[dc]M[/dc]i relación cinemática con Tom Cruise es cuidadosa. El tipo lo mismo hace limones como “Cocktail” (1988) y “Jack Reacher” (2012) que algo de valor como “Born on the Fourth of July” (1989) y (1999). Entiendo perfectamente que ningún artista, mucho menos uno que es ícono de películas de acción, pueda mantener un balance impecable de actuaciones en los vehículos dramáticos que le ofrecen. Es misión imposible: media la retahíla de productores que quieren guisar rompiendo récord de taquilla y ganar tanto dinero como para darle parte a la campaña de un candidato político o comprarse un reloj pulsera de $200,000. Luego está su afiliación a la cienciología que refuta que detrás de su carisma haya un micrómetro de profundidad. Sin embargo, llega “Rogue Nation”, el quinto episodio de la serie MI a la pantalla, y Cruise enseña sus dientes, y hay que rendirse a su gracia y al estupendo guión y dirección de esta película divertidísima y satisfactoria.
La trama es compleja y alegórica: hay un grupo siniestro llamado El sindicato, cuyas intenciones son torvas y malditas. Quieren controlar el mundo y desprestigiar a Ethan Hunt (Cruise), agente estrella de las Fuerzas de Misión Imposible (IMF en inglés). Es una especie de asociación entre billonarios derechistas que quieren desmantelar FMI. (¿Les suena familiar?) Hunt acude a sus amigos, otros agentes del FMI para que lo ayuden a probar que existe El sindicato y descifrar quién está detrás de su existencia. Como fue el caso en el filme anterior, Hunt depende de Benji Dunn (Simon Pegg), William Brandt (Jeremy Renner) y Luther Stickell (Ving Rhames) para resolver los misterios y conseguir resolución del enigma que lo ocupa. Resulta que también ha de contar, en lo que resulta ser un juego de alta tensión, con la ayuda inesperada de Ilsa Faust (Rebecca Ferguson), una espía que tiene mucho que esconder, excepto su belleza.
Hacía un tiempo que no había tan buenas líneas y tanto humor en uno de estos filmes, y desde el principio contribuye a ello el magnífico Simon Pegg, actor e instigador de la estupenda trilogía con el sugerente nombre de “Three Flavors Cornetto Trilogy” que incluye tres comedias que no se deben perder: “Shaun of the Dead” (2004); “Hot Fuzz” (2007) y “The World’s End” (2013). Pegg es uno de esos tipos que hace sonreír de solo verlo y tiene una gracia infecciosa que alivia la más compleja situación mortal. No importa que nuestro héroe esté a punto de caerse de un avión o de ser cortado en dos por un espía checheno, Pegg nos alivia el momento con algo chistoso.
Lo mejor del guión de Christopher McQuarrie (quien también dirigió) y Drew Pearce es que van parodiando con gran atino y a intervalos razonables las situaciones paradigmáticas de la serie cuando menos se espera y sin temblar. En la serie original, que se vio en la televisión desde 1966 al 1973, Mr. Phelps (Peter Graves), el equivalente a Hunt, recibía sus mensajes en lugares insólitos y la cinta magnética con el mensaje que le había dejado el FMI se consumía por sí sola dejando escapar una breve nube de gas. Aquí el gas resulta ser muy distinto a lo que Hunt espera y es difícil, sabiendo eso, no asombrarse ante la nueva manifestación del mensaje referente a la película: ¡somos más grandes que nunca! Y, sin duda, es ese el caso.
Las nuevas versiones de las persecuciones en autos son verdaderamente noveles e incluye una que es tan aparatosa e inverosímil que todos en el teatro se rieron, despreocupados de que Cruise sufriera un rasguño. ¡Horror, se dio un tajito en la frente! La pieza de resistencia es una carrera en motora en la que Cruise, quien es un experto conductor de esos aparatos, parece hacer por lo menos parte de las escenas, aunque Ilsa le gana.
Alan Hunley (Alec Baldwin), director de la CIA y su subalterno William Brandt (Jeremy Renner) parece que van al mismo barbero (uno presume que hay barbería en la CIA). Sus recortes les evitan que se les pongan los pelos de punta con las peripecias que le permiten a Ethan Hunt escaparse de sus redes, porque ya están así para comenzar. Pegg juega en su computadora un video juego de tiroteo mientras está cazando espías internacionales desde la sede de la CIA en Langley, Virginia.
El director mantiene un suspenso extraordinario en las escenas claves: la implantación de credenciales falsas en un tanque hidráulico de proporciones gigantescas; una persecución tras bastidores durante una escenificación de Turandot en Viena; un escape de las garras de un malvado conocido como “el doctor de los huesos”, porque los rompe; y muchas otras escenas en que se funden la acción y el humor con facilidad. La escena en la Ópera de Viena sube la barra técnica a la famosa escena en Royal Albert Hall en las dos versiones de “The Man Who Knew Too Much” (1934, 1956); aunque no supera la originalidad de Hitchcock, le añade humor. Hay, además, múltiples referencias a escenas en James Bond, pero se las dejo para que las detecten.
Inescapablemente regresamos al actor Cruise. A los 53 años, aún puede enseñarle su torso a la cámara sin abochornarse, y su cara despejada, a veces fervorosa, especialmente cuando se sonríe, ha madurado bien y muestra aún el carisma del que hablé al principio de esta reseña. Este actor, que puede ser genial, es un imán taquillero que parece inagotable y ha acaparado un nicho como actor de acción al que han aspirado muchos (incluyendo a Matt Damon y al oscuro Jeremy Renner) en las últimas dos décadas sin poder desplazarlo. En esta película afianza su sitial y deja sin respuesta la pregunta: ¿Cuál será el próximo paso? Ojalá sea importante… ¿cómo dejar la cienciología?
