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Extinción y renacimiento de las rosas o escritos para el fin del mundo


  Segunda Parte

Todo es marcha, y resulta maravilloso comprobar cómo una situación que parece insoluble no es, en realidad, sino nuevo y vigoroso punto de partida hacia alguna meta imprevisible. Y así, contra toda apariencia, aquella inversión de términos en la que no se discierne cambio esencial respecto a la posición anterior, no fue sino la apertura por donde el proceso pudo tomar un nuevo e inusitado rumbo.  (126)

–Edmundo O’Gorman. La invención de América.

Estaban sucias las postales, irrumpía el polvo
volvieron a dolernos en los ojos los aviones.

–Xavier Varcárcel

En la introducción a esta reflexión de dos partes sobre textos publicados recientemente; escritos que conversan en la voluntad de revivir el milagro, hablé sobre la rosa. No fue el azar lo que trajo la rosa a la apertura de mi enfrentamiento con las palabras más recientes de seis poetas, de los que todavía me queda comentar tres1 sino tres razones que ahora esbozo claramente. Primero, porque la rosa y con ella la naturaleza han históricamente representado a la mujer en la escritura occidental en la que históricamente la voz poética ha sido mayormente masculina y codifica a partir de su mirada que vuele a la mujer un objeto. Veo en estos libros un trabajo de redefinición de género que va más allá de que traten temas de homoerotismo, feminismo o patriarcado. En ellos hay reescritura de la naturaleza, el hombre y la mujer como objetos del deseo ambos, construidos por la mirada de hablantes poéticos de ambos sexos, con la naturalidad de quien reconoce la tradición y, sin hacerle la guerra frontal, la replantea más allá de sus límites. Segundo, porque, como dije, mientras que la escritura de la modernidad buscó reinventarse la palabra y con ella el mundo, pensó ese borrón con los errores del pasado como un cataclismo que permitiría que naciera lo nuevo, representado como una flor o un árbol. Tercero, porque volver sobre la flor, el fuego, el rito, la tierra, el aire, el agua, es un modo de reconocerse en los orígenes de los tiempos: somos dioses que nombramos todo por primera vez en un lenguaje que se refiere a la historia y a la metafísica, al momento y al hecho de que los ritmos de la tierra nos borrarán ineludiblemente. Entonces, decía que mucha de la escritura contemporánea reescribe la flor, el fuego, la tierra, el aire, y con ello el mito originario y que, para decir eso, se puede hablar de lo cotidiano sin perder la conciencia histórica: lo escrito por generaciones pasadas, lo que aparecerá en los libros de historia o en los titulares de los periódicos. Para poblar mi argumento, escogí al azar seis libros. Ya comenté tres. Ahora sigo con los otros.

El eco de las formas. Nicole Cecilia Delgado. La conciencia poética está en la hechura del libro. Parte de la sinestesia que alude al tacto y al oído en el título. La coherencia estructura los poemas breves, que se repiten como el eco, sonido que rebota y retorna de forma ominosa. Son las cosas que nos hablan, no nuestra propia voz que regresa luego de un viaje que es a su vez hacia adentro y hacia afuera. Comienza el libro con la propuesta de que el deseo no tiene terminación de número ni de género. La gramática no basta para decir la realidad compleja que va más allá de las dicotomías. Por eso se escribe.  Porque hay que escarbar el lenguaje, zarandearlo, para que diga la realidad contemporánea más allá de lo que nos han posibilitado las formas de comunicación hasta ahora. Dice:

geometría de la lengua

descontrolable forma del deso
descontrolante sonido del temor
todo lo voy nombrando
ansia nominal estar contigo
enredando las puntas de cada avistamiento
tóxica y teórica
mezclada y confundida
el deseo
no tiene terminación de número o de género
ni jardín
la lengua.

Para los Náhuatl la poesía eran flores (León Portilla). Acá la lengua hace poesía sin jardín. Más que un orden cuidado, será naturaleza agreste y, a partir de esta apertura, las cosas se dirán en pares, produciendo así un eco mínimo. Ese eco repetirá los asuntos que ya subrayé al comentar otros poemarios. El viaje, la flor que viaja o guía el viaje, como la rosa de los vientos:

rumbo indefinido decidir de tanto rumbo
contamina los delirios de mis piernas viaje
seductor entrecaminos
rumbo
rosa de los vientos
cambiaría mis pasos por beber tu ombligo.

La idea del ir y el estar; el balance entre el universo y lo íntimo, puesto que éste está, es, en el ombligo de cualquiera. Sea éste hombre o mujer. El lenguaje mezcla los signos:

sobresalto mi voz entre tus sobresaltos
para beber el semen de tus pechos
hombre mujer del hueco herido
sobresalto
dame una llave
que sane la penumbra mástil de tu espesa luz.

Acá el símbolo fálico es luz que penetra y como en esa última frase, se mezcla lo relacionado con el hombre con lo relacionado con la mujer –todos tenemos un hueco herido– y el objeto del deseo será ambos, o cualquiera.

Si zacudir el lenguaje no basta para que diga la realidad de los circuitos que conectan más allá de las fronteras que estamos acostumbrados a divisar por todas partes, pues entonces escuchemos el silencio.

diálogo oculto entendimiento en imposibilidad del diálogo
cada cual a la mesa gentío de reflejos
todas las voces hablan
diálogo
párpado y sospecha
la entrelínea del silencio dice algo.

El gentío que habla y se refleja, aunque no necesariamente se escuche, aunque no se hable, conversa. En este libro, la reescritura más violenta es la que insiste en vivir con comodidad el oxímoron, la proposición ilógica pues va sobre el significante hombre que necesita desvestirse de su transparencia. El poemario clama por ese ser hecho de partes de distintas especies en la penúltima sección titulada “Belleza monstruo”.

constelación de genealogías inconclusas
de nuevo las palabras han sido lavadas
y trepan las paredes

contamina los espejos transparentes, hombre:
ensúciate las manos de una vez.

Me recuerda la exigencia de la voz poética de Alfonsina Storni en su poema titulado “Tú me quieres blanca”:

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.

En la versión de Delgado, las palabras se vuelven vegetal nuevamente; una hiedra. El hombre debe alcanzar el momento actual que no soporta los reflejos nítidos y claros. Por eso la última sección del poemario está dedicada al hombre nuevo. Así los versos comienzan, luego del hombre con labios pintados, con el “hombre corporación / hombre teléfono roto / hombre sofisticado y serio / hombre zapatos cerrados…”.

Y lo va moldeando con la palabra hasta que al final sale, tal vez con las manos finalmente sucias el:

insólito hombre anacrónico
abolido patriarca
hombre del futuro
magnífico hombre indefinido
sin precedente e indómito
mutante alucinógeno
hombre nuevo
por fin.

Y se celebra su llegada con el “por fin” con que cierra este trabajo de reescritura del hombre que genera al hombre nuevo, aludiendo a la política de los años sesenta, donde se quiso construirlo sin dejar atrás al viejo. El hombre nuevo es mutante, andrógino: hombre-mujer, humano sin concordancias gramaticales fijas, finalmente.

Restos de lumbre y despedida. Xavier Varcárcel. Los poemas están numerados pero no siguen un orden cronológico. Los epígrafes están dedicados a los poetas menos mirados por el cánon de los setenta, o a contemporáneos puesto que estos poetas que aquí comento asumen su madurez sin complejos. Este libro que tengo entre mis manos se abre hablando de mapas, otra vez, pero, como advertía, los mapas y los viajes que permiten trazarlos a veces se refieren al planeta que habitamos, otras, a los espacios más íntimos, como si fueran intercambiables estos lugares.  Se explora hacia adentro y hacia afuera y atisbar las conexiones entre esos espacios que a primera vista pensamos tan disímiles es el resultado de un proceso que adentra en el misterio.

12

De pronto el misterio de los mapas se devela
su estructura básica en las losas del piso
faltas de exploración
pese a tanto sedimiento de privacidad mapeada.

Todo es culpa de la luz.

Ese proceso de exploración se lleva a cabo a través de listas de palabras y frases. Es la mirada que se posa en las cosas; un fluir de conciencia construido a partir del ojo y del oído para producir un mapa del mundo contemporáneo: la superabundancia de información que llega por medios distintos; el lenguaje de la publicidad, libros, películas, calles, rincones de la casa, periódicos, las redes virtuales. Esas listas son el Aleph borgiano que contiene el cosmos. Su orden puede ser caótico, pero hace rato las teorías del caos han probado que el desorden tiene su orden propio en caso de saber mirarlo.  En este libro el azar está controlado por un orden deliberado en el cual se dice lo que no se dice, como debe hacer la mejor poesía. Leo el desorden de palabras que me propone este poeta y pienso que somos contemporáneaos, que nos han conmovido los mismos libros y similares pedazos de la historia; o que padecemos un modo parecido de sufrir la realidad.  Elijo al azar una muestra de la primera lista, poema en prosa que consta sólo de palabras y frases en una enumeración extensa:

17

La mano de obra. El folclore. El Cerro Maravilla. El tráfico. Hiroshima. Bagdad. Bush. El capital físico. La gasolina. Los orishas. El gran teatro. Tlatelolco. Salvador Allende. Los de abajo. El plasma. Los baleados. Las hormigas de Miyagi. Los mojados. Guasábara. 1968, 1978. La fuerza de choque. Naomi Kelin. Los indocumentados. Puerta del Sol. El Sol. Derrida.  El ritual de tomarse de las manos. Estar aquí. Escuchar la música de los que están allá. El aire. Marta Pérez. La casita dulce. José Campeche. Velocidades de luz. La sangre. 2010, 1984, 1985. Lo multimedio. El baile. Lo transgénico. La dignidad social. El medio de las cosas. Los colores. Añosluz. El fin del mundo. O. 1492. 1917. La psiciloscibina. 2011. Einstein. Obama.  Bachar El Assad. Dim Jong Un. El don de la luminotecnia. Tú. Temblor. La expectativa. La Universidad de Puerto Rico. La cabronería. El agua.

La mano de obra alude a la campaña de desarrollo de Muñoz Marín, pero también al trabajo y los trabajadores que son la mano de obra. El folclore es invención romántica, un término que viene del alemán, la cultura del pueblo, son vasijas puestas en una tienda de artesanías para turistas. Es arte vivo. El Cerro Maravilla; los puertorriqueños sabemos, aunque hoy en día puede que no todos recuerden. Ahí está la palabra maravilla para quienes se pierdan la alusión; esa palabra que utilizaban los cronistas de indias, comenzando por el descubridor, para describir lo innombrable de esta realidad que se escapaba a sus conceptos. El tráfico, ¿de drogas? ¿o el tapón de las 5? Alude a la guerra que existe sin duda, evidenciada por el peso de las bombas, y la guerra pequeña que viven los migrantes, los indocumentados. Pero luego nos tomamos las manos, estamos aquí, estás tú y está el temblor.

Selecciono al azar y asocio yo, que si asocia otro sale una historia distinta a la mia, u otro recorte. Entonces es poesía infinita. Así es la poesía. Explota. Toda poesía debe serlo, pero esta propuesta extrema esa realidad. Es una técnica que viene del cine, tal vez, género que a veces narra a partir de tomas silenciosas sobre las cosas, creando un montaje que alusiones que se expande exponencialmente como una onda. Pero el mundo no se va a acabar. Todos los días se acaba un mundo y empieza otro, puesto que cada minuto todo es distinto a lo anterior, aunque sea imperceptiblemente. Cada uno de nosotros es un mundo que se extingue cuando dejamos de ser.  Así confiesa la voz poética:

30

Hoy es el día número 61 después del fin del mundo.

El viento es una peste prendida.
Japón casi se nos hunde.

Mañana será los Tomahawk abriendo a Libia
otro apogeo y otra Luna.
Abajo siguen las inundaciones.
El rabo del comienzo azota  en todas partes.

“El rabo del comienzo”.  Es un comienzo; no un final.  Recordamos las tragedias recientes o posibles a las que alude, pero el poema sigue con la cotidianidad:

Hablo más con mis padres
duermo
llueve menos pero llega el agua
y hay más hormigas según veo.  Y polvo
más policías aterrados, nubes bajas
y cada vez son más los pájaros.

No he llorado.
Las palabras me siguen pareciendo dedos.
Empiezo a acostumbrarme a la pobreza y su belleza.

De repente aparecen números de serie. Las colecciones de ceros y unos que nos organizan:

6

01000001  01100100 01101101  01101001  01110100 01101111

Estos números son otro Aleph. Puede corresponder una combinación de estos dos números a cada persona, a cada cosa que habita el planeta y que el poeta organiza para poner en muestra. Parece que somos dioses pequeños confundidos porque no nos acabamos de convencer de que lo somos. Entonces creamos pequeños mundos caóticos, desastres que chocan y se aniquilan entre sí aunque siempre haya un balance entre la tragedia de la que estamos tan conscientes y que nos hace sentir tan desalentados, y la belleza que está pero que nos ofuscamos y no vemos o no entendemos, puesto que hemos olvidado que como la poesía, una sonrisa se multiplica.

21

Siglos, látigos, tripas y síncopas
razas, risas, rosas y raciones.
Dividimos escapes, multiplicamos pueblos
tormentas, restamos a las revoluciones.

En la boca el tiempo se convierte en tráfico
en procesos electróncios
en una corriente de petróleo y radiación, ante los ojos
en millones de automóviles pasando
que tornan y retornan
formando y deformando en espiral una catástrofe.

Estamos ante las circuanstancias que nos dieron.
Estamos ante las circunstancias que nos dimos.

silencio crudo, confusión de puertas
sujetos en lucha reclamando las cenizas de los sueños

sueños vistos desde la misma almohada
en la misma piedra.

Basta decir, como en el poema 24, “Nada nuevo bajo el sol” para que se tenga conciencia de que el poemario reflexiona sobre la existencia humana sobre la tierra y sobre el preciso instante actual, que es un punto en la cadena del tiempo. El poema 23, el anterior al que acabo de citar, lo dice claramente:

23

Sólo eso. Nada más.

Las mujeres y los hombres
todavía mueven fragmentos de sus islas

los meten en maletas, los embalsan.

Aún conflagraciones, la piedra, la barbarie, el amoníaco.
Hormigas, palomas turcas y el colonialismo.

Aún la piel aquí se extiende
como aquel arrecife vivo
mordiendo su limitación.

Tengo que resumir, me queda otro libro por comentar. Se me impone la vuelta al comienzo, al título. Rastros de lumbre y despedida. Es que la luz deja que las cosas se hagan visibles, aunque luego de haber visto haya que enterrar. Así lo dice el epílogo de forma tan elocuente que hay que citarlo.

Los textos que contiene los he rescatado y unido porque son efecto y consecuencia de mi experiencia reciente ante, con, en y por la luz, que interesa aquí por ser la claridad que irradian los objetos en combustión, ignición o incandescencia, pero también por su efecto natural o artificial de hacer visible el mundo, la crisis, el caos, los objetos: reflejándose, dispersándose, refractándose, difrantándose, propagándose (87-88).

Como se ve, ese prólogo es en sí otro poema. El libro está hermosamente montado, con imágenes de un fósforo que se quema progresivamente según se avanza en la lectura; de un lado la página oscura, del otro la página blanca y el fósforo con su lumbre, su carbón y su humo. Este texto es una joya que refleja luz; un pequeño sol.  Hace tiempo que no leo con tanto placer y tanta sorpresa un libro.

David Caleb Acevedo. Empírea.  Saga de la nueva ciudad. Dejé este libro para el final, aunque es el que tiene la fecha de publicación más temprana, porque está entregado al lenguaje mítico cuyo fin es el le crear un mundo nuevo. Aquí otra vez muere un mundo y nace otro. Otra vez los epígrafes citan a Ángel María Dávila (como los otros libros de mi lista—que además citan a José María Lima, al Che Meléndez, a Manuel Ramos Otero, literatura contemporánea de distintas partes del mundo, a los contemporáneos de aquí). Aquí otra vez el libro viaja: al Nilo, al Zahara, al Japón, a lugares míticos como lo son todos a partir de la mirada extranjera; como lo fueron África, Asia, América para la mirada europea desde la que se construye la modernidad.  Son todos los mitos y todas las religiones que cohabitan en una sola historia. Son poemas narrativos que no reconocen fronteras sino que se apropian de todo, devoran todo, para devolver al final una cosmogonía nueva. Una saga es una narración larga, como una epopeya familiar; es una historia narrada por entregas, es un proceso. El poema titulado “La palabra precisa” anuncia el proyecto:

Giras en el aire en contra de las manecillas del reloj
alrededor de tu propio eje
y pereces adentro
para darle a esta ciudad
un sexo ambiguo y sin género,
un sol que no muera nunca,
girasoles de verano eterno
verdes resistentes a plagas y demonios,
una garganta que diga siempre la verdad,
tres ojos que divisen su órbita maemáticamente correcta
y una corona que haga águila de esta ciudad.
Con tu muerte
Empirea abre sus siete mandalas
y la ciudad comienza a respirar.

Algo tiene que morir. Como en el mito cristiano. Como la oruga que tiene que desaparecer para dejar surgir la mariposa. Aunque ya desde el principio de este relato se vislumbra el mundo que está por nacer. Está alto, arriba de las estrellas.

Asciendes
y ves por primera vez
una ciudad de Revelación
los jardines colgados de la Torre de los Lenguajes
canciones como ladrillos de un poema orgánico y viviente.
Ascendí
para unir mi hombre con mi araña
para hacerme uno en mi mente.
Llegué a Empirea
para despejar la oscuridad que hasta la hora de llegar a una estrella

había sido eterna
ascendí para no morir de bipolaridad, depresión y locura.

La voz poética es como una araña que teje su red. La historia mítica que se cuenta entonces, la saga, es una de correspondencias.  Fíjense en el lenguaje. Antes hablábamos de la maravilla a partir de la cual la modernidad europea escribió los otros continentes que iba incorporando a sus mapas, más allá de la tierra incógnita o la “tierra de bárbaros”. Regresa ese mismo lenguaje que no bastaba para describir la naturaleza que no se dejaba contener, los animales de fábula que se podían confundir con bestias míticas, como los manatíes por ejemplo. El mundo vuelve a ser plano. Los seres pueden ser duales, como en el libro sagrado de la cultura maya-quiché, el Popol Vuh, o el texto se puede referir a medusas, al desierto, el apocalipsis:

Uno es dos, especialmente hablando de gemelos
Izanagi e Izanami
el tao de la carne de dragón y la espada de metal
cuando hundiste tu katana samurai 6 veces
en el Océano Pacífico
cada una de las olas creando una isla del Japón.
Uno es dos, cuando hablamos de grises
como los tiernos ocres ocultos en el rosa
de los pétalos del cerezo
tus ojos
tu pene, tus oídos, tu vagina
la flor nacional del país de tus venas
tú, niño niña sin padre o madre
dale tu dragón a la isla,
dale tu espada a las pagodas de Buda
porque tu luz es sólo
cuestión de un reloj detenido.

Vemos que el poema se refiere, sin embargo, en concreto al Japón. La religión en esa isla que es antípoda de las Antillas es sincrética, como acá.  El taoismo religioso al que alude proviene de la China, pero Japón ha sido colonia de ese otro país, como acá también lo hemos sido de otros imperios.  La rosa tiene pétalos de cerezos. El lenguaje inventa nuevos monstruos a partir de un acto caníbal que devora todo porque todo le pertenece. Como proponía Oswald de Andrade, el modernista brasileño, con su Manifiesto AntropofágicoTupí or not tupí, that is the question, que firma el año 374 de la deglución del Obispo Sardiña (hecho histórico). Nosotros, como cualquier otro ser humano, somos el centro del Universo. El Universo está compuesto de tantos centros como personas. Cada uno de nosotros es un Universo. Otra vez el mundo nuevo que nacerá de este acto de incorporación es andrógino, de sexualidad amplia, sin patriarcalismo ni matriarcalismo. Así la voz poética le habla a un lector que se identifica tanto con los fonemas que tradicionalmente han marcado lo femenino, como con los que marcan el masculino (a, o—lo digo así porque no estoy hablando de sexo biológico), puesto que habla en segunda persona cambiando género. Luego de reescribir los mitos y las religiones de los 4 confines de la tierra, surge el comienzo del fin.

Ahora te das cuenta
de que los sucesos que comenzaron en el año 0 del mundo
delinean el alfa de Ragnarok
de la palabra que agita los átomos de ese mundo.
Y es que era justo momento
para Zeus matar a su padre
momento en que Dorothy supo
que el Mago de Oz era sólo un débil y mísero enano
operando maquinarias detrás de una cortina.

Hay que mirar a los dioses de frente. Darnos cuenta de su pequeñez, para así poder inventarnos dioses nuevos, mitos nuevos que los expliquen, y con ello inventarnos nuevamente el mundo. Es un trabajo arduo, pero posible. Si fuimos una vez la utopía de otros, basta que nos soñemos de nuevo a nosotros mismos para llegar a ser nuestra propia utopía.

Suspiras complacida.
Es una victoria que la Creación
se diga a si misma
y se vea salva.
El sol brilla con el poder de tu brocha.
Los creadores hicieron una gran obra
y la ciudad flota  erguida, magnífca y todopoderosa.

El mundo nuevo ya existe en los libros. Y se sabe que la realidad empieza por la imaginación concretizada en palabras. Primero se dice: Hágase la luz, si es que se quiere que la luz se haga. Hay poetas enunciado mundos nuevos, nombrándolos, por lo que el mundo nuevo está en proceso de nacer, aunque se tarde mil años.

  1. Han sido Poemas para fomentar el turismo de Mara Pastor, Plagas del deseo de Moisés Agosto Rosario y Sospechar de la euforia, de Guillermo Rebollo Gil; mientras que en esta entrega serán El eco de las formas de Nicole Cecilia Delgado, Restos de lumbre y despedida de Xavier Varcárcel y Empírea. Zaga de la nueva ciudad, de David Caleb. []