Res manu

Johan Barrios

Su ruso se lo dijo una vez: es tu fetiche. Casi todos tenemos uno.

 

El recuerdo se le nubla en la esquina superior izquierda, como siempre que trata de rebobinar, como siempre que intenta ver. Si no trata de asirse a las colitas de las imágenes, éstas se van volando, o se disuelven ahí, en las esquinas, collares de crema que giran en café. Así como el nervio óptico de los ciegos se activa al tocar, ella siente el eco que retumba en las yemas de los dedos al mirar. Mirar una mano, la cosa repetida, el toque teselado que entra al observar esa parte del cuerpo, al anticipar el goce de sentirla entrar.

Jugaban. Un sol caía en sesgo. El niño tomó la canaria y, explicando los pormenores de cómo se sentiría, demostró, agarrando firme con una mano por el botón del tallo cortado y metiendo el pulgar de la otra hondo, fuerte: zás. Ahí por el pozo que formaban los pétalos, rompió, abriendo, y eso caliente y líquido se abrió y la cubrió entera por dentro. El pétalo restregado, frotando contra piel, el júbilo desfachatado de mirar. Tembló un poco. Quiso con todas sus fuerzas tener esa mano. Tenerla.

Poco después esa mano aparecería rota, la palma rasgada en vertical por el metal oxidado de las púas de la verja que el niño solía trepar.

Por un tiempo se interesó en el dibujo. Andaba por todos sitios con su cuaderno enorme de esbozos y un lápiz de carbón espeso. Se dio por vencida cuando supo que le era imposible dibujar manos. Todo lo demás lo podía hacer: los ojos yermos, el flanco de un caballo, la cúpula de un templo olvidado en el Chaco. Pero la mano, ¿cómo lograrla, cómo trazarla en papel? Sus intentos daban vergüenza. Dejó el cuaderno y optó por una libreta falaz. Nunca volvió a dibujar. Aún sentiría el bochorno de la escritura, pero su fracaso dejaría poca huella.

Las rayas achiote del hierro se confundían con las del otro metal que había brotado agreste: la quebrada ya seca formaba una costra roja. Las manos del niño se abrían como ofrenda. Quiso lamer ahí.

Bastante temprano entendió que lo feliz sucedía cuando una mano estaba en ella, cuando la estrechaba y la rodeaba y la acercaba, tibia y latiendo, en el instante antes de entrar.

En un sueño repetido leía, explayándose en una página improbable. Las letras se esfumaban de las palabras tan pronto las descifraba, y ella olvidaba lo leído y caía, volviendo a escalar las curvas y ramas de las marcas, volviendo a leer. La página desaparecía. Una mano hermosa surgía entonces, redondeando contornos, contando trenes y estelas, y su sueño era entonces un vapor. La mano era eterna y próxima, como ella imaginaba que existían en algún sitio las flores de contrabando. A veces se venía, y entonces despertaba.

Las manos de sus pesadillas eran suyas y ajenas. Eran las manos surcadas de venas de vieja, las manos de la vieja que insistía en besarla, las manos que mataban a cosquillas, la vena que en otras manos daría punzadas de deseo y que en éstas protuberaba, henchida, y la invadía en dibujos fractales como las curvas del caracol.

Un poco después, ya casi sanadas, él dejó que ella le mirara las manos. Las posó, palmas arriba, sobre las suyas. Dijo algo en chiste: no trates, todavía no puedo jugar quemaíto. Lo oyó de lejos, porque ya eso se le derramaba por dentro, mareada. La dejó tocar. Ella trazó la costura de una cicatriz con la punta del índice, suave, largo, y creyó morir.

Ana Marina Rúa
San Juan, Puerto Rico, 1974. Ha publicado relatos en Letras Salvajes, Cruce y otras revistas digitales, y colabora con El Adoquín Times. Su novela La anémona (Isla Negra, 2013) recibió Mención Honorífica en las premiaciones del PEN Club de Puerto Rico y del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Su libro de cuentos Neural será publicado en el próximo año. Actualmente trabaja en su novela The Brief Persistent para publicación en Estados Unidos y participa en el colectivo Yale Women Writers Group. Vive en Nueva York, donde enseña idiomas a nivel secundario.