“De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y aunque ha tan poco que me vi encerrado en una jaula como loco, pienso, por el valor de mi brazo, favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea, y el agradecimiento que solo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado”.
(Don Quijote I, capítulo L)
Para el generoso Don Quijote la pobreza es una especie de muerte en vida: “el agradecimiento que solo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras”. El deseo no es suficiente sin la acción, sin obras. Para lograrlo, no podemos aceptar que Alonso Quijano tenga que convertirse en un otro con respecto a sí mismo. Por el contrario, la otredad suplementaria que el yo encuentra en la fantasía de esas novelas de caballeros lo que crea es la posibilidad de que un aspecto que define al yo y que permanece encerrado, oculto e invisible pueda manifestarse. El yo carga con una otredad generada por su nivel social bajo, una alteridad producida por la condición social que se impone como un destino. Esa otredad social, la cual no lo es para el sujeto mismo consciente de su generosidad, intenta manifestarse por medio de una subjetividad alterna que pueda conquistar los bienes que harán visible aquello encerrado en su pecho. Dos otredades en disputa: una impuesta socialmente y otra que se ensaya con modelos culturales como reacción a la primera.
Don Quijote se enfrenta a un canónigo que posee una gran voluntad de descartar libros de la misma manera en que se deben expulsar a los inútiles de las repúblicas ordenadas. Los vagabundos y pordioseros, víctimas de premáticas y declaraciones de expulsión, tal y como ocurre en el Lazarillo de Tormes. El caballero despojado de la potencialidad de su propio yo intenta recuperarla por medio de la fantasía para así mostrar su generosidad con los amigos, en especial con Sancho Panza, ese otro pobre a quien define como “el mejor hombre del mundo” y que a pesar de las dudas quiere hacer gobernador. El caballero quiere potenciar en Sancho la posibilidad de un otro yo latente en el escudero.
Entre la impotencia del sujeto, la risa cervantina y la moral urbana de canónigos se instituye en este fragmento un verdadero comentario político sobre la mala distribución de los bienes y el vacío que representa la vida en la pobreza. Quisiera proponer que la aventura quijotesca, aquella que se hace más pertinente en los tiempos de incertidumbre en que vivimos, es el intento de salvar, por medio de mundos y subjetividades alternos, la dignidad de aquello que carga el ser humano en su interior y que la inequidad condena a la invisibilidad y a la muerte. Alonso Quijano sale a la aventura de la vida en búsqueda de la posibilidad de revelar su interioridad invisible, el yo que carga consigo y que, por desgracia, nadie puede ver.

