Gracias, Elizardo Martínez

 

[dropcap]P[/dropcap]or aquel entonces vivía yo en la calle Canals, zona aledaña a la plaza de Santurce. En mi apartamento se escuchaban todos los sonidos de los negocios y bares de la plaza. Era más que agradable vivir en ese trozo de verdadera ciudad, pensaba. Es que siempre me he creído un poco cosmopolita.

No tenía carro. Iba a mi trabajo en la Metrobus I, la que sale del terminal del Viejo San Juan y atraviesa Santurce y Hato Rey hasta Río Piedras. Me subía en la parada frente a la iglesia de Sagrado Corazón, pintada de un verde hermoso y atrevido, y me bajaba cerca de la Universidad Politécnica para llegar caminando hasta la calle César González donde ubicaba mi oficina.

Esos trayectos diarios propiciaron un giro en mi vida, sobre todo en la forma que yo tenía de observar, escuchar, aprehender y saborear todo cuanto había a mi alrededor. La revelación de un mundo, evocando a Lispector.

Cierta tarde me tomaba una cerveza en Compay Cheo, mi bar favorito en la plaza, y como de costumbre saqué libreta y bolígrafo. La libreta de entonces era una de tapa dura, color marrón y obsequio del amigo Alfredo Torres (La Tertulia). Curiosamente la libreta tenía unas citas de Erich Fromm y la de primera página rezaba: “Nacer es un proceso permanente”.

Ese mismo día se me había ocurrido hacer una historia sobre un individuo que va montado en un carro y, como si estuviera de safari en el desierto africano, abre su ventana, saca su rifle y dispara. No mata animales sino tecatos. Idea loca pues nunca había pensando en nada de eso. Pero estaba ahí. Una especie de videojuego sangriento y extremo.

Era el 18 de agosto de 2004 e impulsado por esa idea escribí en mi libreta marrón lo siguiente:

“He decidido empezar a matar a los tecatos. No soy un matón, nunca antes había sentido semejante inclinación. Tampoco nadie me contrató. Es una inquietud, una pulsión que sale de mí, y solo yo debo intentar completar mi decisión”.

 

Y por ahí seguí de corrido hasta completar siete u ocho páginas. Llegué a mi casa y las pasé a computadora.

Durante tres o cuatro meses las páginas aumentaron, con miedo e inseguridad, pero con buen ritmo. Y en esas me bandeaba hasta que le puse punto final a dicha historia. Al menos lo que yo entendía como culminar una historia. Luego, por gracia divina y los buenos consejos, entendería que la escritura requiere de mayores sacrificios, mayores atenciones, oficio, paciencia, honestidad y veinte cosas más. Yo era un simple atrevido que quiso escribir una novela.

No recuerdo quién me sugirió que le pasara el manuscrito (entonces llamado Operación Max Payne) a Rafa Acevedo para que lo mirara a ver qué tal. Con gran timidez me acerqué a ese señor de pelo blanco que es Rafa Acevedo (profesor universitario, poeta, novelista y muchas cosas más) y le participé el asunto. Sin pensarlo dos veces aceptó echarle un vistazo. Pero no solo lo leyó e hizo comentarios sino que me dijo que le pasaría el manuscrito a Elizardo Martínez, de la editorial Callejón, a ver si le interesaba.

Eventualmente, Elizardo me comunicó que quería publicarlo. Y esa ha sido una de las más bonitas noticias que he recibido en mi vida.

Fueron varias las visitas que hice a la oficina de Elizardo, metidas en un almacén en la zona de Trastalleres en Santurce, y poco a poco el libro fue ganando forma. Llegó el momento de ponerle un título a la novela. Propuse unos malísimos, los cuales Elizardo descartó sin piedad. Me sugirió Tecato Blues porque le había encantado la novela de Murakami. No sé, dije, no me sonaba. Y de sopetón soltó qué tal El Killer. Y fue tanto su entusiasmo, sonó tan fiebrú, tan convencido que dije ya, ahí lo tienes.

Y fue como un bautismo. Elizardo siempre me llamaba killer.

Un sábado recibí una llamada suya. El libro ya estaba publicado y había sido presentado en La Tertulia. Yo estaba en la plaza de Santurce cerveza en mano. Nada más contestar me preguntó: ¿Killer, viste el periódico? Pues no, le dije, no sabía que había salido algo. Búscalo, estás ahí. Prometí buscarlo. Nuevamente su entusiasmo era enorme, contagioso. Al final de esa corta conversación, me dijo: bienvenido a tu nueva vida.

En el periódico se reseñaba la novela. Fue tan emocionante leerlo.

Nunca he dejado de pensar en esas palabras. Bienvenido a tu nueva vida. Para mí fueron, y son, poderosas.

Agradezco infinitamente a Elizardo Martínez haberme dado la oportunidad de publicar en su editorial mi primer atrevimiento en la literatura. Agradezco su enorme entusiasmo, su confianza y su paciencia. Agradezco, sobre todo, el gesto de haberme viabilizado una nueva vida a través de la escritura y la oportunidad de que un público lector tenga acceso a ella.

Gracias, Elizardo Martínez, gracias.

Josué Montijo
Escritor e historiador. Posee un doctorado en historia de la UPR. Es autor de El Killer (2007), Los Ñeta (2011) y Hasta el Fondo (2016).