
foto por Orlando Javier Torres
La ruptura se venía fracturando hace meses. El fin de semana resultó en la quiebra decisiva. Los típicos malos entendidos por nada, y por todo, desfilaron entre exigencias, caras largas frente al tren, vistazos muy seguidos al celular, en fin, la receta para lograr comunicación entrecortada, según los expertos. Aunque ninguno de los dos tenía la culpa. De veras que no. No nos soportábamos.
Nos despedimos. Él se montó en un Uber en dirección al JFK luego del beso más tierno que nos hemos dedicado desde el primero aquella noche en la Ciudad. La geografía era inevitable, nos separaban 600 millas. Ahora, los pequeños hábitos que habíamos tejido como puentes para salvaguardarnos de ella, implosionaban a lo lejos.
Cierro la puerta con delicadeza. Me desagrada como uñas en la pizarra el cantazo contra el marco, las cerraduras y la inercia de la puerta echada a su suerte. Además de que en incontables ocasiones he sido la vecina de abajo y estos edificios viejos que remodelan cada 20 años son de cartón con mucho ego. Sus paredes tienen más masilla y capas de pintura que madera. Además de que son metal para la transmisión de cualquier sonido, gemidos de placer y bolas de algodón que rebotan contra el piso.
Giré mi cuerpo en contra de la puerta hasta que mis ojos se detuvieron en la mesa al final del pasillo donde Marcos había reposado su mochila todo el fin de semana para que Sami el gato no se la meara. Caminé hacia allá pero me detuve un segundo frente a mi cuarto para rebuscar su ausencia entre mis cosas.
Desde la sala me di cuenta de que la luz de su habitación se proyectaba en mi espacio, contrario a la luz amarillo-cobre que emanaba tenue desde una lámpara que ya no estaba. Extrañé su cortina color vino, atada casi siempre con un nudo a mitad de caída. Nuestras ventanas compartían un pasillo intransitable. Su edificio y el mío se tocaban en una esquina ajena. A pesar de que comulgaban bajo distintos caseros en calles opuestas, nuestras ventanas quedaban separadas por siete pies de aire. Formaban parte de una calle sin salida protegida por dos patios abandonados y cercados por una verja de cyclone fence que demarcaba las propiedades privadas. El encuentro también hacía esquina entre su calle y mi avenida.
Noté que permanecía colgada una pintura. También me di cuenta de que tenía un clóset al fondo; las puertas estaban abiertas. La habitación era pequeña. Atisbé una mesa blanca, posiblemente de IKEA, desprovista de propósito. Al otro día el cuarto estaría vacío. Las luces apagadas.
Coexistíamos en silencio. Nunca supe quién era. Cómo era. Tampoco quería saber. Había sido el único testigo de casi cinco años de innumerable inquilinos, mientras yo fungía de contenido permanente. Testigo involuntario o complaciente de mis desayunos, almuerzos y cenas frente a la computadora recibiendo rechazos y confirmando mi desempleo.
Cuando tenía cortina la cerraba para masturbarme. Después le hacía el consabido nudo a mitad de ventana. La cerraba cuando hacía ejercicios, a veces. Pudor imaginado.
Me daba cosita que me viera en la ropa que usaba para salir. No quería que me reconociera en la calle.
Demarqué unilateralmente que así debíamos llevar a cabo esta relación.
Mi imaginación había construido a un muchacho negro, músico (porque tenía un piano eléctrico limpio y despejado) como el habitante de este espacio que era nuestro. Bajé la guardia. Reemplacé la cortina por una planta colgante. Sin mirarnos, nos sabíamos.
Ahora me levanto por las mañanas con el ruido de los carpinteros y constructores remodelando edificios y casas a lo largo de la calle Madison o empleados de la ciudad cavando rotos en la calle para que National Grid por fin arregle la filtración de gas que lleva años perdonándonos la explosión.
Durante la hora mágica del atardecer se iluminan las traslúcidas ventanas. Los nuevos inquilinos muestran sus lámparas, plantas, sofás, candelabros, molduras rehechas, techos altos y estatus quo con forzada naturalidad.
Ese destape es la pequeña gran señal de los cambios, del aburguesamiento del barrio. Los anteriores habitantes poco a poco desaparecen. Los que permanecen acortinan sus ventanas. Son estatuas de sal.
Era lunes, y otra ventana quedaba al descubierto.
