De destellos inmortales a pavesas mortecinas

[dropcap]L[/dropcap]os domingos en la plaza pública de Rincón se podía encontrar tesoros sin tener que cavar. Ojalá aún se mantenga esa dominguera confluencia de calor y disfrute humanos. La gente la disfrutaba mucho. Entre otras razones porque la actividad se revestía de mercado de productos agrícolas, yerbas aromáticas, mejunjes sanadores, piraguas endulzadas con siropes de frutas tropicales, guarapo de caña exprimida a la vista del cliente en una suerte de trapiche urbano, miel sustraída a hurtadillas de las abejas embobadas con humo…

Más de una vez acudí a saciar la curiosidad y la conveniente o inventada sed de un maví sin hielo. Pero mi parada favorita era frente a un puesto de libros improvisado allí con religiosidad y devoción franciscanas. Era el rincón de los milagros y almacén de tesoros de nostalgia. ¡Todo al alcance de la mano!

Allí encontré y adquirí Destellos Inmortales, una antología de breves biografías publicada por la Editorial del Departamento de Instrucción Pública en 1966. En sus 176 páginas incluye 36 reseñas de la vida y ejecutorias de patriotas, poetas, filósofos, políticos y militares distinguidos oriundos de Estados Unidos, México, las Antillas e Hispanoamérica que era el término preferido antes para aludir a la que José Martí llamó Nuestra América.

El compilador de la antología intencionada para cursos de Historia en las escuelas superiores debió de ser Don Joaquín Freire, único nombre que aparece en la tapa dura y en la portadilla del libro, y sobre quien no he encontrado más información. A él hay que atribuir la introducción sin firma dirigida «A los maestrros», muy bien escrita y sugerente para avivar los entusiasmos pedagógicos de los educadores.

Antes de participar más detalles sobre el contenido de Destellos Inmortales me desviaré en dos digresiones pertinentes y un reparo personal:

Primera digresión: La agencia pública cuya imprenta daba a la luz la obra aún se llamaba «Departamento de Instrucción», no de Educación. Sin embargo, tengo para mí que, a juzgar por la antología de referencia, entonces se tomaba más en serio que en nuestros tiempos la misión educativa, aunque nunca la entidad se ha sacudido por completo del lastre innato de los propósitos colonizantes que le impuso la Ley Foraker el 12 de abril del 1900. Pero al César, lo del César, que en el lodo a veces nacen rosas con aspecto de flores de loto.

Varias décadas transcurrieron antes de que en la Ínsula Barataria que llamaban «estado libre asociado» de Puerto Rico se tomara nota de que no es lo mismo instruir que educar, y se rebautizara la agencia. Nómbrasele desde el entonces Departamento de Educación, pero el gusano de la politización partidista y mediocre la sigue minando con insidia de ponzoña.

Segunda: Para cuando se publicó Destellos Inmortales el Secretario de Instrucción Pública era Don Cándido Oliveras, educador de grata impronta en ese menester, nacido en Morovis, quien también dirigió en su momento la Junta de Planes (ahora de desplanificación). ¿Quién se iba a imaginar que en la silla de Cándido Oliveras, Efraín Sánchez Hidalgo, Ángel G. Quintero Alfaro, Celeste Benítez Rivera, César Rey Hernández o Rafael Aragunde Torres llegaría a posarse un ratero rapaz como Víctor Fajardo o una Herodes de la infancia escolar y ladrona sin escrúpulos como Julia Keleher? Por eso decía yo que al César, lo del César. Pero aquella hornada de educadores apasionados con el sacerdocio de la enseñanza se difuminó, si no es que desapareció como la imprenta del Departamento de cuyas máquinas salió Destellos Inmortales.

Contraportada de Destellos Inmortales

El reparo personal: Ni una biografía de mujer sobresaliente, ni una fue incluida en las 36 reseñas. Omisión tal vez explicable, pero imperdonable ayer e imperdonable hoy. Indicador elocuente de la torcedura patriarcal y machista que encuentra en el sistema educativo abono, acicate y aliciente. Como si –por mencionar una– Manuela Sáenz de Vergara no hubiese sido nada ni nadie en la vida de Simón Bolívar, ni hubiese inscrito con honores su nombre en la revolución independentista latinoamericana.

Prosigo con el prologuista don Joaquín Freire, y recordemos que está escribiendo cuando la estratagema colonial del estatus político de Puerto Rico tenía apenas catorce años:

«En las páginas de este libro encontraremos relevantes figuras de las veinte repúblicas latinoamericanas, de los Estados Unidos de América y del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Muchos de estos próceres, no sólo son exponentes de las patrias que los vieron nacer, sino que constituyen símbolos en otros pueblos a los que les brindaron sus esfuerzos como soldados de la espada o el intelecto.»

Pasa de ahí a nombrar algunos de los ilustres biografiados, lo cual imito advirtiendo que mi selección entre los 36 es arbitraria: Simón Bolívar, Abraham Lincoln, Benito Juárez, Rubén Darío, José Martí, Gregorio Luperón, Toussaint L’Ouverture, Eugenio María de Hostos, Antonio Valero, Andrés Bello, José Enrique Rodó, Domingo Sarmiento…

Más adelante en la Introducción, Freire hace gala de erudición pedagógica en estos términos: «Los “Detellos Inmortales” son biografías que se salen del estricto marco tradicional de la narración histórica en donde privan las fechas y los hechos sucedidos en orden cronológico en la vida de estos patriotas. Más bien, tratamos de estereotipar los caracteres de dichos personajes en forma anecdótica y en torno a frases por ellos vertidas, en una apretada –y por ende nada fácil– síntesis.»

La idea del estilo ameno adoptado, dirá Freire, ha sido despertar «en el alumno deseo e inquietud por entender las actitudes y razones que llevaron a sus héroes [es decir, aquellos cuyas biografías resume] a pronunciarse en tal forma en el escenario de la vida pública de aquella época».

Cada esbozo biográfico es precedido por una cita, una cápsula del pensamiento que animó la vida y los hechos del biografiado, referencia repetida al final, seguramente para subrayar su importancia y vigencia. Al azar, escojo la de Gregorio Luperón (1839-1897), el patriota , héroe y antillanista dominicano, cercanísimo amigo de Betances y de Hostos:

«Yo amo la paz de todo corazón; ella es la verdadera fuente de la prosperidad. Pero la paz no puede existir donde no hay libertad y justicia, la prosperidad de todos los pueblos, de todos los hombres y de todas las razas, esto es, paz con dignidad.»

Por un momento imagino la suerte que correría hoy día, en nuestro sistema educativo público o privado, un educador propagando en su salón de clases ideas afines a las de Luperón. Cuanto menos, se expondría a la furia de padres y madres alarmados por lo que llamarían lavado de cerebro, o a una reprimenda oficial de la jerarquía miope que seguramente le achacaría ser agente y promotor de insubordinación perniciosa.

El puntillazo sonoro que hoy podría hacer salir lágrimas es cuando el prologuista Freire anota que el Departamento se propone «desarrollar un programa de mayor profundidad educativa en todos los niveles». ¡Cuánta ilusión echada a perder! Por lo mismo es que no he podido refrenar mi angustia, quizá en los lindes de la hipérbole, al pensar que esa agencia pública pueda haber involucionado desde el resplandor de destellos inmortales hasta las tenues llamitas de pavesas mortecinas.

Bernardo López Acevedo
Periodista y editor de larga trayectoria. Trabajó en distintas capacidades en el periódico Claridad. Fue redactor y colummnista regular. Laboró además en comunicaciones de distintas organizaciones sindicales. Desde hace años se desempeña como editor de libros en la Editorial Huracán.