Espejos y eternidades: Desde el Quijote a Welles

dbdbafff1621320edea625676d33265a5767edad_1200A la profesora Luce López Baralt y mis compañeros de clase 2016

[dc]U[/dc]na forma de ver el Quijote es como una obra de arte cuyas páginas son espejos en los que se refleja su autor. El desdoblamiento y la multiplicación de personajes y autores nos aturden al mismo tiempo que nos llaman a adentrarnos en el vasto espejo que son muchos de ellos, como los que habitan la capa del Caballero de los Espejos. En esos espejos que son páginas, encontramos la imagen multiplicada de don Quijote que se ve reflejado en su propia imaginación y en la nuestra, como si fuera un caballero andante cuando ya no había, y que usa las novelas de caballería que le antecedieron como un punto de referencia, un azogue que le devuelve una imagen a su gusto, distorsionada por su locura, como lo hacen los espejos no planos de las casas de locos en los parques de diversiones.

Los episodios paradigmáticos de los molinos de viento, de las ventas convertidas en castillos, de mujerzuelas convertidas en princesas y duquesas, son distorsiones que podría llevar a cabo el más diestro “photoshopper” o fotógrafo de hoy día, recordándonos al hacerlo que el producto de una cámara –la foto en que aparecemos- es un espejo en el que vemos un pasado en el que participamos, muchas veces fingiendo, porque hemos posado para el momento. De hecho, entrar al libro, particularmente si se hace acompañado de alguien sabio, es explorar un país lleno de espejos en los que la vida del siglo XVI y principios del XVII está reflejada luego de haber sido digerida y evaluada por el otro espejo, que es el ojo del mejor observador: el primer gran novelista. Esa óptica regresa del cerebro a través del ojo a la página para crear otros espejos que han de multiplicar escenas y situaciones que se han convertido en la película permanente que es el Quijote. ¿Qué es una película sino un espejo especial? En los filmes, muchas veces nos vemos plasmados en personajes que se nos parecen, que son semejanzas de lo que imaginamos que somos: a veces el humano común, a veces personajes heroicos más grandes que la vida, tal y como en muchas ocasiones se pensó a sí mismo don Quijote.

Es difícil imaginarse la reacción del primer humano que vio su imagen reflejada, pero sabemos del mito de Narciso quien al verse se enamoró de sí mismo, situación que hace eco (no puede resistir) en la alta estima que tiene don Quijote de sus andanzas y su persona, y su rabia (junto a la de Sancho), de aparecer vencido en una versión no autorizada de su propia historia, que resulta ser una reflexión adulterada de su propia reflexión. Don Quijote, tiene rasgos narcisistas, pero tiene la bondad de haber depositado fuera de sí ese amor propio en su fantasía sobre Dulcinea, quien es la más bella imagen que su imaginación dota e infunde en la burda Aldonza. Es como cuando nos vemos como Cary Grant o Liz Taylor aunque estamos más cerca de W. C. Fields y Margaret Hamilton, pero mientras dura la fantasía Cary o Liz somos, tal y como Aldonza se convierte en la belleza sin par, Dulcinea, ante la pantalla, que en su cerebro ve don Quijote antes de que existiera una forma de fotografiar objetos (por supuesto estaba la pintura).

Es curioso que el Caballero de los Espejos y su escudero sean imágenes representativas de don Quijote y Sancho. Se le llama Caballero de los Espejos por la capa que está incrustada con pequeños espejos, pero no podemos sino sospechar que en ellos están reflejados los otros tres personajes múltiples veces. El Caballero de los Espejos resulta ser los espejos que sirven, ante el paso lento del quijotesco Charles Foster Kane en “Citizen Kane” (1941), para multiplicar su imagen hasta un infinito que solo está limitado por la capacidad de la cámara para captar hasta dónde se propaga la figura. Me parce que en “Kane”, como en El Quijote, esa multiplicación se ha transformado en una predicción de la importancia que han tenido como obras de arte el filme trascendental de Welles y la novela monumental de Cervantes, ambas creaciones que modificaron para siempre los géneros a los que pertenecen. Esa proyección hacia un infinito en la página o en la pantalla resulta ser un postulado ontológico: ¿cuántas de esas imágenes son “verdad”? No vemos las imágenes reflejadas en la capa del Caballero de los Espejos, mas la imaginación, que puede más que la cámara, nos dicta que son al menos tan numerosas como las de Kane en la cinta de Welles.

Antes de Welles existe una coincidencia con los intercambios entre don Quijote y el Caballero de los Espejos, y el escudero de este, que resulta ser Tomé Cecial, un vecino de Sancho, y Sancho. Estos intercambios están matizados por el hecho que el Caballero de los Espejos fue antes el Caballero del Bosque, y que luego ha de ser el Caballero de Blanca Luna y, siempre, el bachiller Sansón Carrasco, amigo de don Quijote. Esa multiplicidad de personalidades y los intercambios entre los dos “caballeros” y los dos escuderos tienen similitud con la famosa escena del espejo, en lo que para mí es la obra maestra de los hermanos Marx, “Duck Soup” (1937). Aunque la idea no es original de los Marx, gira alrededor de un espejo que no existe. De un lado, Firefly (Groucho), y del otro Pinky (Harpo) disfrazado de Firefly. Pinky imita los movimientos del otro tan precisamente que parece obviar el hecho de que no hay espejo. Pero el momento cumbre, como todo lo que sucede hasta que Sancho descubre la verdadera identidad del Caballero de los Espejos y su escudero, ocurre cuando Groucho y Harpo cambian de lugar y nos hacen dudar, no solo quién representa a quién, sino quién es quién. En esta maravillosa escena la realidad y la verdad se funden como se ha hecho con el lector, hasta que descubrimos los disfraces de dos personajes, uno de los cuales reclama haber derrotado a Quijote en batalla. El disfraz, particularmente el de Tomás Cecial tiene su equivalencia en el de Pinky/Harpo que logra convencer a Firefly/Groucho de la existencia del espejo, ya que, por un instante, logra convencer a Sancho de ser un escudero legítimo. Por otro lado, mientras Pinky está convenciendo a Firefly que es su imagen, Chico Marx entra a la escena disfrazado de Firefly y choca con los otros dos. Un personaje que tiene tres versiones, como los caballeros de Sansón Carrasco, que solo regresan a la realidad por una colisión con la realidad.

Welles volvió a usar los espejos para mostrar la duplicidad de sus personajes tal y como Cervantes usó los capítulos del Caballero de los Espejos para mostrar parte de la de los suyos. En el filme noir “The Lady From Shanghai” (1947), el clímax ocurre en el salón de espejos de un parque de diversiones en los que la imagen de la mujer traicionera y falsa, Elsa Bannister (Rita Hayworth), se va fragmentando según una serie de disparos del revolver de Michael O’Hara (el propio Welles) pretenden matar a su marido, que a su vez quiere matarla a ella y a Michael. La mentira que representa la mujer se va desmoronando en pedazos de espejos rotos, como si poco a poco cada pedazo se llevara parte de la maldad intrigante que tejió con sus mentiras. Esa fragmentación del espejo recuerda la multitud de espejitos que reflejan a don Quijote en la capa del Caballero de los Espejos, este último amparado en el disfraz que oculta sus verdaderas intenciones: derrotar a don Quijote para que este renuncie a la vida de caballero andante y regrese a su hogar. En la película de Welles, el personaje engañado está tratando de salvar a la mujer que no tiene ninguna de las virtudes que él erróneamente le ha atribuido, cómo ha hecho don Quijote con Dulcinea, entendiendo que, en contraste al personaje de Hayworth, ella no lo engaña. El engaño mayor es el que voluntariamente se ha formado don Quijote en la transformación que ha hecho de una mujer común a una idealizada en el espejo de su mente, tal y como ha hecho O’Hara con Elsa.

Welles había comenzado una versión fílmica del Quijote en 1955 y había estudiado la obra en gran detalle. Consideraba que aún en la época de Cervantes don Quijote y Sancho eran “contemporáneos” (refiriéndose al siglo XX) sin poder serlo pues ya en el XVII eran anacrónicos y, por lo tanto, eran eternos porque encajan en cualquier época. Vemos que tenía razón. Son eternos porque reflejan unos valores y virtudes imprescindibles y deseables pero imposibles de alcanzar. Sin embargo, como en el caso del verso de la canción más famosa de “Man of La Mancha”, lo que quisiéramos entre otras cosas es: “To reach the unreachable star”, algo que resuena con todo el mundo aún en el siglo XXI.[1] No cabe duda que El Quijote es un espejo en el que aún podemos mirarnos y aspirar a vencer todos los males. Y Welles tenía razón: don Quijote y Sancho son eternos.

 

[1] To right the unrightable wrong/To love pure and chaste from afar/To try when your arms are too weary/To reach the unreachable star. Mitch Lee y Joe Darion, 1965

Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).