West Side Story

[dropcap]L[/dropcap]a historia ha cambiado un poco, después de todo la nueva versión se desarrolla en el arrabal urbano que fue demolido para construir el Lincoln Center en Nueva York. La cámara nos muestra lo que va quedando de un vecindario que era puertorriqueño y del que ahora solo hay ruinas. Es una imagen metafórica de las relaciones entre las dos gangas que luchan por el territorio que sobrevive. Los “sharks” capitaneados por Bernardo (David Alvarez) son puertorriqueños; los “jets”, cuyo jefe es Riff (Mike Faist), son americanos. La música enfatiza la tirantez entre los dos grupos y los sigue según se confrontan ante una bandera puertorriqueña enorme que ha sido pintada en una pared. Los jets tratan de obliterarla con pintura negra y los sharks proceden a protegerla. A la pelea que se desarrolla, llega la policía: el teniente Shrankc (Corey Stoll) y el oficial Krupke (Brian d’Arcy James). Los dos dirigen los esfuerzos de encontrar paz entre los dos grupos.

Este epílogo sirve para establecer las circunstancias del encuentro fortuito y trágico entre Tony (Ansel Elgort) y María (Rachel Zegler) en el baile de la escuela. María es hermana de Bernardo, y la mejor amiga de su novia, Anita (Ariana DeBose). Tony es un jet que se ha retirado de sus andanzas callejeras para trabajar en la farmacia de Valentina (Rita Moreno). El resto es Romeo y Julieta, la gloriosa música de Leonard Bernstein y la letra de Stephen Sondheim. Aunque la coreografía es original de Justin Peck, no puede negar que tiene un parecido con la del gran Jerome Robbins, quien concibió la original tanto para las tablas como para la versión cinemática de 1961. Las innovaciones, sin embargo, son geniales porque los bailes se dan en lugares muy distintos a los que se usaron en la versión anterior. Por ejemplo, las calles sirven de escenario para “America”, un número sensacional que, como en el teatro y en la versión cinemática original, es, como se dicen en el lingo, un “show stopper”. Además, le añade un significado adicional al “diálogo” entre Bernardo y Anita ya que el público, los puertorriqueños del vecindario, incluyendo un grupo de niños, también dan su opinión sobre la Isla y Manhattan. (Además tiene huellas de “In the Heights”, lo que me gustó.) El guion de Tony Kushner, inevitablemente basado en el de Arthur Laurents, es sabio en introducir un elemento político con la brevedad emotiva que es oír a los sharks cantar la versión revolucionaria de la Borinqueña (momento de taco en la garganta). Spielberg Introduce el número en el epílogo, de modo que la pugna cultural –inglés contra español, las costumbres distintas entre los grupos– se da a un nivel personal y comunitario y no como una propuesta ideológica proselitista. Asimismo, Tony lleva a María a conocer otras cosas de Nueva York (el museo de los “Cloisters” en el parque de Fort Tryon) que sirven de contraste a las miserias del barrio. Es allí (puede que sea un plató, pero lo que vale es el simbolismo) que se escenifica el “matrimonio” fantasioso entre María y Tony: fantasía en un sitio fantástico.

El encuentro entre los dos enamorados en el baile en el gimnasio me pareció que cambia el elemento de ilusión romántica que impartió en el original la idea de que el mundo a su alrededor se desvaneció para los dos jóvenes. Cierto, el beso robado por ella establece algo nuevo: María se ha liberado de los tabús de su enseñanza puertorriqueña. Es curioso que cuando Romeo le da el primer beso a Julieta, Shakespeare le hace decir que él lo hizo “por el libro”. El libro del que aprendió María parece haber sido ver a Bernardo y Anita besándose. De todos modos, es un buen punto de vista para la modernización del clásico.

También lo es la introducción de un personaje transgénero repudiado por los sharks, pero que tiene una parte importante que representar hacia el final de la cinta. Su participación en la introducción al genial número «Gee, Officer Krupke«, que ocurre en el precinto de la policía, es cónsona con su fuerza física y su deseo de pertenecer a la ganga y tiene más fuerza que la intención de disfrazar el tema LGBT en una obra teatral que debutó en 1957.

El elemento en el que esta película es mejor que la original es en la selección de Ansel Elgort para representar a Tony (Romeo). El joven Elgort es guapo, canta fenomenal y baila muy bien. Es fácil ver por qué María queda prendada de él. Es como si Spielberg y su director de elenco, cuando consideraron a Elgort, hubieran acabado de leer la parte en que, luego de que Romeo ha matado a Mercutio (Bernardo), y Julieta, supuestamente odiándolo, dice de él: “Was ever book containing such vile matter, so fairly bound?” No cabe duda de que “ese libro” tiene una cubierta bien llamativa. ¿Richard Beymer? Ahannn..

Todas las voces de los principales son de primera y los bailes sensacionales. Entonces están los cambios del orden de las canciones en la que han fallado Spielberg y sus socios. La disidencia entre las dos gangas debe tener una tregua que le ponga final a unos prejuicios ridículos de culturas y actitudes. Al final, en la obra teatral y la previa versión, la canción “Somewhere”, que primero la cantan María y Tony, sirve como un himno de esperanza ante el cambio radical que exhibe Anita por la muerte de Bernardo. La que quería tanto a Manhattan, ahora está llena de odio y por eso su petición a María, “A boy like that, who killed your brother, a boy like that, go find another. Stick to your own kind.”, resulta ser contraria a la esperanza de una nueva vida a través de una nueva relación, de una paz. Ese mensaje se da muy temprano cerca del final en la voz de Rita Moreno (muy bien, de paso), pero lo pudo haber hecho cuando se le acerca a Chino al final y sigue el gesto de unificación de las dos gangas que se juntan para llevar en alto el cuerpo de Tony. Hubiese sido el mensaje esperanzador que es en la obra musical y en la versión de 1961. Sin ella se sugiere que las batallas personales entre puertorriqueños y americanos persisten cuando lo que sí existe es el deseo de libertad y de compromiso para y con Puerto Rico. Matarse en las calles no es ya una opción. Entenderse mejor y respetarse es parte de la solución.

De todos modos, la película queda detrás de la versión de 1961, aunque no por mucho, y hay que felicitar a Spielberg, Kushner y Peck por hacer lo que hay que hacer para reimaginar un clásico: mejorar algunas cosas, respetar lo fundamental y entender el mensaje. También debemos perdonarlos por no haber hecho esto último por completo. Después de todo, no son puertorros.

Manuel Martínez Maldonado
Nació en Yauco, Puerto Rico. Fue crítico de cine de Caribbean Business, El Reportero, y El Mundo en San Juan de 1978 a 1989, Sus poemas y ensayos han aparecido en Yunque, Revista de la Universidad de Puerto Rico, Caribán, Mairena, Pharos, Linden Lane, Resonancias, la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, y Hotel Abismo Primer premio de poesía José Gautier Benítez de la Facultad de Estudios Generales en 1955; primera mención de poesía en el Festival de Navidad del Ateneo de Puerto Rico en 1956 y 1982. Autor de los poemarios La Voz Sostenida (Mairena), 1984; Palm Beach Blues (Editorial Cultural), 1985; Por Amor al Arte (Playor),1989; y Hotel María, 1999, finalista del Premio Gastón Baquero (Verbum, Madrid); Novela de Mediodía, 2003 (Editorial Cultural/ Verbum). Es autor de las novelas, Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum) 1999; El Vuelo del Dragón (Terranova) 2012; Del color de la muerte (Publicaciones Gaviota) 2014; Solo la muerte tiene permanencia (Verbum) 2014. Es Premio Nacional de Novela 2013 del Instituto de Cultura Puertorriqueña por El imperialista ausente (2014).