Colonizahedor

¿Con qué higiene mental se mantiene y se alimenta una relación en la cual el cuerpo --hasta la nariz-- siempre se encuentra en desbalance? ¿Hasta…

Delaware

[dc]L[/dc]os niños, contaba el amable profesor Morgan a sus estudiantes universitarios, se bañaban en los ríos y lagos cercanos todos los días, y todos los días, en sus escasos ropajes, caminaban hasta la escuela para encontrarse luego con otros niños, hijos de los colonizadores ingleses en la bahía de Massachusetts. Los niños nativos compartían sus salones con los hijos de los autoproclamados benefactores, niños también, cuyos cuerpos raramente tocaban agua, y que resistían noche y día bajo las gruesas e infernales capas de ropajes que supuraban, sudaban, enrojecían, despedían fragancias muy personales. Todo comenzaba a descifrarse.

En ese intercambio en un salón de clases se tramitaban los primeros recuerdos que los niños, más tarde adultos, tendrían del otro «forastero salvador» o del otro «inocente nativo». Y quedaba para unos la memoria de los cuerpos casi desnudos y los cabellos mojados, y para otros el hedor de la colonización, uno de sus hedores. Nacía en éstos el olfato del disgusto, la queja que no se aguanta cuando se encuentra atrapada en alguna precaria intimidad.

La lección de historia de la América colonial del profesor Edmund Morgan, quien murió este año, llevaba a sus estudiantes a la duda, y los que pasaron por su aula la recuerdan todavía. ¿Con qué higiene mental se mantiene y se alimenta una relación en la cual el cuerpo, la fisicalidad de los miembros de algún grupo –hasta la nariz–, siempre se encuentra en desbalance? ¿Hasta dónde se aguanta el hedor del poder sin moverse?

Ningún descubrimiento es más duradero que aquel hecho por la nariz. Es corporal, sensorial, y la mayor parte de las veces lleva a la acción. Hoy, como en esos siglos pasados, la nariz le sirve de faro al cuerpo. O debería hacerlo.

Los niños nativos, ante la imposibilidad de soportar los olores, se tiraban por las ventanas de sus pequeños salones. Eso aseguraba Morgan. Es que a veces hay que tirarse por la ventana. Hay hombres y mujeres, islas completas, en espera de lanzarse a otros más fragantes futuros.

Félix Jiménez
Columnista

Es profesor de estudios culturales en la Universidad del Sagrado Corazón. Ha sido visiting scholar en la Universidad de Columbia en Nueva York, y profesor invitado y conferenciante en universidades de Estados Unidos y Puerto Rico. Estudió literatura comparada en la Universidad de Yale, y ha escrito para The Nation, The Village Voice y The Washington Post, entre otras publicaciones, además de desempeñarse como productor editorial de la cadena de noticias CNN. Entre sus libros se encuentran "Las prácticas de la carne: construcción y representación de las masculinidades puertorriquenas", "La cultura material del deseo: objetos, desplazamientos, subversiones", y "Vieques y la prensa: el idilio fragmentado". Recién publicó en el 2012 "Serenos, semejantes". Prepara ahora "Audioeuforia".

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Félix Jiménez
Colaborador/a

<b>Columnista</b><br/> Es profesor de estudios culturales en la Universidad del Sagrado Corazón. Ha sido visiting scholar en la Universidad de Columbia en Nueva York, y profesor invitado y conferenciante en universidades de Estados Unidos y Puerto Rico. Estudió literatura comparada en la Universidad de Yale, y ha escrito para The Nation, The Village Voice y The Washington Post, entre otras publicaciones, además de desempeñarse como productor editorial de la cadena de noticias CNN. Entre sus libros se encuentran "Las prácticas de la carne: construcción y representación de las masculinidades puertorriquenas", "La cultura material del deseo: objetos, desplazamientos, subversiones", y "Vieques y la prensa: el idilio fragmentado". Recién publicó en el 2012 "Serenos, semejantes". Prepara ahora "Audioeuforia".<br/>

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