[dc]N[/dc]o hay dudas de que la película más política del verano es esta crítica de la sociedad norteamericana. Solo los que viven en la burbuja de que el sueño norteamericano aún existe no entenderán los paralelismos con lo que ocurre hoy día en “the land of the free”. El guión nos presenta el prejuicio racial, la dependencia de las armas y el odio.
En el previo capítulo (“Rise of the Planet of the Apes”; 2011) César, el simio entrenado por el personaje de James Franco, capitaneó una revuelta de los de sus especie que eran usados como conejillos de India (es curioso como la expresión se va haciendo cada vez más absurda) y en los que se creó un virus letal (ALZ-113) que las autoridades llamaron el virus de la enfermedad de los simios. Esa enfermedad ha causado el colapso de la civilización (estamos en 2026) y no hay electricidad en lo que queda de la ciudad de San Francisco. Un grupo de supervivientes inmunes al virus se han conglomerado en una comuna y buscan la forma de restablecer la función de un represa para generar la energía que les permitiría conectarse con otros humanos en los Estados Unidos y el mundo, si es que todavía existen.
Un grupo dirigido por Malcolm (Jason Clarke) es enviado por Dreyfus (Gary Oldman)el líder de los humanos a tratar de reparar la represa. Para hacerlo tienen que pasar por el bosque donde los simios han establecido su pueblo. Casi inevitablemente esto lleva a la confrontación y a la batalla entre humanos y simios cuando Carver (Kirk Acevedo) uno de los humanos (que resulta ser un compendio de las peores características de los miembros del TEA party) se alarma y le dispara y hiere a uno de los simios. El resultado es que César marcha a la comuna acompañado por un ejército de seguidores a pedirle a los humanos que no regresen a su región.
César busca paz, pero Koba un bonobo (un tipo de chimpancé) que odia a los humanos porque lo torturaron y lo maltrataron, no está satisfecho con su gestión e insiste que los humanos han de hacer lo que puedan para volver a dominarlos.
El guión de la película es muy bueno aunque muchas veces descansa en situaciones que me recordaron las de Tarzán en las antiguas películas del inimitable Johnny Weissmuller, hace más de medio siglo. Sin embargo, todo sigue una ordenada lógica que nos satisface y nos permite ir comparando lo que vemos en la pantalla con las cosas que sabemos ocurren hoy día en Norte América.
A pesar de que los simios se han mantenido alejados de los humanos, estos los culpan de la enfermedad del virus ALZ-113. El virus fue creado por una casa farmacéutica con la idea de curar el Alzheimer (de ahí su nombre). Por el contrario, lo que hizo fue cambiar el cerebro de su recipiente (la madre de César) que demostró una inteligencia superior, algo que ha heredado su hijo. La insistencia falsa en el filme que los monos, no los humanos, son responsables de la hecatombe mundial es análoga a continuar diciendo que Iraq tenía armas de destrucción masiva.
Los humanos están armados hasta los dientes y profesan una inclinación a la agresión y al ataque. Su líder Dreyfus podría haber sido presidente del National Rifle Association. Aunque en un momento dado, es el anárquico Koba quien parodia un estribillo que estanos cansado de oír. Dice Koba, ante la crítica de algunos: “Apes don’t kill people, guns kill people. Lo que nos arranca una carcajada a los que encontramos el argumento original (“Guns don’t kill people, people kill people.”) tan idiota como “corporations are people”, que es un antecedente para la locura de Hobby Lobby. Pero el guión es lo suficientemente valiente y para balancear la responsabilidad de la violencia y mostrar que los simios también tiene en sus genes la tendencia a la irracionalidad. Después de todo compartimos 98% de nuestro ADN con los gorilas y 99% con los chimpancés.
El desarrollo de la trama toma esto en consideración y nos va preparando para los engaños y las traiciones que se suscitan. De hecho, los guionistas Mark Bomback, Rick Jaffa y Amanda Silver se ciñen bastante al balance para no abanderizarse al demostrar que los monos también tiene la inclinación a las mismas pasiones que afligen al hombre, incluyendo el prejuicio.
Los efectos especiales de la cinta son absolutamente sensacionales. Asimismo la cinematografía y la edición, que nos mantiene al borde la butaca constantemente. Sin embargo, lo que es verdaderamente asombroso son las actuaciones de los artistas que representan a los simios. Judy Greer, quien hace de Cornelia, la mujer de César sufre su enfermedad y su pérdida con gran aplomo. Tony Kebble es un imponente y espantoso Koba, y cada vez que entra en escena, electrifica el filme. De hecho, uno está consciente de que anda por ahí, merodeando la maldad aunque no esté en pantalla. Luego está el increíble Andy Serkis. El inolvidable Golum de la triología de “Lord of the Rings” y el temible “King Kong” (2005), es una maravilla como César. Representa sus emociones con la pausa y el aplomo que se requiere para que la película pueda amalgamar realidad y fantasía y convencernos de lo que está sucediendo podría llegar a ser cierto.
La película nos atrapa completamente y establece una tensión que es esencial en lo que básicamente es un entretenimiento con profundos comentarios políticos. El discrimen está muy claro, y el menosprecio que le tienen los que se creen superiores a otros, patente. Hay una tesis subyacente en el filme que sugiere que muchas diferencias entre los que son diferentes entre sí siempre encuentra una mala solución en la guerra y el derramamiento de sangre. No he decidido si César se ha de convertir en uno como Julio, Augusto o Calígula (hay un indicio de eso), pero hay veces que considero que es una especie de César Chávez. El tiempo dirá. Queda claro que en la evolución de esta serie fílmica una confrontación apocalíptica entre los humanos y sus predecesores es inevitable. Cualquier semejanza a lo que ocurre hoy en Siria, Israel, o en Nigeria, no creo que sea pura coincidencia.
