La idea de las villas pesqueras
El 27 de septiembre de 1966, el Periódico El Mundo publicó una noticia en la que el gobernador Roberto Sánchez Vilella anunciaba el inicio de dos proyectos de villas pesqueras: uno en el barrio Bajos de Peñuelas y otro en Playuela, Aguadilla. Sánchez Vilella señalaba que “estos servirán de proyectos piloto que, de tener éxito, constituirán las piedras angulares de un programa más abarcador para toda la isla” (El Mundo, 27 de septiembre de 1966, p. 14). Era una utopía de la política pública y un deseo genuino de transformación de la pobreza costera.
Aunque términos como “facilidades pesqueras” y “centros pesqueros” ya se utilizaban en los espacios litorales mucho antes, el concepto de villa pesquera introducía algo distinto; no se trataba solo de construir infraestructura para la pesca, sino de articular un espacio donde el trabajo, la cooperación y la vida cotidiana de los pescadores pudieran entrelazarse. Según un editorial del Periódico El Mundo: “Las villas prácticamente serán ciudades en miniatura, con unidades de vivienda, restaurante, dispensario médico, locales comerciales, iglesia y otras facilidades” (El Mundo, 20 de julio de 1967, p. 6).
Esta nueva noción, con sus luces y sus sombras, transformó para siempre la vida de las personas del mar – los pescadores, sus familias y de todas aquellas otras vinculadas a la actividad pesquera – al proponer una forma de comunidad que iba más allá del oficio. Sin duda, lo más importante desde el punto de vista de la industria pesquera eran las facilidades (término usado para las instalaciones físicas) para la refrigeración, manejo y transportación de la pesca. No obstante, una parte esencial de la idea de las “villas” era la noción de comunidad.
Según un estudio realizado por Romaguera et al. (1985), para mediados y finales de la década de 1980, Puerto Rico contaba con aproximadamente 63 villas pesqueras (centros pesqueros, fishing centers) distribuidas a lo largo y ancho del archipiélago, con características similares a las que Sánchez Vilella había vislumbrado casi dos décadas antes. Hoy día, al recorrer el litoral en busca de esas villas, nos preguntamos si aquella idea que alguna vez simbolizó desarrollo y modernización todavía existe, o si lo que nos queda son las ruinas de una política pública olvidada.
¿Existen todavía las villas pesqueras como espacios vivos de trabajo y comunidad, o solo nos quedan vestigios de una economía y una cultura en peligro de extinción? Para responder esta pregunta, necesitamos primero entender el contexto y trasfondo histórico, tanto de las villas como de los pescadores artesanales.
Villa Pesquera de El Maní, en Mayagüez.

Contexto y trasfondo de las villas pesqueras
La pesca artesanal-comercial en Puerto Rico tiene raíces que se remontan siglos antes de que surgiera la idea formal de las villas pesqueras. Sin embargo, el impulso gubernamental para crear infraestructura y facilidades de apoyo a esta actividad comenzó a tomar forma a mediados de la década de 1930, con la creación de la División de Pesca y Vida Silvestre del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y la aprobación de la Ley de Pesca de Puerto Rico (Ley Núm. 83-1936). Fue a partir de ese momento que el Gobierno de Puerto Rico inició un proceso de organización, reglamentación y tecnificación de la pesca como sector económico. No obstante, no fue hasta el 1963 cuando se estableció el Programa de Facilidades Mínimas para las Villas Pesqueras para dotar a los pescadores de la infraestructura necesaria para fortalecer su productividad y formalizar la actividad pesquera en el país (véase Suárez Caabro, 1979).
Durante la década de 1970, la idea de las villas pesqueras se consolidó como parte de un proyecto más amplio de modernización y desarrollo económico impulsado por el Gobierno de Puerto Rico. Desde el establecimiento del Programa de Acción Comunitaria en 1970, como parte de la Ley de Oportunidades Económicas de los Estados Unidos —que implementó un programa agresivo de adquisición de embarcaciones para fortalecer la pesca comercial en Puerto Rico— hasta la creación de la Corporación para el Desarrollo de los Recursos Marinos, Lacustres y Fluviales (CODREMAR) en 1979, las políticas públicas de la época buscaron integrar a los pescadores en un modelo de producción más organizado y tecnificado. CODREMAR, en particular, fomentó la creación de asociaciones de pescadores y promovió el manejo colectivo de las villas pesqueras como parte de una estrategia de desarrollo económico comunitario.
Para la década de 1980, las asociaciones de pescadores se habían convertido en un vehículo esencial para canalizar los reclamos y las luchas sociales de quienes se identificaban como «los obreros del mar«. A través de ellas, los pescadores no solo comenzaron a organizarse de manera más formal en la actividad pesquera, sino que también lograron articular colectivamente demandas sobre infraestructura, acceso a recursos marinos y participación en las decisiones que afectaban su sustento y sus comunidades (Gutiérrez et al., 1986). Cabe señalar que, durante esos años, aún contaban con la asistencia de organizaciones y agencias ya desaparecidas como la Agencia de Acción Comunal y del Movimiento Ecuménico Nacional de Puerto Rico (PRISA), para organizarlos y levantar sus niveles de producción y condiciones de vida (véase Silva Gotay, 2025).
La mayoría de las villas (o centros pesqueros) tenían asociaciones de pescadores y hacían un esfuerzo por canalizar sus ventas por medio de la tienda de sus facilidades. Sin embargo, aún en ese periodo, existía una cantidad notable de pescadores no afiliados o independientes que vendían sus capturas por su cuenta (Romaguera et al., 1985).
El encuadramiento de los pescadores
Podemos argüir que los pescadores y sus familias han sido una gente móvil, que han rehusado ser encuadrados en un lugar y en una categoría. Quienes nos hemos empeñado en entrevistarles para asuntos relacionados a su modo de vida o para conocer sobre las capturas, hemos sido—en más de una ocasión—testigos de sus artificios, esquivos y huidas, físicas o verbales.
Para entender los orígenes de los esfuerzos gubernamentales en desarrollar centros y facilidades para la pesca, es necesario situarlos en el contexto de la ocupación de zonas consideradas ‘marginales’ – manglares, esteros y humedales – por familias que levantaban allí sus viviendas, muchas de ellas consideradas por el estado como ‘arrabales’, así como por las pobres estructuras utilizadas para el expendio de pescados (véase a Quiles Rodríguez, 2025).
Guariquitén (ranchos) para aperos en Añasco
En la década de 1940, las familias pescadoras vivían dispersas por el litoral boricua y desembarcaban sus capturas en muelles criollos, en el guariquitén de un acaparador o directamente en la playa, dónde habían construido chozas muy pobres (y, para el Estado, insalubres) para guardar sus aperos (instrumentos que se utilizan para la captura y recolección de peces y mariscos). Sospechamos, entonces, que la idea de las villas pesqueras no respondía únicamente a un proyecto de modernización de la industria pesquera, sino también al deseo de reordenar y controlar los espacios costeros y a los pescadores. De hecho, en el 1945 se aprobó en Puerto Rico la Ley sobre Eliminación de Arrabales (Ley Núm. 264 de 14 de mayo de 1945, según enmendada), donde se le autorizó a la Junta de Planificación, Urbanización y Zonificación de Puerto Rico (hoy Junta de Planificación de Puerto Rico) a declarar como ‘zona de arrabal’ a “cualquier conglomerado de casas que a su juicio resulte peligroso o contrario a la salud, bienestar, seguridad o moralidad de sus moradores, o peligroso o contrario a la salud, bienestar seguridad o moralidad de la comunidad en general…”.
Las villas pesqueras, con sus espacios y estructuras ordenadas, representaban un intento de institucionalizar la vida del pescador, de convertir una práctica autónoma, dispersa y profundamente local en una actividad cuantificable y gobernable, e higienizar el área de desembarco. Al centralizar el desembarco, el almacenamiento y la venta del pescado, el Estado no solo buscaba eficiencia económica, sino también visibilidad y control: saber quién pescaba, cuánto producía y desde dónde lo hacía. Pero a pesar de esto, todo indica que un gran número de pescadores se mantuvo al margen del Estado, trabajando de manera independiente y autogestionada.
La historia de los pescadores y sus familias es una caracterizada por el movimiento y la vida multifacética. Su cotidianidad ha estado marcada por la marea, por los cambios del tiempo y por las transformaciones económicas y políticas del país. Se mueven entre el mar y la tierra, entre la pesca y otros oficios, entre la tradición y la reinvención constante. Las estructuras y reglamentaciones impulsadas por el Gobierno de Puerto Rico, por más que lo intentaron, nunca lograron descifrar – o quizás decidieron obviar – todas esas dinámicas.
El presente fragmentador
En décadas recientes, muchas de las villas pesqueras alrededor de Puerto Rico comenzaron a deteriorarse física, social e institucionalmente. La reducción de la pesca comercial, la falta de inversión pública en infraestructura básica, equipo y capacitación, además de la creciente presión del turismo —frecuentemente orientado a enclaves exclusivos frente al mar— han trastocado los espacios que alguna vez albergaron una comunidad pesquera vibrante.
Todo ello ocurre, además, sobre un terreno históricamente frágil. Por un lado, la ubicación de las villas pesqueras en la zona marítimo-terrestre (ZMT) las expone a los embates de tormentas y huracanes, marejadas, erosión costera y otros procesos geomorfológicos y atmosféricos. A ello se suma la desinversión pública, que ha impedido mantener las facilidades en condiciones adecuadas para una operación continua. Por otro lado, el entramado institucional—complejo, fragmentado e ineficiente— ha marginado a las asociaciones de pescadores, precisamente aquellas que les dan vida y sentido a las villas pesqueras (Pérez, 2005).
Pese a algunos pocos casos puntuales a lo largo de la historia, Puerto Rico ha carecido de procesos de planificación que prioricen a las villas pesqueras de manera integral, es decir, que considere las facilidades pesqueras, las asociaciones de pescadores, los ecosistemas costeros (marinos y terrestres), y el entorno social en el que ubican. En gran medida, esta ausencia responde a una desarticulación institucional, temporal y espacial de las políticas, leyes y regulaciones que, por un lado, buscan regular la pesca y, por otro, intentan definir y formalizar lo que por naturaleza es fluido, cambiante y profundamente relacional.
Estas realidades históricas han abierto el camino para una nueva —o quizás reinventada— gran amenaza que hoy se cierne sobre el litoral costero y, en particular, sobre las villas pesqueras: la privatización.
Un espectro se cierne sobre las villas pesqueras… es el espectro de la privatización
Las villas pesqueras, los pescadores y los asentamientos costeros atraviesan por un proceso complejo, que vamos estudiando en detalle. Tal vez disparado tras el paso de los huracanes Irma y María, la decisión de muchos pescadores de vender su producción por su cuenta (ser independientes), y la erosión de la capacidad de convocatoria de las asociaciones (entre otros procesos), muchas villas pesqueras han sido abandonadas a su suerte. En algunos casos, empresarios privados se encargan de ellas y combinan otros negocios como la venta de comida y bebida en quioscos, restaurantes o barras en los que la venta de pescado queda relegada o se sostiene de manera marginal. En otros casos, las villas solo se utilizan como espacios para el almacenamiento, mientras que la venta de pescado se da en otros lugares, que pueden ser pequeñas pescaderías cercanas a las villas o las propias casas de pescadores que venden por su cuenta.
Algunas villas, así como los hogares de familias pescadoras aledañas, sirven como pequeñas guarderías para embarcaciones de placer, de paseo o para la pesca recreativa. En muchos casos, la pesca y su expendio han pasado a ser actividades circunstanciales. Ante ese panorama, el capital privado (p.ej., guarderías, restaurantes, servicios de recreación) ha comenzado a ocupar los espacios y una infraestructura valiosa situada justo en la ZMT.
Los municipios, por su parte, han desempeñado un papel crucial en sostener la actividad pesquera mediante ayudas directas a los pescadores, materiales para las villas y el pago de las utilidades. En algunos casos, los municipios han tomado el control de las facilidades y han construido facilidades para concesionarios e instalaciones recreativas a su alrededor. Este proceso de privatización y transformación de la misión original de las villas pesqueras es parte del nuevo espectro de amenazas que hoy se cierne sobre ellas.
La situación fiscal del país es otro factor para considerar: la ausencia de fondos para la vigilancia, la investigación, y mejoras a la infraestructura, va en detrimento de las villas pesqueras. La capacidad de las agencias concernidas se ha visto menguada por la falta de fondos y la fuga de personal, que se ha traducido en la desaparición de programas para avanzar la causa de los pescadores. No tenemos los datos precisos aún, pero hemos observado que son muy pocas las organizaciones no-gubernamentales que están al servicio de los pescadores, y las que están se enfocan en asuntos de conservación y su inserción en la producción de energía solar. Los pescadores ya no tienen acceso a organizaciones como VESPRA y el Movimiento Nacional Ecuménico PRISA—ambas relacionadas con el protestantismo evangélico—para levantar su esprit de corps y echarlos adelante.
Pero esta historia, ni está completa, ni acaba aquí. Las visitas de campo nos muestran múltiples realidades, algunas algo desalentadoras, otras muy esperanzadoras. Estas realidades, observadas, escuchadas y degustadas, desempolvan un hilo conductor que se remonta siglos antes de que surgiera la idea formal de las villas pesqueras, y que bien pudiera ser el arte que sostenga la pesca comercial en Puerto Rico.
La idea de comunidad pesquera
A pesar de la ausencia de una planificación adecuada, las comunidades pesqueras han demostrado una notable capacidad de adaptación y resistencia. En muchos lugares, los pescadores y sus familias han asumido la responsabilidad de mantener las facilidades, reparar equipos y defender el acceso al litoral frente a la desatención o los intereses externos. A través de prácticas de colaboración, autogestión y transmisión de saberes, han logrado sostener modos de vida que trascienden las estructuras físicas. En ese sentido, las villas pesqueras sobreviven no solo como lugares, sino como redes vivas de conocimiento, parentesco y memoria colectiva.
La villa pesquera persiste más allá de las facilidades físicas: vive en los saberes transmitidos en los muelles y sobre las embarcaciones, en los lazos familiares que sostienen el oficio y en la relación íntima con el litoral como territorio de trabajo, sustento y pertenencia. Esa memoria viva —hecha de técnicas, relatos, apodos, rutas marinas, artes de pesca y rituales cotidianos— mantiene cohesionado un sentido de comunidad que, pese a todos los retos, continúa reinventándose para sobrevivir.
Esta forma expandida de pensar la villa nos permite hablar de un multiverso pesquero: múltiples realidades que coexisten en tensión. Está la villa formal, en los documentos y en la nostalgia oficial; la villa abandonada, erosionada por el salitre y la indiferencia; la villa imaginada, donde aún se proyecta un futuro digno; y la villa reinventada, donde los pescadores —con o sin el apoyo gubernamental necesario— reconfiguran prácticas, espacios e identidades para seguir habitando el litoral. Reconocer este multiverso no es un ejercicio meramente intelectual: es un gesto político que devuelve visibilidad y legitimidad a quienes han sido desplazados del relato oficial. Y quién sabe, podría ser el gesto que, con buena planificación, impulse una nueva visión para las villas pesqueras y las asociaciones de pescadores en Puerto Rico.
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Proyecto: “El dilema de las villas pesqueras: abandono, desplazamiento y resiliencia”, subvencionado por el Programa de Colegio Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico.
Agradecimientos
Agradecemos al Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico por subvencionar este proyecto y a el apoyo del equipo de investigación, en especial a Emmanuel Maldonado y Jannette Ramos, por sus valiosas aportaciones al proyecto.
Referencias
1. Gutiérrez, Jaime, Bonnie McCay, and Manuel Valdés-Pizzini. 1986. La Pesca Artesanal y las Asociaciones de Pescadores en Puerto Rico. Sea Grant Research Report. Mayagüez, PR. University of Puerto Rico, Sea Grant Program.
2. Pérez, Ricardo. 2005. The State of Small-Scale Fisheries in Puerto Rico. Gainesville, University Press of Florida.
3. Quiles Rodríguez, Edwin. 2024. ¡Mi amor tenemos casa! San Juan: Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.
4. Romaguera, José, Pedro Dones y José Vega. 1985. Puerto Rico’s Fishing Centers: An Assessment for Development. Technical Assistance Report. U.S. Department of Commerce Economic Development Administration, Technical Assistance Program.
5. Silva Gotay, Samuel. 2025. Protestantismo evangélico y política en Puerto Rico, Vol. 2 1930-2000: Puertorriqueñización del protestantismo evangélico. San Juan: Publicaciones Gaviota.
6. Suárez Caabro, José. 1979. El mar de Puerto Rico: Una introducción a las pesquerías de la Isla. Editorial Universitaria. Universidad de Puerto Rico, Río Piedras.
Autores
Ariam L. Torres Cordero ([email protected])
Catedrático auxiliar en la Escuela Graduada de Planificación de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Su trabajo se centra en las intersecciones entre planificación regional, adaptación climática, riesgos y desastres, y procesos colaborativos con comunidades. Posee un doctorado en Planificación Regional de la Universidad de Illinois en Urbana–Champaign (2022), donde su disertación —galardonada con el Barclay Gibbs Jones Award for Best Dissertation in Planning de la ACSP— examinó las dimensiones sociales y políticas de la recuperación ante desastres en Puerto Rico. Realizó un posdoctorado en Columbia World Projects (2023) y es coautor de publicaciones en planificación ante desastres, servicios ecosistémicos, adaptación climática y planificación insurgente.
Manuel Valdés Pizzini ([email protected])
Antropólogo (Ph.D. SUNY, Stony Brook, 1985) y profesor emérito del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. Desde el Centro Interdisciplinario de Estudios del Litoral (CIEL), donde es investigador asociado y coordinador, ha dedicado más de cuatro décadas al estudio de las comunidades pesqueras, los ecosistemas costeros y las transformaciones socioecológicas del litoral puertorriqueño. Es coautor de libros y artículos clave en pesca, bosques, gestión costera y memoria litoral, y ha contribuido a la preparación de planes de manejo y guías de conservación para áreas marinas protegidas en múltiples islas del Caribe.
