poniendo pasquines en las paredes y pintando murales, la música pasó a ser un recurso de placer y conocimiento secundario. Durante dos años de militancia en el Partido Socialista no fui ni a un baile. Daba igual pues mi analfabetismo coreográfico me impedía adoptar el mantra de Emma Goldman de rechazo a la revolución que no le permitiera bailar, cosa que en realidad ella nunca dijo pero que está implícita en su afirmación de que si la causa pretendía que ella actuara como una monja, ella no quería tener nada que ver con la causa.
Entonces llegó el 1973. En ese año el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile fue derrocado tras un golpe militar y aunque recuerdo mi pesadumbre cuando la tarde del 11 de septiembre recibí la noticia mientras caminaba por una calle de Río Piedras, el acontecimiento que verdaderamente estremeció mi vida en esos días desgraciados fue puramente personal.
Cuando conocí a Sofía Morelli durante mi primer año de militancia en el partido, me había enamorado al instante y ahora, dos años más tarde, a la misma vez que supe que se había divorciado, me quedó claro que ella también estaba enamorada de mí. Mejor todavía, Sofía era fanática de la música y el baile lo cual al principio me amedrentó un poco y después me llenó de esperanza.
Antes de conocer a Sofía yo había estado enamorado de otra militante del partido. Su nombre era Sara González y era tan bella y tan inteligente que tenía múltiples pretendientes. Su pelo era rubio y tan fino que parecía transparente. A mí nunca se me ocurrió que un pelo tan fino con la vejez iba a terminar tan ralo que iba a ser difícil detectarlo pues en esa época todos pensábamos que más allá de la juventud no había nada. Lo que importaba estaba en el puro presente y en ese presente eterno Sara era una visión de sensualidad estética, perfecta desde todos los ángulos en que era posible mirarla. Ella nunca se enteró que me gustaba y mis intenciones se desviaron hacia otras partes cuando un día me dijo como para consolarme que yo no era tan feo. Con Sofía fue diferente.
En el 1974 Sofía y yo nos casamos en una ceremonia civil en Ponce, un día en que los dos estábamos refulgentes de enamoramiento y entusiasmo. Por varios meses vivimos en un apartamentito en una calle estrecha de Villa Palmeras comiendo poco y follando a diario. No tengo una memoria amplia de ese año porque aparte de estar juntos no hacíamos casi nada. Nuestra entrega era total, nuestro ensimismamiento era completo y no me cabe duda que fue así aún después de hacer los ajustes necesarios a las distorsiones de la memoria. Es cierto que el romance duró poco pero la música fue constante. Al año de estar juntos ella me dijo que quería estar conmigo y con otro hombre. Pero antes de que todo terminara, del apartamentito en Villa Palmeras nos mudamos a una casa que su mamá tenía en Villa Prades y ahí fue que en una noche de fiesta yo aprendí a bailar.
No sé qué era lo que celebrábamos pero nunca se me olvida que cuando empezó a sonar la canción «Puerto Rico» del disco de Eddie Palmieri, Sentido, yo me sentí poseído por una energía misteriosa. Mis pies se despegaron del suelo por varios minutos. La cabeza se me hizo aire. La casa empezó a temblar y las paredes se tornaron del color de los jilgueros. El brillo me obligó a ponerme las gafas de sol. Sentí los dedos de Sofía desenredándome el pelo y quitándome las gafas para besarme. Después de darme un trago bastante largo de vino Manischewitz, puse mi vaso en una mesa, me dirigí hacia Sofía, que estaba en el lado opuesto de la sala, y sin decir una palabra la agarré por la cintura y salimos bailando. De eso han pasado más de cuarenta años. De esos llevo como treinta que no veo a Sofía y hoy día no sé si está viva ni dónde está.
Por mucho tiempo me dio trabajo explicarme cómo fue que esa noche de fiesta en Villa Prades supe exactamente qué era lo que tenía que hacer para bailar Salsa. El conocimiento requerido para bailar llegó a mí de modo inconsciente y de cantazo. La música fue el gatillo que provocó el disparo. Quizás en ese momento pensar que no sabía bailar fue una artimaña sicológica de mi parte. Si me imponía una expectativa baja, al superarla quedaba mejor recompensado. Así, puede ser que lo que hice fue convencerme a mí mismo mediante un engaño autoconfeccionado que no sabía bailar para entonces jactarme de lo bien que lo hacía al demostrar mi habilidad coreográfica de un tirón y como por encanto.
En ese momento, en el acto de bailar con Sofía, se conjugaron todas mis experiencias y fantasías musicales. De repente vi a Santitos Colón mirando a La Lupe cantar. Recordé a Cortijo meciéndose semi-dormido en un sillón en el balcón de su casa en la parada 21. Entré a la Joyería Fénix en Barrio Obrero para comprar el disco Beethoven’s V con Markolino Dimond y Frankie Dante. Reviví el momento en que Héctor Lavoe se arrancó la corbata con un gesto de desprecio a la formalidad durante un concierto en el teatro de la IUPI. Fui al Charneco para almorzar y vi a Chacón sentado en una mesa revisando una partitura y comiéndose un flan. Me le acerqué y después que le mencioné haberlo visto tocar en el Miramar Center él se ajustó sus espejuelos negros rectangulares y me extendió la mano. Empecé a tocar mi bongó con los ojos cerrados y al abrirlos vi a Tommy Olivencia enfrente mío pidiéndome que sustituyera a Papy Fuentes. Esa mezcla de recuerdo y ensueño fue epistémica y sonora.
Durante esa noche de fiesta en Villa Prades, bailar con Sofía fue también una epifanía de sensualidad. Estaba con ella, ella era mía, y como ella no había nadie. No hay mejor momento para aprender algo nuevo que cuando uno está enamorado. Fue la música lo que me hizo entender que ese enamoramiento no era como el que sentí por Sara o por mi prima Maira. Entre Sara y yo nunca hubo música. Con Maira la música no pudo hacerme olvidar que lo nuestro estaba proscrito de antemano. Ahora que lo pienso bien, con Iris la música no fue suficiente y no aprendí a bailar con ella simplemente porque no estaba enamorado. Como no tengo otra explicación racional he decidido que más allá de una simple coincidencia de circunstancias, fue por estar enamorado de Sofía de una manera única y especial que yo, al compás de la música que siempre ha sido esencial, finalmente aprendí a bailar.
