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Las malas costumbres


portada Malacostumbrismo_0El libro titulado Malacostumbrismo, escrito por Carlos Vázquez Cruz, es un destilado de puertorriqueñidad. El motivo de las imágenes que lo acompañan, como a la mayoría de los libros publicados por la cuidadosa e inteligente editorial Erizo, en este caso es la mata de plátano. Mediante ese gesto delicado dialoga con el sentido común boricua (ser puertorriqueño es tener una mancha de plátano) y con la plástica puertorriqueña, desde Francisco Oller y su velorio hasta Ramón Frade y su “Pan nuestro”. Pero más allá de la representación de lo autóctono, de una puertorriqueñidad idealizada—como tampoco hacen sus precursores pues ni Oller ni Frade idealizan–, Vázquez Cruz propone un gesto por medio del cual saluda al otro precursor, Manuel Alonso y su texto El Gíbaro de 1849, a quien evoca en el epígrafe que lee: “… mi libro no lleva pretención de una obra acabada, pero sí la de ser intérprete fiel de mis sentimientos; quizás será un estímulo para los escritores de Puero Rico…”. Distinto a Alonso en su momento, cuyos “sentimientos” lo llevaron a escribir costumbres que no confligían con su voluntad de progreso y se podían quedar en el balcón de la memoria para que el país tuviera raíces, mientras que a la vez censuraba las que le parecían obsoletas por estar muy cercanas a la barbarie, Vázquez Cruz propone volver sobre las costumbres nuevamente en este milenio y en medio de lo que Julio Ramos llamó la “modernidad desigual” y Beatriz Sarlo la “modernidad periférica”. En medio de la desigualdad que provoca un progreso carente de oportunidades, en este volumen se coleccionan costumbres que “habría que superar”. Pero no se equivoquen. No relata este libro historias de folklore obsoletas para la modernidad higiénica que se desea, sino que el folklore isleño pasa a ser un conglomerado de historias de abuso físico y sexual, pedofilia, prostitución de los hijos por los padres con el consentimiento del menor que se siente amado y atendido en esa circunstancia única en que acapara la atención del mayor, prostitución como medio de supervivencia, violaciones consentidas por un pueblo entero porque se leen como escarmiento, religión como medio para explotar, robar, abusar al otro. El banquete está servido y se nos ofrece como el jíbaro de Frade ofrece sus plátanos (desde su pobreza).

Es que, por lo que este texto explaya, más allá del mito de hospitalidad y alegría sana con el que nos acariciamos el ego, los puertorriqueños son, todavía en este siglo XXI, un pueblo lleno de malas costumbres. Contrario a la idea que escucho hasta hoy, de que en Puerto Rico no hay pobres, en la realidad que aquí se retrata, desde el cuento costumbrista que no se propone fundar un relato nacional sino destruir el mito florido, está la pobreza económica, la espiritual, la social, la moral, dibujadas todas ellas desde un lenguaje que recuerda las caricaturas poéticas en la prosa que construyera Emilio S. Belaval en sus Cuentos para fomentar el turismo (1946). Los expertos saben que Belaval inspiró la prosa de Luis Rafael Sánchez, quien escribió una tesis dedicada a su estudio. Cuando utilizo el término “caricaturas poéticas en prosa” me refiero a una textualidad que se centra en detalles hiperbolizados y el protagonismo de un lenguaje sorprendente, visual, rítmico, para contar las historias más prosaicas desde una variedad de raíces míticas del lenguaje y el pensamiento, puestas todas en tensa y armónica oposición. Quisiera dar tres ejemplos:

En los cuentos de Belaval, en específico, “El desagravio al cabrón del barrio Juan Domingo”. Van todos al velorio del marido muerto por complicaciones de una herida causada en el trabajo rural. La esposa se amanceba con otro trabajador fuerte que la ayuda a cuidar del marido convaleciente. Muere el marido. El pueblo, trámite su espiritista aprovecha el rito de paso para volver sobre valores tradicionales. “Ese muerto no nos va a dejar dormir”, dice. Entonces hay expectación en el velorio:

Llegaron las viejas y encendieron los cigarros; llegaron los viejos y se sentaron en cruz; llegaron las mozas y se sentaron en racimos; llegaron los hombres y se agarraron de las tingleras. Juaniquín, el hermano del muerto, al lado de su primo el capataz, era el único que estaba con vida. De cuando en cuando se rascaba detrás de las orejas. Arriba, cerca de la tijereta, una hoja de machete, limpia, burlona, imantaba su brillo chismoso en la costilla del difunto. (9)

Quien ha leído el cuento sabe que el muerto pedirá venganza. Quien sabe de Belaval entiende que éste fue juez y que las historias que cuenta tal vez fueron casos que atendió en el tribunal. Sus cuentos hablan de costumbres, literalmente. Tienen personajes “tipo” que de distintos modos no responden al discurso progresista de los políticos. El mayor impedimento a los proyectos modernizantes de los años cuarenta, parece decir Belaval, era que las personas funcionaban desde distintas matrices discursivas, a veces en conflicto entre ellas: la santería y el espiritismo y las creencias populares, mientras que los discursos institucionales de desarrollo les pasaban por encima igual que en el mar hay distintas corrientes a distintos niveles de profundidad, pero también en el modo en que una aplanadora compacta la tierra. No hay proyecto modernizante sin educación, parece decir nuevamente Belaval, como dijera en las postrimerías del Siglo XIX Manuel Alonso.

En “Ejemplo del muerto que se murió sin avisar que se moría” que se encuentra en la colección En cuerpo de camisa (1966) de Luis Rafael Sánchez, aparece nuevamente, en torno a un rito funeral, este acceso a la realidad desde la mediación del espiritismo y del melodrama. Pero la voz narrativa no mira desde arriba esta realidad sino que se contamina de ella; es decir, ve desde los ojos de los personajes:

Leoncia se tiró como loca, descalza, la cara hinchada de no poder llorar, qué cosa, de no poder llorar. ¡Con lo que hubiera querido beber llanto! El muerto que se moría era chévere. Los sábados le ponía la peseta en la mano y los domingos la invitaba a jugar a papá y mamá. Pujaba inútilmente por un chin de lágrima, un octavito, una ñapa, pero nada. Y el muerto seguía boqueando ante el asombro de su hermana la Soltera, de quien era cortejo desde el año del cólera. Musarañando, llegó al cafetín. Se le revolvió un intestino cuando lo vio cerrado. Viró en redondo, algazara de faldas por el viento, los pasos envueltos en pies, la baba cayendo, en dedo en la boca. (1984, 70)

Si escucharon bien el breve párrafo que acabo de citar, lo que se cuenta es una historia de incesto, de abuso y dependencia, dichos con el lenguaje más poético estos personajes que se personifican a partir de rasgos esenciales: las faldas al viento, los pies que tropiezan “pasos envueltos en pies”, la baba que cae.

Veamos una versión de la muerte escrita por Vázquez Cruz:

El suegro y su gran corazón padecieron un infarto. La cama que lo acogió en el hospital se negó a devolverlo. La vieja quedó atravesando habitaciones en su trono de ruedas, ya sin voz ni ganas de telenovelas con Lucero. Cuando comenzó a recibir dinero del gobierno gracias a su adorado difunto, el más joven de sus hijos descubrió súbitamente el gran amor que le tenía y la refugió en su apartamento. Antes de abandonar a la familia, agitó los brazos y suspiró seis anatemas por la traqueotomía para condenar al cincuentón por someterse a las zarpas ambiciosas de mi hermanita (14)

Otra vez la misma violencia causada por la pobreza, dicha en un lenguaje rítmico y metafórico al punto de parecer un bolero. De hecho, hay un cuento bolero titulado “Boleros y rosas” y otro que parece un bolero santero y espiritista. El bolero cuenta el deseo; cosa prohibida donde los matrimonios consolidan propiedades y fortunas. El género musical educó en modernidad también; momento en que la mujer sale a la calle, trabaja, se independiza al poder costearse la vida y costeársela a la comunidad de la que es jefa de familia. Entonces puede también decir su deseo. Pero desde una barriada marginal el deseo es ponerse una camisa tubo, unos pantalones pegados que marcan la W de la entrepierna, o sentarse sin ropa interior a la vera del camino a enseñar el toto para ganar el amor de Ignorancio, combatido entre dos ex-amigas separadas porque una de ellas vestía ropa de marca del ejército de salvación y a la otra la agredía la pretención de la primera. A continuación una cita larga:

Receta de los santos al sesgo de una rasuradora.  Socorro desyerbó los vellos forestales que aislaban a Ignorancio de su parque de diversiones. Tendió un pañuelo encima de la cama. Lo planchó. Depositó en él el peluquín de la vagina calva y un mensaje: “Para que sueñes conmigo”. Anudó el pañuelo. “Tres noches, sólo tres, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.” Lo persignó. Lo colocó bajo la almohada de su marido. En lo sucesivo, Ignorancio sólo pensó en Socorro. Su cabeza imploraba a Socorro, y Socorro socorro daba.

Mercedes y el contacto visual. Otra vez balcón frente a balcón. Mujer y hombre al compás desabrido de una canción que no levantaba ni el ánimo. Se subió la bata indiscretamente hasta los muslos. Se sentó al borde de las tablas con las piernas guindando a ras de la vereda. Él exhibía una interrogante en las pupilas a la vez que ejecutaba su capacidad interpretativa. Ella lo interpretaba como a un ingrato incapaz de su propia ventura. Mercedes se encaramó más el traje, y sus rodillas aplaudieron frenéticas con pausas intercaladas. Le enseñó al tipo, por allá en lo profundo de su falda, un caimito afeitado y maduro. Pulpa para la palma de su mano. (53)

Y quien haya escuchado reggaetón, más urbano en sus ambientaciones, no se extrañará de estos modos de seducción, que son codificaciones de signos culturales heredados que tienen su público y su lector (“Él exhibía una interrogante en las pupilas a la vez que ejecutaba su capacidad interpretativa”) y que no tienen que ver con el tráfico de bienes sino con el de proveedores posibles en todo caso, de atención, de valor propio, o de un salario mínimo con qué juntar pa comprar habichuelas. Que se siga escribiendo de los mismos temas no me sorprende. Habría que darle la razón a Zeno Gandía y a Wico Sánchez, quienes propusieron que no salimos del estancamiento. Pero hay progreso, al menos en las historias que nos contamos, con las que reinventamos los mitos sociales. Sin idealizaciones, estos cuentos representan con una sórdida belleza lo que obstaculiza el progreso. Somos nosotros mismos. No es que en barriadas marginadas se concentre la pobreza en sus variados matices, porque las pobrezas son muchas y mientras más bienes se tenga, más pobre ser quien no deje de funcionar a partir de sus urgencias primitivas menos solidarias y empáticas. Y si esta reseña ha prestado atención a lo social, al punto de que tal vez parece haber sido hecha desde la fechada “sociología de la literatura” mi respuesta a ello es que el estilo lo impone el libro que critico; que he mirado además prestando atención a su lenguaje y los modos en que el mito se reescribe desde una cuidadosa atención a la tradición y sus propuestas de contenido y de forma, que se reescriben hoy porque somos dioses y mañana se contarán nuestras hazañas.

Textos citados:

Belaval, Emilio S. Cuentos para fomentar el turismo. San Juan: Cultural, 1946.

Sánchez, Luis Rafael. En cuerpo de camisa. San Juan: Cultural, 2002.

Vázquez Cruz, Carlos. Malacostumbrismo. San Juan: Erizo, 2013.

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