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Entre El Viena y Butterflies: Para una estética “camp” latinoamericana


Permítaseme, por favor, comenzar recordando a un clásico de las letras hispanoamericanas, al benemérito Esteban Echeverría, quien nada tiene que ver con mi tema, pero que de cierta forma y, sobre todo, por cuestión de eso mismo, de forma, no deja de parecerme relevante. Aludo al comienzo de su cuento fundacional “El matadero” donde declara que “a pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé…”. Así reza en parte la primera oración de ese cuento que marca el comienzo del género en nuestra literatura. Propongo recordar aquí a Echeverría porque tampoco me remontaré yo al Arca de Noé para comenzar mi historia, a pesar de que la mía también es historia y con mucha conciencia de serlo. Eso sí, me remontaré a unos incidentes que acaecieron hace ya unos doce años. Advierto además que sin ser tampoco la mía fábula inventada, traigo esos incidentes a colación para sacar de ellos una especie de moraleja estética, aunque no ética, como usualmente lo son la de las narraciones con moraleja. Es por ello que pido permiso para rememorar unos momentos de mi vida como observador de la realidad mexicana.

Pues, bien, estaba yo en Ciudad de México haciendo lo que usualmente hace un visitante, que no turista, en esa ciudad: caminaba calle arriba y calle abajo, entraba en cuanta librería veía y visitaba monumentos y museos y, de cuando en vez, me detenía para tomarme una cervecita en un bar atestado de parroquianos para descansar pero seguir observando ese fascinante mundo urbano. Estaba precisamente en el Museo Nacional de Bellas Artes y observaba la increíble combinación de morbosidad y estilización que convive en ciertos cuadros coloniales mexicanos, combinación que no deja de tener su aire “camp”, cuando sentí en la nuca unos ojos que se fijaban en mí de manera muy distinta a la que yo me fijaba en los cuadros. La mirada venía de uno de los guardas del museo. No me vigilaba porque temiera que yo fuera a robarme o a mutilar los magníficos lienzos que examinaba con tanto interés e intensidad; me miraba intensa e interesadamente, aunque de manera discreta e irreconocible para los no iniciados. Rápidamente desvié la vista del cuadro que escudriñaba, una representación hierática y perversa, o sea, plenamente “camp”, del martirio del primer santo mexicano, San Felipe de Jesús. Miré a quien me miraba y le sonreí. De inmediato el observador, ahora observado, asumió una pose de corrección desinteresada que parecía negar el carácter de su mirada original, mirada que me había hecho salir del ensimismamiento estético en que me hallaba.  Me acerqué a él y, sin encomendarme ni a San Felipe de Jesús ni a ninguno de los otros mártires mexicanos que con él murieron en el Japón en 1597,  le disparé una insólita pregunta: “¿A dónde va usted a tomarse una cerveza cuando termina de trabajar?” Fue como un asalto surrealista que lo sacó momentáneamente de quicio. Le tomó su tiempito, varios segundos o casi un minuto al menos, volver a su compostura oficial.  Entonces, recobrada ya la compostura, con una sonrisa cómplice me informó que los viernes –y qué casualidad!, ¡era viernes!– usualmente iba después del trabajo a El Viena, una cantina que queda en la Calle República de Cuba, a dos cuadras del museo.  Le agradecí la información como visitante a quien un informante nativo le revelan datos especializados y secretos que no aparecen en ninguna guía turística. Sonreí y continúe mirando los cuadros de vírgenes, mártires, ángeles, monjas coronadas y dignatarios coloniales que había en la sala custodiada por el guarda que todavía estaba sorprendido por mi pregunta y mi actitud, aunque ahora llevaba una leve sonrisa en los labios; seguí como si nada hubiera pasado, como antes de darme cuenta de su mirada intensa e interesada.

Más tarde, a la nochecita, como a las siete, me presenté en El Viena, una cantina que queda efectivamente en la Calle República de Cuba, en el Centro Histórico, muy cerca del Museo Nacional de Bellas Artes, exactamente donde el guarda me había dicho que quedaba.  En su aspecto físico, ésta nada tenía de particular; era como casi todas las cantinas mexicanas de clase popular. Y por definición todas las cantinas mexicanas son de esa clase. De decoración escasa y algo ”kitsch”, El Viena estaba llena de luces, de ruido y de gente. Era una cantina común y corriente, una típica cantina del Centro que había sido adoptada por una clientela gay sin llegar a ser un bar gay. Por ello allí entraba libremente todo el mundo: limpiabotas, niños vendedores de maní o cacahuates, para decirlo en mexicano, señoras que piden limosna, ciegos que venden novenas, vendedores de lotería y hasta seudo enfermeras que pretenden tomarle la presión a cualquier cliente por una propina. Nada ilegal ni indecoroso ocurría en El Viena: los clientes tomaban cerveza o refrescos carbonatados –las únicas bebidas que allí se servían– y charlaban y, sobre todo, escuchaban canciones de la rocola, como le dicen los mexicanos, o la vellonera, como le decimos los puertorriqueños, que ocupaba el lugar más céntrico de la cantina, allí como dueña y señora de ese abigarrado recinto. El mayor acto de exceso que se permitía en El Viena era dejarse llevar por la música y canturrear las canciones que salían de la vellonera. Allí nadie bailaba; allí estaba prohibido tocarse, más allá de darse la mano o un abrazo de bienvenida. El Viena era una cantina ejemplar que poco parecía tener en común con un típico bar gay, aunque su clientela perteneciera casi exclusivamente a esa calificación hoy tan empleada para definir y agraupar a cierta gente.

Al entrar a la cantina oí, por sobre todo el ruido de las conversaciones de los clientes y sobre la música altísima de la rocola, una voz que me gritaba “aquí, amigo, aquí”. No tengo que decirles de quién era la voz que me llamaba. Me acerqué a la mesa de Jesús, el guarda del museo (así lo llamo, aunque ése no es su nombre y lo hago para protegerlo de alguien que lo quiera ir a buscar a su lugar de trabajo), y lo saludé. Me invitó a sentarme y me presentó a sus compañeros de mesa: un asistente de contable que trabajaba para la Coca Cola, un profesor de educación física en un liceo privado y un estudiante universitario. Los tres, como Jesús, eran mexicanos típicos en términos de su físico y marcados por una vestimenta claramente de clase media baja. Los divertidos e instructivos diálogos que se dieron en esa mesa ese viernes no vienen ahora al caso, así que los paso por alto. Por alto no paso, pues me importa mucho ahora, la música de fondo que se escuchaba entonces y en otras ocasiones en El Viena. Eran boleros románticos revividos por Luis Miguel, rancheras clásicas de José Alfredo Jiménez cantadas por cuanto artista mexicano se aprecie de serlo, baladas de Armando Manzanero que permiten y estimulan una lectura alterna desde una sensibilidad innovadoramente perversa – “Voy a apagar la luz para pensar en ti”: ¿reconocimiento del acto de masturbación?  –, rancheras, que son en verdad manifiestos proletarios o feministas, cantadas por Paquita la del Barrio, tonadas rocanroleras de Gloria Trevi. En fin, aquella rocola o vellonera destilaba esencias de la cultura popular mexicana aquel memorable viernes a las siete en punto de la tarde cuando entré por primera vez a El Viena.

Muchas cervezas después Fernando (otro nombre inventado para un personaje real), el asistente de contable de la Coca Cola, nos invitó a todos en la mesa a ir a Butterflies, un bar gay que queda a unas manzanas de donde nos hallábamos, casi a la salida de la estación del metro de Salto del Agua. (Así lo aclaro para beneficio de aquéllos que quieran seguir mis pasos cuando visiten la capital mexicana.) Todos aceptamos la invitación y caminamos al bar, breve pero eficaz caminata que nos ayudó a despejarnos de las cervezas consumidas en la cantina.

Aunque Butterflies estaba físicamente cerca de El Viena, en muchos sentidos parecía estar en otro país, en otro continente, en otro mundo. Era un bar gay algo fastuoso y definitivamente pretencioso, muy parecido a muchos otros que se pueden hallar en casi cualquier gran ciudad americana o europea. Ocupaba un insulso edificio improvisado que fue presurosamente construido después del terremoto de 1985 para servir temporalmente de almacén y que más tarde dejó de servir esa función. Alguien con imaginación y clarividencia para conocer las necesidades del mercado lo convirtió en Butterflies. Me dijeron entonces que el dueño era un diseñador de modas, pero no lo sé a ciencia cierta.  Lo que sí sé con exactitud es que desde que se abrió como bar  quien quiera que fuera el dueño habrá vivido muy cómodamente de esta mina de plata.  Y no hablo de Tasco sino de un bar con pretensiones y fastuosidad y con clientela abundante y generosa.

El contraste entre la cantina y el bar que visité ese viernes era marcado. Mientras allá sólo iban hombres, aquí encontramos también mujeres.  También hallamos aquí parejas heterosexuales, aunque la mayoría de los clientes eran gays. Pero sobre todo, el contraste se marcaba en las clases sociales que frecuentaban los dos lugares. En El Viena sólo había hombres de clase obrera y estudiantes, muchos de ellos gays con conciencia política. A Butterflies, además de la minoría de parejas heterosexuales liberadas, iban los gays de clase media que habían economizado toda la semana o todo el mes para despilfarrar una noche o los de clase alta que tenían recursos para gastar sin inconvenientes ni sacrificios. Todo era abundante y amplio en Butterflies, incluyendo las opciones de bebidas. Por ello el asistente de contable de la Coca Cola, quien más tarde se arrepentiría de su generosidad así como de sus excesos –era muy católico y se mortificaba después de sus excursiones a lugares gays, me contó Jesús, quien había sido su amante y ahora era su amigo– nos invitó de inmediato a tomarnos un ron, opción alcohólica imposible en El Viena y que se ofrecía aquí como homenaje a mí, oriundo de los trópicos productores de tabaco, café y azúcar.

Pero lo que más claramente marcó para mí las diferencias entre los dos lugares  que visitaba esa noche, más allá de la cerveza de uno y el ron del otro, fue el espectáculo de travestís que se ofrecía en Butterflies como su sello de identidad. Y en verdad hay que decir que el show era espectacular. Ni en Nueva York, ni en Madrid, ni en San Juan, ni en Nueva Orleans, ni en San Francisco había visto un show de dragas (permítaseme usar esa expresión boricua que acriolla la norteamericana de “drag queen”) tan impresionante como el que vi en Butterflies.  Éste tenía mucho de espectáculo de Las Vegas. Lo que más me llamó la atención – más allá de la gran cantidad de dragas que participaban y de calidad de su presentación – fueron los modelos que éstas adoptaron para sus personificaciones.  Todos eran estadounidenses: Diana Ross, Barbra Streisand, Marilyn Monroe, Lisa Minelli, entre otros iconos sacados del cine y de la música popular estadounidenses eran las divas imitadas o asumidas. Por suerte no había ninguna Carmen Miranda, pero curiosamente tampoco había una María Félix ni una Dolores del Río ni una Frida Kahlo ni una Verónica Castro ni ninguna de las estrellas de las telenovelas de Televisa o Teve Azteca, modelos idóneos, al parecer, para cualquier draga mexicana. Con los modelos estadounidenses aceptados venía una música definida: en Butterflies sólo se tocaba disco; nada de rancheras, ni boleros, ni salsa ni merengue: puro disco. Quizás se pueda decir que si El Viena es “kitsch” o “low camp”, Butterflies es definitivamente “high camp”.

El contraste entre la cantina popular y el sofisticado bar me hizo pensar mucho y por mucho tiempo. Por suerte, en otro viaje a México descubrí en Cuernavaca, gracias a mi amigo Ramón Figueroa, un bar con espectáculo de travestís, con show de dragas, que me hizo volver al problema que me había planteado aquel viernes de museos, cantina y bar en Ciudad de México.  En Shaddé, el bar de Cuernavaca que visité más tarde y que hoy ya no existe (por si alguien persiste en seguirme los pasos en México), hallé dragas que adoptaban modelos estadounidenses, como las que había visto en Ciudad de México, pero, a la vez y en el mismo espectáculo, había otras que adoptaban la persona de divas populares mexicanas. Recuerdo particularmente una que tomó como su dechado estético a Laura León, una cantante de cuarta y actriz de quinta muy popular entonces en México y más tarde en la comunidad latina en los Estados Unidos por su actuación en dos monstruosos culebrones que marcaron la cultura popular hispanoamericana, “Dos mujeres, un camino” y “El premio mayor”.  (Advierto que sólo es el interés erudito y académico en este tema que me lleva a ver estas telenovelas y a visitar ciertos lugares de mala reputación¼)  En Shaddé y junto a la draga que adoptaba como persona a Tesorito, como se conoce popularmente a Laura León, había otras que encarnaban modelos mexicanos. La noche en Cuernavaca me hizo re-examinar los recuerdos de aquel viernes deefeño pasado entre El Viena y Butterflies.

Lo sé: se hace ya tiempo de aclarar por qué rememoro estos incidentes, estas aventurillas de viajero interesado en la cultura popular mexicana. Ya me he remontado más allá del Arca de Noé, ya he contado la historia; ahora hay que llegar a la moraleja, que en este caso es estética y no ética. Importa ya cruzar el puente que nos saque de la anécdota, un tanto risqué para algunos, y nos conduzca al examen frío y desinteresado de estas observaciones de visitante un tanto particular y aventurero.

El Viena, Butterflies y Shaddé podrían fácilmente convertirse en componentes o claves de un análisis que ejemplifique y catalogue aspectos de la influencia estadounidense en la vida gay y la cultura popular en México. Los tres lugares, según los presento en mi anécdota, pueden ser puntos en un esquema donde uno, El Viena, se convertiría en la tesis que postula y afirma la cultura nacional mexicana, especialmente con su rocola llena de productos nacionales y hombres que mantienen su actitud de macho, aunque en el fondo no lo sean. En este mismo esquema el otro, Butterflies, sería la antítesis que niega esa cultura nacional e introduce lo estadounidense como modelo cultural. Naturalmente el bar de Cuernavaca sería la síntesis de las dos propuestas o de las dos culturas que aquí no se ven como antagónicas –lo que ocurría en los otros dos lugares– sino como complementarias, hasta como idénticas. Por supuesto, la dificultad de tal análisis estriba en que no se dan las tres opciones como pasos en una secuencia temporal sino como alternativas simultáneas: El Viena, Butterflies y Shaddé conviven o convivían en un mismo espacio y un mismo tiempo. Más aun, los oyentes suspicaces y sospechosos se podrían preguntar si hasta la secuencia de mi narración no ha sido manipulada para conveniencia del análisis, si no he presentado los tres lugares visitados en una secuencia cronológica que ayude a presentar este proceso. Pero les aseguro que muy poco o casi nada he manipulado de la historia, que al presentarla me he comportado como investigador correcto y no como narrador voluntarioso.

El tipo de análisis aquí propuesto también se podría hacer desde las clases sociales de los clientes de los tres lugares: los grupos más pobres o de afirmación nacionalista de El Viena, donde consumen por fidelidad cultural o por sus limitaciones económicas sólo lo nacional en bebidas, música y cultura popular, frente a las clases media y media alta de Butterflies que tienen acceso a lo de fuera y que ávidamente compra y exhibe como muestra de su superioridad las manifestaciones culturales y comerciales europeas y, especialmente, estadounidenses. Frente a estas dos opciones está el mundo más provinciano, pero de esa misma clase media, de Cuernavaca donde conviven los dos modelos culturales anteriores: el mexicano nacionalista y el que mira hacia los modelos extranjeros, el que en México se denominaría malinchista. Para elaborar este análisis, se podría decir que el gusto por lo estadounidense lo pueden traer a Cuernavaca los gays chilangos –como se les llama a los ciudadanos de la capital y la Real Academia Española de la Lengua convierte en gentilicio para Ciudad de México– y que el gusto por lo nacional viene de los de Cuernavaca que todavía tienen mucho más apego al mundo de la cultura popular nacional y que hasta lo blasonan orgullosamente para diferenciarse y distanciarse de los capitalinos que invaden su ciudad en los fines de semana. Otra vez más habría que recalcar la simultaneidad o contemporaneidad de los tres modelos que tampoco representan un proceso o cambio histórico.

Apunto aquí a un tipo de estudios que podría hacerse en la contra-cultura gay mexicana. Este modelo de análisis sería posible y hasta fructífero. No conozco ningún trabajo sobre México –ni sobre ningún otro país hispanoamericano– que se acerque al tema desde una perspectiva semejante; tal investigación se viene haciendo ya necesaria para entender una parte cada vez más importante de la sociedad latinoamericana, no sólo la mexicana. Pero mis capacidades para los estudios sociológicos, antropológicos y económicos son limitadísimas, cuando no francamente inexistentes, y por ello sólo abro la puerta y la dejo abierta para otros investigadores que quieran explorar este tema tan fascinante y prometedor.

Mi interés en este fenómeno, más allá de lo puramente personal, se perfila por otros cotos, más modestos pero mucho más elusivos: me interesa ver esas manifestaciones de la contra-cultura gay mexicana y la latinoamericana en general en el contexto de la teoría de la estética “camp”. En otras palabras, las historias narradas aquí pretenden servir de base o punto de partida para unas preguntas que me importan y que, creo, pueden ser de interés para todos los que estudien las culturas populares hispanoamericanas, aunque no se interesen por sus manifestaciones gays: ¿Existe una sensibilidad o una estética “camp” latinoamericana? ¿Qué tipo de conexión hay entre esa estética, si es que existe, y el problema de la dependencia de nuestras culturas populares con la estadounidense? En otras palabras, ¿cuándo una draga mexicana, pongamos por caso, se mira al espejo y decide adoptar una persona femenina lo hace en actitud “camp”? (Tengo que recordar una cita de Susan Sontag antes de continuar con mis preguntas: “One must distinguish between naïve and deliberate “camp”. Pure “camp” is always naïve.  “Camp” which knows itself to be “camp” (“camping”) is usually less satisfying.” [“Notes on “camp”, Against Interpretation and Other Essays, p. 283])  ¿Tiene ese homosexual latinoamericano –mexicano, pongamos en este caso– opciones limitadas en cuanto a sus modelos “camp”? ¿Tiene que trasformarse una draga mexicana, pongamos por caso, sólo en María Félix o sólo en Elizabeth Taylor? Las preguntas en verdad se pueden sintetizar en una: ¿Hay un “camp” latinoamericano y gay a la vez?

Desde los comienzos mismos de la discusión teórica sobre lo “camp” se ha establecido un puente entre esta estética o actitud ante la vida y la cultura gay. Susan Sontag, en el ensayo que origina toda la investigación sobre lo “camp” y del cual ya he citado, cuidadosamente apunta que parece existir una relación entre esta sensibilidad, que ella no se permite considerar una estética, y la contra-cultura de los homosexuales: “The peculiar relation between “camp” taste and homosexuality has to be explained.  While it’s not true that “camp” taste is homosexual taste, there is no doubt a peculiar affinity and overlap.” (“Notes on camp”, p. 291) Lo que para Sontag era un punto que había que investigar se ha convertido para otros estudiosos posteriores en una realidad innegable. Por ello Moe Meyer postula tajantemente que ““camp” is political; “camp” is solely a queer (and/or sometimes gay and lesbian) discourse; and “camp” embodies a specifically queer cultural crtitic” (The Politics and Poetics of “camp”, p. 1)  De la necesidad de investigar una posible relación entre lo “camp” y lo homosexual en el ensayo seminal de Sontag de 1964 pasamos a una declaración de identidad y exclusividad proclamada por Meyer treinta años después.  No adelanto una posición personal en esa polémica; sólo intento ampliar el campo que tiene que investigarse para aclarar esta problemática estética.  En otras palabras, lo que intento hacer es recalcar que no hay duda que el estudio y la definición de lo “camp” han estado totalmente teñidos y hasta monopolizados por una especificidad cultural. Entiendo que lo “camp” ha sido reino casi exclusivo de la cultura anglo-americana. Mi pregunta, pues, va al meollo de esta problemática ya que apunta a esos dos elementos que parecen definir el “camp” para los hispanoamericanos: lo gay y lo estadounidense. (Hay que recordar también la importancia de la cultura lo inglesa para la discusión del tema; no olvidemos que el padre o el abuelo del “camp” fue Oscar Wilde. Sólo que en el contexto de la cultura popular latinoamericana, mi centro de interés, ésta no tiene el peso de la estadounidense.) Mi pregunta parte de una actitud de afinidad, no de ataque, y se transforma en la que ya he expresado: ¿hay una estética “camp” que es gay e latinoamericana a la vez?

Hasta el momento sólo he llegado a plantearme el tema, a hacerme las preguntas o esta pregunta central. Hay puertas que se han abierto ya en los trabajos del argentino Néstor Perlongher, en los del chileno Pedro Lemebel y, sobre todo, en los del mexicano Carlos Monsiváis. Las pistas son escasas y los estudios desde otras disciplinas parecen inexistentes o, en el mejor de los casos, tangenciales al tema. Por ello y por la falta de tiempo, me he quedado en las preguntas que comencé a formularme en una caminata entre El Viena y Butterflies. No tengo respuestas a ellas todavía. Por ello pido su ayuda, la de todos. No tienen ustedes que visitar esos lugares para servirme de asistencia en este proyecto. De todas formas, sus pistas, sus intuiciones, sus referencias, sus ideas me pueden servir de mucho para ayudarme a responder mi pregunta: ¿Existe un “camp” hispanoamericano?

Coda

Escribí ese texto hace ya algunos años para una conferencia académica con intenciones de desacralizar un tanto, al menos, los rituales académicos donde la narrativa de lo personal es usualmente un tabú. Desde entonces había permanecido engavetado en mi computadora. Lo saco ahora porque creo que los planteamientos centrales del mismo son aun válidos y están todavía vigentes. Pero, para que éstos se entiendan plenamente y se vean a la luz de nuestro día, tengo que hacer tres aclaraciones.

Primera: desde aquel viernes he vuelto muchas veces a El Viena, pero jamás a Butterflies, y lo que era una típica cantina popular mexicana ha cambiado drásticamente. El éxito la ha transformado. La han expandido; ocupa ahora el establecimiento original y el de al lado: es el doble de grande. Hoy está decorada con un gusto que intenta declarar abiertamente que es un lugar gay: sillas con un tonito de estilo deco, jarrones cilíndricos de cristal con lirios de cala o alcatraces, ¨disco balls¨ en el techo porque ahora se baila en el local, oferta de bebidas más completa – ahora además de cervezas y refrescos también se ofrecen tequila y otras bebidas típicas de un bar de clase media alta – y las normas de decoro o los códigos de comportamiento han cambiado. El Viena es casi otro Butterflies, aunque no tiene show de dragas. Pero eso sí: la rocola sigue teniendo su lugar privilegiado y todavía se pueden escuchar en ella ¨Cheque en blanco¨ de Paquita la del Barrio (casi pariente mía porque su segundo apellido es Barradas) y ¨Voy a apagar la luz¨ de Manzanero, pero también hay la opción de escuchar bachatas y cumbias y salsa.

Segunda: tras la visita que dio pie a esta meditación he vuelto muchas veces al Museo Nacional de Bellas Artes de Ciudad de México, pero no he vuelto a ver a Jesús.  ¿Lo habrán despedido?  ¿Se habrá quejado algún visitante por su mirada con ¨ojos que dan pánico soñar”, como decía José Joaquín Blanco citando a T.S. Eliot an psitante por su mirada con n plenamente y a la luz de nuestro demonstra cultura, m?  ¿Habrá sido víctima de los cortes presupuestarios que se han dado sobre las instituciones culturales mexicanas bajo los gobiernos de presidentes panistas?  ¿Habrá conseguido un amante rico que le ha puesto una casa con piscina en Cuernavaca?  (Ese era uno de sus sueños, como me confesó aquel viernes de nuestro encuentro.)  Espero que la respuesta sea esta última, pero dudo que así sea.

Tercera: me dicen que a unas cuadras de El Viena han abierto otro bar profundamente gay que se llama La Purísima. ¡Qué excelente nombre para un bar gay! Pero ahí todavía no he ido. Espero que en mi próximo viaje a Ciudad de México Michael Schuessler, ese gringo que es más chilango que el Ángel de la Independencia, me lleve a conocerlo.  Cuando lo visite veré cómo puede encuadrar ese antro en mi meditación sobre ese hipotético “camp” latinoamericano.  Prometo mantenerlos informados, a los que quieren seguir conmigo la exploración estética, porque, ¿a qué si no voy o se va o vamos a estos antros?  Les informaré: lo prometo.