“Lo que a mí me interesa comunicar con mi obra es el silencio” Jaime Suárez, entrevista con el autor.
“Se moldea la arcilla para hacer la vasija, pero de su vacío depende el uso de la vasija. Se abren puertas y ventanas en los muros de una casa, y es el vacío lo que permite habitarla. En el ser centramos nuestro interés, pero del no-ser depende la utilidad”.
Lao-Tsé, Tao te ching
“Los historiadores de la literatura y del arte saben que entre lo arcaico y lo moderno hay una cita secreta, y no sólo porque, justamente, las formas más arcaicas parecen ejercer sobre el presente una fascinación particular, sino más bien porque la llave de lo moderno está escondida en lo inmemorial y en lo prehistórico.
Giorgio Agamben, ¿Qué es lo contemporáneo?
[dc]C[/dc]omunicar con su obra el silencio, que es también una forma de vacío, es la meta que persigue Jaime Suárez. Paradójicamente, Suárez es un artista que trabaja con el barro y el cemento, materiales tan densos que a primera instancia parecen alejarse radicalmente de tan sutil aspiración. Pero ya, Lao-Tsé, hace más de 2,500 años, nos advertía sobre valor del vacío como fundamento de la alfarería y la arquitectura. En resonancia con esta reflexión, a principios del pasado siglo los hermanos escultores Antoine Pevsner y Naum Gabo proclamaron el vacío como el verdadero material de la escultura moderna.Esa consciencia del espacio vacío como elemento imprescindible en el ensamblaje de las formas es compartido plenamente por Jaime Suárez. En su obra están presentes el vacío y el silencio, como manifestaciones vivas del espacio y el tiempo y como dos aspectos complementarios de la nada. Tal vez sea esta la gran metáfora que late detrás de sus vasijas, topografías y ruinas, que nos sumergen en una atmósfera de profunda atemporalidad.
Su estética está conectada con las corrientes del romanticismo europeo. Allí veremos sus mismos temas tratados con la misma intensidad sacramental: la naturaleza, las culturas exóticas, la ruina, el laberinto, el rito y el mito, la excavación arqueológica, los monumentos ancestrales y la nostalgia por tiempos pasados. Sin embargo, según admite el propio artista, una de las principales fuentes que lo inspiran proviene de la estética japonesa del wabi-sabi.
Si examinamos los fundamentos teóricos del wabi-sabi veremos como el espíritu de esta antigua filosofía está presente en la obra de Jaime Suárez. Según el orientalista Leonard Koren, el wabi-sabi “es el rasgo más notable y característico de lo que consideramos la belleza tradicional japonesa.” Sus valores estéticos, inspirados en los principios espirituales taoístas y del budismo zen, parten de la premisa de que todas las cosas son mutables y que su tendencia universal es ir hacia la nada, hacia su destrucción. Para el wabi-sabi las cosas son imperfectas, nada de lo que existe está libre de imperfección y por último, todas son incompletas puesto que su continua mutación impide que podamos determinar cuando una cosa ha alcanzado su estado de plenitud. De ahí que el arte tradicional japonés valore tanto lo rústico y la belleza de los materiales naturales con sus texturas e imperfecciones, sin estar exento de una serena melancolía ante el reconocimiento de la naturaleza efímera del mundo.
El wabi-sabi, se manifiesta en todo su esplendor durante la ceremonia del té. Ceremonia que además de ser un rito social, es a la vez una filosofía de vida que ha influenciado a toda la cultura japonesa. La simplicidad del wabi-sabi es definida por Koren como “el estado de gracia al que llega una inteligencia sobria, modesta y sinceramente sensible. La estrategia principal de esa inteligencia es la economía de medios”.
Todo el que conoce a Jaime Suárez y su obra puede dar fe de que esta cita de Koren aplica enteramente a su temperamento como ser humano y artista. Suárez adapta las estrategias creativas del
wabi-sabi a sus necesidades expresivas. Su obra también celebra, con su elegante rusticidad y economía de medios, la belleza de las cosas simples asumiendo el ritual como metáfora misma del acto de vivir y de crear.
Para Suárez la cualidades intrínsecas de los materiales son la base para la creación de la obra de arte. Interroga al barro, a la madera, al papel o al cemento buscando que el mismo material le revele sus secretos. Procede a corroerlo con óxidos, agua, fuego o vinagre para obtener las texturas que evocan los procesos naturales de degradación. La imperfección de la grieta, la superficie erosionada, el trozo quemado o desprendido nos recuerda el estado de cambio perpetuo de las cosas, el ciclo eterno de nacimiento, vida, muerte y resurrección.
Jaime Suárez divide sus proyectos en tres temas principales: las topografías, las ruinas y lo ritual. El ceramista expresa que su obra “no puede organizarse linealmente pues esos tres temas se dan siempre. Yo trabajo como en una espiral, paso de un tema al otro y uno se alimenta del otro… pero hay algunas piezas que son claves porque sintetizan los tres”.
Entre esas piezas claves se encuentra La galería de las tierras realizada en 2004 para exhibirse en el Kennedy Center de Washington D.C. La propuesta de Suárez para esa muestra consistió en colgar del techo de la institución 16 barrografías en gran formato, imitando el tamaño y la disposición de las banderas nacionales que colgaban en el recibidor de la institución. El propósito del artista parecía claro: despojar al símbolo de la bandera de su contenido político mediante la imagen homogeneizadora de la tierra, reemplazando las identidades nacionalistas que nos dividen por el sentido de identidad telúrica que debe unir a la humanidad.
Aunque le llamemos barrografías, la realidad es que estas piezas no fueron realizadas con la técnica de estampación del barro inventada por Suárez. Debido a su gran tamaño, los papeles fueron trabajados directamente con barro líquido, aplicándolo con diferentes instrumentos como si fuera pintura. El artista utilizó el collage, el barro oxidado y finalmente la quema controlada de algunas zonas de la obra.
No tuve la oportunidad de ver la obra en el Kennedy Center, sin embargo, jamás olvidaré la impresión que me causó cuando, años después, la vi instalada en el Museo de Arte de Puerto Rico. La disposición de las piezas alineadas e iluminadas a lo largo del perímetro de la gran sala daban la sensación de estar en una catedral. Libre de referentes políticos, la instalación voló con fuerza hacia el territorio de la abstracción. La paradoja visual era evidente: ante mí se levantaban 16 pesados monolitos de tierra que a la vez flotaban livianos y transparentes como vitrales. En la transparencia de las piezas se divisaban, con profundidad de campo, paisajes desérticos de tierra roja. Las enigmáticas topografías que Suárez inventa con sus piezas de cerámica estaban allí recreadas en las texturas del barro traslúcido. Por delante y por detrás, cada pieza era distinta multiplicando las posibles lecturas. Seis cubos negros a modo de pequeños asientos invitaban a sentarse para la contemplación. La instalación como conjunto reclamaba el silencio que se le debe a todo recinto sagrado.
La alusión que hace Suárez con su obra a lo ritual y lo sagrado es de carácter subliminal. Como artista abstracto consciente de su oficio, no es su intención citar o narrar historias mitológicas. Sin embargo, de los materiales que elige, de su tratamiento técnico y de la manera que los dispone en el espacio podemos aventurarnos a inferir un simbolismo de carácter universal.
Según la tradición simbólica de occidente y de otras culturas, el sustrato material del mundo se compone de cuatro elementos. En cierto modo, Jaime Suárez parte de ese sustrato, manipula la tierra, el fuego y el agua en sus obras. Para completar los cuatro elementos de la materia solo faltaría el aire, el cual podemos encontrarlo en la poderosa maniobra que ejecuta al elevar sus grandes papeles pintados con barro. Tal gesto puede verse como un acto de sublimación de la tierra, pues no solo la levanta hacia el cielo sino que luego la atraviesa con luz. Así la tierra, el material primigenio, sólido y opaco por excelencia, deviene en aire, en transparencia ingrávida. Estamos ante la representación subliminal del casamiento de la tierra con el cielo, al decir del filósofo rumano Mircea Eliade: la boda sagrada o “hierogamia”, presente en los mitos fundacionales de muchas culturas. Este aspecto también está contenido en la figura del tótem, recreada magistralmente por Suárez, como representación del “axis mundi” o eje del mundo que conecta al cielo con la tierra.
Para Suárez el tema de lo ritual está presente sobretodo en sus vasijas. No solo por las estilizadas formas que modela, inspiradas ocasionalmente en la alfarería del mundo antiguo, sino por el proceso mismo de crearlas, que para el artista es una suerte de meditación que le ayuda a calmar la mente y alejarse del ajetreo diario. Pero aún cuando trabaja en otras obras que demandan técnicas más vigorosas y experimentales, el sentido de lo ritual continúa presente en el proceso de creación. Sobre esto Suárez ha dicho y cito: “El proceso es más expresivo que el producto, es un ritual hasta cierto punto.”
Esta reivindicación de lo ritual no está vinculada a la práctica de ninguna religión en específico. Más bien proviene de un interés del autor por la antropología, los yacimientos arqueológicos y los artefactos que nos llegan de civilizaciones arcaicas. No es casual, ni poco común que un artista contemporáneo sienta esta afinidad por lo arcaico pues como afirma el filósofo italiano Giorgio Agamben, “…la llave de lo moderno está escondida en lo inmemorial y en lo prehistórico”. Al propio Suárez le gusta citar la célebre frase de Antoni Gaudí: “La originalidad consiste en volver al origen”.
Suárez ha viajado por el mundo visitando ruinas. Para él la ruina es evocadora de silencio. Silencio imprescindible para poder conectar con la energía del pasado que aun vibra en los muros derruidos y para expresar respeto a los seres que los habitaron. Silencio que a su vez el autor pretende evocar con su obra, invitándonos a serenar el pensamiento, a desconectarnos del ruido de la vida cotidiana para entrar de lleno en la experiencia estética que nos ofrece. Con su magnífico trabajo, el artista nos inicia en la complejidad de lo simple. Nos enseña que en la humilde superficie del barro corroído o estampado sobre el papel existen paisajes de monumental belleza, nos hace partícipe de su asombro ante las prodigiosas texturas de los materiales, nos devuelve el laberinto de adobe de la aldea primigenia, nos modela el perfil arcaico de una vasija para que recordemos nuestros orígenes ancestrales. En esa ontología arcaica están las claves para aprender a relacionarnos armoniosamente con el universo.
*Este texto formó parte del conversatorio Diálogos con/sobre Jaime Suárez celebrado en la Universidad del Turabo el 14 de noviembre de 2016 con el auspicio de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades y el National Endowment for the Humanities.
