(Reflexiones de una atrevida – primero de una serie)
[dc]U[/dc]n nuevo discurso de persuasión independentista no tiene que ser populista. Ciertamente, debemos cuidar de que caiga en la demagogia que todos rechazamos como característica que hace del término “populismo” uno peyorativo. Pero también se hace obvio que la independencia necesita de un discurso radical que trascienda páginas como esta y se meta en el pueblo.
Las páginas de 80grados son ideales para el debate académico e intelectual de ese nuevo discurso. Podría yo venir aquí a plantear una discusión del populismo desde el bolchevismo ruso hasta el post-marxismo del argentino Ernesto Laclau. Prefiero, sin embargo, someterles mi visión de ese nuevo discurso en ánimo de alimentar un debate concreto sobre la estrategia y no la filosofía del mismo desde unas reflexiones informales.
La pugna sobre el término populismo no va a parar en Puerto Rico. Los que deseen enredarse en ella lo harán sin necesidad de que yo lo proponga. Se sentirán provocados de todas maneras.
Sin embargo, yo quiero plantear que se busque un nuevo discurso desde la necesidad.
La profesora de comunicación Vivien Mattei me provee la pauta.
“Para lograr lo esperado hay que conseguir la atención, abordando el mensaje de los intereses, necesidades y expectativas de los receptores. Pero luego hay que lograr credibilidad, comprensión y compromiso para que hagan suyo el mensaje. Es tarea difícil y requiere mucha consistencia y ejemplo en la repetición del mensaje. Las grandes diferencias en enfoque y estilos de lucha en esta etapa de convencer a un pueblo distraído son un lastre en el proceso”.
Son demasiadas las personas en mi país que acusan al independentismo de no ser claro en su propuesta. Podemos hacer dos cosas: rechazar la crítica como falsa e inconsecuente o prestarle atención a ver si tiene algo de verdad que estemos dispuestos a admitir y corregir.
Rechazarla es fácil. Sin duda el independentismo puertorriqueño se ha fajado de campana a campana en las peores circunstancias históricas y políticas. Sobrevivir nada más ha sido un triunfo. Pero es un triunfo que no basta para ganar la guerra.
Podemos repetir hasta la saciedad que estamos cansados de hacer propuestas claras y concretas para la economía y la justicia social en un país soberano. Que el sistema aplasta nuestras propuestas con la ayuda poderosa de los medios de comunicación que nos ignoran o nos comprimen. Y sentirnos satisfechos de haber hecho el trabajo aunque no se nos reconozca.
El sistema ciertamente ha sido más eficiente en deseducar y enajenar y de eso no somos responsables. Podemos conformarnos con esa explicación.
O podemos cambiar las tretas frente al monstruo grande que pisa fuerte.
Podemos cambiar la visión de la independencia como sacrificio para presentar la independencia como oportunidad. La mejor opción de felicidad colectiva e individual.
¿Cómo hacerlo? Partiendo de lo que la gente quiere saber, no de lo que nosotros queremos que sepa.
Hasta la tarea de escuchar al pueblo le parece innecesaria a una facción del independentismo. “¿Qué es lo que tiene que decirnos que no sabemos?”, preguntaba ese sector el otro día en un debate en las redes sociales.
Esa es precisamente la actitud que nos hace repugnantes, elitistas y arrogantes en el imaginario social.
Si algo me ha llamado siempre la atención de las religiones es precisamente que parten todos los días de las preguntas originales como si nunca se hubiesen hecho antes. Y miren lo exitosas que son.
Lo que se plantea es explicar la independencia desde aplacar las necesidades de la gente, no desde la retórica intelectual del socialismo y el patriotismo, que puede ser bastante lúgubre e intimidante.
“Si no estás dispuesto a ponerte un puñal en la boca contra “el americano” y proclamar tu intención de sacrificarte por la patria, no sirves. No vas a aprender nunca nada. Te vas a quedar bruto”. Ese mensaje tan desagradable es con el que se percibe que muchos de nosotros pretendemos convencer a la gente de la independencia.
Eso no quiere decir que entre nosotros no sigamos discutiendo la lucha de clases, el neoliberalismo y el crimen colonial. Lo que quiere decir es que esos términos no se dominan por arte de magia porque nosotros queramos que se dominen imponiéndolos.
(Por cierto, anoche le decía a un amigo que aquí no puede haber lucha de clases porque todos nos creemos clase media y no nos damos por aludidos. La clase alta se canta pelá y la clase baja se canta un poquito pudiente. La clase trabajadora se considera empresaria del hogar. Los patronos se consideran benefactores de la patria. Los pequeños comerciantes son capitalistas puros. Eso es otro tema que abordaré en algún momento.)
Thomas Paine logró más con su Sentido Común en dos años que lo que hemos logrado nosotros en más de un siglo. Debe haber llevado de un dos a un tres porciento el activismo separatista americano en las trece colonias.
Lo que me lleva al tema de las mayorías y las minorías. Graciela Rodríguez Martinó, mi cómplice de vida, me dice que encuentra contradictorio que yo quiera convencer sobre la independencia cuando he dicho tantas veces que las minorías son las que mueven el mundo.
No, Chela. No espero por una mayoría independentista. La independencia la vamos a seguir haciendo una minoría. A lo que aspiro es a neutralizar el discurso de la derecha y el miedo infundido en esa mayoría. Con eso nos metemos por la grieta. Me basta que la gente comience a considerar la independencia como una opción real y viable aunque nunca se plantee votar por ella. Eso hizo Paine. No logró que una mayoría tomara las armas a favor de la independencia, pero logró que no las tomaran en contra.
De hecho, la independencia no se va a obtener por la vía electoral. Por la vía electoral en la colonia se vota por la administración de la colonia. A lo que más se aspiraría es a encauzar la negociación de la separación en serio. Pero eso está muy lejos de la realidad. Lo que realmente se aspiraba hasta hace unos años era a colar proyectos sociales progresistas en la colonia mediante el voto a los pocos políticos de corte liberal que de ganar podían adelantarlos. Ya ni eso.
Una de las cosas que se le reclama a los abstencionistas es que digan cómo pretenden hacer la independencia si no es en las urnas. Buena pregunta que casi nunca contestan rapidito. Yo trato y ni siquiera soy abstencionista clásica.
La independencia se hace en la calle y se demanda en la metrópolis. No se negocia. Se demanda. Para eso hay que instalar en la metrópolis la necesidad de descolonizar a Puerto Rico. Se puede si hacemos la independencia en la calle. Eso incluye la lucha armada como método válido, que conste.
Sé que estoy tocando muchos temas a la vez. Pero es necesario si pretendo imitar a los religiosos que vuelven siempre al principio. Este es el primero de varios artículos con esa intención. He decidido hacerlo so pena de que me acusen de tener guille de gurú. No lo tengo. Sencillamente he decidido decir lo que pienso sin esperar que otros me pregunten. A mi edad puedo darme este lujo. Y si de paso contribuyo a un nuevo guión para la lucha, me pongo para ese número.
Nuestras respuestas a veces son demasiado rebuscadas y dispersas. Nos hablamos a nosotros mismos. Pasito a pasito podemos ir gestando ese libreto en lenguaje popular que como dije anteriormente no tiene que ser populista, pero no importa si lo es. Lo que importa es que funcione.
Me han llamado atrevida por tratar de encauzar la discusión de una nueva estrategia de lucha. Eso me recuerda a mi abuela. Cuando me decía “No seas atrevida” me decía que estaba siendo un poquito insolente. Era atrevida y lo sigo siendo pero no lo hago por maldad. Lo hago por naturaleza de carácter. Podré ser un poquito insolente e impertinente, pero nunca irrespetuosa y desvergonzada, mucho menos cínica. Mi abuela decía que yo era una buena muchachita puertorriqueña. Quiero morir así.
Si alguien ha defendido a la izquierda puertorriqueña soy yo y estoy en récord. Desde ese récord es que parto precisamente para estas reflexiones de una atrevida.
¿Cómo pienso que se hace la independencia en la calle? 1. Desmitificando el miedo a la independencia y 2. Fomentando la auto gestión en las comunidades para separarnos cada vez más del gobierno colonial hasta hacerlo inconsecuente. 3. Forzando el issue para efectos de Washington y la comunidad internacional a como de lugar.
Sobre lo primero, ya muchos de ustedes saben que he propuesto partir de tres consensos que me propongo discutir en detalle a través de estos escritos. Consensos (a) para la descolonización y la soberanía mediante un congreso soberanista y una asamblea constituyente desde la sociedad civil; (b) para un proyecto económico, social y educativo que podamos proponer en arroz y habichuelas; y (c) para integrar la diáspora a la estrategia y empujar todos juntos.
Sobre lo segundo, lo primero que hay que reconocer es la cantidad inmensa de proyectos políticos que andan sueltos en nuestras comunidades. Eran muchos antes de el Huracán María. Se han triplicado tras el paso del huracán.
El profesor Gary Gutiérrez ha planteado infinidad de veces que es necesario hacer conscientes a los gestores de esos proyectos que se trata de proyectos políticos. Tiene razón. No se puede forzar ese reconocimiento desde la cultura política de los académicos e intelectuales, pero sí hay que llevarlos a entender que cada uno de esos proyectos es una acción política frente a la inacción y la ineptitud del gobierno y frente al sistema que no solamente no los propicia, sino que los obstaculiza.
De ahí tenemos que partir a lo que por otro lado plantea la profesora Marcia Rivera: hacer un mapa de la autogestión y poner a todas esas iniciativas en contacto. Hay gente que se maravillaría al saber que en Vieques hay un proyecto similar al suyo en Aibonito. ¡Cuánto les ayudaría comparar notas!
Todas estas gestiones conforman el gobierno paralelo de que hemos hablado tantas veces y cuyas posibilidades se han puesto en evidencia con el paso de María.
Sobre el tercer punto es que percola la disidencia expresa y la diáspora.
Comienza un nuevo debate sobre el rol de la diáspora en nuestra vida política. Un debate necesario para sacar del medio una dicotomía neurálgica que nos atrasa. Hasta el término diáspora es buena excusa para enfrascarnos en una pelea semántica que desvíe el camino.
So be it! Lo discutimos. Pero podemos debatir mientras caminamos.
Debo decirles que no solamente me dedico a escribir. Sobre la agenda que he propuesto trabajo con compañeros que tampoco se detienen para hablar.
Desde antes de María venimos trabajando un proyecto desde la diáspora que dentro poco daremos a conocer. Lo haremos cuando ya no sea posible malograrlo. Sí, así hay que hacer muchas cosas. También tenemos las facciones que se integran a los proyectos para boicotearlos desde adentro.
No siempre lo hacen con mala intención, pero lo hacen. La mayoría de las veces por dominar con su visión la gestión colectiva del grupo para prevalecer como protagonistas de la lucha. Eso es normal. Hay quienes han dado su vida a la lucha y resienten lo que perciben como ninguneo. En ese resentimiento no pueden concebir que son precisamente los que retrasan lo que ellos mismos aspiran. Quieren llegar primero a la meta. No llegar juntos. Y si llegamos juntos que se sepa que ellos salieron primero. A mi me encabronan, pero cuando pienso en todo lo que han hecho, se me quita. Entonces les doy la vuelta.
Hasta aquí la reflexión de hoy.

