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Fray Luis de León y los desvaríos de la Inquisición


“Y España toda,
con sucios oropeles de Carnaval vestida
aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda;
mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.

Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu aventura
despierta y transparente a la divina lumbre,
como el diamante clara, como el diamante pura.”

–Antonio Machado, Una España joven

Retrato_de_Fray_Luis_de_LeonFray Luis de León: entre las sagradas escrituras y la Inquisición

Es una delicia, tanto intelectual como artística, leer, con sosiego y cuidadosa atención, las Obras completas castellanas de fray Luis de León, editadas en dos volúmenes por la Biblioteca de Autores Cristianos. No creo ser capaz de añadir encomio alguno a la excepcional obra literaria y poética de fray Luis que no haya sido expresado ya por innumerables y distinguidos estudiosos de la cultura hispana del Siglo de Oro. No es ese tampoco mi objetivo. Mi sendero es otro: echar una breve ojeada a una tragedia nacional española: el conflicto, extraño y amargo, entre el apego a las sagradas escrituras cristianas y la fidelidad a la Iglesia. Tragedia, sin embargo, que en algunas de sus figuras cimeras logró transmutarse en extraordinaria y perdurable creatividad que, a pesar del inexorable transcurso del tiempo, enriquece aún nuestras mentes y corazones.

Los prólogos y notas que acompañan esas Obras completas castellanas de fray Luis provienen de la pluma de Félix García, agustino como el gran poeta y biblista salmantino. Son apuntes valiosos y eruditos que contribuyen notablemente a la lectura y comprensión de los escritos de fray Luis. Adolecen, sin embargo, de dos fallas significativas. Primero, al pretender acentuar, con cierta propensión al ditirambo excesivo, los aportes exclusivos de su predecesor en la Orden de San Agustín, descuida García recalcar que el penoso aprieto de fray Luis de León con la Inquisición por osar traducir las escrituras sagradas de sus idiomas originales al castellano no fue tragedia exclusiva suya. Fue en verdad el drama infausto de toda la nación española, paradójicamente en uno de sus momentos de mayor esplendor y creatividad cultural. Múltiples españoles de profunda devoción religiosa, dedicación al estudio de la Biblia, gusto por la palabra bien labrada y la poesía hermosamente forjada e intensa preocupación por el destino espiritual de su nación, se enfrentaron al triste dilema del exilio o los tormentos de Inquisición.

Segundo, a causa de un marcado desdén hacia quienes se inclinaron por senderos eclesiásticos distintos a los marcados por el catolicismo romano, García menoscaba gratuitamente la legitimidad de proyectos literarios y teológicos no tan disímiles a los de fray Luis de León, pero inspirados por alientos provenientes allende la frontera, Wittemberg o Ginebra. Se percibe un irritante dogmatismo excluyente, típico de los años previos al segundo concilio Vaticano.

Uno de los protagonistas de El hereje (1998), la exquisita novela del eminente escritor vallisoletano Miguel Delibes, emite, en el preludio de esa conmovedora obra literaria, el siguiente juicio terminante y atroz, en referencia a los trágicos conflictos religiosos de la España del siglo dieciséis:

“Las quemas de libros han sido en España pasatiempos habituales… De la quema de Salamanca todavía se está hablando. La ciudad más culta del mundo quemando los vehículos de la cultura; no deja de ser un contrasentido…

Y no me refiero solamente a obras anticristianas. El Catálogo de Lovaina, por ejemplo, prohibió hace seis años la Biblia y el Nuevo Testamento, traducidos al castellano. Es cosa sabida que el pueblo español está condenado a desconocer el libro de libros.”

Delibes señala el dilema trágico al cual tuvo que enfrentarse una cantidad respetable de españoles, entre ellos fray Luis de León: ¿es factible, en la España del Siglo de Oro, poner a disposición del pueblo la Biblia en su idioma nacional, o, por el contrario, conlleva ese empeño, en esos momentos acometido con ahínco en diversas partes de la Europa cristiana, la drástica condena eclesiástica, la absoluta degradación pública, la pérdida de la libertad e incluso de la vida? No debe olvidarse que si El hereje inicia con la citada referencia al incendio de libros, concluye con la quema de seres humanos por el crimen de propulsar la lectura de escritos reformados y la traducción de la Biblia al castellano. La novela culmina en un aterrador auto de fe, un teatro de crueldad, en presencia del monarca Felipe II y sacralizado por una homilía de Melchor Cano, insigne teólogo de la época. Se les ejecuta como herejes pertinaces, se les extermina en la hoguera como una plaga que corrompe la religiosidad y contamina la identidad nacional de la católica nación ibérica. Ese auto de fe es una peculiar ceremonia litúrgica, con procesiones, oraciones, himnos y homilía, que concluye en ofrecer, mediante la hoguera, la primera muestra de las llamas del infierno que eternamente aguarda a los condenados.

La sombra de la Inquisición se alza amenazante contra quienes espiran alientos reformadores y pretenden castellanizar las escrituras judeocristianas. Incluso figuras cimeras de la jerarquía católica, entre ellas, en primer rango, Bartolomé Carranza de Miranda, arzobispo de Toledo, en una época confesor del entonces príncipe heredero Felipe y corresponsal de múltiples protagonistas destacados de los dramas nacionales españoles del siglo dieciséis, entre ellos, en primera fila, fray Bartolomé de las Casas, se vieron forzadas a padecer las siniestras pesadillas de esa institución que un día irónicamente se bautizaría como Santo Oficio.

“Algún día… estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo,” es la esperanza que otro de los protagonistas de El hereje, susurra quedamente, sin atreverse a alzar la voz; la esperanza de que en algún incierto futuro los españoles verían la prohibición de verter las sagradas escrituras al idioma nacional y la quema de seres tildados de herejes o cismáticos, alegados traidores a la iglesia y a la patria, como una aberración desgraciada y calamitosa.

Marcel Bataillon, en Erasmo y España, su texto clásico sobre este turbulenta época, ha descrito muy bien este amargo encono represivo: “La Inquisición sabe… lo que tiene que hacer. Y lo hace inflexiblemente. Constantino [Ponce de la Fuente], después de haber sido la gloria del púlpito sevillano, es quemado en efigie como luterano. Carranza, Arzobispo de Toledo, pasa dieciséis años en la cárcel. Fray Luis de Granada tiene que rehacer radicalmente sus manuales de oración para que puedan escapar a la sospecha de iluminismo, de la cual no se verán libres ni Santa Teresa ni San Juan de la Cruz.”

El mismo Bataillon apunta brevemente, sin concederle el espacio que en realidad merece, a las persecuciones inquisitoriales padecidas por fray Luis de León a causa de su empeño en traducir partes de la Biblia hebrea al castellano, sobre todo el Cantar de los cantares. Pero ciertamente logra atisbar la excepcional valía de su obra como biblista, traductor y expositor de los textos sagrados. “Fray Luis ha practicado asiduamente el estudio de la Biblia en los [idiomas] originales. Pero todo este estudio tiende en él a un enriquecimiento de la espiritualidad; no es ciencia abstrusa, sino apasionado interés, que lo induce a emprender de muy buena gana una traducción de la escritura en lengua vulgar”.

Y no deja Bataillon de apreciar algo particular en fray Luis, no siempre compartido por muchos exegetas y biblistas académicos: su excepcional calidad estética y literaria. “Hay aquí una luminosa belleza, una música sabia, un arte de conmover por medio de la elocuencia o del silencio mismo, cuya aleación es algo único en la literatura española”. Esa elocuencia literaria la encuentra fray Luis en las sagradas escrituras hebreas, sobre todo en aquellas de claro matiz poético, como los Salmos, Job y Cantar de los cantares. No hay en él un abismo que separe al poeta del biblista. Por eso afirma, en una breve introducción a varias de sus versiones castellanas de textos sagrados hebreos, lo siguiente: “[N]adie debe tener por nuevos o por ajenos de la Sagrada Escritura los versos, porque antes le son muy propios… Y pluguiese a Dios que reinase esta sola poesía en nuestros oídos, y que este sólo cantar nos fuese dulce…”

Pocos escritos de la Biblia hebrea son tan seductoramente poéticos como el Cantar de los cantares, que a tantos lectores ha fascinado, sea por sus hermosos diálogos de amor, sea por la posibilidad de interpretarlos como una expresión mística del amor eterno entre Dios y su pueblo o entre Cristo y su Iglesia. No debe constituir sorpresa alguna, por tanto, que el joven, y todavía poco experimentado en los hábitos autoritarios y represivos de ciertas instituciones eclesiásticas, fray Luis acometiese el audaz proyecto de traducir el Cantar al castellano. El resultado es esplendoroso: una de las maravillas literarias de la España del siglo dieciséis, acompañado de una exposición luminosa que hace honor a las letras nacionales. Es un monumento literario a la simbiosis íntima entre la poesía y la exégesis que anida en el ser mismo de fray Luis de León.

Pero la España del último tercio del siglo dieciséis, imperialmente enriquecida por el oro y la plata provenientes de sus inmensos dominios territoriales, percibe atribuladamente demonios aterradores de diversas calañas: las idolatrías satánicas de los indígenas americanos, las reliquias clandestinas, no totalmente extirpadas, de la judería y la morería, la amenaza otomana, siempre subyacente, y, más recientemente, los movimientos reformadores protestantes, imputados de pérfida y cismática herejía. Lo que parece peligrar es el alma misma de la nación: la pureza de su religiosidad y la integridad de su identidad nacional.

Es en ese contexto que ciertas miradas, rígidas y atemorizadas, perciben la audacia literaria y exegética de fray Luis. Son varias las recriminaciones que se le formulan, a saber:

1)             ¿Por qué el Cantar de los cantares, texto marcado por tan explícito erotismo? ¿Dedicado a una mujer, Isabel Osorio, monja además, del convento del Sancti-Spiritus, en Salamanca? ¿Acompañado de una exposición que, según esta inflexible mirada, minusvalora la interpretación espiritual del texto bíblico, con la posibilidad de convertirlo en un folletín de lujuria desenfrenada? No cabe duda que fray Luis penetra terreno arriesgado al verter el Cantar al castellano, insistiendo, como lo hace, en que su objetivo es simplemente traducirlo y exponer su sentido prístino literal, no proseguir la antaña tradición hermenéutica espiritualizante.

2)             ¿Tenía fray Luis la debida autorización eclesiástica para traducir textos bíblicos al castellano? Es una época difícil para quienes acometan esa labor. Mientras Roma, bajo la férula interpretativa estricta de la jerarquía eclesiástica, enarbola la latina Vulgata como madre y maestra en asuntos bíblicos, por todos los lares en los que se expandían los movimientos protestantes se emula a Lutero, quien insistió en la traducción de la Biblia a las lenguas vulgares y en facilitar el acceso universal de todos los creyentes a las sagradas escrituras. La traducción, por consiguiente, que lleva a cabo fray Luis, carente de explícita autorización eclesiástica, corre el peligro de tildarse de peligrosa cercanía al menospreciado y perseguido luteranismo.

3)             Indica fray Luis, con admirable precisión, su objetivo al traducir el Cantar: “procuré conformarme cuanto pude con el original hebreo, cotejando juntamente todas las traducciones griegas y latinas que de él hay, que son muchas, y pretendí que respondiese esta interpretación con el original, no sólo en las sentencias y palabras, sino aun en el concierto y aire de ellas…” En esa empresa se apresta, como insigne conocedor de la lengua hebrea que era, a apartarse críticamente, en múltiples instancias, de la Vulgata. Y lo hace explícitamente, indicando, aquí o allá, sus diferencias con san Jerónimo. Hoy esa práctica es habitual y a nadie escandaliza. Pero en los años en que le tocó laborar a fray Luis, el criticar a san Jerónimo y la Vulgata se prestaba a maliciosas interpretaciones. No se trata de valoraciones exclusivamente académicas. Para ciertos críticos dogmáticos lo que fundamentalmente parece estar en juego es la integridad de la fe católica. La normatividad absoluta de la Vulgata se eleva como dique protector de la ortodoxia de la fe. Contra ese parecer se subleva críticamente fray Luis.

“Porque hay muchos que quieren que la Vulgata… sea venida del cielo; los cuales, viendo que sale de Roma con título y autoridad de Su Santidad… dicen que cada palabra latina de ella la inspiró el Espíritu Santo… A mi mal juicio, lo que más convendría en esto de la Vulgata es que declarase Su Santidad la aprobación de ella, que el Concilio hizo… que no contenía cosa que dañase a la fe ni a las costumbres; y, en lo demás, dejar abierta a la industria y diligencia… que pensar que con la Vulgata… se pondrá la fuerza que el hebreo tiene en muchos lugares… es grande engaño…”

Ese intento heroico de abrir un espacio, aceptable para la iglesia y la sociedad españolas de su tiempo, para que los biblistas españoles pudiesen dotar a su nación de una Biblia en castellano, vertida de las lenguas originales y en un elevado y poético estilo literario, sería lo que conduciría a fray Luis de León, durante casi cinco años, a las lúgubres mazmorras de la Inquisición. Sería allí donde memorablemente escribiría los versos que tan profundamente se han anidado en la cultura poética hispana.

“Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Dichoso el humilde estado

del sabio que se retira

de aqueste mundo malvado,

y con pobre mesa y casa,

en el campo deleitoso,

con sólo Dios se compasa,

y a solas su vida pasa

ni envidiado ni envidioso”.

Epílogo

La imperial España del siglo dieciséis, la abanderada de la conquista y la cristianización de tantas tierras recientemente encontradas, no fue excepción a los anhelos renovadores y reformadores de esa centuria, como lo demuestran la gran Biblia políglota de Alcalá de Henares, apadrinada por el Cardenal Francisco Ximénez de Cisneros y publicada en 1521, las traducciones de fray Luis de León del Cantar de cantares, Job y múltiples Salmos y la posterior versión castellana de Casiodoro de Reina, revisada por Cipriano de Valera, llevada a cabo en las penurias del destierro y el exilio.

Parece una tarea obvia y necesaria: poner las sagradas escrituras a la disposición del pueblo en su propio idioma. Será, sin embargo, una difícil encomienda que, al avanzar los años, suscitará el recelo, el encono y la abierta hostilidad de esa poderosa institución forjada, bajo la tutela de los Reyes Católicos, por Tomás de Torquemada, la Inquisición española. Durante todo el siglo dieciséis, los intentos de dotar al pueblo español una versión castellana de la Biblia provocaron, en reiteradas ocasiones, enconada persecución contra quienes asumieron ese reto.

Son esos esfuerzos épicas expresiones de la pasión religiosa y la creatividad cultural de la mejor España, la joven España, tantas veces añorada por el poeta Antonio Machado, quien también, como muchos otros españoles antes y después, muriese, por mor de otro de los grandes traumas nacionales, en el destierro. Machado quien ante la prepotencia de la “España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía… que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste; esa España inferior que ora y embiste, cuando se digna usar de la cabeza” proclamó el nacimiento de la “España del cincel y de la maza, con esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza. Una España implacable y redentora, España que alborea… España de la rabia y de la idea”.

El penoso encarcelamiento de fray Luis de León en una mazmorra de la Inquisición por su apego al estudio de las escrituras sagradas hebreas y su traducción del Cantar de los Cantares es un paradójico tributo a la pasión española del siglo dieciséis por la Biblia y la literatura nacional. Igual lo son los infelices destierros y persecuciones que padecieron, entre muchos otros, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.

Extraña situación. Y lo digo porque cuando se examinan los intensos debates teológicos en la España de esa época sobre la conquista de las tierras y los pueblos indoamericanos, los textos bíblicos retumban con vigor, sean aquellos que condenan la idolatría y sus practicantes, usados para justificar la invasión armada, sean los que censuran la violencia de poderosos contra vulnerables, leídos para rebatir la sujeción bélica de los nativos. La Biblia se evocó para avasallar al Inca Atahualpa en Cajamarca; también se citó para reprobar ese fatídico evento. Es objeto de opuestas interpretaciones en la gran controversia que a mediados de siglo sostuvieron Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre la justicia del imperio español en el Nuevo Mundo. La insistencia de Las Casas en la evangelización pacífica de las comunidades indígenas y su rechazo enérgico a la cristianización violenta se nutren de su lectura del Nuevo Testamento. Su airada denuncia de las injusticias cometidas por conquistadores y encomenderos, la que tanto escandalizó la hispanofilia nacionalista del gran filólogo Ramón Menéndez Pidal, revela la lectura constante y apasionada de los profetas veterotestamentarios.

En las disputas provocadas por las insurgencias luteranas y calvinistas, la España del cáliz amargo, la que tanto afligió en ese otro gran drama nacional que fue la Guerra Civil (1936-39) a César Vallejo, prevaleció sobre la España de los profetas y los evangelios, aquella que a principios del siglo dieciséis animó el magno proyecto editorial del Cardenal Ximénez de Cisneros y en sus postrimerías inspiró los esfuerzos de fray Luis de León y muchos otros de dotar al pueblo español de una Biblia en su preciado idioma nacional.

En honor a esos nobles esfuerzos pueden los poetas, los insignes como el español León Felipe, exiliado hasta su muerte en México, escribir, o, en su caso, más bien exclamar:

“Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los Libros Sagrados y volver a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón… El poeta, al volver a la Biblia, no hace más que regresar a su antigua palabra, porque ¿qué es la Biblia más que una Gran Antología Poética… donde todo poeta legítimo se encuentra?… recordar, refrescar, ablandar, vivificar, poner de pie otra vez el verso suyo antiguo que momificaron los escribas”. (¿Qué es la Biblia?).

  • José Berríos

    Con razón Wilda Rodríguez llama a Rivera Pagán “nuestro teólogo nacional”…

  • Norberto Ramírez

    Este ensayo me estimula a retornar a las disputas en la España del Siglo de Oro, sus profundos conflictos y paradojas. ¡Gracias por escribirlo!

  • Carmen Rabell

    Acabo de reseñar un libro sobre la Inquisición en Latinoamérica y España y me sorprendieron los documentos inquisitoriales del Perú, México y Cartagena (Siglo XVI, XVII y XVII) doonde muchas mujeres fueron acusadas como “falsas visionarias” o “falsas místicas” por ideas bastante cercanas a Erasmo y Lutero.

    También al leer y transcribir los interrogatorios de corsarios holandeses encarcelados en San Felipe del Morro durante la invasión de 1625, me llamó la atención que confesaran haber destruido los San Benitos que encontraron en la iglesia. A estos corsarios calvinistas debieron varios vecinos de Puerto Rico que fuera borrarado su estigma por haber sido procesados por la Inquisición.

  • Jorge Santiago

    Un ensayo excelente, en el que convergen la erudición y la escritura elegante y hasta poética.

  • ManuelDomenech

    Gracias, Luis. Parece ser que las palabras inquisición e ignorancia son sinónimas. Lo lamentable es que en una universidad te den el mensaje, no escrito, de que el fenómeno religioso es irrelevante en la universidad. Me refiero al de hacer una actividad para reinvindicar la traducción de la Biblia del Oso. Voy a tocar otra puerta tan pronto salga de la cama. Ya espero volver el lunes al trabajo. Quizás debo tomar como una penitencia de cuaresma hablar con esos que tienen oídos y no oyen como dicen las Escrituras, ja, ja.