Las dobleces del reflejo: Permanencia en puerto

Hay una parte de mi país que se queda
en mi ceguera, que es vasta y profunda.
–Vanessa Droz, “Ceguera”

[dropcap]D[/dropcap]os páginas enumeradas, la 50 y la 51, dejadas en blanco entre el último poema y los datos biográficos de la autora y del fotógrafo, no deben ser, necesariamente, un error, sino una provocación a “algo”; sea este algo el silencio contemplativo, o la actitud de tensa vigilancia que precede al hallazgo de aquello que podríamos llamar “el futuro”. Pero, también, estas dos páginas dejadas en blanco podrían llamarnos a dejar nuestro comentario, nuestro registro, siempre que este no exceda el tamaño del vacío que ocupan dichos folios.

Rosa Vanessa Otero en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, el jueves 2 de mayo de 2019.

La lectura de Permanencia en puerto, de Vanessa Droz, admite todas esas opciones y de seguro muchas más. Acepto la contemplación silente que suscita la poesía cuando belleza y verdad caminan juntas, como acepto el vacío sobre el que se columpia la esperanza. Y hacer un comentario breve, ceñido a la aspiración de síntesis de este libro, también lo acepto, muy a mi manera poco académica y mucho menos crítica de relacionarme con la poesía cuando la leo.

Poner a bailar una resonancia de reflejos, alborotar un sonajero de luz, eso intento.

Pero primero lo segundo: el requerimiento técnico. Estamos ante un libro de poesía y fotografía, publicado en gran formato, con todo el aspecto de un catálogo de artes plásticas. Las fotos son de Doel Vázquez, poeta visual. La imaginería apalabrada, como ya sabemos, es de Vanessa Droz, que también lo diseñó. Se publica como una edición de autora (Ediciones MarAgr), con el auspicio de la Universidad Interamericana de Puerto Rico.

Y comienza el baile de los espejos. Una esfera: ¿Planeta?, ¿Ojo furioso?, nos mira o se deja mirar desde la portada, extrañamente iluminada y oscura al mismo tiempo. Rojinegra, la esfera flota sobre un fondo escarlata texturoso que, sin mucha imaginación, podríamos llamar “mar de sangre” u “océano de fuego”; sólo para enterarnos, si leemos su leyenda en la página de créditos, de que se trata de algo que para unos ojos antipoéticos no sería muy simbólico ni prometedor: “la lancha de pasajeros La Pinta, que surcaba la Bahía de San Juan entre Cataño y el Viejo San Juan antes de que fuera decomisada”.

Primer reflejo: El llamado descubrimiento por Colón de una isla que primero fue llamada San Juan Bautista y luego fue alucinada Puerto Rico, se mira en un presente empobrecido. En el reflejo de su reflejo, presente y pasado encallan en el mismo sitio. El puerto en el que atracan las naves o quedan desechadas contradice el reflejo de su nombre. Aquel Puerto Rico “nuevo” entró en edad sin aventurarse al mar océano y ahora, como La Pinta, surca su descarte.  Maestra de la mirada que trasvasa las concreciones de las formas al cuerpo-espíritu intangible de las palabras, la poeta se queda con lo que permanece: el puerto, en toda la complejidad de sus contornos, de sus luces y de sus sombras, de sus gentes decomisadas o afantasmadas. La riqueza habrá que encontrarla en otra parte, y nos será dada, en este libro, desde la imago y la palabra. Vista así, la elipsis en el nombre del país no supone tanto la mutilación de su símbolo como el desplazamiento de su potencialidad hacia otras regiones más generosas y anchas que las de la historia o la sociología.

Segundo reflejo: Además de ser un homenaje al mirar y al descubrir en lo mirado la forma inusitada del poema, el libro es un intercambio entre la miseria del puerto empobrecido —cultural, económica y sociológicamente— y sus instancias de dolorida hermosura. Lo que el tiempo deshace, o lo que rompen el desdén y la política tiene su única posibilidad de elevación y duración en el trabajo de los artistas cuando estos asumen la decodificación de su entramado de enigmas o, por el contrario, acuñan el encriptado que nos permita suavizar o incluso ocultar la crueldad de las evidencias. Quienes conocen la luz sanjuanera saben cómo duelen, a veces, en los ojos las angulosas líneas con las que luz y sombra recortan los bordes de los edificios. Cuánto más dolerá contemplar, sin arte ni poesía que cubran de carne y tendones los huesos secos, su ruina objetiva.

Sobre los aspectos teóricos que hermanan el arte de la fotografía con la aspiración de videncia trascendental reclamadas por la profecía y por la poiesis, refiero a “Atisbos del tercer ojo”, texto con el que Ana Lydia Vega presentó Permanencia en Puerto en su estreno sanjuanero. Acerca de esto, he de sumar un tercer reflejo: el espejito de Las Meninas. Alguien mira a quien lo está mirando desde hace tiempo. El artista, sea fotógrafo o escritora, compromete su propia imagen en el retrato y en el texto. El deambulante dormido, el perro y el obrero solitarios, los garabatos en las paredes descascaradas, las líneas dibujadas por la sombra, el animal desfallecido, la “soledad que a fuerza de andar sola se siente de sí misma compañera”, y al fondo el mar, casi ausente, casi bruma, casi mudo, dicen más del ojo que los vio primero, y del ojo que vio a quien los vio, que de sí mismos. Qué dirá de estos reflejos, o cómo se encontrará en ellos quien “atisba” es solamente el comienzo de otro juego de espejos, el de la lectura.

La literatura reciente de Puerto Rico, especialmente el ensayo y la narrativa, recala en el cuarto reflejo que este libro me devuelve: el conflicto entre la permanencia y la huida. Por su proximidad léxica con el concepto de “quedao” (la persona que no superó los usos y costumbres de su época, o  que se “quedó” en un viaje de drogas), el neologismo “quedado” (referido a quienes se “quedan” en el país por fatal necesidad), no ajusta aquí. Si oponemos los poemas de Droz al espejo del “quedado”, veremos que su opción es la posibilidad de un barco (con Edwin Reyes) o, en otras palabras: la ambigüedad de la orilla. No por casualidad muchas de las imágenes de las que se ocupan estos poemas son de aves marinas en actitud de vigilancia.

La espesura simbólica, lingüística y estética que poesía e imagen logran acumular sobre los cuerpos y objetos del descarte (¿los quedados?) crea una verdad alterna más poderosa y verosímil que las circunstancias. Si toda foto es un fragmento que fija, dentro de límites inamovibles, un momento y una forma mientras el tiempo se fuga;  la poesía, en cambio, es capaz de hacerse tiempo y ritmo que desborden el marco; es la materia misma de la fuga que recontextualiza tanto lo de dentro como lo de fuera del retrato. La Pinta, por ejemplo, volvamos a ella, está decomisada en cuanto objeto y medio de transporte, pero no en cuanto forma transmutada a símbolo. Su rojo encendido se repite en pequeñas dosis dentro del libro (aquí está el ojo de la diseñadora/curadora que gobierna el juego de los espejos), hasta estallar en una inesperada foto, y un poema también inesperado, sobre un cielo en llamas.  Esta vez, ironía de ironías, la verdad de la foto es tan evasiva que toca al poema fijar su sentido (“Los paseos de la Virgen”, p. 38); y en un libro cuyo vidente e invidente implícito es el mar, de repente la mirada se escapa hacia el viento, esa otra orilla donde visión y ceguera se confunden.

De algún modo, la isla de esta autora no es Puerto Rico, sino el San Juan antiguo. Su principal orilla no necesariamente colinda con el Atlántico, sino con el resto del país.  Pero, si la primera parte del libro es cabalmente viejosanjuanera, hacia el final de la segunda parte poeta y fotógrafo van en busca de algunas señas de lo que Francisco Matos Paoli llamaría “los amados elementos” tierra adentro (o ciudad fuera), en una especie de fuga in situ que no conduce a un bucolismo romántico, sino al perfil asombrado y citadino de la dueña de los espejos, cuya escritura, vistos algunos de sus reflejos, de ninguna manera podría calificarse como una poética de la “quedadera”.  Su permanecer en puerto es, en un nivel estético e incluso ético, un hacer y un sentir su ciudad desde su arte: una actividad. Esta actividad ─extraliteraria muchas veces─ ha aportado al expediente literario del siglo XXI unos cuantos espejos más a los que habrá que mirar cuando se quiera estudiar el imaginario poético de la ciudad de San Juan. Desde la publicación de su tercer libro, Estrategias de la catedral (ICP: 2009) y en sus más recientes obras, Las cuatro estaciones Suite Caribeña (Ediciones MarAgr: 2016) y Bambú y otros horizontes (ICP: 2016), Vanessa Droz viene desarrollando progresivamente, con oficio meticuloso de escultora, su propia mitología sanjuanera y, con ésta,  su manera particular de concebir el libro como objeto de la poesía. Quien quiera leer bien su obra, no pasará por alto la función sintáctica, poética y dialógica de los elementos visuales en sus libros. Permanencia en puerto redondea y corona un proyecto de diseño literario que me atrevería a considerar una tetralogía.

Pero no huyamos del tema, y agitemos de nuevo el sonajero de luz para escuchar otro de sus reflejos.  Sobre el espacio blanco los poemas son columnas que sostienen el peso de las fotos, que están colocadas al tope de la página, cortadas al estilo de ventanas. Nunca ocupan, poemas ni fotos, la página completa. Una luz discreta, casi íntima, nos devuelve a la contemplación silente que suscita la poesía cuando belleza y verdad caminan juntas, y al tenso vacío sobre el que se columpia la esperanza. Un candado en la página siete inicia la colección y nos pregunta por nuestra intención de visión o de ceguera, de entrada o de salida.  ¿Qué nos esperará si vemos y entramos? Ni Pandora conoce la respuesta. Por ancha sea la mirada, seguimos del otro lado asomándonos al mundo, rebuscándole a nuestra ignorancia unas pocas verdades ─no decomisables como La Pinta─ que nos permitan hundir o levar el ancla para no seguir muriéndonos “de nada”.

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**Nota: Con este texto se presentó Permanencia en Puerto, de Vanessa Droz, en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, el jueves 2 de mayo de 2019.

Rosa Vanessa Otero
Por más de veinte años ha desarrollado la práctica de la edición y producción de textos universitarios en la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Como autora ha escrito siete poemarios, algunos de ellos premiados. Ha colaborado con la redacción de textos poéticos y composición de canciones para Ediciones Santillana y SM Editores. Es egresada de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico, en cuya estación de radio, WRTU FM y el periódico Diálogo, se inició como comunicadora.