Presentación de Del desorden habitual de las cosas

capicua-eldesorden

La presentación Del desorden habitual de las cosas, de Sofía Irene Cardona, Mari Mari Narváez, Ana Teresa Pérez Leroux y Vanessa Vilches Norat (Ed. Capicúa, 2015), se realizó en el seminario Federico de Onís UPR-RP, el pasado miércoles 30 de marzo. La misma estuvo a cargo de Carmen Pérez Marín, Juan Gelpí y Guillermo Rebollo Gil.

por Carmen I. Pérez Marín

[dc]S[/dc]e agrupan los textos escritos por estas cuatro autoras bajo un título muy sugerente que parece encerrar una paradoja. De una parte, la palabra ‘desorden’ apunta a la alteración de un orden o a la violación a una norma. El calificativo ‘habitual’, por su parte sugeriría una repetición que a la larga lo convertiría en un nuevo orden o al menos en un orden distinto o posible. Algunas acepciones del término ‘desorden’ lo asocian con la confusión, el exceso y el abuso. Otra lo identifica como lo incorrecto en relación con la esfera pública o social y hasta propone que sea castigado. De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, puede incluso ser: “un disturbio que altera la tranquilidad pública”.

Partiendo de esta última definición se me ocurre pensar que los textos que componen esta colección, a pesar de que muestran estilos muy distintos comparten un propósito que los hermana y es el deseo de alterar el orden y seguramente también aspiran a “alterar la tranquilidad pública”. No es ocioso señalar que estos artículos de opinión fueron escritos para la columna del periódico Claridad que lleva el nombre “Fuera del quicio” que apunta tanto al lugar desde el cual se escribe como aquel al que se propone trasladar a los lectores por medio de las palabras. Intentan romper aquello a lo que Julio Cortázar llamaba “la dura costra mental” formada por los hábitos e impuesta por una cultura que pocas veces se cuestiona.

Parecería que las voces recogidas en los textos aunque, claramente diferenciadas, intentan sacarnos de quicio (recordemos que una de las maravillas de la compleja relación de Don Quijote y Sancho era precisamente el hecho de que este último sacaba a su amo de sus casillas y que lo hacía precisamente por medio del diálogo). Pienso que estos artículos tienen el propósito de sacar a los lectores de sus casillas o como proponía Unamuno en su novela o su nivola: su objetivo sería indefinir, confundir a los lectores en una niebla de palabras para molestarlos y obligarlos a vivir sin complacencias, preocupados, activos, “inquietos y anhelantes”.

¿Y cómo lo hacen las autoras de estos textos? Sería prolijo enumerar las diversas estrategias narrativas que emplean para sacudir a sus lectores e intentar sacarlos de la comodidad de sus hábitos mentales y sugerirles respuestas distintas a los asuntos que parten de la cotidianidad (por ejemplo cómo debe ser la crianza de los hijos, o cuál es la actitud que debe adoptarse ante la lengua que hablamos). Menciono algunas estrategias que emplean como pueden ser: el empleo de la anécdota como punto de partida (textos basados en experiencias familiares o relaciones de amistad), la ironía (pienso en el texto de Vanessa Vilches sobre la peligrosidad de los jóvenes escrito a manera del Manual de instrucciones de Cortázar), el humor (pienso en el texto de Sofía la casipisadora de callos de Gabriel García Márquez), la afectividad (en los textos que destacan las relaciones familiares y la amistad), el aparente tono menor (en casi todos ellos) y desde luego, la brevedad que dicta el espacio periodístico y que, como apunta Luis Rafael Sánchez es un elemento que “despliega la juiciosidad”.

He señalado que el estilo de estos artículos es diverso, pero en las primeras tres secciones del libro prevalece una unidad de tono y ese ‘tono’ se me antoja esperanzador, refleja una apuesta por un futuro distinto. La primera parte parafrasea en su título un conocido poema de Gabriel Celaya. Se titula La escritura es un arma cargada de futuro y muestra la confianza que se tiene en el poder de la palabra. En esa primera parte los artículos recogen reflexiones sobre el oficio de la escritura, se critica la censura y se recuerdan algunos escritores admirados acercándolos al plano de la cotidianidad. Mientras que en la segunda parte titulada: Flores en el asfalto, se pone el acento en los jóvenes (los hijos, los estudiantes, los jóvenes que una vez fuimos) en la tercera, Resistir para vivir, que también podría designarse con un verso de Corretjer: “La vida es lucha toda”, se recoge la necesidad urgente de cultivar un espíritu de resistencia como condición de la sobrevivencia personal y colectiva. No obstante, la lucha que sugieren los textos no es necesariamente épica sino consistente e íntima. La reflexión acerca de los hechos más cotidianos (sea la visita a los mega supermercados, emblema indiscutible del consumo desmedido, sea la conciencia de la prisa que arropa todos los aspectos de la vida urbana, sea la necesidad de defender contra viento y marea aquello en lo que creemos) es la marca de esa resistencia. Los textos de esta colección nos invitan a acercarnos a la realidad desde otros prismas y creo que también funcionan como antídoto para la fijeza y la inmovilidad (ya que por inscribirse en el tiempo son susceptibles al cambio).

Hace un par de semanas acabamos de escuchar un discurso pronunciado por Luis Rafael Sánchez en ocasión de la celebración del Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) en el cual nos insta a apartarnos del cliché, del lugar común al que conduce la pereza mental. Con perdón del Maestro y con la complicidad del personaje de Quintuples, Dafne Morrison cuya voluntad la lleva a afirmar que “si uno quiere redundar, uno redunda”, voy a permitirme emplear un lugar común de la crítica literaria cuando aborda la llamada literatura escrita por mujeres y se trata de invocar a la ‘hermana mayor’, a Sor Juana Inés de la Cruz y a las tretas que le atribuye Josefina Ludmer. En estos textos que alegan que fueron dados a la luz por voluntad ajena (Pérez Leroux), o que se pensaron mientras se llevaban a cabo otras tareas domésticas como cocinar, corregir o cuidar de los hijos (Vilches), o que surgen de la torpeza de casi pisar a un escritor famoso (Cardona), o que nacen al calor de un recuerdo de una experiencia de solidaridad entre jóvenes que viajaban a Italia en tren (Mari Narváez), late una conciencia  transformadora que se niega a permanecer en su sitio, “callada y constelada” (como diría Neruda) o más bien, “callada y ordenada” (como dictarían las buenas costumbres).

Por eso, la lectura de estos textos nos convoca al desorden, al desorden fecundo, gozoso y liberador que tan bien supo expresar la poeta cubana Carilda Oliver Labra en su conocido poema que nombra el deseo de una mujer, ese desorden que nos transporta a otro lugar por medio de los sentidos, de la inteligencia y de la imaginación.

***

“El derecho a la disidencia”

por Juan G. Gelpí

[dc]E[/dc]ste libro colectivo que hoy nos convoca—Del desorden habitual de las cosas– tiene el mérito de poderse leer y rescatar desde el campo de la literatura y también desde ese otro campo más amplio que es el de la mera lectura. En un momento como el presente, cuando nos amenazan con una junta que limitaría considerablemente nuestras gestiones como país y nuestras posibilidades de expresión, hay que darle la bienvenida a este proyecto colectivo de Sofía Irene Cardona, Mari Mari Narváez, Ana Teresa Pérez Leroux y Vanessa Vilches Norat. Y es necesario darle esa bienvenida pues este libro aporta sustancialmente a la capacidad y el derecho a la disidencia de quienes habitamos en este país.

En un terreno fronterizo entre el periodismo y la literatura se ubican de manera muy creativa estos textos breves y arriesgados, breves y valientes. Con una generosa alternancia de lucidez y atrevimiento, las cuatro ensayistas, que a veces se convierten en narradoras y hasta en cronistas de la historia reciente, nos ofrecen esa otra mirada de la disidencia que surge y se desarrolla gracias al ensayo, a la columna periodística y, en los últimos siglos, a la crónica.

La modalidad del ensayo que opera aquí como una de las escrituras de base, se caracteriza, a lo largo de su historia y en sus mejores momentos, por acoger esa otra mirada de quien hace un esfuerzo por detener los relojes esclavizadores de la rutina y los lugares comunes de la cultura, sacar lápiz y papel o, en nuestros días, prender una computadora, y comenzar a pensar  en voz alta y en letra alta, en esa letra que luego se difunde por imprentas o vías cibernéticas. Leer un ensayo, un artículo periodístico o una crónica contemporánea muy bien puede ser mirar de cerca una representación de los procesos de pensamiento y de libre expresión de quien firma el texto. Si bien en nuestros días ya no puede esa persona refugiarse en la comodidad de un espacio protegido de la rutina diaria, como lo hizo el humanista Miguel de Montaigne, fundador del género, sí se produce en medio de las rutinas del diario vivir y de la velocidad de la vida contemporánea esa otra mirada que, como plantea Claire de Obaldia al estudiar la obra de Montaigne, se caracteriza por un acercamiento paradójico a una multiplicidad de temas. Paradoja en el sentido de lo que va en contra de la doxa establecida u opinión generalizada  en una sociedad y en un momento histórico. En estos ensayos, narraciones y crónicas se ejerce ese derecho a disentir, esa otra mirada que supone un acercamiento paradójico al presente y al pasado no muy remoto.

Posiblemente a esa disidencia nos remita el título de este libro. La capacidad de estas escritoras de detener la rutina es una forma de desordenar las cosas para mirarlas de otro modo. Las cuatro autoras articulan su derecho a ver de otro modo y a opinar de otro modo. Varios de estos textos se producen agrietando la rutina y los rituales. Es el caso del viaje a un lugar y una cultura distante, la coreana, en “En camino al reino escondido” de Ana Teresa Pérez Leroux. Algo semejante ocurre en “Pasteles en dos tiempos” de Sofía Irena Cardona, cuando se rememora y se repiensa la práctica de los pasteles navideños y sus múltiples avatares del pasado al presente. En un paseo por la playa de Luquillo, Vanessa Vilches Norat y una sobrina se exponen a la violencia gratuita contra esos habitantes de la tierra y el mar que son los cangrejos. La visita de Mari Mari Narváez a una sala de espera de un hospital la lleva a reflexionar sobre la maternidad desde una postura que cuestiona los lugares comunes que la han construido históricamente.

La excelente capacidad narrativa de estas cuatro escritoras se evidencia en varios textos en los que el ensayo da paso a procesos imaginativos o de evocación y se mezcla con ellos. Al volver a su país de origen, la República Dominicana, Pérez Leroux relata su contacto con Samaná: espacio plurilingüe y pluricultural, hermoso y a la vez conflictivo. La otra mirada de la autora se ejerce en ese espacio para destacar la capacidad y la inteligencia de los perros de la región. En “Las Hortensias en Nueva York”, Vanessa Vilches Norat lleva a cabo un homenaje al narrador uruguayo Felisberto Hernández, a su libertad a la hora de narrar, al presentar una narración sobre una madre y una hija que acuden a una boutique  de muñecas en la ciudad de Nueva York de la cual la madre quiere rescatar a su hija en un final valioso. La costumbre de despedir a familiares cercanos en el aeropuerto genera una narración breve de Sofía Cardona. Lejos de ser el recuento de una rutina o un mero ritual, en el cierre del texto se produce una presencia de lo inesperado que altera ese ritual. En un texto breve y hermoso de Mari Mari Narváez, que cierra el libro , titulado “Cuando el sol llega así, de esa manera”, se confirma esa tendencia a cuestionar la rutina y ejercer la mirada de un modo creativo que hemos destacado. El ritual de mirar la puesta de sol se convierte en una experiencia  renovadora.

Quiero destacar, por último, que este libro se une a otros de publicación reciente en los cuales otros escritores de nuestro país extienden el ámbito de su obra anterior  para armar reflexiones y narraciones sobre la vida cotidiana. Un ejemplo muy cercano es el valioso libro de crónicas Todo lo que no acontece igual de Guillermo Rebollo Gil. Hay que felicitar a las cuatro escritoras y a Sonya Canetti Mirabal, de Capicúa Editorial.

***

por Guillermo Rebollo Gil

[dc]D[/dc]el desorden habitual de las cosas, siendo algunas de estas cosas palo, puño y bofetá. Siendo el cuerpo mujer, como arguye Vanessa, “un objetivo, un territorio de combate” (151).  Siendo el palo, el puño y la bofetá solo algunas de las estrategias de combate empleadas en su contra, como también lo son la plancha, el ‘blower’ y la queratina. Quiero decir que, como nos recuerda Mari, dar un tour por la tienda de cosméticos es aventurarse a entrar en una zona de guerra; siendo el cuerpo de las mujeres lo que está en juego. “Casi me rindo”, escribe Mari. “Pero fui al espejo y viéndome esos puntitos en la cara, ese rasgo tan breve que tanto diferenciaba a mi Mami del resto del mundo, volví a la carga. Resiste, Mari, resiste” (116). Uno lee a Mari, a Vanesa, a Ana y a Sofía y piensa que sí, que resistir es una manera de ordenar algunas cosas en el mundo. Mari, por ejemplo, escribe Mami con mayúscula. Se me antoja que esta breve resistencia ortográfica—tan breve, si se quiere, como una peca en el rostro de la madre o de la hija—sirve para conferirle valor al cuerpo mujer, a los cuerpos de las mujeres, ante tanto puño y tanto ‘blower’ y tanta maquinaria de violencia y (disque) belleza que si bien parecería manifestarse en nuestra cotidianidad compartida de forma disparatada—desordenada—no por ello deja de estructurar nuestras vidas. Ya lo dice Ana aquí: “El género en nuestras culturas es un principio organizador y principal divisor de la humanidad. Seremos los buenos o los malos, o tal vez los feos, pero mucho antes, mucho primero, somos ellos y ellas” (126).

Me gusta ese “mucho primero” que, leyendo el libro como lo hago, con la música de Macha Colón y los Okapi en el ‘background’, logra rearticularse entre sus páginas como la primacía de la demasía en el pensar, en el decir y en el quehacer del cuerpo mujer ante el peligro. Algunos de estos cuerpos tienen nombres reconocidísimos: Michelle Obama, las Hermanas Mirabal (con H mayúscula, sépase). Otros tienen los nombres propios, íntimos, del amor. Escribe Sofía, por ejemplo, “los ojos de mi madre son tan pequeños esta tarde”. Y continúa el retrato así:

Acaba de desayunar a las siete de la noche, pensando que comenzaba el día. “Es que los atardeceres de diciembre se me confunden con las mañanas”, me explica despreocupada, “la luz del final es tan parecida a la del principio”. Mami se sonríe como solo ella lo hace, sin la perversidad de Scarlett [O’hara], sin el dominio de Maria Félix, dándose aires de venerable pitonisa. Luego cierra los ojos para la siesta, como si descansara de una fatigosa batalla. (146)

Si leemos este tierno y hermoso retrato de la mamá de Sofía a la luz de uno de los artículos de Vanessa, tendríamos que poner ese -como si- entre comillas, pues esa escena de madre e hija vuelve aparecer y a sobrecoger al público lector, solo que esta vez no es la ternura sino el pánico lo que resulta avasallador. Escribe Vanessa:

Una quisiera ser posmoderna y superar las categorías de identidad, en serio. No pensarse mujer. No pensarse escritora. Ser. Pero un buen día la hijita en cuerpo mujer decide atravesar la ciudad. Sola. Y la atemorizada adolescente que se fue, regresa con toda su fuerza: Lo mejor es ignorarlos; no los mires directamente a los ojos; no le hagas caso, es que está enamorado de ti; Ten cuidado con el maestro; no te confíes de la intención de ningún hombre; Cuidado con los grupos de muchachos, que se vuelven animales; Acuérdate de que ellos solo quieren una cosa; No te vayas sola, espera por una amiga; No te vistas así, que provocas; quítate el mahón apretado; No te montes sola en el taxi de noche; más triste es una mujer andando de noche sola; No le aceptes nada a nadie; No uses las escaleras; No entres al baño sola; no dejes el vaso en la mesa desatendido; quédate callada; no le contestes; ¿Por qué lo confrontas?; Quién te manda, eso te pasa por darle tanta confianza; tú te lo buscaste; Llévate el gas pimienta. (153)

Ya lo había cantado Maelo, ¿no? Bueno, Maleo no lo cantó así como así. El coro de la canción es “si te cojo coqueteando, verás”. Y pues, corear también es una manera de ordenar algunas cosas en el mundo, como lo son los palos, los puños y las bofetás. O las planchas, los ‘blowers’ y la queratina. Y es esta particular manera de ordenar el mundo en contra de las mujeres y de sus cuerpos lo que demanda su reorganización urgente en términos ético-políticos, socio-económicos y cómo no, en términos escriturales y artísticos. El libro de Vanessa, de Mari, de Ana y de Sofía, no es otra cosa que esa propuesta urgente, necesaria de desordenar el orden existente y hacer otro. En ese sentido, los ensayos recogidos aquí se podrían leer como estrategias para deshabituarse del orden normal de las cosas, por lo menos en lo que corresponde a la construcción de género en Puerto Rico y más allá. Las anécdotas recogidas aquí cabrían cómodamente en eso que la teórica feminista Sara Ahmed llama un “archivo de la voluntariedad”; entiéndase, aquellas partes, aquellos cuerpos que se resisten, que se niegan a apoyar y reproducir—a  hacerle coro, si se quiere— al orden inequitativo de las cosas y las personas en nuestras sociedades. ((Ahmed, Sara (2014). Willful Subjects. Duke University Press.)) Este libro, me gustaría decir, le suma a ese gran archivo imaginado por Ahmed esa manera de mirar al mundo en la que se confunden los atardeceres con las mañanas; esa manera de mirarse al espejo para divisar la cara de la madre y decidirse a resistir una vez más la maquinaria insidiosa que insististe en borrar cualquier rastro de ella de tu rostro; esa manera de insistir minoritariamente en que ante lo mucho primero que es y que ha sido la estructuración por razón de género en el mundo a palo, a puños y a bofetá, las muchas van primero.

¿Habrá pues otra forma de escuchar a Maelo? En la última canción del disco de Macha Colón y los Okapi, por ejemplo, aparece Maelo en un sueño. O más bien, es una serpiente que suena como Maelo  y que le dice a Macha que cuide de sus amigos. La canción es sobre Macha y Mima, dos cantantes, dos amigas, dos mujeres lesbianas que van juntas a una fiesta y bailan y vacilan y se viven (en) sus cuerpos, felices y en libertad. Uno escucha la canción y piensa que nadie nunca las podría coger. Pero entonces regreso al libro y leo por error: “Resiste, Macha, resiste”. El género es como una fatigosa batalla sin descanso. El cuerpo mujer, un territorio de combate. No lo mires directamente a los ojos. Sácaselos.

 

80grados
Bajo esta firma se agrupan los textos informativos que genera o recibe la Redacción de la revista. Para más información sobre nuestra entidad puede referirse a la sección SOMOS - http://www.80grados.net/somos/.