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Mi gusano favorito: crónica de un amor inesperado

12 de abril de 2013 by Rima Brusi 128 Comments

Esteban De Sousa

[dc]C[/dc]uando era pequeña y me iba a dormir, solía enroscarme en la frisa, un poco como suelen envolver en algunos hospitales y culturas a los bebés. Mi papá pasaba por mi habitación pocos minutos más tarde a darme un beso de buenas noches.  Al verme enrollada en mi crisálida nocturna, me decía con ternura gusanito mío, buenas noches. Te quiero mucho.  “Gusanito” y “gusano” eran en casa términos cariñosos (como también lo fueron, en su momento, “pajarraco”, “sapito” y otros animales, pero esas son otras historias.)

En la universidad aprendí, primero de mis compañeros de izquierda y después de algunos libros, otro significado, mucho más maligno.  “Gusanos”, “Gusanera” eran las palabras que se usaban (y se usan) para nombrar a los cubanos que emigraban de Cuba hacia Puerto Rico, Venezuela y Estados Unidos huyendo de la Revolución Cubana.

Siendo, como era (y como es) la Revolución la que me inspiraba ternura y amor, y predispuesta, como suele estarlo la gente joven, a pensar el mundo en dicotomías y en moralidades definidas en blanco y negro, rápidamente adopté la palabreja.

Pero resulta que el conocimiento y la empatía están conectados, como dirían los marxistas de toda pinta, en forma dialéctica.  Si usted es empático, su mente y sus oídos andan abiertos, alertas, y su capacidad para revisar su pensamiento, su ideología, sus convicciones, aumenta.  Del mismo modo, si usted adquiere más información sobre algún asunto, su capacidad para empatizar con grupos (y palabras) que en algún momento demonizó puede que se materialice, lentamente.

(Por cierto, este concepto le vendría bien a ciertos jueces que, olvidando su función social, se ponen a limitar derechos ajenos en nombre de “verdades absolutas”. Pero hablamos de eso en otra ocasión.)

Menos teoría y más crónica. Les cuento cómo me pasó a mí.

Supongo que empezó con mis viajes a Cuba. Viajé a la isla, el ala grande, el querido cocodrilo verde, un total de tres veces, en los años noventa, en pleno periodo especial. Mi propósito era conocer la isla y hacer conexiones en la universidad de La Habana para regresar más tarde a completar el trabajo de campo requerido para mi proyecto de tesis doctoral. Fui durante mis años de maestría, y me cautivó uno de los proyectos más hermosos y exitosos de la Revolución:  los círculos infantiles. Estos espacios constituyen uno de los mejores ejemplos, a nivel mundial, de la provisión de cuidado y educación infantil de manera conveniente y universal.  En su mejor momento (durante los años setenta y ochenta) los círculos eran aparentemente una maravilla. Si usted trabajaba, podía llevar a su bebé, infante o preescolar, gratuitamente, al círculo más cercano, por lo general a pocas cuadras de su casa.  Allí se alimentaban, educaban y atendían niños siguiendo algunas de las teorías de desarrollo humano más importantes de la época, como, por ejemplo, Vygotsky y su “zona de desarrollo próximo.”

Durante mi viaje, y a pesar de las muchas cosas buenas que vi en los círculos, me vi forzada también a notar que el periodo especial y el bloqueo norteamericano habían hecho estragos en la calidad de su cuido. Muchos círculos habían cerrado, faltaban alimentos, no había juguetes, ni papel, ni lápices suficientes, ni sillitas para comer… Las maestras usaban toda la creatividad que podían generar para compensar las pobres condiciones, pero también se frustraban, sufrían, pasaban hambre y necesidad en sus casas, y más de una vez vi alguna atender a los niños distraídamente, mirando por la ventana, con los ojos húmedos, imaginando quién sabe qué futuro posible.  Miami, tal vez. Una de ellas me pidió que le regalara mi lápiz labial. Por supuesto, dije, y vacié mi mochila en búsqueda de cualquier otra cosa que pudiera ser útil. En ese viaje dejé hasta la mochila.

En mi segundo y tercer viaje traje materiales, libros y juguetes. Pero nunca daban abasto y los círculos estaban cada vez peor.

Esta digresión sobre los círculos es para ilustrar un poco lo que los tiempos a partir de la fragmentación de la Unión Soviética significaron para los cubanos, incluso para aquellos que eran amigos de la revolución, incluso para aquellos que nacieron durante la revolución y se beneficiaron en múltiples modos de la misma.  Estas carencias eran universales. El sistema médico, tan alabado por la izquierda internacional, tenía ciertamente muchos médicos competentes -pero ya no tenía medicinas para todos. Vi gente que se tenía que sacar muelas infectadas sin anestesia, y para quienes no había antibióticos para administrarle posteriormente.  Conocí asmáticos que vivían en peligro de muerte casi constante (en Cuba, como en Puerto Rico, las tasas de asma son muy altas) por no tener acceso a los medicamentos utilizados para dilatar los bronquios en caso de un ataque. Supe de pacientes de cáncer sin acceso a quimioterapia o, tal vez, con acceso a la quimio pero sin acceso a las medicinas que les permitiesen manejar el dolor.   Y no es como que podían sembrar una matita de marihuana en la casa para aliviarse: el gobierno cubano es uno de los más implacables en cuanto al asunto de las drogas se refiere.  Vi gente removiendo pacientemente el gorgojo del arroz que obtenían con los cupones de racionamiento: para comprar arroz limpio había que tener dólares.  Conocí gente, que ya había pasado de “esbelta” a francamente famélica, explicándome su dieta, y al calcularla de regreso a mi escuela graduada, recuerdo descubrir que en un día normal en ciertos barrios, un cubano adulto consumía menos de 600 calorías diarias, menos de 5 o 6 gramos de proteína, y prácticamente ninguna fibra.

Lo más importante es que esto ocurría al tiempo que pasaban otras dos cosas.  La primera, que los cubanos, especialmente aquellos que vivían en lugares como La Habana, veían a los turistas españoles, italianos, americanos, latinos, y algunos “gusanos”, incluso, comiendo bien, vistiendo mejor, entrando y saliendo de hoteles en donde ellos, los cubanos nativos, no podían entrar -una medida gubernamental para evitar la prostitución.  Conocí esta medida, de hecho, de primera mano: Caminaba yo con algunos amigos y amigas de la universidad y les pedí un momento para entrar al hotel en donde me estaba quedando para cambiarme.  Parece que la falda que me había puesto para ir a la playa esa mañana estaba demasiado corta, porque el guardia (inmenso y musculoso y de muy pocas palabras y al parecer, sordo) me sacó del hotel violentamente agarrándome por el brazo.  Me había confundido con una “jinetera”.  Aparentemente toda mujer joven con cara de cubana y falda corta cerca de un hotel no podía ser sino una prostituta.

La segunda cosa: El gobierno cubano, atrapado como estaba entre el bloqueo comercial y la necesidad de preservar el proyecto socialista, se había puesto más defensivo y reaccionario que nunca. Los cubanos no podían moverse libremente de una ciudad a otra. Los críticos de la revolución eran acusados de alta traición, aunque no tuvieran conexión alguna con la vieja guardia de Miami (donde militan los verdaderos gusanos, los pocos que quedan.) Los periódicos, bueno, el periódico, se limitaba a noticias “positivas.” Toneladas de azúcar, centenares de médicos, logros, marchas, monumentos.

Los viajes me permitieron un acercamiento a la revolución cubana y a los cubanos más complejo, con sus sombras, sus luces, sus enigmas, sus errores. En este caso, el conocimiento llegó primero que la empatía.  Conocí familiares, madres sobre todo, mujeres tristes que extrañaban con locura a sus hijos balseros, mujeres que habían celebrado, incluso luchado, en la revolución y que ahora, mientras le sacaban el gorgojo al arroz y me servían café, reconocían que el país no ofrecía oportunidades para sus hijos, jóvenes inteligentes, ansiosos, ociosos y desempleados en las calles de La Habana, en las marquesinas del Vedado. Recuerdo que una de ellas, que había sido luchadora revolucionaria y luego militante y empleada en el partido, antes de renunciar algunos años antes de mi visita, me lo dijo claramente:

““Gusanos” eran los amigos de Batista, los criminales de guerra, los que se fueron para no tener que rendir cuentas por sus crímenes, para no tener que trabajar en la construcción de un nuevo país y un nuevo ser humano.  Mis hijos no son gusanos.  Son muchachos buenos que quieren hacer sus vidas en otra parte.”

Algunos años más tarde me vi forzada de nuevo, y con más fuerza, a repensar y a re-sentir (en ambos sentidos) la noción de “gusano”.  Entró en mi vida mi gusano favorito.

No lo identificaré aquí para no tirarlo al medio, y aclaro que no se piensa gusano, y que en verdad no lo es. Más adelante aclaro el porqué del aparente epíteto y del pronombre posesivo.

Mi gusano nació en los sesenta, hijo de cubana y puertorriqueño.  Su padre regresó a Puerto Rico eventualmente, su madre murió de cáncer en la isla.  En algún momento, mi gusano le pidió al padre, ya divorciado en la isla, que por favor le enviara analgésicos para su madre moribunda, para aliviarle los dolores horribles del cáncer de última etapa.  El padre (socialista, reconocido militante de izquierda en Puerto Rico) le dijo que no, que sus valores no le permitían hacer eso, que eso era el tipo de cosa que hacen los gusanos.

Muere la madre poco después.  El que eventualmente se convertiría en mi gusano favorito no tiene empleo, no tiene posibilidades, no consigue becas (en parte, seamos justos, porque su padre, el mismo que hablaba de “gusanos” era ciudadano norteamericano), y perdió tanto peso que se le veían las costillas, las caderas, los pómulos, en su cuerpo y su rostro naturalmente regordetos y afables.  Huyó de Cuba.

LLegó donde su padre.  Estaba, me cuenta, como mareado.  El lujo del apartamento del padre, con vista al mar, la suavidad de los asientos del BMW nuevo que manejaba, la abundancia y olor de la comida, los armarios llenos de ropa, los estantes llenos de libros, los muebles y las camas acojinados, el aire acondicionado central, la cocina de lujo…

El padre, por su parte, estaba indignado.  Más bien avergonzado. Avergonzado de tener, explicó a gritos, “un hijo gusano.” Pocos días después lo echó de la casa por criticar a la Revolución, por cuestionar a la Revolución, por huir de la Revolución.

Conocí a mi gusano favorito poco después de ese encuentro.  Nos quisimos casi de inmediato.  Todavía nos queremos.  Somos familia, ahora y para siempre.  Nos visitamos, quiere a mis hijos y a mi perro y a mi marido, me cuenta sus cosas, le cuento las mías, nos hablamos con la frecuencia que nuestras ocupaciones nos permiten.

Es mi gusano.  Pero no en el sentido en que su padre, ese símbolo de los errores y de la ceguera de nuestra izquierda, al menos en el momento en que escupió el epíteto en dirección de su hijo, lo utilizaba.  No.  Este hombre inteligente y bueno es mi gusano en el sentido en que mi papá, cuando me visitaba para darme las buenas noches, usaba el término: Una declaración de amor y ternura familiar.  Mi gusano.  Mi gusanito.

***

Aquí acaba, supongo, la crónica de la cosa. Pero no quiero cerrar sin unos mensajes, para todas y todos pero especialmente para mis compañeras y compañeros de izquierda:

  • Para construir un proyecto social, creo firmemente que necesitamos seguir no el libreto del dogma, sino la brújula de los valores.  Son dos cosas muy distintas.  El dogma se memoriza, permite pocos cambios, se repite función tras función.  Los valores nos guían, sí, pero dejan espacio para la creatividad, para escuchar, para aprender, para descubrir que lo que pensábamos como alineado al valor no lo estaba, para crecer.  La brújula nos sostiene cuando los libretos no aplican, cuando se vuelven obsoletos, cuando nos fallan.

  • Para cultivar la brújula, hace falta cultivar el conocimiento y la empatía.  Para ello hay que practicar las destrezas de observar y de escuchar, más que las de hablar y de mandar.

  • Si usted alguna vez ha: visitado un mall y comprado algo; usado un celular; comprado tenis nuevos; comprado aretes nuevos; usado lápiz labial; roto un papel y agarrado otro; comido carne,  frutas frescas o vitaminas; consumido más de 600 calorías diarias;botado comida;  protegido a su hijito de la muerte poniéndole un respirador con bronquiodilatadores sobre la boquita; estudiado a Hegel antes de estudiar a Marx, sin tener que esconderse; comprado juguetes para un niño de su familia; comprado juguetes para usted; cambiado el counter de su cocina; montado en un auto, avión, o en el mundo virtual de la computadora para trabajar o estudiar en otro lado y mejorar su vida, entonces NO CRITIQUE CIEGAMENTE AL QUE SE SUBIO EN UNA BALSA  PARA LLEGAR A MIAMI. No declame el libreto de su dogma en calzoncillos.

  • Es posible amar la revolución y a la vez criticarla.  Los patriotas puertorriqueños deberían entender eso mejor que nadie: son los críticos por excelencia, y por lo general los mejores y más agudos, de nuestro país. Y aman al país.  Usted puede apoyar el proyecto revolucionario y a la vez reconocer que se equivoca, o que se tomó una decisión errada o injusta, o que las circunstancias justifican que los ciudadanos busquen una mejor situación en la cual crecer, trabajar y contribuir como seres humanos.

Bueno. Eso es todo por ahora. Disculpen el exabrupto.  Y un abrazo y un beso grandes para mi gusanito y su familia.  Los quiero.

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Rima Brusi
Rima Brusi
Columnista | Nació en Rio Piedras, Puerto Rico. Es antropóloga cultural, escritora, educadora y profesora universitaria. Tuitea como @RimaBrusi y desde 2008 bloguea en http://parpadeando.net. Sus intereses de investigación académica y alcance comunitario se enfocan en la desigualdad social, la educación, y la construcción de biografías y lugares. Su trabajo creativo, principalmente ensayo, comentario y narrativa, surge de la observación curiosa de cosas, eventos y personajes cotidianos. Rima vive con su esposo José, con quien comparte cinco hijos y dos nietos.
Posted in: 80grados+, Columnas Tagged: Cuba, periodo especial, puerto rico

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