La biblioteca del tiempo: guía para el tránsito

 

James Gleick. Time travel: A History. New York: Pantheon Books, 2016.

[dc]V[/dc]iajar en el tiempo es uno de los temas más visitados en la literatura de ciencia ficción, quizá solo superado por los relatos distópicos y los relatos posapocalípticos. Cada 4 o 5 años aparece una nueva antología que continúa prolongando la fascinación con el misterio del tiempo. James Gleick, en su texto más reciente, investiga la consolidación conceptual de la travesía temporal como discurso literario (y científico). Es decir, Gleick no ha escrito un libro de divulgación o una extrapolación sobre las teorías que respaldan la posibilidad (o no) de viajar en el tiempo -esa bibliografía es vastísima y Gleick también la evalúa esporádicamente- sino que más bien a Gleick le interesa examinar cómo y por qué la fantasía tempo-náutica ha penetrado tan profundamente la imaginación de escritores y creadores. El resultado es una lectura fascinante.

 

Según Gleick, la idea moderna del viaje temporal es muy joven y fue literalmente inventada por H.G. Wells en The Time Machine (1895), aunque las cepas de la literatura fantástica y de la especulación filosófica sean sus fuentes más inmediatas (Mary Shelley, Swift, Rabelais, Swedenborg, Blake, etc.). ((El matrimonio de antólogos Vandermeer difieren de la apreciación de Gleick. Para ellos la forma moderna del viaje temporal fue inventada en el cuento “The Clock that Went Backward” (1881) por Edward Page Mitchell. Ver The Time Traveler’s Almanac.)) La idea es obvia y casi banal, pero Gleick la sostiene, la expande y le abre múltiples direcciones para mostrarnos sus porosidades e implicaciones para los principales proyectos literarios del siglo 20: desde Joyce hasta Leguin, pasando por Woolf y Borges, y también para importantes discursos científicos.

La reflexión sobre el tiempo existe casi desde que existe el pensamiento. En el Majabhárata, Brahma viaja a los cielos y cuando regresa las épocas han pasado; para Platón el tiempo es la parte de la eternidad que se mueve; San Agustín, expresó su duda en forma seudo paradójica: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta, lo sé. Si se lo quiero explicar a alguien, no sé”. Una aventura japonesa del s. 8 relata la aventura de Urashima Tarō a quien una diosa tortuga hace viajar 300 años en el futuro.

Existen numerosos formatos de viajes en el tiempo: por sueño, por droga, por hipnosis, por trance, constatados en muchas tradiciones religiosas, filosóficas y literarias que preceden el texto de Wells; sin embargo, la operación wellsiana es única. Una especulación científica que contiene un dispositivo con la capacidad de movilizar materialmente a un ser humano por la dimensión temporal como si fuera un desplazamiento espacial. Las redundancias son necesarias. Con el paso del tiempo ese dispositivo se transformó en un dispositivo literario.

Hay que subrayar la colindancia entre ciencia y literatura. Wells ideó el tropo del viajero temporal leyendo a Lyell y a Darwin, empapándose de zoología y geología. Ambas disciplinas consideran el mundo observable como si fuera un documento compuesto por capas, sustratos y etapas; similarmente, el viajero se desplaza por el tejido temporal como si este fuera una cebolla, pero con años y periodos. ((El narrador de Wells observa que la máquina del tiempo se puede mover hacia el futuro y hacia el pasado. Sin embargo, la narración está organizada solo hacia el futuro, salvo al final en que el viajero regresa al “pasado”, su tiempo.))

Gleick detalla etapas en las que se puede dividir la evolución del concepto del viaje temporal desde finales del siglo 19 hasta nuestro presente.

En 1898 ya estaba traducido al francés y casi inmediatamente Alfred Jarry publicó medio en broma medio en serio “Commentaire pour servir à la construction pratique de la machine à explorer le temps”. El viaje es un pretexto, el tiempo es la cuarta dimensión, el lugar por donde la mente se puede deslizar para ensayar maneras de pensar otra realidad: “It is worth nothing that the Machine has two Pasts: the past anterior to our own present and the past created by the Machine when it returns to our Present which is in effect the reversibility of the Future”, dice Jarry citado por Gleick (37). Síndrome de fin de siécle, se incrementa la ansiedad social por lo desconocido. La máquina es el artefacto para echar a andar las dudas por el porvenir y la crítica al presente. Se subrayaba así (o se creaba) uno de los aspectos más estimulantes de la ciencia ficción: el futuro (o la especulación científica) es un instrumento para generar discusión sobre la actualidad, para abrir espacio a la reflexión política dentro de la cultura popular.

La invención de la imprenta acentuó la necesidad de preservar la memoria cultural. La Revolución Industrial provocó que la máquina pasara a primer plano “creating a sudden nostalgia for the apparently vanishing way of life.” (41) El pasado se fue disolviendo. La modernidad acelera el sentido de descomposición. La máquina del tiempo -y la figura del viajero- son aparatos de captura ((“El aparato de captura constituye un espacio general de comparación y centro móvil de apropiación”. Deleuze y Guattari. Mil mesetas. (Pretextos, 2004). (451))) aptos para aludir a la trama moderna del progreso en clave de ansiedad ante la inestabilidad del presente. En las primeras décadas del siglo 20 el pensador alemán Walter Benjamin aludiría a la figura del ángel de la historia para cifrar ahí una imagen del paso del tiempo y el efecto arrollador del capitalismo.

Los filósofos siguieron procesando todo esto. Para Henri Bergson el análisis del tiempo no se puede separar de la experiencia de este. Sin embargo, es el tiempo, no el espacio lo que constituye la esencia de la conciencia. William James popularizó a Bergson en Estados Unidos y lo resumía así: “lo que realmente existe no son las cosas sino las cosas haciéndose”.

Gleick es enfático: es una apreciación equivocada argumentar que Wells no tuvo nada que ver con la repotenciación de la física a principios del siglo 20. No, una teoría física surgió gracias a la inspiración de Wells. Wells inyectó la imaginación científica del siglo que estaba por comenzar con un lenguaje tempo-náutico.

Con The Time Machine, Wells creó una extrapolación filósofo-científica prestando cuidadosa atención al conocimiento científico de su época. El viaje temporal entró entonces tan contundentemente en las formulaciones culturales que -cual salitre que corroe las varillas en las casas playeras- se filtró en las mentalidades científicas. La teoría de la relatividad no es solo una culminación de las tradiciones científicas, Einstein también está en deuda con Wells. No se trata de demostrar que Einstein leyó a Wells, o de que elaboraciones o alegorías literarias sobre la obra de Wells llegaron al escritorio de Einstein. Ese tipo de argumento empírico no es el que persigue Gleick -es obvio que Einstein conocía la historia de la literatura científica relacionada a sus preocupaciones-, sino explorar cómo es que se satura el tejido cultural para dar paso a aglutinaciones de sentido. La famosa frase de Einstein, ya vuelta cliché pop -“La imaginación es más importante que el conocimiento”- adquiere mayor espesor.

So long as I travelled at a high velocity through time, this scarcely mattered; I was, so to speak attenuated -was slipping like a vapour through the interstices of intervening substances. But to come to a stop involved the jamming of myself, molecule by molecule, into whatever lay in my way; meant bringing my atoms into such intimate contact with those of the obstacle that a profound chemical reaction -possibly a far-reaching explosion would result, and blow myself and my apparatus out of all possible dimensions -into the Unknown.

Para nuestros ojos la terminología ha envejecido, pero que este lenguaje forme parte de un texto literario evidencia la meticulosidad científica de Wells.

En las primeras décadas proliferan las publicaciones pulp (Amazing Stories, Science Wonders Stories, etc) que las podemos considerar filosofía para no especialistas. Los primeros escritores y editores, como Hugo Gernsback, estaban obsesionados con el viaje en el tiempo, “In the pages of the pulps, the theory and the practice of time travel began to take shape”. (20)

El viajero temporal colonizó el pensamiento. La literatura de ciencia ficción comenzó a explorar asuntos que normalmente solo les preocupaban a los filósofos: ¿Qué es el sujeto? ¿Qué es la libertad? ¿Qué es la conciencia? Que estos asuntos emigraran a un “subgénero” indica que la brecha entre ciencia y arte se había cerrado, y que la progresiva secularización de las sociedades modernas produjo individuos y autodidactas más preocupados con las condiciones de su existencia. La CF fue y es un género popular utilizado para divulgar la fantasía del progreso (énfasis en fantasía); una plataforma de reflexión de la que el viaje temporal quizá sea el tropo más rico.

“El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”. Jorge Luis Borges recurría a la metáfora del tiempo con bastante frecuencia (fue también un lector apasionado de Wells), pero este debe ser el fragmento más citado. Se oculta ahí una reflexión wellsiana sobre el viajero, la máquina ya estaba instalada en la cultura literaria. El texto se desplaza por el continuum espacio-temporal: el tiempo arrebata, destruye y consume; pero el río, el tigre y el fuego son las figuras de la memoria. Borges veía la literatura como una máquina del tiempo, la subjetividad del lector atraviesa el tejido temporal con la lectura.

El tiempo se había estado comparando con un flujo desde la antigüedad, pero Wells encauza el tropo fluvial en la dirección de la imaginación de los científicos. Los físicos más destacados del siglo 20 se dieron a la tarea de dedicar gran parte de su impulso especulador a la cuestión del tiempo: Einstein, Gödel, Feynman ((Todavía el problema sigue vivo, quizá más vivo que nunca. La primera oración de uno de los libros más recientes dedicados al tema (Time Reborn), por el físico teórico Lee Smolin, dice así: “What is time? This deceptively simple question is the single most important problem facing science as we probe more deeply into the fundamentals of the universe.”)). Esta preocupación con la naturaleza del tiempo en el pensamiento científico (y creativo) moderno, propongo, debe estar relacionada a la experiencia de la aceleración de los eventos tal cual son percibidos por los sentidos. En los años en los que escribía Wells proliferaron los inventores de máquinas de transporte y aeronautas experimentales (como John William ((Dunne  Borges escribió un corto ensayo sobre el libro de Dunne, An Experiment with Time.)), amigo de Wells, quien también intentó con poco éxito utilizar las especulaciones temporales de Wells para predecir el futuro). Quizá buscando sentido a la progresiva acumulación de experiencias que el capitalismo lanzaba a los sentidos, el tiempo se convierte en la piedra de toque de los pensadores más significativos. Nuestra eficacia en “capturar” las experiencias se plantea como problema ya que se observa un desequilibrio en la separación exponencial entre lo realmente archivable en el instrumento cerebral y la cantidad de experiencias que la actualidad produce. La Máquina es el aparato simbólico que produce la cultura para sanar la brecha.

Ahora bien, decir que el tiempo es un río a la larga resultó una imagen inexacta. Borges ajusta su mirada en el relato “El jardín de los senderos que se bifurcan” (1948) y propone que el tiempo es un laberinto para designar la inherente complejidad -tensión entre orden y desorden- de lo existente que incrementa con el paso del tiempo (otra redundancia deliberada). A eso le llamamos entropía.

Isaac Asimov intenta regular el caos que la aceleración produce con una fantasía machista a tono con las ansiedades de los primeros años de la guerra fría: The End of Eternity (1955). Los Eternos son todos hombres y aspiran a erradicar el desorden que la historia genera, pero no se animan a mencionar la desigualdad entre las clases como posible causa de ese desorden. Estos iluminados son todos viajeros temporales y el viaje se cifra como enclave escapista.

Al otro lado del conflicto gélido, Stanislaw Lem reimagina cómicamente el legado que descubrirán arqueólogos del futuro en Memorias encontradas en una tina (1961). Las memorias del presente las encuentran en el futuro guardadas en una bañera. La tina es una especie de función purificadora de los estragos del tiempo, el objeto-sarcófago que ha fosilizado la memoria de las vidas extintas en un holocausto. El tiempo aparenta aglutinarse en el espacio, la literatura sirve de mecanismo para comprimir el tiempo. Traduzco a Gleick: “Las reglas del viaje temporal han sido escritas no por científicos sino por cuenteros”.

Ursula Leguin en The Lathe of Heaven (1971) inventa un tropo para la ciencia ficción: el sueño efectivo. Algunos individuos tienen la habilidad de soñar cambios radicales en los eventos contenidos en el continuum espacio-temporal, pero los cambios generan complicaciones imprevistas. ¿Qué cambiar? ¿Se debe tener el derecho de cambiar las cosas?  Es el sueño del poder y Leguin cifró ahí una crítica al totalitarismo. Ética para aspirantes a tempo-nautas, y, por supuesto, para aspirantes a escritores.

Según Gleick, antes del advenimiento de la Máquina, las personas siempre se preguntaban cómo podrían cambiar su destino, y las especulaciones literarias relacionadas al tiempo tomaban esa forma. Sin embargo, ahora que proliferan viajes en el tiempo (en ficción y en las teorías) lo que más se preguntan las personas es si podrían cambiar el pasado. (232) La ansiedad ante lo incierto adquiere la forma de anhelo por el orden. Transformar el pasado para que la catástrofe temida en el presente no llegue en el futuro. La ciencia debe servir para secuestrar el pasado, parece ser la hipótesis que se oculta en el deseo de cambiar los eventos que ya fueron.

Entonces, ¿se podrá algún día viajar en el tiempo? Para Gleick, el aspecto práctico de la pregunta no es relevante, su apuesta es borgeana: el viaje en el tiempo sirve para liberar la imaginación.

Pero por si acaso lo anoto aquí: cuando regrese del futuro voy a poner una nota en los comentarios…

Javier Avilés Bonilla
Javier Avilés Bonilla es escritor, lector de ciencia ficción, reseñista y ávido entusiasta de los juegos de mesa. Nació en un pueblo suburbano pero su espíritu es de Aibonito. Estudió literatura y filosofía con Esteban Tollinchi. Obtuvo maestría en literatura comparada de Binghamton University. Su primera reseña apareció en En Rojo en 1997; sobre el film Shine. Desde entonces ha escrito numerosos artículos y reseñas en Claridad, Plural, Diálogo, El Nuevo Día, etc. Fue editor del suplemento Zona Cultural del mensuario universitario Diálogo. Ha firmado sus escritos con muchas imposturas, la más notable de ellas es j.a. bonilla.Su página en Board Game Geek donde se describe su colección de juegos se puede acceder en https://www.boardgamegeek.com/collection/user/Impostor