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80grados+

Ser la changa

7 de marzo de 2014 by Vivien Mattei Colón 1 Comment

Dedicado a Chupi y a su amorosa cuidadora

Screen Shot 2014-03-07 at 7.10.58 AM[dc]P[/dc]ara mis amigos de Facebook no es sorpresa; tarde o temprano mi nuevo “nietecito prieto” sería inspiración para mis escritos. Todo comenzó cuando, al parecer, una de las gatas con las que vivo, apresuró la caída del nido de un pichón de chango recién salido del cascarón.  Sus oportunidades de sobrevivir eran pocas. No obstante, mi hija decidió adoptarlo hasta convertirlo en un bien alimentado pájaro, con hermoso plumaje negro que cualquier cuervo envidiaría y que cuenta con poco entusiasmo por integrarse a la bandada y salir volando.

Así que durante las pasadas semanas he aprendido a convivir con una changa dentro de la casa, caminando libre a su antojo y haciendo simulacros de vuelo, que dejan todo un rastro de desechos orgánicos. También he podido validar por experiencia propia, la sabiduría de populares refranes como “fulano es la changa”, “jode más que una changa”, “eso es la changa maximina”, o “es pura changuería”.

La experiencia también me ha llevado a ser, por ratos, una bird watcher aficionada, aprendiendo del comportamiento social de las aves en mi patio, a distinguir los chirridos, sobre todo los de alerta cuando están en riesgo y buscan apoyo para atacar las gatas, o la curiosidad que pueden exhibir al ver a uno de los suyos conviviendo con una especie distinta. Combinando mis limitados dotes de científica naturalista y científica social, no he podido resistir la tentación de reflexionar sobre este encuentro con la Naturaleza y aplicarlo a la realidad que vivimos en el país.

Los changos, con el perdón de los de Naranjito, nos parecen a los humanos aves comunes, vulgares, malamañosas, entrometidas, que molestan y se apoderan de los espacios y recursos de manera egoísta. No son canarios, ni lovebirds romanticones que queremos tener enjaulados como decoración. No son cotorras o guacamayos de hermoso plumaje y divertido parloteo.  Y sin dudas, no son heroicos pitirres que simbolizan la patria.

Los changos se espantan. No los queremos cerca. Son insignificantes hasta que entran en nuestros espacios a molestar, reclamándolos para ellos. Se comen la comida cara que compramos para las mascotas. Interrumpen el silencio. Se hacen presentes y visibles. No hay que esconderse para observarlos. Están allí, omnipresentes. Son valientes y solidarios.

El pichón que con tanto amor acogimos, me recuerda a muchachos que se parecen a los que vemos en las crónicas policiacas y que para muchos, se ven vulgares, entrometidos, malamañosos e indeseables. Nos molesta su propia existencia. Suenan duro y chillón cuando van por la calle orgullosos de su boom box con reguetón. No es el muchacho que quisiera adoptar ni tener cerca de mi calle. Es el otro, el sato, el común, el que quisiera que fuera invisible pero está omnipresente en el país. Ese muchacho es la changa.

Despachamos como changos a miles de boricuas que no queremos representen nuestra identidad.  Nos creemos pueblo blanco, cristiano, con pedigree de águila calva, e historial de pitirre valeroso. Pero en realidad somos todos changos, solo que no queremos reconocerlo.

Y ahí está el problema. Somos pueblo que rechaza su identidad para construir una ilusoria, que nos hace sentir bien y poderosos cuando la realidad es que nos enjaula para servir de pichón a otro. No vemos lo bueno en nosotros mismos y perdemos horas de vuelo combatiendo dentro de la misma bandada. Somos nuestros propios depredadores porque hemos aprendido las malasmañas que los pajarracos de otras latitudes nos han enseñado para adormecernos.

Hasta que no aceptemos quiénes somos, no podemos alcanzar solidaridad pues el otro siempre será nuestro enemigo.  Viviremos en jaulas construidas por nosotros mismos para protegernos de depredadores ficticios, de sombras en la cueva, de especies que no han podido nunca volar.

Hoy miro al pichoncito en casa cuando se para sobre una jaula, no dentro de ella. Que decide dónde y cuándo volar. Que caga sin pedir permiso. Que tiene una red de apoyo allá afuera que se convoca solidariamente ante la amenaza de las gatas. Hoy veo ese prieto hermoso, que reclama comida y espacios merecidos, que se yergue sobre todo, y que chilla fuerte cuando no está cómodo.

Hoy quiero que mi pueblo se atreva a ser la changa.

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Vivien Mattei Colón
Vivien Mattei Colón
Columnista

Vivien Mattei es profesora a tiempo completo del Programa de Comunicaciones de la Universidad Interamericana, Recinto de Ponce. Tiene sobre 30 años de experiencia como comunicadora social, tanto en el campo del periodismo, como en el de relaciones públicas y publicidad, materias en las que ofrece cursos. Es estudiosa de las redes sociales y otros modelos de comunicación virtual. De visión independiente y liberal tanto en la política como en la religión.

Posted in: 80grados+, Columnas Tagged: Changó, ser la changa, Vivien Mattei

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