A la memoria de Luis Nieves Falcón
[dc]E[/dc]ra el 1976 o ´77 y me encontraba en Argel en alguna actividad de la Unión Internacional de Estudiantes. El secretario de asuntos internacionales del Partido Socialista Puertorriqueño, Pedro Baigés, me había pedido que contactara con un líder del Frente de Liberación Nacional, en el poder, y le reiterara el interés del PSP de establecer en Argelia una Misión similar a la que ya tenía en Cuba.El país norteafricano era para entonces retaguardia segura y centro nervioso de los movimientos de liberación nacional del continente y la diplomacia independentista boricua buscaba ubicarse allí, donde se batía el cobre del anticolonialismo mundial.
Recibí una llamada en el modesto hotelito donde me hospedaba y el contacto de Baigés me convocó a una reunión en otro lugar, en las afueras de la ciudad.
Un chofer solitario en carro del gobierno me recogió e inició el recorrido hasta el punto de reunión a una velocidad que solo creía capaz de alcanzar a los pilotos de Fórmula Uno.
Llegamos a un bloqueo de seguridad ubicado frente a un hermoso complejo vacacional que simulaba la Casbah, el histórico barrio epicentro de la revolución argelina.
Llegué de noche y el alumbrado era tenue, lleno de sombras. Los pasillos largos con techos rematados en arcos con diseños arabescos se sucedían en las terrazas blancas que escalaban una árida colina frente al mar Mediterráneo.
Al final de uno de esos pasillos solitarios divisé un personaje con la pinta típica de los locales que andan en batolas blancas sin cuello y sin botones, calzados con chancletas de cuero.
Aquella sombra blanca caminaba en mi dirección y se iba definiendo poco a poco, era un varón de estatura más bien baja, pelo en afro y un gran bigote que cubría buena parte de su cara redonda.
A medida que se acercaba, su frente se ampliaba y se extendía hasta el mismo medio de la testa haciendo lucir su pelo ensortijado como una intrincada corona romana alrededor de su cabeza.
La débil luz del pasillo me anunciaba que aquel personaje, que ya tenía casi de frente, era alguien conocido.
Esforcé la vista, dudé, y le pregunté incrédulo, «¿Profesor?… ¡¿Nieves Falcón?!
Una enorme sonrisa apareció debajo del bigote. «¡Muchacho de Dios, qué tu haces por aquí!, casi gritó en su inconfundible tono mezzosoprano.
En medio de aquella vaporosa galería mora, brevemente intercambiamos razones, propósitos y asombros sobre el encuentro entre estudiante y profesor en tan exótica sede.
Nieves Falcón andaba en un evento de solidaridad con los pueblos africanos en lucha por su independencia y recabando apoyo para la de Puerto Rico, misión a la que dedicó toda su vida y protagonizó sin reclamar protagonismo alguno.

