Extinciones masivas de nuestras fuentes históricas

Las páginas quemadas de nuestra historia no son accidentes, sino crímenes de indiferencia. Desde la quema de Caparra en 1513 hasta el cierre reciente del Archivo General de Puerto Rico sin luz ni climatización, la memoria nacional ha sido tratada como basura, literalmente. Incendios, saqueos, negligencias, burocracias ineptas y proyectos de ley cínicos han reducido a cenizas archivos municipales, colecciones de salud pública, actas de ayuntamientos y legados enteros como los de San Germán, Vega Baja o Utuado. Cada pérdida encoge el país: la historia que sobrevive queda mutilada, filtrada por los ojos del poder. No se trata solo de documentos: son voces, luchas, pruebas de lo que fuimos. Sin archiveros, sin estructuras seguras, los papeles mueren como animales en cautiverio. Y con ellos, muere también la posibilidad de contarnos sin mentirnos.





