A lomo de tigre: Homenaje a Luis Rafael Sánchez
Mi hermana Mercedes se ocupa del comentario de los ensayos críticos en torno a la obra de Luis Rafael, mientras que yo, por mi parte, opté por reseñar la colección de semblanzas que abren el libro. Estamos ante una colección emocionante, que guarda para la posteridad, como en prodigioso frasco de alcohol, la presencia viva y palpitante del autor de la Guaracha del Macho Camacho, tal y como sus contemporáneos la hemos percibido. Sé bien que me introduzco en un terreno complejo, porque reflexionar sobre la relación que un escritor de carne y hueso tiene con la obra literaria que hace surgir a la vida en calidad de autor es asunto delicado. Incluso, polémico. Una cosa es el entrañable amigo llamado Luis Rafael –más bien, Wico– y muy otra el AUCTOR de Quíntuples y En cuerpo de camisa, que con su prosa innovadora cambió para siempre el panorama de las letras puertorriqueñas. Ambos seres no son el mismo, como reflexionó con hondura Jorge Luis Borges en «Borges y yo» y mucho antes Unamuno en Niebla: el autor literario y el ser humano que lo habita se disputan entre sí su parcela existencial siempre en ánimo de polemizar con su alter ego.
Por más, no todos los lectores desean conocer –o haber conocido– a sus autores predilectos, temiendo desilusionarse al descubrir el posible hiato siempre capaz de abrirse entre una obra artística inmensa y el frágil ser humano que la ha lanzado al mundo. A Cervantes, el padre de la novela europea, lo consideraban en su época un «pobre diablo». Hoy sabemos, por más, cosas de él que nos intimidan, desde su adicción al juego hasta su posible condición de espía de las autoridades españolas en Argel. ¿Sería alegre, como él mismo afirma, o más bien inescrutable y misterioso? El autor no siempre insufla en su obra la personalidad vital que lanza al mundo, y a veces la llega a contradecir. Nunca olvidaré la impresión que me produjo conocer a Octavio Paz: el autor de la prosa más rotunda y centelleante de México era un conversador tímido que salpicaba sus afirmaciones procurando la acquiescencia de su interlocutor con un cauteloso «¿verdad?» «¿Cree ud.?” Jorge Guillén, en cambio, siempre me pareció que encarnaba en su persona celebrativa el júbilo vital de su Cántico. «Ante la vida, solo tengo una contestación: ¡¡SÍ!!», solía exclamar con entusiasmo, haciendo de su persona viva el mejor de sus poemas. También debo decir que la energía vital del amigo Mario Vargas Llosa, evidente en su obra enérgica y vertiginosamente renovada, es tal, que me suelo sentir agotada cuando entro demasiado de cerca en la órbita de su aura vital. Borges, por su parte, oscilaba en sus conversaciones entre encarnar al genio erudito y al porteño sentimental. Siempre recataba sus claves íntimas, como hace en su alta obra literaria, tan enigmática. Pero, eso sí: como en sus poemas tardíos, tan cálidos, daba rienda suelta a su caudal de ternura mientras acariciaba, embelesado, a mi gatita persa en su regazo. O cuando celebraba a Arturo, cada vez que lo veía en el extranjero, con un jubiloso “¡coquí!”. Borges nunca olvidó el sonido metálico que lo asombró al salir del teatro de la UPR y sentirse enfundado en la música misteriosa de los coquíes de la noche, que creyó eran pájaros fabulosos. Sé que los hubiera insertado en su Manual de zoología fantástica, que por cierto leímos juntos Luis Rafael con gozosa, juguetona complicidad.
Existen autores de vitalidad contagiosa que nos apena no haber podido conocer nunca. Jorge Guillén suspiraba por «haberse tomado una taza de café» con Lope de Vega, cuya simpatía efervescente se cuela a través de sus páginas, contrario al caso de las tan amargas de Francisco de Quevedo, a quien pocos querríamos haber conocido de cerca. Siempre deploré, en cambio, no haber conocido a Federico García Lorca. Guillén contaba entre las experiencias más altas de su vida el haber escuchado a Federico decir sus versos: era un juglar total inseparable de sus versos y sin su presencia física, su obra quedaba disminuida. Pedro Salinas decía que era tal la magia de Federico que en las reuniones de los amigos, algo intangible en el aire anunciaba el instante preciso en el que estaba a punto de llegar. Más de un contemporáneo asegura que escuchar a Federico cuando estaba de vena y entretenía a sus amigos charlando constituía una experiencia estética superior a la de leer su obra.
Me atrevo a creerlo. Y considero que la persona viva de Luis Rafael Sánchez pertenece a ese mismo espacio vital que ocupan los creadores mágicos, que acceden a la gracia y al duende con el solo acto de existir. Conocer a Luis Rafael de cerca ha sido uno de los más grandes privilegios de mi vida, y puedo afirmar sin ambages que no sé dónde comienza su obra escrita y dónde termina su persona mágica. El ser de Wico, juglar total como Federico, constituye una obra artística de primera, y acceder a su persona es sumirse en un mundo de luces donde, igual en su obra, se redime misericordiosamente el dolor suavizándolo con la risa. Risa siempre compasiva; irónica, nunca cínica, que le sé agradecer en lo que vale porque para colmo es muy puertorriqueña. Mi hermana Merce, parafraseando unos versos que Neruda aplicó a Lorca, ha dicho de Wico: «Su persona era mágica y morena, y traía la felicidad». Solo puedo añadir un rotundo amén a ese fabuloso aserto: es a manera de haiku prodigioso que describe de un plumazo a Wico.
Parece ser que su magia cautivó desde el principio. Cuando nació nuestro futuro escritor, un primito aun muy niño exclamó, balbuceante ante el prodigio: «¡parece un wico!». Nunca sabremos lo que sería para el infante un «wico», pero ese apelativo insondable, encantador, rebozante de simpatía y de gracia, surgido de las entrañas sinceras de un alma infantil, sirvió como audaz bautizo de fuego de Luis Rafael. Por alguna razón Wico lo adoptaría para siempre: sabía que era cónsono con su contagiosa, intransferible magia vital.
¿Cómo han visto los ensayistas de este volumen al amigo Wico, celebrado en el volumen en su inmensa capacidad de escritor? No deja de ser curioso que algunos colaboradores, como su entrañable amiga Carmen Vázquez e incluso su estudiosa Priscilla Rosario hayan preferido no reflexionar sobre la persona de Luis Rafael, acaso por no violar los secretos que siempre tiene una amistad. Lo cierto es que Carmencita, cansada de los abusos «que ha impuesto la Comai en nuestro ámbito social» (p. 58), afirma que «prefiero hablar del escritor, su actividad y su vocación» (p. 45), ya que el Congreso de Arecibo, asegura, honró a Luis Rafael por su literatura y no por otra cosa. Opta por dejarle entonces la palabra al mismísimo AUCTOR –con mayúsculas– para que se describa a sí mismo con su tino artístico y su inveterada gracia. Wico se hace surgir a sí mismo de un puñado de signos verbales, construyendo, a partir de su propia andadura vital, un espléndido personaje literario. Asistimos a su niñez humacaeña, en un barrio del caserío Antonio Roig; a su mito fundacional, las radionovelas y las películas de barrio; lo vemos luchar con el lenguaje en el momento sagrado de la creación: «el trance precario de un dios menor pero diligente»… un dios tan pobre que su cielo está en la tierra» (p. 58). Sabemos de sus propios labios su pasión devoradora por la literatura, y también descubrimos cómo la fama lo tortura. Pero todo ello nos lo ha dicho el propio Luis Rafael, detrás de cuya protección queda excusada de entrar en honduras personales su gran estudiosa. El ensayo espléndido que termina hilvanando Carmen Vázquez es a manera de «Luis Rafael visto por él mismo».
Priscilla Rosario sigue esta misma línea, explorando la «fuerza invencible de la palabra» nacida de la página en blanco de Luis Rafael, y nos vuelve a enfrentar al escritor en heroica batalla con el «corazón del misterio» en el «lugar sin límites de la creación» (p. 61). Concluye convincentemente que la intensa labor escrituraria de nuestro dramaturgo ha logrado urdir nada menos que «la biografía de su país» (p. 62). Una vez más, es cauta con sus impresiones personales del escritor. Arturo Echavarría, por su parte, no puede discurrir sobre la persona de Luis Rafael Sánchez por una razón perentoria: ha tenido a su cargo la presentación del escritor durante la ceremonia del Doctorado Honoris Causa que le concediera la UPR en Arecibo junto a Vargas Llosa en 2006. Echavarría, eso sí, enmarca con justicia la obra de Luis Rafael en el contexto de nuestras letras. Reflexiona que hay autores que pertenecen a la literatura –«ese ámbito sereno que aparece estar al margen del tiempo» y otros, más prescindibles, a la “historia de la literatura» (p. 39). Entre los primeros podemos hablar de Shakespeare y de Cervantes; entre los segundos, de Boscán o de Marinetti. Hay quienes entran en los dos listados: aquellos cuya obra inmortal cambia el rumbo de la literatura al uso, como Garcilaso, Shakespeare, Balzac, Borges y García Márquez. Otro tanto, concluye el ensayista, ocurre con Luis Rafael. El proyecto literario novedoso y las dramáticas rupturas literarias de textos como En cuerpo de camisa, la Guaracha y Quíntuples implican que en Puerto Rico «ya no será posible volver a escribir como antes».
Echavarría cierra su encendido homenaje a Luis Rafael evocando una anécdota personal: nos da noticia de que conoció a Wico hace más de 50 años en un laboratorio de química cuántica en Columbia University, cuando él estudiaba bioquímica y Luis Rafael teatro. No temo en enmendarle la plana al ensayista, que es mi esposo: Wico ya lo había conocido antes, pues cuando mi marido, a sus cinco añitos, tocaba piano por la radio, la madre del futuro dramaturgo, mi recordada doña Águeda, sacaba a Wico de sus juegos infantiles con un apremiante «nene, nene, el niño prodigio de Aguadilla está en la radio, vente a oirlo». Y Wico lo escuchaba, recogido como en un templo, adivino que con asombro intrigado. Tanto le divirtió la anécdota de los dos niños enfrentados por las ondas de radio a Carlos Fuentes que a menudo, cuando veía a Arturo y a Wico juntos, arpegeaba irónicamente el teclado imitando la escena, ya tan remota en el tiempo.
El resto de las semblanzas que exploro aquí ya entra de lleno en la reconstrucción de la persona de Luis Rafael Sánchez. Su amiga entrañable y cómplice literaria, Ana Lydia Vega, comparte con el afortunado lector el privilegio singular que le ha dado la vida: mantener un diálogo telefónico sostenido con Wico. Al compartir su encendido conversatorio con Luis Rafael transmutada, como ella msima propone, en Scheherezade y el sultán Shariar, como ellla misma metaforiza, Ana Lydia nos abre una ventana privilegiada a un mito. Lo digo con toda intención, porque Wico es el ser elusivo por antonomasia. Hablar con regularidad con él constituye el milagro secreto de Ana Lydia. Doy fe de ello: en los albores de nuestra intensísima amistad, yo llamaba mucho por teléfono a Wico. Entonces él tenía un subterfugio singular para colar las llamadas: su abnegada madre doña Águeda. Un día, me admitió entre risas Wico, ella le dijo: «Nene, por favor contéstale las llamadas a esa muchacha». Nunca –los amigos lo sabemos bien– se ha prodigado por teléfono. En aquellos años de nuestra juventud no había contestador, por lo que del cedazo telefónico gentil de doña Águeda, Wico se graduó a un recurso disuasivo algo más complicado. Cuando uno lo timbraba, oía al otro lado del audífono un gruñido bajo, con ecos entre King Kong y del hombre lobo. Con ese recurso, propio de los programas de radio de los ’50, el dramaturgo histriónico que siempre fue Wico intentaba hacer desistir al osado ser que interrumpía sus labores escriturarias. Y he aquí que yo me identificaba tímidamente, y el gruñido se disolvía enseguida en la voz de amor relampagueante de mi adorado amigo, que me daba la bienvenida a su vida. Paradójicamente, interponía entonces a mis insistentes llamadas no contestadas un inesperado, melodramático «¡Te quiero de gratis!». ¡¡Como si yo fuera la culpable de no haberlo llamado en mucho tiempo!! Ante la lógica demencial de Wico yo me derretía, como me derrito hoy cada vez que escucho su voz, porque Wico es un milagro y un ser a quien instintivamente se le perdona cualquier elusión, cualquier silencio. Pasan los años y Wico accede al contestador automático. Entonces optó por grabar ocasionalmente mensajes cortésmente disuasorios que culminaban con un solemne «Ojalá nos vaya bien». Al menos escuchábamos su voz grabada, porque hay veces que al otro lado de la línea Wico solo deja oir el silencio.
A Luis Rafael le cuesta creer que lo queremos tanto, y Ana Lydia da fe de ello: cuando levanta el audífono, Wico, con «coqueta humildad, le advierte: «Soy solo yo, no te ilusiones» (p. 32). Y ese prodigioso «solo yo» que es nuestro genial «conversaturgo» habla entonces con su colega sobre lo divino y lo humano, puntuando de carcajadas cómplices el toma y dame de sus conversaciones privilegiadas.
Ana Lydia, amiga cabal, advierte que se impone una rigurosa discreción al hablar de su vida telefónica con Wico, pero sí nos reseña vívidamente la tesitura de sus conversaciones, que llega a considerar un auténtico «género teatral». Su prosa siempre chispeante se llena de neologismos para expresar lo que significan para ella estas artes del «conversaturgo», estos «coloquios luisrafaélicos» (p. 31); estas «charlas sanchianas» (p. 32) arrancadas al milagro del elusivo escritor. Y concluye que no sabe «cuál placer es mayor, si la aventura de leerlo o el encanto de escucharlo» (p. 33) Ana Lydia admite que se le ha difuminado «la fina línea entre la obra y la persona» (ibid.). Solo en el caso de escritores del calibre de Lorca o de Wico, dramaturgos mágicos, se da ese prodigio.
Mayra Montero nos vuelve a dar noticia de la magia personal de Luis Rafael Sánchez, a quien conoce en la playa de Vega Baja. Su abuela aseguraba «que el mar siempre emborracha» (p. 34) y no hay duda de que se trata de un gran escenario para dar con Wico. En aquel lejano entonces Mayra conocía ya a su héroe literario y él aún no tenía noticia de la futura escritora laureada. Amplío el marco de la playa mágica en la que Mayra inserta el encuentro, porque Wico también es proclive a dotar nuestras riberas de sortilegio inesperado. Hace unos años nos visitó el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. Pasaba un mal momento vital y le confió a Wico que por las madrugadas acudía a la playa con una amiga de turno. Luis Rafael se vio precisado a advertir a su amigo de los peligros inminentes de su conducta arriesgada, y lo hizo delante de mí con esa gracia inolvidable tan suya que difumina las fronteras entre el arte y la vida: «Alfredo, no hagas eso. A esa hora salen los monstruos marinos a la playa a ver qué se ofrece».
Mayra continúa tiñendo de hechizo su encuentro, y nos da la noticia de que en aquella playa de antaño se habían encontrado dos escorpiones, pues Wico y ella pertenecen al mismo signo. Nuestra insigne escritora era experta en el tema, o se tuvo que hacer experta, porque por entonces le tocaba redactar las reseñas astrológicas en la prensa. Tan experta se hizo que llegó a hacerle un amuleto personal a nuestro dramaturgo, que sospecho le habrá ayudado mucho en sus luchas titánicas con el lenguaje. Sé por experiencia que Wico respeta estos temas esotéricos con cautela intrigada. Hace años nos hicimos leer las manos para ver qué nos deparaban los astros, tema que yo compartía, bromas veras, con amigos como mi llorada Roselén Rodríguez Orellana. Wico nos hizo un homenaje irónico al ponernos como personajes «esotéricos» de una viñeta de su novela Ritos clandestinos, que para nuestra desgracia de lectores ha quedado inédita. Siempre menciono esta novela, que Luis Rafael escribió después de En cuerpo de camisa y antes de la Guaracha, y que da cuenta de una solterona y sus amores demenciales con su mascota, el furibundo gato Aldo. Tanto le he reclamado estas páginas, que me las ha legado en herencia. «Están guardadas en una gaveta por ahí y son tuyas», me asegura, para más tarde lanzarme el balde de agua fría: «¡¡No las encuentro!!». Y yo sigo esperando porque sé bien cuándo la escritura de Luis Rafael accede de veras a la gracia y es injusto que no nos legue esta joya a todos los puertorriqueños.
Mayra nos deja saber, de otra parte, que en una ocasión entrevistó a Luis Rafael y tocó el tema del miedo a los aviones. Confiesa que Wico nunca le comentó la columna, que tocaría, lo sé también por experiencia, una fibra muy real de su persona. Como mi hermana Merce, Wico le tiene harto respeto a los aviones, y cuando viajaban a Madrid a estudiar cogían juntos el avión para cogerse las manos y aterrarse juntos a gusto. Sylvia Lemus, la esposa de Carlos Fuentes, comparte la misma fobia. Cuando Fuentes nos nombró a su Cátedra en Veracruz a mi marido Arturo, a Luis Rafael y a mí, nos tocó regresar con Carlos al D.F. en un avión tamaño mime. Cuando Wico descubre las diminutas dimensiones del avión se arrepiente enseguida, y opta por viajar a Ciudad México con Silvia, que iba en carro para evitar la zozobra del vuelo. Todos dirimimos el súbito cambio de planes de viaje entre carcajadas cómplices, pero nos reímos tanto con Carlos que Wico nos reprendió con un risueño, «¿de quién se están riendo, a que es de mí?» Es que el antillano mayor que es Luis Rafael Sánchez, maestro en la guachafita literaria, sabe reírse compasivamente de sí mismo. Nada más equilibrado, nada más saludable, nada más cónsono con su obra.
Nuestro gran pintor y artista de la palabra, Antonio Martorell, opta por convertir su verbo incomparable en pincel para regalarnos un retrato vivísimo de Luis Rafael Sánchez. Advierte con tino que el humor y la ternura del escritor encubre –como sabemos todos– «el dolor y el amor que a veces son uno» (p. 42). Martorell va pintando lentamente la persona de Wico de arriba a abajo: observa cómo su «bigote aparece y desaparece por temporadas» de su rostro «como bandera de huracán que anuncia tormentas de palabras» (p. 42); el telón de su boca queda plasmado en el lienzo como «batería de luces que anticipa la aparición estelar de la lengua magna» (p. 43) y su voz, como «puente de intimidad y tribuna frente la tirano» (p. 43). Pero para mí el trazado mejor del cuadro verbal que hará corpóreo a Luis Rafael para las generaciones futuras es el de su despedida:
El cuerpo entero avanza con paso ágil y rápido marcando un tempo que solo él escucha, un ritmo de oraciones en marullos atlánticos y caribeño oleaje… Sorprenden siempre sus despedidas, como si obedecieran a un llamado… voltea la cabeza, como un ave oteando el horizonte, de un cantazo, sin transición apenas, otra seña rítmica buscando la clave, ansiosa la mirada que ya no está aquí sino allá, quién sabe dónde.
…Ahora vemos de él una silueta que se aleja, y sabemos que no será fácil volverlo a ver y tampoco escucharle, que el escurridizo Señor Sánchez se guarda y también lo queremos por eso, porque su silencio es anuncio sinfónico, su ausencia promesa de divino decir» (p. 44).
Preciosa manera de pintar las ausencias de Luis Rafael Sánchez, no cabe duda. El mismo Luis Rafael, que tanto las practica en vida, las ha hecho parte medular de su obra. Recordemos cómo el autor se ausenta una y otra vez de su texto Indiscreciones de un perro gringo, con un enérgico, inapelable, «¡Con permiso!».
En mi propia semblanza, que cierra el conjunto del volumen, me refiero más por extenso al humor caribeño de Luis Rafael Sánchez, que he estudiado en otro lugar como una de sus fórmulas literarias más incisivas. Allí describo la experiencia entrañable que fue para mí compartir en mis años madrileños una depresión junto al amigo mágico que ha ido surgiendo de estas viñetas ensayísticas tan vívidas. En nuestra época de estudiantes en aquel Madrid del «vuelva ud. mañana» tragábamos Wico, Merce y yo la hiel nuestra de cada día en el Ministerio de Educación, donde intentábamos convalidar en vano nuestros títulos universitarios de ultramar. Pero yo me iba del brazo de la sonrisa cómplice de Wico, enfundada en un espeso abrigo de invierno, a pasear mi depresiónpor las calles de Madrid, que quedaban inundadas de sol como por arte de magia. No hay alegría mayor que deprimirse como Dios manda junto a un amigo entrañable. Nuestros paseos duraban nueve o diez horas y, aunque no tenían rumbo fijo, nos llevaban de manera fatal a recalar a Pompas Fúnebres, la funeraria más exclusiva de Madrid. Allí aquellos dos jóvenes unidos en la neurastenia y momentáneamente enamorados de la muerte, atisbaban por el cristal, oteando ávidos el cadáver madrileño de turno. Wico me convidaba solícito: “asómate, Luce, a ver el muertito de hoy: ¡¡ay, qué envidia!!”. Y era tal su entusiasmo valleinclanesco, que me derretía la tristeza en risa incontrolable. Sin saberlo, Wico me curaba al convocarme a la mejor de las risas: la que uno dirige, compasivo, contra uno mismo. Pero nuestra melancolía atraía fenómenos extraños: en otro de aquellos paseos de tristeza deleitosa, nos cruzó de súbito una carroza fúnebre blanca, tirada por caballos, que llevaba con prisa el pequeño ataúd de un bebé. Parecía sacada de una página de Galdós, y al verla, Wico me mira estupefacto, boquiabierto de asombro, hasta que esbozamos ambos una sonrisa asustada, algo mohina, un sí es no culpable. Que luego quedó, eso sí, resuelta también en carcajada luminosa: nuestra depresión, como por extraño sortilegio, había contagiado la realidad algo más de lo que era menester, y era preciso irse curando de ella.
Nos curábamos de la pena también de otras maneras: conjugando nuestras lecturas pioneras de Proust y de Bassani con comics del Pato Donald y la Pequeña Lulú, que Wico comentaba por escrito con ánimo de exégeta bíblico y que nos pasaba clandestinamente a Merce y a mí después de clase en la Facultad de Filosofía. El cine europeo de vanguardia que veíamos ávidamente no evitaba que Wico nos convidara también a la célebre película de King Kong, sobre quien Wico pontificaba, solemne, indignado por los excesos del simio descomunal: “Luce, King Kong es un mono malísimo”.
Wico me amparó tantas veces con su risa infinita. Y más de una vez se supo curar a sí mismo con ella, de la misma manera que lo hace en su literatura, tan sapiente. Lo recuerdo vívidamente un día después de tener noticias tristes de la isla desde nuestro Madrid compartido, pontificarme cabizbajo, derrotado: «Luce, Puerto Rico es un país de cartón». Pero la metáfora ya envolvía un innegable dejo de ternura: con el cartón endeble no se construye un país, porque colapsaría; el cartón es para los niños jugar a hacer construcciones imaginativas. Imposible no recalar en el «país juguetón y pequeñín» sobre el que Luis Rafael, hijo de Palés, ha meditado con una ironía tan amorosa. Wico siempre triunfaba sobre los sinsabores de aquella España franquista y lograba descubrir prodigios en las cosas más nimias, como más tarde haría en su obra prodigiosa. Esta visión redentora de la realidad surgía una y otra vez como inesperado relámpago de alegría caribeña, asombrando a nuestros amigos peninsulares. Una vez cenábamos con Manuel Martín, un amigo que podríamos describir con Cernuda como «un español sin ganas». Al final de la cena Wico prueba el postre, y de puro deleite exclama: «¡viva la tarta!» El españolísimo Manolo se asombra de tanta alegría exuberante –auténtico clash of civilizations–, pero que Wico lo doblega: «¡Viva la tarta! Manolo, ¡dilo!» Y el pobre español se tragó su tristeza solemne y se dejó ganar por la magia de Wico con un tímido, acquiescente: «¡Viva la tarta!»
Wico, lo he dejado dicho, terminó por asumir artísticamente su risa redentora, que constituye parte medular de sus reflexiones literarias y aún periodísticas. Siempre ha «escrito en puertorriqueño» y por eso mismo no podemos leer su prosa sin que una sonrisa piadosa asome a nuestros labios. Nuestro máximo escritor esgrime su inveterada, gozosa caribeñidad como carta de batalla contra la vida, cuyas injusticias, a todos nos consta, nunca ha dudado en denunciar. Hay pocos escritores en los que se conjugue tan hondamente la persona y el texto escrito, y yo lo he aprendido en la complicidad de la sonrisa de Luis Rafael Sánchez. En cada uno de sus textos esa luminosa sonrisa caribeña relampaguea otra vez para mí, y ya nunca me abandona, porque, inmortalizada en la página, es mía para siempre.

