Parte de este esfuerzo es la publicación de un libro que originalmente apareció a finales del siglo pasado: Enrique Zuleta Álvarez, Pedro Henríquez Ureña y su tiempo: vida de un hispanoamericano universal (Buenos Aires, Catálogos, 1997). El libro ahora vuelve a aparecer con un pequeño cambio en el título: Pedro Henríquez Ureña: vida de un hispanoamericano universal (Santo Domingo, Ediciones Cielonaranja, 2023). La nueva edición trae como epílogo una elogiosa reseña del libro, breve y superficial, escrita en 1998 por Anna Caballé y una muy pertinente “Nota editorial” del propio Mena en la que aclara la historia de la nueva edición y hace un comentario muy positivo sobre la labor de Zuleta por dar a conocer la obra del gran intelectual dominicano. El libro – he manejado, por rigor y por buena fortuna, las dos ediciones – merece un comentario aunque hayan pasado 26 años desde que apareció originalmente y aunque la nueva edición no introduzca cambios, más allá del epílogo que poco añade al tema, y la nota editorial que nos aclara la historia del libro y atestigua el constante interés de Zuleta por la obra de Henríquez Ureña. Además y sobre todo, lo que más importa es que la nueva edición ayudará a dar a conocer mejor a Henríquez Ureña y ese es un noble y necesario fin.
Pedro Henríquez Ureña: vida de un hispanoamericano universal intenta ofrecer un panorama abarcador de la vida y la obra del gran intelectual dominicano. Es un libro que se enfoca más en la obra que en su vida de este. Zuleta depende grandemente de la producción de Henríquez Ureña y su libro es esencialmente un comentario o glosa de esta. Su otra fuente principal es la extensa correspondencia entre Henríquez Ureña y su gran amigo Alfonso Reyes, correspondencia que por suerte se ha publicado. Estas cartas le dan un cierto tono de intimidad al libro porque en ellas el erudito humanista le retrata parte de su mundo privado a su estimado colega. El libro parece un comentario continuo de esas dos fuentes. Zuleta mismo se queja de que, a pesar de su rigurosa investigación en diferentes países, no pudo consultar todos los materiales que hubiese querido ver, especialmente la correspondencia de Henríquez Ureña con otros intelectuales y artistas.
Esta dependencia de la obra de Henríquez Ureña y sus cartas a Reyes y la ausencia de la exploración de otros documentos dejan lagunas o temas sin explorar plenamente, algunos de los cuales Zuleta pudo comentar más detalladamente, aún si haber consultado todas fuentes que deseaba estudiar. Ofrezco dos ejemplos de estos vacíos o lagunas.
El primero y para mí el principal gira en torno al hermano de Henríquez Ureña, Max. Este, desde el comienzo del régimen de Trujillo, aceptó varios importantes puestos en este gobierno. Fue ministro de relaciones exteriores y, cuando ocupó ese puesto, dejó vacante el que hasta el momento había ocupado, superintendente general de enseñanza. Max convenció a su hermano que dejara Argentina y regresara a su patria. Este había soñado siempre con esa posibilidad y, por ello, aceptó la oferta. Pero pronto se dio cuenta del nefasto carácter del régimen trujillista. Por ello sacó a su esposa y a sus hijas del país con la excusa de visitar familiares en Francia y más tarde salió él mismo con la de acompañar a su familia. Nunca regresó a su patria.

Quince años después, en 1946 cuando Henríquez Ureña murió en Buenos Aires, Max, todavía fiel servidor de Trujillo, ocupaba el puesto de embajador dominicano en Argentina. Zulueta apunta:
A pesar del ofrecimiento de velar el cuerpo en la Embajada dominicana y del transporte de sus restos a su país con los máximos honores oficiales, la familia de Henríquez Ureña, conociendo sus sentimientos y disposiciones, realizó el velatorio en el hogar familiar de la calle Ayacucho 890; su cuerpo fue cremado y guardadas sus cenizas en el Cementerio del Oeste, hasta el momento de su traslado definitivo a la patria. (411)
No fue hasta 1988, 27 años después del final del Trujillato, cuando las cenizas de Henríquez Ureña fueron depositadas en el Panteón Nacional, al lado de las de su madre, Salomé Ureña de Henríquez.
Es evidente que había una marcada diferencia ideológica entre los dos hermanos. Hay que recordar que Pedro, seguidor de las ideas de George Bernard Shaw, abogaba por el llamado Socialismo Fabiano. Su esposa Isabel era hermana de Vicente Lombardo Toledano, importante político y sindicalista mexicano. Zuleta nos revela que temprano en su carrera Henríquez Ureña y Alfonso Reyes tradujeron un libro de Lenin. (Presupongo que era la traducción de una traducción.) Henríquez Ureña se manifestó múltiples veces en contra de la invasión estadounidense de su país y siempre mantuvo una posición anti imperialista para toda América Latina. Estos datos, entre muchos otros, retratan a un Pedro progresista frente a un Max trujillista. A pesar de que nos ofrece algunos reveladores detalles, Zuleta no explora en detalle este importante hecho, quizás por no ahondar en lo que ve como una dolorosa ruptura familiar.
Tampoco explora la relación de Henríquez Ureña con su hermana Camila. Hoy sabemos, gracias a la investigación que Julia Álvarez hizo para su novela In the name of Salomé (2000), una biografía novelada de esta, que su hermano controló la educación y hasta trató de controlar también la vida íntima de su hermana. Según la investigación de Álvarez, Camila tuvo una larga relación amorosa con su colega Marion Reed; su hermano trató de separar a las dos mujeres. Zuleta no tenía esta información, pero, a pesar de ello, Camila no recibe en el libro la atención que se merece. Con ella se pudo crear un cuadro más fiel y detallado de la vida íntima de su hermano y de toda la familia. Tampoco la recibe su esposa Isabel quien aparece como una vaga figura que pulula en el trasfondo de estas páginas; poco, muy poco, se nos dice de ella. Explorar las relaciones con Camila e Isabel hubiese ampliado el retrato del mundo íntimo de Henríquez Ureña.
Un tema que Zuleta sí explora es la conflictiva relación del humanista dominicano con José Vasconcelos quien fue el principal causante de que este tuviera que salir de México. Son muy tristes las revelaciones de la actitud egoísta y envidiosa de Vasconcelos hacía Henríquez Ureña.
A pesar de ello, México siempre fue central al pensamiento de Henríquez Ureña, especialmente para construir su imagen de la cultura latinoamericana como unidad, uno de sus mayores logros. Así fue porque completó su formación ideológica en México y tenía a México como pieza central en su visión americanista. Henríquez Ureña, como Reyes y otros intelectuales del momento, estuvo marcado por Ramón Menéndez Pidal y su importante centro de estudios en Madrid. Pero ese impacto lo llevó, más allá de siempre interesarse por la cultura española, a tratar de ver con ojos propios y a revaluar el periodo virreinal, bastante despreciado en ese momento. Por ello, tanto Reyes como Henríquez Ureña se interesaron por el Barroco hispanoamericano, lo que otro gran estudioso, el venezolano Mariano Picón Salas, llamó el Barroco de Indias. La rica cultura virreinal mexicana fue clave – probablemente la clave central – para crear la visión panorámica de la cultura hispanoamericana de Henríquez Ureña. Ese fue, para mí, su mayor logro. Por ello todavía son muy útiles y relevantes sus escritos, como, por ejemplo, La utopía de América (1925) e Historia de la cultura en la América hispánica (1947), textos que son indispensables herramientas pedagógicas y fuentes de conocimiento.
El libro de Zuleta Álvarez tiene lagunas, pero también está lleno de aciertos. Por ello esta nueva edición de Pedro Henríquez Ureña. Vida de in hispanoamericano universal, libro que se une a otros publicados por Cielonaranja en su colección “Biblioteca Pedro Henríquez Ureña”, es una contribución al estudio de este importante intelectual. Pero podemos tomar sus lagunas y faltas como invitación a continuar el estudio de esta obra. Y lo podemos hacer también desde Puerto Rico ya que la isla fue tema de la misma. El humanista dominicano se interesó sobre todo por Hostos. Recordemos que Henríquez Ureña en 1932 recibió un doctorado honorario de la Universidad de Puerto Rico. Me imagino a Antonio S. Pedreira y a Concha Meléndez como promotores de ese honor. He ahí un tema pequeño pero interesante por estudiarse.
Hay, pues, muchas razones para darle la bienvenida a esta nueva edición del libro de Zuleta. Sobre todo, esta publicación contribuirá a que otros lleguen a leer a Henríquez Ureña y así se dejará de aplicarle la irónica definición de clásico. Espero que así sea.
