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Brasil: Paixão e vexame (pasión y vejamen)

11 de julio de 2014 by Elga Castro Ramos 2 Comments

brasileña en pena

“En Brasil la pena máxima de cárcel es 30 años, yo llevo 50 años pagando por algo que no cometí.”
–Moacir Barbosa Nascimento, portero de la selección brasileña que perdió 1-2 contra Uruguay en la Final de la Copa del Mundo de 1950, en lo que se conoce como el “Maracanazo.”

“Disculpas a todo el mundo. Yo solo quería darle una alegría a mi pueblo, a mi gente que sufrió tanto, tantas cosas… ver a todo el pueblo feliz al menos por causa del fútbol.”
–El defensa David Luiz, entre llantos, luego de la derrota ante Alemania 1-7 en Belo Horizonte, en semifinales Copa del Mundo, 2014.

[dc]D[/dc]esde antes de meterme de lleno en el mundo del fútbol, conocía lo que era el “Maracanazo”, momento en el cual unas 200,000 personas enmudecieron en el estadio Maracaná en Rio de Janeiro (y varios millones más afuera), cuando Uruguay anotó el segundo gol y Brasil perdió la Copa del Mundo en su casa en 1950. Como todo evento que pasa a formar parte de la memoria colectiva, del Maracanazo hay muchas historias, unas ciertas, algunas exageradas y otras falsas, pero cuando un evento tiene ese peso en la historia oral de un país, poco importa discernir detalles de qué pasó en realidad o no, pues lo esencial es lo que la gente recuerda y el significado que tiene.

Antes de enfrentar a Uruguay, ya se sentían campeones, porque venían de ganarle a Suecia y España 7 a 1 y 6 a 1 respectivamente; porque el Estadio Maracaná era el más grande del mundo y fue construido para proclamar a Brasil campeón, porque solo necesitaban un empate (en ese tiempo no se jugaba una Final como tal) y porque desplegaban el fútbol más bonito. Luego se han ido añadiendo otras, de carácter extra futbolísticas, sobre todo lo que hubiera significado el campeonato para un país pobre y dividido, con una democracia frágil, entre otras.

Al pasar los años, y haber conquistado cinco Copas del Mundo (la mayor cantidad por un país) en estos 64 años desde el Maracanazo, Brasil le fue adjudicando al fútbol atributos que van más allá del aspecto deportivo: pasión nacional, religión, orgullo, mecanismo para salir de la pobreza; embajador en el mundo; elemento unificador en un país dividido en términos raciales de clases y regiones; lo que unía a los gauchos del sur con los del noreste y los amazónicos, entre otros. Así, el fútbol junto con la samba y el carnaval, pasaron a ser los estereotipos y sinónimos de Brasil durante muchos años. Además de sus éxitos, lo peculiar de Brasil era su modo de jugar al fútbol, el llamado jogo bonito, era el verdadero orgullo de los brasileños. ¡Por eso dolía tanto el Maracanazo!

Pasaron 64 años y Brasil volvió a ser sede del Mundial, con condiciones muy diferentes. Ya no era un país en la sombra, había pasado al protagonismo internacional y no en una cancha de fútbol. Su solidez y crecimiento económico lo posicionaban entre las grandes potencias emergentes, su democracia se había afianzado y en el momento de obtener la sede del Mundial, en el 2007, tenía como presidente a uno de los políticos más carismáticos y queridos, Luiz Inácio “Lula” da Silva, quien fomentaba políticas progresistas que pretendían a nivel doméstico reducir la pobreza y disminuir el abismo en la diferencia de clases, y a nivel exterior proyectar al país como uno de vanguardia y solidez económica.

La Copa de 2014, por ende, tenía doble propósito, el político-económico-proyección internacional, y el deportivo, que era remediar el Maracanazo con la obtención de la sexta Copa, la Hexa, en casa como un regalo a los 200 millones de brasileños.

El portero Barbosa, observa el gol de Uruguay en 1950, momento en que nace la leyenda del Maracanazo.

El portero Barbosa, observa el gol de Uruguay en 1950, momento en que nace la leyenda del Maracanazo.

Adeus al Jogo Bonito

Aunque esas dos metas estaban omnipresentes durante toda la preparación previa al Mundial, poco a poco los resultados no fueron saliendo como esperaban. En el aspecto económico y social, la fractura empezó el año pasado en la Copa Confederaciones y a medida que se acercó el comienzo del Mundial se fue haciendo evidente que el presupuesto había superado cuatro veces al original y se fue cuestionando cada vez más el beneficio real en la población de los aproximadamente 11 mil millones de dólares en gastos. Y, deportivamente, aunque ganaron la Confederaciones en casa en el 2013, la selección brasileña era constantemente cuestionada por ser la antítesis de lo que era la esencia del fútbol en ese país, el jogo bonito reducido a Neymar, solidez defensiva que a menudo se traducía en juegos atropellados y rudos de su parte y la ausencia creativa en el medio campo. Este equipo conducido por Luis Felipe Scolari, Felipão, quien ganó la última Copa para Brasil en 2002, fue diseñado para ser eficiente pero no para lucir. Al final no hicieron ninguna de las dos. Eso que le llaman “resultadismo”, que es favorecer el resultado sobre el espectáculo, se comenzó a fomentar en la cultura futbolera brasileña a partir de la caída de una de las mejores versiones de la Canarinha, como la que presentó en el Mundial del 1982 en España y que a pesar un juego vistoso liderados por los míticos Zico, Sócrates y otros, cayó derrotada ante la insípida y ultra defensiva selección italiana. Eso lleva a una pregunta que no es exclusiva del fútbol ni de la selección brasileña, ¿vale más ganar que jugar bonito?

De Rumo ao Hexa a Hexa

Me sorprendió ver tantas cosas que en vez de decir Rumo ao Hexa (rumbo a la Sexta), ya decían Hexa, o sea, como que ya había sido lograda. Vi camisas con las seis la Hexaestrellas y letreros gigantes que leían HEXA (cabe recordar que en el 1950 habían portadas de periódico preparadas con el Brasil Campeão y estaba decorado el Maracaná con pancartas que saludaban a los nuevos campeones del mundo). Para este Mundial definitivamente la apuesta era una, añadir una sexta estrella en la camisa de la selección, la Hexa. Poco a poco me fui dando cuenta que los brasileños estaban obsesionados con ganar la Sexta en casa, punto.

Lo demás sería una decepción. Cada vez que preguntaba a un taxista quién ganaba, siempre me decían: “Brasil campeão!”. Lo afirmaban con seguridad y sin arrogancia, era como un acto de fe. Iban a ganar porque son el país del fútbol, porque era justo que ganaran en casa, por el Maracanazo, por lo que trabajaron y ¡porque … sí!

Lo más curioso era, que tras el empate con México, se podía percibir que los brasileños sabían que estaban lejos de la mejor versión de la seleção, que no jugaban bonito, que muchas veces ni jugaban, que había que esperar por una genialidad de Neymar, en fin que no eran un buen equipo. Incluso grandes estrellas del fútbol brasileño como Tostão, comentaron que si el Mundial no hubiera sido en casa se hubieran eliminado mucho antes.

Nadie duda del golazo que era el performance colectivo del himno, sobre todo la parte a capella, la cúspide de la simbiosis entre atleta y fanaticada a la que muchos aspiran y que se lograba, con un crescendo a medida que avanzaban en el torneo, con lágrimas incluidas y una emoción que luego desaparecía al iniciar el partido y se sustituía con poco juego. Al igual que los jugadores, todo el pueblo brasileño deseaban la Hexa con ansias, pero la pasión de la fanaticada podrá ayudar a ganar un juego o decidir uno cerrado, pero difícil que gane un torneo, y en algún momento todas estas debilidades iban a salir a flote. Desafortunadamente, fue en la semifinal y frente a Alemania.

Se borró el Maracanazo… pero con el Mineirazo

Antes del encuentro semifinal del pasado 8 de julio en el Estadio Mineirão en Belo Horizonte, Brasil y Alemania eran los países que más partidos habían jugado en Copas del Mundo, aunque curiosamente solo se habían enfrentado en una ocasión, en la final que ganó Brasil en 2002 en Corea/Japón. Aunque los brasileños tienen dos campeonatos más que los alemanes, estos históricamente han exhibido un juego organizado, táctico y eficiente. En esta Copa habían mostrado partidos sublimes, como el de la goleada contra Portugal, y algunos mediocres, como en el que tuvieron que recurrir a tiempo suplementario para derrotar a Argelia.

El día de la semifinal todo se le salió mal a Brasil, comenzando con la lesión de Neymar y la suspensión de su capitán y pilar defensivo Thiago Silva. Pero no todo fue el azar, pues también salieron a relucir todas las carencias que tenía esta selección y que creo que aún el que ponía el cartel en su casa que decía Hexa, lo sabía. Por su parte la selección alemana, über ordenada y rígida a su plan táctico, se lo comió, se lo devoró, cinco goles en 29 minutos, un desastre. Hay muchas cosas más que decir del partido, pero el resumen es que con el 1-7, Alemania desnudó y apabulló a Brasil, que sufrió así la derrota más aplastante en su larga historia mundialista, veterana de veinte Copas. Los brasileños fueron humillados en casa, en semis. Cuando más querían la Hexa no pudieron pelear por ella porque no llegaron a la final y ni siquiera pudieron jugar un partido en el remodelado Maracaná en todo el torneo.

“é bonita, é bonita, é bonita”

Siempre he sido una apasionada de la música popular brasileña, me gusta su diversidad de ritmos, las letras, pero sobre todo siempre me da alegría. Sin caer en los clichés de los brasileños y “su alegría contagiosa”, los brasileños expresan mucho con su música, y usualmente mucha alegría a través de sus ritmos y las letras. Hay una canción de Gonzaguinha que siempre me ha gustado por la letra, porque mira el vaso medio lleno, y dice: “yo sé, que la vida debería ser mejor y lo será, pero eso no impide que repita, que es bonita, es bonita y es bonita”. A menudo cuando pienso en Brasil, recuerdo escucharla cantada por una multitud en una fiesta de calle en Salvador de Bahía o en un Fan Fest lleno de brasileños en Alemania. La imagen de alegría pintada de verde y amarillo que tuvimos por más de veinte días desde que comenzó la Copa, se esfumó el 8 de julio.

El día de la catástrofe contra Alemania los medios de comunicación presentaron cómo los brasileños y brasileñas lloraron, y lo que comenzó con perplejidad ante la avalancha de goles se fue convirtiendo en tristeza y luego en profunda humillación, incluso más, en un vejamen, vexame, una palabra que es más fuerte que humillación y vergüenza y una de las más repetidas ese día en la internet.

El Maracanazo fue muy triste, pero no una humillación, pues habían tenido un torneo excelente y perdieron en la final contra un campeón mundial por 1-2 un partido que ni fue retransmitido internacionalmente por televisión. Pero ahora, en una era en que la reproducción es inmediata y de gran expectativa mundial, recibir la mayor goleada de su historia mundialista, lo sienten como un a vergüenza, y no puramente deportiva, sino incluso una vergüenza nacional.

Me dolió verlos tan abatidos, incluso molestos contra sus jugadores, sin esa alegría u optimismo que suelen tener. En el 2006 estuve en Alemania para el Mundial y aunque los anfitriones obviamente apoyaban a la selección de su país no sentí esa presión/obsesión por ganar la cuarta. Cuando perdieron la semifinal contra Italia, el público los aplaudió y jugaron el partido para el tercer puesto con mucho ímpetu, lo ganaron y fueron celebrados y honrados por su pueblo. Lo más lindo de los símbolos es como cambia su significado, mientras en Brasil la bandera es símbolo de orgullo nacional y no tiene implicaciones políticas, en Alemania fue precisamente el Mundial del 2006 lo que permitió que se ondeara la bandera alemana en eventos deportivos sin que se viera como una manifestación de derecha o del nacionalismo alemán del siglo XX.

Imagino que todo es relativo a las expectativas, y no solo la pasión con la que se vive el fútbol en Brasil, sino la combinación de cosas y el adjudicarle al fútbol, a la selección, al Mundial y la Hexa, roles que no deberían tener. La frustración en Brasil era tal, que la misma noche un periodista muy preocupado por lo que veía a su alrededor en Rio de Janeiro hacía un llamado a la cordura, a poner las cosas en perspectiva, recordando la frase de que “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes” y que la vida sigue, etc., recordando como gente se suicidó luego del Maracanazo y el país se sumió en una depresión. Aunque uno pensaría que el ánimo de los brasileños tocó fondo con esa aparatosa derrota ante Alemania, tristemente todavía podría pasar algo peor para ello … ¡que gane Argentina!

“¿Hermandad latinoamericana?”

Bolívar o cualquier otro panlatinoamericanista soñaría con que los brasileños, al no poder disputar la final, animen a los hermanos latinoamericanos argentinos contra Alemania. No solo por el peso de la cercanía geográfica, sino para mantener que “América es para los Americanos”, en referencia a que en los Mundiales celebrados en nuestro continente se coronan exclusivamente equipos americanos y además que Alemania fue su verdugo. Pero no, estoy convencida que no solo los brasileños alentarán a Alemania, sino que lo peor que les podría pasar es tener que coronar a sus archirivales y vecinos argentinos en su casa, en el Maracaná. Eso sería definitivamente hundir el dedo en la herida.

Aunque hasta ahora en los juegos de Argentina, la afición brasileña les gritaba en contra, cada vez que le preguntabas a un brasileño te decían que querían a Argentina en la final… para ganarle! Ahora Argentina está en la final, pero no con el plan soñado. Si dolió lo de Uruguay en el ´50, que gane Argentina en el 2014 sería catastrófico. Lo más triste es que muy probablemente los argentinos harían lo mismo en su casa contra Brasil y es que la rivalidad futbolística de estas naciones, que se traduce en otras áreas, es histórica y muy fuerte. Por eso, para los brasileños que Argentina logre su tercera Copa este domingo en su casa sería la culminación de su peor pesadilla.

Barbosa “redimido”

El defensor brasileño David Luiz decía que entre muchas cosas, querían ganar la Copa en casa para dedicarle la victoria póstuma a Barbosa, el portero que “permitió” los dos gols uruguayos en el Maracaná en el 1950 y que fue rechazado y señalado por esto el resto de su vida (murió en el 2000). Quizás David Luiz y sus compañeros lograron redimir, aunque sea parcialmente, a Barbosa y a los componentes del equipo del ´50, pero de una manera muy triste, y es que perdiendo en casa 1-7, pasaron probablemente a ser los “nuevos Barbosa” y ahora son la representación de la mayor vergüenza nacional. Ojalá que no y que con el paso del tiempo Brasil comprenda que el fútbol es importante y bello, sí, pero que los jugadores no deben ser los culpables del desastre de una nación, sino los políticos corruptos o dictadores, los empresarios que se lucraron con este evento. Que la búsqueda de la Hexa continúe, pero por ser un motivo más de alegría, no porque sea la manera de presentar un Brasil triunfante y que sea la erradicación de la pobreza y alcanzar más igualdad racial y social lo que dignifique el país en vez de exclusivamente una sexta estrella.

Hay quienes dicen que la catástrofe tendrá un efecto negativo para la actual presidenta Dilma Roussef en los próximos comicios de octubre. Si quieren sacar a Dilma por su manejo de los presupuestos del Mundial o por otros motivos de su administración, bien, pero pensar que la debacle de la defensa brasileña que encajó cinco goles en 29 minutos cause un cambio de gobierno, es otra cosa. Entiendo la sensación de vexame que sintieron, porque sin duda lo que sienten por su selección y el futbol es una paixão, pero espero que con los días vuelvan a sentir ese optimismo y determinación colectiva que los llevó a derrocar dictaduras y a convertirse en una gran nación en desarrollo, con una música y cultura diversa y rica y un futebol bonito, porque a pesar de que las cosas deberían ser mejores, la vida é bonita… y sigue después del Mineirazo.

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Elga Castro Ramos
Elga Castro Ramos
Elga Castro Ramos es estudiante doctoral en Ciencias Políticas en la New School for Social Research y es egresada de la Universidad de Puerto Rico donde estudió Ciencias Políticas. Trabaja temas de nacionalismo, identidad cultural y sus manifestaciones en el deporte. Ha publicado escritos sobre fútbol, olimpismo, nacionalismo, entre otros.
Posted in: 80grados+, Copa Mundial FIFA 2014, Deportes Tagged: Brasil, Copa Mundial de la FIFA, humillación, selección brasileña

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