
I
[dc]S[/dc]iendo una frase hecha, manoseada, un concepto cuya pesquisa y aprehensión iguala a la mayoría de los seres humanos en el planeta, obtener la felicidad puede estar más cerca de nuestras posibilidades inminentes de lo que estamos acostumbrados a pensar. Un grado amplio de certeza apunta a que si se tienen cubiertas las necesidades inmediatas (comida, cariño, lugar donde descansar y alguna aspiración) es probable que se experimente la felicidad tal y como se disfrutará por el resto de la vida. Esto es, si no se está muy a gusto con la vida propia tal y como se vive al presente, pero se tienen los medios prácticos para evitar el desamparo social (o fisiológico) y el emocional, ese bienestar ansiado no será determinado por la cantidad de dinero aguardada, ni por los “bienes” materiales que falten o por el reconocimiento ensoñado.Se piensa a grandes términos que si se obtienen ingresos de más de seis cifras la felicidad se huele y se palpa mejor. Que una vez las deudas queden saldas se vivirá considerablemente distinto, ergo, apreciaremos lo bueno de la vida. O que si el trancazo de la lotería golpea nuestra realidad se harán actos benéficos indiscriminados y la felicidad, por supuesto, será atraída. Las preconcepciones que tenemos sobre ese estado, al parecer ajeno; y que evocamos como salvador, a menudo suponen representaciones tan absolutas que se ha hecho fácil perpetuarlas generacionalmente como objetivos. Tener dinero, dicen, acerca a las cosas anheladas, permite mayor comodidad y en el modo en que me sienta más cómoda, despreocupada, tendré más tiempo para deleitarme.
Cuando me topo con este tipo de razonamiento me hago casi todas las veces la misma pregunta: ¿estas personas se habrán sentido genuinamente a gusto en su vida alguna vez?
Reconocer que no hay absolutos y que la felicidad total –la que ordinariamente se cuestiona y evoca– es de una complejidad abrumadora, no basta, empero resuelve catalogarla como un bienestar subjetivo. Algo de lo que difícilmente una sola persona, incluso un grupo de personas afines, pueda concluir. No obstante, el trabajo reseñado por Ryan y Deci ((Ryan, Richard, Deci Edward. (2001) “On Happiness and Human Potentials: a Review of Research on Hedonic and Eudaimonic Well-Being”. Psychology Annual Review, 52, 141-66.)) sostiene que existen dos acercamientos muy relevantes para dar cuenta de cómo es que los sujetos persiguen la felicidad. A grandes rasgos estos son: los hedonistas que se centran en la obtención de placeres y evasión de dolores; y los eudemonistas que se enfocan en la autorrealización y definen el bienestar en términos de la función integral del individuo.
Lejos de imponer que existe una forma mejor que otra, me limito a resaltar que los estudios repasados por el dúo reflejan, entre otros hallazgos, que quienes conceden importancia a objetivos materialistas y trazan sus fines a base del dinero tienden a ser más infelices que el resto de la población.
II
Recuerdo que la primera vez que encontré el dato presentí una revelación, tal vez porque intuitivamente me acercaba a un ideal muy personal o quizá fue un llamado mecanismo de defensa, en cualquier caso el asunto es que la diferencia entre ganar cinco mil dólares anuales contra 50 mil sí influye perceptible y positivamente en lo que se entiende como felicidad. Pero, la diferencia entre ganar 50 mil contra ganar 500,000 dólares ya no tiene tanta relevancia para una persona en términos generales.
Incluso se informa que los ricos son solo un poco más felices que los de clase media. Y quienes persisten en medrar en la sociedad y están arrobados con su propia imagen también se indica que son menos felices. Varias líneas de estudios realizados en torno al tema de la felicidad ((Myers & Dienes, 1995; Ryan & Deci, 2001)) describen a los codiciosos y codiciosas como seres ansiosos, depresivos y menos energéticos.
A título orientativo referiré el fenómeno karoshi que asedia a la nación japonesa, a cuya escala de éxito con relación al nivel socioeconómico se le concede suma importancia. Dicho trastorno contemporáneo se traduce empíricamente a muertes causadas por niveles de estrés asociados al exceso de trabajo, que a su vez se relacionan con la obtención de lucro o un estatus elevado en la sociedad.
La relación entre ingresos altos y felicidad ha sido y sigue siendo débil a lo largo de la historia. La nación japonesa, que comparte liderazgo en la economía mundial, ha sido señalada consecutivamente como la nación menos feliz en las últimas décadas. Debo mencionar (porque ya lo estarán pensando) que esta nación nuestra ha sido referida en numerosas ocasiones como uno de los lugares más felices del planeta. Equiparable a Dinamarca donde el nivel de justicia social y económica es de estándares ejemplares y gran parte de su población profesional y educada vive en comunidades (tipo comunas); y la educación y la salud de sus ciudadanos es gratuita a lo largo de su existencia. Es decir que hay diferencias, me temo, insalvables entre ellos y nosotros. De modo que lo clasificatorio a escala colectiva consta igualmente de muchos matices, asimismo cada medición de superlatividad extrae intereses particulares.
Con todo, al rescatar el asunto subjetivo de la felicidad se da cuenta también de la existencia de factores comunes en los sujetos felices. Estas son las circunstancias en las que la felicidad se presenta más vívida y no como una entelequia: arquetípicamente se es proclive a serlo si dentro del paquete genético se dan ordenadamente ciertas condiciones, no en todos los casos se hereda inexorablemente. Pero la personalidad –compuesta por influencias tanto biológicas como de experiencias sociales y culturales– es un buen predictor. De manera similar aquellas personas que con frecuencia admiten procesos de internalización o que entre sus prácticas diarias meditan en torno a la vida tienen parte del camino fortuito andado.
Richard Davidson entre otros versados en asuntos psíquicos y cerebrales aseguran que la configuración de la corteza cerebral es posible cambiarla y acercarla a estados de plenitud –identificados como pletóricos– si se realiza sistemáticamente la meditación dos veces a la semana. Esto es porque el desarrollo estructural del cerebro cambia en densidad. El caso más sonado y estrafalario es el del doctor en biología molecular, y ahora monje budista a tiempo completo, Matthieu Ricard. Ricard, ((Barnes, A. (January 21,2007) The Happiest Man in the World? The Independent: UK)) avalado por el laboratorio de neurociencia afectiva de la Universidad de Wisconsin, evidenció a través de resonancias magnéticas que su materia cerebral había aumentado de tamaño y concentración, obteniendo resultados “positivos”.
La búsqueda de desarrollo personal y las buenas relaciones establecidas, incluyendo a la pareja y los familiares, son también abono para la referida empresa de la felicidad. Esta relación positiva entre amor, matrimonio y la felicidad se observa en todo el mundo entre culturas heterogéneas. ((Diener et al. (2000) “Similarity of the Relations between Marital Status & Subjective well-being across Cultures”. Journal of Cross Cultural Psychology, 31, 149-436.)) De hecho, la motivación estrella para sentirse mejor es tener una buena relación sentimental y rodearse de sana convivencia familiar.
Gran parte de la discusión medico-científica en torno a la felicidad tiene como elemento basal el aspecto fisiológico de la hormona dopamina asociada con la recompensa, cognición, aprendizaje, motivación, sueño, humor, entre otras. A pesar de que en ocasiones los acercamientos entre diversas líneas científicas de investigación son distintos, en la convención psicológica el aspecto físico del alambrado psíquico se ha visto correlacionado positivamente con funciones y estructuras cerebrales equilibradas.
III
El acercamiento filosófico con el que un individuo internaliza la vida –no necesariamente la suya propia sino el gran esquema– es otra ficha a favor de la apreciación positiva de la vida. La acción de compartir con otras personas dignifica. Ha sido así a través de los años y se puede calificar como un predictor sólido de felicidad. La cuestión no es qué me falta sino ¿qué puedo compartir con los demás?
Quienes responden con acciones a esta pregunta –indistintamente del estatus social o su nivel intelectual– son percibidos como dichosos. Más allá de la parábola solidaria y utópica, la neurociencia ha probado que puestos en las circunstancias correctas, grupos de personas que cooperan entre sí para el bienestar colectivo, segregan dosis internas de dopamina que son equiparables a tratamientos prolongados de fármacos o antidepresivos.
En el documental norteamericano Happy (2011) el neurocientífico P. Read Montague, del Baylor College of Medicine, expresa que el high que produce en la raza humana compartir, cooperar y socializar es tan inherente a nuestra naturaleza como ocurre en el reino animal. Salvando las diferencias gritarán algunos. En contraste, los humanos necesitan sentirse protegidos por estructuras mayores (estado, iglesia, comunidad) la mayor parte de su existencia.
Montague declara que mientras más aferrados estén los individuos a tales estructuras de poder menor será el gozo. Por mi parte entiendo que eso explica algo de la sobrada avaricia de muchos grupos religiosos y la merma de aceptación solidaria que se extiende entre muchos de los seguidores. Elucidar los fracasos políticos desde esta óptica no es osado ni absurdo. Pero deseo también aclarar que la religión y la práctica espiritual se miden con varas distintas, tanto en mi apreciación personal del asunto como en los estudios a los que refiero. La compasión y la gratitud practicadas desde el convencimiento propio –sin importar afiliación alguna– demuestran que existen personas más plácidas que otras.
De niña intuí y con el posterior acercamiento a diversas disciplinas intelectuales he ido constatando, holística pero también empíricamente, que las personas productivas gozan de mayor bienestar entre sus pares. Las consideraciones en cuanto a si la productividad germina de talentos particulares del orden creativo-artístico, o si basta con ejecutar tareas que simplemente apasionan es indistinta (aunque reconozco que me tomó algún tiempo reconocerlo). Hoy sé que es el proceso más que el resultado lo que produce el bienestar.
