The Legend of Tarzan

tarzan

[dc]D[/dc]esde 1912, cuando Edgard Rice Burroughs publicó el cuento en el que debutó Tarzán, el personaje ha estado vivito y coleando. No pienso contarles todas las formas y plagios cometidos con el personaje. Baste decir que no recuerdo ningún personaje ficticio que haya recibido más atención en los medios de entretenimiento en el siglo XX que el niño criado por los monos. Lo que es notable, para los que han visto las películas que se filmaron entre 1932 (las vi después, ¿okay?) y 1948, es que nadie se acuerda nada más que de Johnny Weissmuller. Weissmuller era un adonis que además era campeón olímpico de natación. Perdura en la memoria porque fue un gran Tarzán, y fue la estrella de lo que posiblemente fueron las mejores películas del género y en las que desplegaba su habilidad para desplazarse en el agua. A pesar de una serie de sucesores, fuera de Ron Ely, quien tenía una figura comparable a la de Weissmuller, nadie que interpretó al personaje en el siglo XX se le acerca.

Ahora llega a la pantalla el gigante sueco Alexander Skarsgård, hijo del gran actor Stellan Skarsgård (“The Girl with the Dragon Tattoo”, 2011), quien es un poco más alto que Weissmuller y de la misma estatura de Ely (casi 6’5”). Las maniobras y maromas en la que está involucrado nuestro héroe requieren esa fortaleza física para hacer el filme creíble de la forma como uno se cree un cómic, un libro o una cinta de dibujos animados.

El cuento para la película ha sido escrito para que el villano sea Leopoldo II, rey de los belgas, quien era un sádico explotador que manejó el Congo para su lucro, primero exportando marfil, y luego, goma y diamantes. Se calcula que esta abominación de la humanidad causó la muerte de más de un millón de congoleses. Como es el caso con muchos de estos déspotas, hizo cosas buenas para los suyos (que son blancos, por supuesto) permitiendo la formación de uniones, y pasando leyes contra la explotación de niños y mujeres en el trabajo. Claro, lo que hizo donde no veía las consecuencias es injustificable, pero no es muy distinto a lo que hicieron otros colonizadores de África. De todos modos, como Leopoldo estaba en Bruselas dándose buena vida, los productores del filme se han conseguido un villano alterno. ¡Y qué maravilla! Leon Rom es representado en toda su gloria de maldad sinuosa y pegajosa por el incomparable Christoph Waltz. Lleno de sutilezas malvadas y reptantes, de vez en cuando saca su lengua bífida rociada por una fina capa de erotismo hacia Jane, pero también hacia Tarzán (mucho), y nos salva del grueso de escenas que dependen de efectos especiales digitales que no necesitamos ir a la selva para ver.

Como en el caso de una predecesora que en general detesté (“Greystoke: The Legend of Tarzan, Lord of the Apes”, 1984) esta tiene unas escenas en que predominan los gorilas que son estupendas y que nos preparan para algo que más tarde ha de ser vital para el presente cuento. Pero es curioso que la desproporción física entre John Greystoke/Tarzán sea tratada como si fuera nada. ¿No habría sido más verídico (y gracioso) que su “hermano” Akut (el proverbial gorila de 800 libras), tuviera sentido de humor y le diera alguna gabela en sus mano-a-mano? Lo que sí es que la fuerza física y la empatía con los animales de Tarzán ayuda a entender por qué los africanos lo respetan.

Muchas veces el filme revela la belleza y el misterio de la jungla y de África con la cinematografía de Henry Braham. Además, muchos de los efectos especiales están integrados magistralmente con los actores de modo que las imposibilidades nos parecen posibles y comenzamos a creer algunas cosas que vemos. No como el caso de los Avengers que hay que tratarlos como un cómic, pase lo que pase.

Hay varias situaciones en las que el filme se burla de sí mismo y el burlador es el estupendo Samuel L. Jackson, quien en esta etapa de su vida nos está exhibiendo su capacidad para la parodia y la ironía. Después de todo, le dice con toda picardía en un momento a Lord Greystoke, tú eres el tipo que dijo: “yo Tarzán y tu Juana”. Hay varios momentos en que el humor del personaje nos rescata de lo predecible en la escena.

La película tiene como moral la conservación del ambiente, el respeto por los pobres y débiles, y el repudio al colonialismo. Es lo suficientemente divertida para ir a disipar por un par de horas la caótica situación de nuestro país, y para enseñarles a nuestros hijos y nietos la maldad del colonialismo, no importa dónde sea.
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Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).