La crisis europea de este verano

Eva Vázquez

Eva Vázquez

[dc]L[/dc]as noticias del verano todavía no terminan. Los medios globales ya no están tan saturados de la crisis por la que parecía pasar Europa con la posibilidad de que el régimen de Alexis Tsipras retirara la nación griega de la Comunidad Europea, pero algo se escucha todavía. Aquello que ya se había bautizado como el “grexit” mantuvo en vilo a mucha gente; entre tantos otros, no solo a los griegos, desde luego, pero también a los políticos de las naciones hermanas y no tan hermanas, a los habitantes de los países vecinos y no tan vecinos, a los inversionistas del mundo entero y, no menos, a los que han apostado su capital intelectual y emocional al proyecto de la unificación europea. Tampoco fueron indiferentes muchos ciudadanos italianos, españoles, portugueses e irlandeses que podrían verse en la misma disyuntiva, o que casi habían estado en la misma situación algunos años antes. Los británicos, como los daneses y suecos, miembros de la UE, pero no sometidos al euro, no perdían de vista el espectáculo, un tanto para reafirmar su distancia crítica. Nosotros los puertorriqueños también estuvimos atentos por lo que todo el mundo sabe, y hasta fuimos traídos a colación, aunque no tan halagadoramente como se hubiera querido, cuando los americanos, pasándose de listos, se pusieron a dar consejos.

Si la preocupación de entonces era que los griegos salieran de allí, en estos días la impresión que se tiene, también fuente de ansiedad, es que los griegos ahora temen que los boten. Las condiciones que les han impuesto en este mes de agosto para recibir temporera asistencia financiera son más exigentes, por decirlo tenuemente, que las que llevaron al partido Syriza (acrónimo de la Coalición de la Izquierda Radical en griego) a celebrar el referéndum del 5 de julio. En aquel momento Grecia se proyectaba, pese a toda la presión de la banca internacional, segura y retante. Hoy se tiene la impresión de que el país se ha agotado, aun cuando hay sectores de Syriza que siguen reclamando resistencia ante las condiciones, nuevas o viejas, que les han querido imponer.

Es poco relevante si ahora son ellos los que desean irse o si son los otros quienes desean irlos a la hora de reconocer el modo en que los protagonistas del serio desacuerdo se presentaron en el escenario internacional que proveen los medios de comunicación de nuestra época. Alexis Tsipras, Ángela Merkel, el ministro de finanzas alemán, Walter Schäuble, el que ocupara la misma cartera en Grecia hasta la noche del plebiscito, Yanis Varoufakis, fungían de personajes principales en lo que algunos quisieron ver una tragedia a la antigua, pero que fue mucho menos. También los que recibían menor exposición en los medios, como el primer ministro italiano Matteo Renzi, y el presidente francés Francois Hollande, personajes de reparto a fin de cuenta, parecían desempeñar roles claves en una trama que proveía muy poco que pudiera ser descrito como esperanzador para los que sufren a la postre las decisiones que se toman en tales coyunturas.

Pero ninguno de ellos se vio, ni de lejos, tan bien como se proyecta Bergolio, el Papa argentino, quien durante aquellas semanas parecía divertirse tranquilamente por otros lares. En el enredo tampoco se generó la solidaridad internacional que se dio con los palestinos el verano anterior. Los juicios de los medios de comunicación, controlados o no por los Rupert Murdoch, los Ted Turners o los Silvio Berlusconis de la vida, son despiadados y no tienen mayores reparos en pasar de lo más enrevesado a lo más frívolo, o al revés. No se casan con nadie si no hay en el matrimonio incuestionables expectativas de enriquecimiento. Así como se concentran en un evento un día, al siguiente dan la impresión de no recordarlo, o así parece. En este sentido la TV es aún más despiadada que la prensa escrita, o así también parece, porque rescatar eventos de sus videotecas les debe ser más complicado que poner a funcionar el cerebro en busca de eventos anteriores que han sido determinantes en lo que ocurre en la actualidad.

En el cambio de velocidad que auspician los veranos del hemisferio norte, teléfonos de todo tipo y tamaño, tabletas de bebés y de adultos, compus de mesas, compus de faldas, “home theaters” y todo tipo de artefacto comunicativo este año se desplazaron cómodamente y sin prisa hacia la crisis financiera europea y nadie recordó ni de pasada la situación, que no debe haber mejorado mucho, de las familias palestinas que durante el verano del 2014 habían sido objeto inmisericorde de miles de toneladas de explosivos. Por suerte también nos olvidamos del pelo de Neymar que entonces era rubio y se combinaba con sus zapatillas y que ahora es color marrón obscuro, según acabo de ver al guguiarlo porque me imaginé que algo tendría distinto. ¡También lleva un recorte que en el Cayey Puerto Rico de mi infancia llamábamos banda blanca! ¿Pero qué pensará la superestrella del Barcelona sobre el brutal asesinato de la joven que se conoció entonces como la novia del mundial”? ¿Se habrá dado cuenta de que si un día se lastima de verdad ya a nadie le importará cómo se peina o qué tinte usa? (¿Por qué nadie le preguntó esto cuando el colombiano Zúñiga lo sacó de circulación mediante un rodillazo por la espalda?) Pero aquel fue el verano del 2014, el que corre es el del 2015 y este año los únicos que parecían abrazarse como futbolistas eran las ramas de las matas de casa que pedían a gritos el agua que no les llegaba. Palestina y la Copa eran asuntos clausurados y Alexis Tsipras y Ángela Merkel controlaban el escenario global.

Lo que más me impresionó de lo que ocurrió y todavía ocurre es la unilateralidad con la que se atendió y se atiende el asunto de la supuesta bancarrota helena. Parecía que estábamos ante un evento más de la vida pública boricua y no era difícil prevenir quién habría de salir exitoso, o exitosa. Igual que aquí, habría de prevalecer quien tuviera los votos en el cuerpo decisorio. Se habría de imponer la plancha. Los que vivimos en países que parecen no funcionar, que son sin duda una abundante mayoría sobre la faz de la tierra, ¿acaso no nos sentíamos a nuestras anchas ante tanta incapacidad para llegar a acuerdos sensibles? Así es que se funciona en todos los ámbitos públicos de todos los países que se conocen hoy en día y las informaciones diarias solo confirmaban la imposibilidad de una agenda colectiva que tomara en consideración al ciudadano griego de a pie, según se dice ahora, y lo que le espera en las décadas siguientes. Nadie parecía reconocer que los responsables no eran los barberos griegos que ahora supuestamente se pueden jubilar a los cincuenta años.

Pero lo que se pretendía era que se sintieran culpables, no responsables, y que se pusieran a trabajar y a trabajar como alemanes. Era esto lo que los del norte, con la canciller de ojos tristes a la cabeza, realmente le querían decir a los del sur. Ante tal insistencia los del sur, yo diría que reaccionaban demasiado felizmente. A Tsipras nunca se le vio agitado y por más que le sugirieran un cambio de modista, continuó vistiéndose como acostumbraba hacerlo el anterior presidente iraní Mamoud Ahmedinejad, con chaqueta y sin corbata. Vestido como Ahmedinejad, a quien nadie quiere ver ni en pintura por aquellos círculos, ¿qué se proponía?

Sin que le concedamos algo, aunque sea mínimo, a alguna teoría simplificadora que ofrezca explicaciones exclusivamente geográficas y que sugiera algún determinismo, nadie ignora las diferencias que hay entre vivir en el sur de Europa y vivir en su norte. Son mundos radicalmente distintos. En Grecia se pueden comer chuletas de cordero en las playas. En el norte de Europa te puedes dar con cinco meses consecutivos de nubes grises que no van para ningún lado. Se asientan cómodas sobre aquellas inmensas llanuras y no hay quien las mueva. ¿Cómo se atreven entonces Merkel y Schäuble  a hacerle recomendaciones a una gente que estoy segurísimo que no comprenden? ¿Pero en qué pensaba Tsipras cuando pretendió que lo entendieran? A los primeros se les debió haber dado un “crash course” de sirtaki mientras los sentaban en una mesita de una taberna a los pies del Partenón o allá abajo en el Pireo, con abundante retsina, mucho vaso roto sobre la pista de baile y cuatro copitas de ouzo para cerrar el estómago e irse a dormir tranquilos de modo que al otro día se compraran libritos sobre la historia de Grecia y se pusieran a leer. A Alexis Tsipras igual. De él ahora dicen que por fin se ha puesto a viajar, aunque tan solo a Bélgica, que es como no viajar, a menos que lo hayan llevado a beber buena cerveza a algún cafetín de Bruselas no recomendado para turistas, suficientemente lejos del Manneken Pis. Bueno pues a él también habría que quitarle el aparatito que consulta tanto e invitarlo a uno de esos puertos de la antigua Liga Hanseática, parecido al Lübeck que Thomas Mann describe en sus Buddenbrooks, para que entendiera la flema teutónica-luterana que fue el contexto hogareño en que la Merkel creció. Y abundantes libros, de Hegel y compañía, para que viera las diferencias de las que hay que partir cuando se quiere arreglar el mundo, o por lo menos una parte de él.

Pero no perdamos de vista que hubo otros personajes, definitivamente menos pintorescos, políticos que parecen ser del montón y que estaban intentando robar cámara. ¿Qué aspiraba a lograr para los griegos el presidente francés Hollande con sus expresiones? En realidad estaba pensando en sus bajos porcentajes y en la posibilidad de reinventarse como candidato frente a un electorado que simpatiza cada vez más con el fascismo de la familia Le Pen. Debió haber usado su tiempo en aprender a correr motoras de las de verdad, como la de Varoufakis. Estoy seguro de que a este no le hubiera estado malo enseñarle a cambio de un respaldo consistente galo a los reclamos griegos. Pero a Hollande nadie le quita la cara de tipo aburrido, pese a sus aventuras amorosas en plena presidencia. Así que definitivamente sobraba. Realmente nunca fue parte del elenco estelar pues los roles principales ya estaban repartidos.

Por su lado, más dignidad tuvo el primer ministro italiano, Matteo Renzi, quien sin pretender colarse como Hollande, hacía parcas expresiones y se escapaba para su casa en cuanto podía. Además las declaraciones que ya había hecho algunos meses antes lo habrán de acompañar toda la vida y no tenía por qué hablar mucho. Tanto aquello de que cambiaba a Italia este año o cambiaba de trabajo, como su denuncia de la indiferencia europea frente a los cientos de inmigrantes africanos ahogados en el Mediterráneo, lo hicieron merecedor de cierto respeto, algo que en la era de Berlusconi parecía estar totalmente ausente de la vida pública italiana.

Habrá que ver si Renzi mantiene la seriedad con la que se ha dado a conocer, actitud que le va a costar mantener en una Italia que cuenta con una historia política casi tres veces milenarias. Cambiar a Italia no es descrito por nadie en el mundo como posible, la crisis de los inmigrantes africanos tan solo va a empeorar y no debe extrañar que sea el tema favorito del verano siguiente, si los Estados Unidos no invade a Bolivia, hay otro Mundial o en una pequeñita ciudad de Indostán ocurre algún milagro, eventos que le podría ser más atractivos a los emporios globales de las comunicaciones.

Lo que no contribuye a la buena fama de Renzi es que mientras fue alcalde de Florencia se movía también en una vespa de las mismas de Hollande y cuando pasaba por aquellas calles florentinas con su brum brum contribuía a que il duomo y la signoría se deterioraran. Con él Varoufakis también podría buscárselas enseñándole a manejar una motora de verdad, cuando ya no sea legislador, pues aunque renunció al ministerio, permanecerá en Grecia y no regresará a los Estados Unidos ni a Australia, donde había sido profesor. ¿Pero quién sabe? Podría ocurrir que a los griegos los sacaran de la unión y Tsipras lo tuviera que volver a emplear para implantar el dracma, una moneda que definitivamente a muchos les parecería muchísimo más simpática (y barata) que el euro de la Merkel y su ministro Schäuble.

Mientras el hacha iba y venía en las salas de techos altos del gobierno confederado europeo, era esto lo que realmente le pasaba por la mente a los que allí eran testigos del tranque. Antes de salir de Berlín la canciller ya había expresado lo que los griegos tenían que hacer y antes de abandonar Atenas, Tsipras había comunicado su parecer. Todo el mundo se tapaba la boca porque de lo contrario todos hubieran bostezado al unísono. Luego las declaraciones eran las mismas de siempre, unos afirmaban que sí y otros negaban que no. Los que se esforzaban por no bostezar se imaginaban a Varoufakis enseñándole a Hollande y a Renzi a correr motoras, a Merkel bailando sirtaki y a Tsipras muy serio, acorralado por los páramos grises de las planicies del norte alemán.

Rafael Aragunde
Por su libro El desconsuelo de la filosofía, Rafael Aragunde fue distinguido en el 2018 por el Instituto de Literatura Puertorriqueña con el Primer Premio de Literatura en la Categoría de Investigación y Crítica. Entre otras publicaciones a su haber están los siguientes libros: Sobre lo universitario y la Universidad de Puerto Rico, Hostos, ideólogo inofensivo, moralista problemático y La educación como salvación, ¿en tiempos de disolución? Fue Rector entre el 2002 y el 2005 de la UPR en Cayey y Secretario de Educación de Puerto Rico entre el 2005 y el 2008. Actualmente es profesor de filosofía en el Recinto Metro de la Universidad Interamericana de Puerto Rico.