[dc]B[/dc]asada en una historia verídica esta película es un recuento ficcionalizado de una vida condenada. ¡Qué fuerza y qué humor sobre un tema tan penoso desarrolla el guión de Craig Borten y Melisa Wallack! ¡Y que actuaciones las de Matthew McConaughey y Jared Leto! Junto a la dirección de Jean-Marc Vallée estos artistas han logrado una de las mejores películas sobre el tema del HIV y el sida desde el comienzo de la epidemia. Se une a “Angels in America” (2003), “And the Band Played on” (1993) y “Longtime Companion” (1989) que están al tope de mi lista.
Ron Woodroof (McConaughey) es un vaquero que participa en rodeos montando toros. Es, además, un adicto a drogas, alcohólico, mujeriego y homofóbico. Es 1985 y le diagnostican que tiene HIV. Primero ocurre la negación esperada de un tipo que es inteligente pero poco educado, y, más que nada, un machista y macho tejano que no puede aceptar que sufra una “enfermedad de gais”. Un médico que sabe algo de medicina tontamente le dice que tiene 30 días de vida. Digo tonto porque nadie puede ser tan preciso con una prognosis médica. De hecho, es un arma dramática para pasearnos por los días que supuestamente le quedan al personaje y familiarizarnos con el ostracismo, el estigma y el repudio que sufrían los afectados por el virus en una etapa de la historia de la enfermedad cuando mataba a todos los que la sufrían. A Ron los amigos comienzan a llamarle todos los epítetos que se han usado para insultar a los homosexuales, le dan la espalda, y el casero lo echa del parque de casas movibles en que vive.
En vez de rendirse, sin embargo, Ron comienza a estudiar y descubre muchas cosas sobre la enfermedad. En particular, que la única droga que está al momento en el mercado está produciendo muchos efectos secundarios y no está disponible para todos. También, que cuesta $10,000 anuales poder adquirirla. Sus pesquisas lo conducen primero a México de donde comienza a contrabandear medicamentos que no están aprobados por el FDA (Food and Drug Administration, la agencia federal que regula todas las medicinas) y, eventualmente, lo hace de donde quiera descubre que hay algún fármaco que pueda tener algún efecto para controlar la enfermedad.
En una de sus estadías en el hospital conoce a un travesti llamado Rayon (Leto) con quien forma una sociedad para establecer el negocio que se llamará “Dallas Buyers Club”. A través del club la gente puede recibir los medicamentos gratis a cambio de una membresía de $400 mensuales. Es un ardid técnico ya que no lo pueden acusar de “vender” los medicamentos. Rayon es su conexión al mundo de los gais, que él desconoce. En poco tiempo el negocio florece. Comienza a entrar dinero y las casas farmacéuticas deciden que no quieren competencia y usan el FDA para tratar de impedir las actividades de los socios.
La trama (todo el mundo sabe de lo que trata la película y no he revelado nada que no se vea en los trailers) es relativamente trivial y lo que es interesante son los detalles de las relaciones entre Rayon, Ron y su médico (Jennifer Gardner). Lo valioso de la historia es la capacidad de los guionistas para no recurrir a trucos bajos para extraernos emociones. Esta es una película dura como un diamante y simultáneamente graciosa, sin que se disminuya la seriedad con que aún se debe tomar la infección con HIV. Hasta el 2012 AIDS había causado alrededor de 36 millones de muertes y se calcula que aproximadamente 35.3 millones de personas en el mundo tienen HIV en su sangren y en sus células.
El guión usa a uno de los médicos (el de la prognosis) y al FDA como villanos, pero hay que entender que muchos médicos entre los años 1981, cuando se reportaron los primeros casos, y el presente se han dedicado a asegurar tratamiento propio y correcto para los pacientes y los han tratado de proteger o los han protegido de timadores que vendían medicamentos tóxicos o sin efecto. Lo que sí alza su cabeza sulfúrica en la película es la avaricia de las casa farmacéuticas en un momento que era poco lo que había para desacelerar la enfermedad o controlarla, aunque fuera transitoriamente. Hay que señalar que esta cinta es muy distinta a la verdadera historia de Ron Woodroof quien, para comenzar, no montó un toro en su vida.
Además del tema, lo importante de la película son los actores McConaughey y Leto. Ya en estas páginas he alabado al nuevo McConaughey cuya actuación en “Mud” demostró lo que siempre sospechábamos de él: que es un actor superlativo y un galán de quilates. Para esta película rebajó 50 libras y aún así no se ha afectado su encanto. Pero no es eso lo que impresiona, después de todo de no haberlo hecho no hubiera podido representar alguien que se está muriendo de sida. Es su capacidad para convencernos del sufrimiento emocional de alguien que sabe que ha de morir una muerte avasalladora, afectado por infecciones y dolores y la pérdida de la razón lo que conmueve. El actor que habita ese nuevo cuerpo enclenque que parece que ha de romperse por sí solo en cualquier momento nos trasmite también el deseo de vivir de quien ha cursado por la vida en un submundo que se sostiene a base de prejuicios y que se convence de que la vida de otros es tan valiosa como la que él ha desperdiciado. La conversión de Ron de homofóbico a aceptador de que hay quienes tienen otra orientación sexual es emotiva. También convence como si fuera real la decisión del personaje de protegerse y proteger sexualmente a sus parejas, situaciones que, acertadamente, McConaughey y el director han llenado de humor. Tan impresionante es la actuación que se llevarán la imagen del personaje cuando emerjan de la oscuridad del teatro como una especie de héroe de nuestro tiempos, en los que el hombre lucha contra fuerzas mortales que doblegan el espíritu.
Leto también rebajó (30 libras) y su Rayon es un personaje que vive endrogado y deseoso por someterse a un cambio de sexo, pero al mismo tiempo es un ser brillante y con una mente ágil para los negocios sin haber perdido su sentido de cariño ni su ternura. En él se combina la exuberancia de alguien que está representando un papel a diario con el de una persona que sabe lo que le espera desesperado. Sus escenas finales son desgarradoras y patéticas. Este es un personaje ficticio de modo que Leto ha conseguido una verdadera creación.
El amante del cine y del arte de la actuación verá en esta película lo que pueden lograr los artistas que se dedican a su profesión con la seriedad que le deben a su público. Nadie puede representar nada si no entiende lo que representa y habita la forma de pensar del personaje. Para eso hay que tener inteligencia, perspicacia e introspección. A los dos actores principales de esta película esas cualidades les sobran.
