Extinciones masivas de nuestras fuentes históricas

Esta es una colaboración entre 80grados y la Academia Puertorriqueña de la Historia en un afán compartido de estimular el debate plural y crítico sobre los procesos que constituyen nuestra historia.

[dropcap]L[/dropcap]a reciente y prolongada discusión sobre la custodia de los documentos históricos de Puerto Rico puede parecer exagerada para algunos, considerando los acuciantes problemas del país. Nosotros los historiadores defendemos con ardor esa herencia porque, es lo poco que nos queda de lo que deberíamos tener. A la vez, no le estamos dejando al futuro todo lo que le corresponde. Le fallamos en la transmisión de la memoria histórica.

Archivo General de Puerto Rico.

El Archivo General de Puerto Rico (AGPR) guarda documentos de nuestras oficinas gubernamentales, no solo para los historiadores, sino para muchos otros, como abogados, arquitectos, ingenieros, agrimensores, negociantes de bienes raíces, planificadores urbanos, compañías de publicidad, editores de libros y revistas, guionistas y productores de video, etnógrafos y sociólogos. Recientemente, miles lo han visitado por primera vez en busca de sus antepasados para solicitar la ciudadanía española. El Archivo está ahora en la mirilla de los legisladores, con la idea de trasladarlo administrativamente del Instituto de Cultura Puertorriqueña al Departamento de Desarrollo Económico y Comercio (Proyecto del Senado 273). De aprobarse el proyecto, el resultado es previsible y prevenible, y no va a ser bueno. Los documentos son como ancianos en un cuidado prolongado. Si se les quita el personal que los atiende y los servicios que necesitan, sus vidas se deterioran. Y no vale después decir “¡Qué pena!” ni “¡Qué ineptos los que los cuidan!” Porque el desenlace es previsible y prevenible.

El Archivo ocupó las primeras planas de los periódicos por su cierre desde fines de octubre de 2024 hasta principios de febrero de 2025, sin más electricidad que la de una planta de emergencia, y sin la climatización necesaria para evitar el deterioro de los papeles, grabaciones y otros objetos que guarda. (Andrea Cruz, “Se agrava el estado de precariedad del Archivo General”, Vocero 6 diciembre 2024, pág. 4) El episodio no tuvo causas extraordinarias ni exclusivamente recientes. Es parte de una larga historia de falta de atención y recursos, que lleva a lo que yo llamo extinciones masivas de documentos.

Los biólogos hablan de extinciones masivas cuando en un periodo breve de tiempo desaparece una alta proporción de especies y organismos. De los supervivientes, y a lo largo de muchas generaciones, surgen nuevas especies, a veces radicalmente diferentes, que repueblan el ambiente. Hay también extinciones de especies particulares, y para prevenirlas se las declara “en peligro de extinción” y se establecen leyes y reglamentos para protegerlas.

Cada pérdida de documentos históricos reduce los cimientos sobre los que podemos construir los historiadores. Cuando se cancela el testimonio de los documentos desaparecidos y quedan, si acaso, los informes oficiales que el poder protegió de la destrucción, hay que escribir una historia diferente a la que se podía escribir antes de la pérdida. Resulta disminuida, menos diversa, más ajustada a la visión del poder.

“Guaíza”. Cemí en el Metropolitan Museum, Ciudad de Nueva York

La primera de nuestras grandes pérdidas, que todos debemos reconocer, es la extinción de la historia taína. No tenían escritura ni papel, pero nadie se ocupó de preservar adecuadamente lo que ahora consideramos también documentos: sus narraciones orales, cemíes, pictografías, y el conocimiento de su ambiente habitado.

“La recuperación de San Juan de Puerto Rico”. Óleo sobre lienzo por el pintor madrileño Eugenio Caxes (1574-1634). Al fondo en el lado derecho, se aprecia el incendio que consumió a San Juan en 1625.

En términos de papeles, nuestras extinciones masivas empiezan por la quema de Caparra en 1513 y siguen, por solo dar algunos ejemplos, con lo que se llevó o destruyó Cumberland, el corsario al servicio de Inglaterra en 1598, el ataque holandés y quema de San Juan en 1625, y los huracanes devastadores de esos siglos. (Andrés Sanfeliú Cruz hace una breve lista de “Nuestra historia perdida” de esas épocas en El Adoquín Times, digital, 27 diciembre 2021.)

En España, nuestros papeles ardieron en las oficinas de gobierno en el Real Alcázar de Madrid, que se quemó en 1734, y dos siglos más tarde, en el incendio del Archivo de la Administración (Alcalá de Henares) y otros archivos institucionales y eclesiásticos en la Guerra Civil.

El 11 de agosto de 1939 ardía el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares, sumando a la triste nómina de pérdidas monumentales de la Guerra Civil uno de los edificios más emblemáticos y significativos de la ciudad.

Volviendo a Puerto Rico, están también las destrucciones oportunistas (desaparición de periódicos y actas municipales al caer los regímenes constitucionales en 1814 y 1823, y posiblemente al caer la primera república española en 1874), el incendio y pérdida total del Archivo de Puerto Rico en 1926 (El Mundo, 13 de noviembre, pág. 6) y las quemas y botaderas en municipios y oficinas según nos relatan diferentes historiadores y todavía vemos hoy. Todo esto sin contar la acción constante de los huracanes, la polilla, las goteras y los hongos.

¿Qué pasó con los antiguos archivos de San Germán? Dice Francisco Mariano Quiñones (en Salvador Brau,Puerto Rico y su historia. Investigaciones críticas. 2ª ed., 1894, pág.    259):

Allá en tiempos del delegado D. Jacinto García Pérez (1870) ordenó este a 2 o 3 traviesos escribientillos, la destrucción de gran número de papeles del Archivo Municipal de esta ciudad, y sin previo examen fueron llevados por carretadas a la orilla del río, donde se consumó un auto de fe [quema por la Inquisición], reduciéndose a pavesas documentación valiosísima para la historia y útil para el conocimiento de muchas cosas que importa esclarecer.

¿Cómo se borraron de nuestra historia las huellas del comercio de esclavizados?  Francisco Scarano lo revela (Haciendas y barracones: azúcar y esclavitud en Ponce, Puerto Rico, 1800-1850, 1993, pág. 192):

Ningún otro aspecto de la sociedad puertorriqueña del siglo XIX podría confundir más al historiador que las dimensiones y el momento de su participación en la trata de negros. Jamás se han encontrado registros o estimados oficiales de importaciones de esclavos, ni aun para el periodo de comercio legal antes de 1820. La contraparte puertorriqueña al registro de importaciones de esclavos de La Habana al parecer no existe, lo cual es sorprendente ya que ambas islas estaban bajo la misma administración colonial y por lo general sus colecciones de archivos son muy similares.

¿Por qué del “valioso Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, solo quedan algunos libros de actas”? Según Agustín Navarrete (Sociedad de la Historia de Puerto Rico. Informe de 1911, 1912, pág. 5, énfasis del original):

Los importantes legajos que contenían Memorias interesantísimas sobre materias económicas, estadísticas comerciales y cien asuntos más fueron quemados, manu militari junto al Castillo de San Cristóbal en 1898. Cierto es que el gobernador militar americano ignoraba su valor y solo supo de esa Sociedad que era una institución española a la que no se debía continuar dando la subvención con que figuraba en el presupuesto.

José Limón de Arce (Arecibo Histórico, 1938, págs. 87-93) relata minuciosamente el “abandono en que se tuvo al Archivo Municipal desde que cesó la anterior dominación” hasta sus días, para explicar la ausencia de documentos de 1803 a 1829. En el mismo municipio desaparecieron, cerca de 1971, “unos 7,000 documentos de gran valor”, según reportó José Rafael Reguero, “Devuelven documentos históricos de gran valor”, El Mundo 1º noviembre 1973, p. 14 – imagen 61.

Sandra Enríquez Seiders (Brígida Álvarez Rodríguez: una mujer, una historia, 2ª ed., 2018, pág. 18) no encontró “las Actas de la Asamblea Municipal de Vega Baja de 1932 al 1936, pues desaparecieron”.

Salvador Arana Soto (Historia de la medicina puertorriqueña hasta el 1898, 1974, pág. xvi) narra la experiencia de un coleccionista del siglo XX que vio “cómo un hombre sacaba de las oficinas de la Real Subdelegación de Farmacia carretillas llenas de papeles con orden de arrojarlos al basurero. López Prado consiguió que el hombre los arrojara en el patio de su casa.”

Antonio S. Pedreira (El periodismo en Puerto Rico, 1941, pero cito Edil, 1982, págs. 15-16) menciona además casos de epidemias. Ofrece el ejemplo de colecciones en Aguadilla y Humacao, “destruidas por orden de la Sanidad cuando nos azotó en 1912 la peste bubónica”. (De un siglo antes, podemos mencionar la quema de libros y papeles del pintor José Campeche, pues en 1809 era procedimiento mandatorio en casos que fallecieran de “fiebres”. Pedreira nos trae luego al presente:

En las Secretarías y archivos oficiales la necesidad de espacio por un lado, y la ignorancia por otro, y sobre todo la excesiva falta de interés oficial por nuestra vida documental, eliminaron de su custodia los mismos periódicos ministeriales que estaban llamados a conservar. La indigencia es, pues, aterradora y repelente” […]

Hay además “extinciones” más puntuales y muy frecuentes, pero pocas llegan al conocimiento público. Joseph Harrison Flores (La historia de la bandera de Puerto Rico: Del conflicto a la certeza, 2025, págs. 96-98) cuenta la dispersión de los documentos de José Julio Henna donados a Ponce. Hiram Sánchez Martínez (“Antonia Martínez Lagares: una muerte impune e innecesaria”, El Nuevo Día 6 marzo 2019, pág. 47) encontró que todos los documentos relacionados con ese notable asesinato “han sido destruidos o desaparecidos, o ‘perdidos’ por el gobierno”.

Cándida Cotto (“UTUADO La historia a la basura”), Claridad 24 enero 2023, https://claridadpuertorico.com/utuado-la-historia-a-la-basura/) reveló que libros donados a la Biblioteca Municipal por el historiador Fernando Picó y “el historiador oficial de Utuado” Pedro Hernández Paraliticci habían sido desechados.

Y si hablamos de documentos históricos que no son papeles, Víctor Ramos Rosado nos ha hecho recordar “El bastón de Betances y otros robos culturales que impactaron al país” (El Nuevo Día digital 25 enero 2024). El bastón estaba en el Museo de las Américas, la Virgen de Belén en la iglesia san José, los cuadros por Campeche en la Galería Nacional, y la estatuillaÓscar de José Ferrer en el teatro de la Universidad de Puerto Rico.

Está también el patrimonio edificado. Una de las pérdidas más sentidas en el acervo construido y que provocó amargas críticas por la desidia de las autoridades en salvarla, es la de Mansión Giorgetti, una joya arquitectónica de Antonin Nechodoma, en el corazón moderno de  Santurce, demolida en 1971.

Mansión Georgetti

La Mansión Giorgetti: gloria y destrucción

Para muestra actual, la condición de la capilla en el antiguo cementerio de San Juan (Osmán Pérez Méndez, “Temen que pueda colapsar”, Primera Hora, 24 septiembre 2025, págs. 4-5).

Capilla en el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis, Viejo San Juan (foto Primera Hora)

Este recuento no ha sido el resultado de una búsqueda minuciosa y difícil, o de un dragado abarcador de datos por inteligencia artificial, sino de lo que me he ido encontrando a lo largo de lecturas e investigaciones. Cada historiador tendrá su lista de lagunas y pérdidas en los temas que ha investigado.

Departamento de Salud de Puerto Rico.

Por mi experiencia en la historia de la salud, busqué, por años, los documentos del Departamento de Salud (fundado en 1912). Allí me decían que no había archivo. Al profundizar en la búsqueda, junto con personal del AGPR, han aparecido 2,312 cajas de documentos que cubren aproximadamente de 1940 a 1980 y provienen de solo unas pocas secciones de la agencia. ¿Dónde está lo que falta, y lo de antes de 1940 y lo posterior a 1980? Ya desde 1961 se había denunciado en el propio Departamento la destrucción de documentos importantes. En palabras del ingeniero Luis D. Palacios (Informe sobre la lucha antimalárica en Puerto Rico, mimeografiado, 1961, pág. 5):

Como no se vislumbró, durante el período de campaña, que en algún momento habría de hacerse este Informe, no se tomaron las providencias para conservar y archivar todos los datos que la preparación del Informe requería. De hecho, se destruyó una cantidad considerable de información muy valiosa.

En efecto, del área de “Salud Ambiental”, que llevó la batalla contra malaria, apenas hay cajas en el AGPR.

Más ampliamente, y contemporáneo al ingeniero Palacios, el historiador Lino Gómez Canedo (José M. Lázaro, “Profesor visitante Universidad hace estudio archivos del país”, El Mundo, 28 mayo 1960, pág. 38) encontró que

“la riqueza archivística de Puerto Rico ha sufrido enormemente. Apenas queda en los archivos parroquiales y eclesiásticos nada que vaya más allá de la segunda mitad del siglo XVIII. […] Pero los archivos de Puerto Rico, nos dijo, «difícilmente pueden esperar.”

Añade el articulista:

“Se necesita una urgente labor de recuperación y salvamento, a base de la restauración de los documentos más dañados y de la copia en micropelícula de todos los que aún se encuentran en buenas condiciones, pero expuestos a perecer el día menos pensado por falta de interés en quienes debieran conservarlos”.

Se ha hecho mucho desde entonces, tanto por el Archivo General, restaurando y microfilmando documentos, como por el trabajo de otros archivos, el establecimiento de otros nuevos, y su labor conjunta en Archi-RED, la Red de Archivos de Puerto Rico. Para no omitir ninguno, remito a la lista en https://archiredpr.wordpress.com/conoce-los-archivos-de-puerto-rico/conociendo-nuestros-archivos-de-puerto-rico/. El grupo ha fomentado la colaboración entre archivos universitarios, corporativos, municipales, musicales, artísticos, federales y privados. Recientemente el Departamento de Estado anunció que restauró las facilidades y digitalizó su archivo. (Pedro Menéndez Sanabria, “Preservan patrimonio histórico de la bóveda de las leyes”, Vocero 28 diciembre 2024, pág. 4). El AGPR lleva tiempo inmerso en un proyecto de conservación y digitalización de documentos gracias al respaldo de Rutgers University y la Mellon Foundation, y el proyecto se ha extendido a varios participantes de ArchiRED.

 

 

 

 

 

Pero desde la visita de Gómez Canedo la masa de documentos para atender, antiguos y modernos, ha crecido mucho, el volumen de documentos que no llegan a los archivos (incluyendo los documentos digitales) es alarmante, y la protección de los documentos no ha sido prioridad. El 17 de septiembre de 1977 un fuego destruyó por completo el edificio del antiguo Tribunal Civil en San Juan, con su archivo de casos anteriores a 1970. Meses antes, los bomberos habían advertido el estado de deterioro y la inseguridad del edificio. (Tony Santiago, “Sospechan fue intencional incendio destruyó archivos antiguo Tribunal Civil SJ”, El Mundo 19 septiembre 1977, pág. 4; Tony Santiago, “Bomberos advirtieron inseguridad edificio”, 24 julio 1978, pág. 3).

El impacto del huracán Hugo (1989)

Por el huracán Hugo en 1989, la Biblioteca Carnegie perdió toda su Colección Puertorriqueña y el AGPR también sufrió daños. (1989-10-29 Obed Betancourt, “Rudo golpe al patrimonio del país”, El Mundo, 29 octubre 1989, págs. 4-5) Cuando hace poco surgieron dudas sobre la condición estructural del puente atirantado de Naranjito (David Cordero Mercado, “Expediente del puente atirantado – Entre reclamos y documentos triturados”, El Nuevo Día 1 marzo 2023, págs. 4-5) nos enteramos de que documentos necesarios para la evaluación habían sido triturados como parte de 18,080 pies cúbicos de documentos, no solo relacionados con el puente atirantado, sino con cinco décadas (1955-2008) de proyectos de la ACT [Autoridad de Carreteras y Transportación].

En fin, que los archivos y bibliotecas, y particularmente el Archivo General, no guardan toda nuestra historia documental, sino lo poco que nos queda de ella. Y no es que los documentos estén en sus cajas como joyas en estuche. Van apretujados, muchas veces desordenados y hasta mal rotulados. Y me preguntan: “¿Pero, no hay archiveros?” Los hay, pero no dan abasto para atender la gente, mucho menos para organizar los papeles. Como dijo Pedreira, “la indigencia [de documentos] es aterradora y repelente”. Por eso los historiadores hacemos un llamado urgente a reforzar todos nuestros archivos y lugares de custodia del patrimonio histórico.

Zoológico de Mayagüez.

La situación del AGPR se parece también a la que experimentó el Zoológico de Mayagüez. (Editorial, “Lecciones del cierre del Zoológico de Mayagüez”, El Nuevo Día 12 marzo 2023, p. 48) Como los animales, los documentos necesitan cuidado repetido de personal especializado. Sin ese cuidado, enferman y mueren (los componentes químicos del papel y la tinta, de las fotos y las cintas magnéticas, se degradan); pueden padecer trato cruel o robo (por usuarios poco vigilados); se los comen otros animales (polilla, comején, hongo) y desaparecen en un fuego, una inundación o una tormenta.

Borrar la historia por indiferencia, por ignorancia crasa o por incapacidad de valorar la importancia patrimonial para las sociedades, es más doloroso que cuando ocurre por causas de una guerra o por designio cruel de un poder irresponsable. Es un triste comentario sobre lo que hemos perdido todos en responsabilidad cívica y en amor a nuestro país. Lo que necesita nuestro patrimonio documental no es un cambio de agencias encargadas, sino estructuras seguras a prueba de fuego, viento, goteras, hongos y polilla; más archiveros para cuidar de los documentos y catalogar en detalle los fondos: profesionales con entrenamiento especializado, en puestos de carrera con sueldos decorosos y con recursos técnicos contemporáneos.

José G. Rigau Pérez
Académico de número de la Academia Puertorriqueña de la Historia, médico epidemiólogo retirado del US Public Health Service y catedrático auxiliar ad honorem en las escuelas de Medicina y Salud Pública de la Universidad de Puerto Rico.