La observación de que Trump carece de «estilo presidencial» y suficiente elegancia, supone que la función presidencial es digna y noble. Ignora la barbarie y atraso que esconden los rituales institucionales estadounidenses y sus formas de salón.
Quien prevalezca en la primaria republicana será, en pleno Siglo XXI, el peor candidato de la versión más conservadora, fanática y retrógrada de un partido estadounidense que se recuerde.