
Nos conocimos en un pueblo pequeño de Pinar del Río, una provincia ubicada en la punta noroeste de la isla, donde Cuba se encuentra con el Golfo de México. Yo había llegado desde La Habana para contactar a una banda punk de esa área con una trayectoria muy subterránea. Eran los últimos dos días de mi viaje y no sabía si lograría encontrar a los músicos que buscaba. El valle de Viñales, rodeado de mogotes verdes y renombrado por la calidad del tabaco que allí se cosecha, fue el único lugar donde logré conseguir hospedaje, a pesar de que los músicos que buscaba vivían a 30 minutos de allí. La naturaleza exuberante del lugar atrae a mochileros de todas partes del mundo y la guagua que me trajo de la capital iba repleta de turistas europeos, israelíes y japoneses que llegaban en busca de acampar en la orilla de los mogotes. La llegada fue confusa; yo estaba trasnochado luego de una semana intensa de entrevistas y me tomó un par de minutos ubicarme y salir de la guagua. Cuando finalmente logré hacerlo, los turistas habían desaparecido junto con la ola de taxis que habían abarrotado la plaza para recibirlos. El único que quedaba era un modelo Lada de la era soviética, un vehículo estrictamente utilitario que no le hacía ninguna concesión a los cánones de belleza automovilística. En las puertas del auto se había pintado “El Taxi de Alexei”en grandes letras rojas. El propio Alexei, grande y rosado, estaba recostado contra el bonete, en la misma pose de reposo que se encuentra entre los taxistas boricuas que no encuentran pasaje.
Se incorporó con calma: sabía que yo necesitaba transportación y solo él podía proveerla. “Over here, Canada”, me dijo mientras ondeaba una banderilla canadiense con desgano. Evidentemente me había confundido de nacionalidad, error que corregí al entrar en el Lada. “¡Boricua!”, exclamó y subió el volumen de su radio digital Sony de último modelo. Si bien el exterior del auto se retraía a las carencias del campo socialista, con el sistema de sonido no se había escatimado. Una versión clásica de “Hasta ayer” de Marc Anthony sonaba a todo volumen. Los cubanos son locos con Marc Anthony, y Alexei, a juzgar por el volumen, lo es más que nadie. El resto de nuestra conversación transcurrió a gritos, para podernos oír por encima de la canción. Así fue como aprendí que Alexei, a sus cincuenta y tantos, se dedicaba a guiar el taxi por cuenta propia. Una nueva clase de trabajadores independientes como él ha surgido en los últimos cuatro años, tras las tímidas reformas de liberalización económica instituidas por el gobierno de Raúl Castro.
“Como los chinos”, me dijo Alexei. “Vamos lento, pero por ahí vamos”.
Cada vez hay más taxistas, restauranteros, agricultores y artistas como Alexei en Cuba. Son, en esencia, empresarios incipientes que se han emancipado de la nómina del estado. Esto no es poca cosa dentro de una isla donde la economía se ha estructurado de forma centralizada por más de 50 años. Aunque los cubanos son extremadamente ingeniosos, hay poca tradición de autogestión empresarial avalada por el estado. Aun así, las preocupaciones de cuentapropistas como Alexei son muy similares a las de sus contrapartes alrededor del mundo. Durante el tiempo que pasamos juntos, las quejas y agravios por la cantidad de impuestos y regulaciones que le impone el gobierno fueron una letanía constante. Pero en ese, como en tantos otros renglones de la vida cotidiana en Cuba, hay maneras de resolver “por la izquierda”.
“Los otros días vino un inspector y me iba a dar tremenda multa”, me explicó Alexei cuando ya se sentía en confianza conmigo. “Era una cosa bárbara, yo no tenía cómo pagarle. Así que le ofrecí un poco de gasolina para su auto personal y así resolvimos. ¡Que viva el sociolismo!”.
Hablador y campechano, lo cierto es que Alexei se da a querer con facilidad, aunque pronto aprendí que no debía creer todo lo que decía. Antes de ser taxista había sido policía, y le gustaba repetir que había puesto su vida en peligro en más de una ocasión. Se ufanaba de haber defendido el orden para evitar que los enemigos de la revolución echaran abajo la sociedad que habían construido. Luego mi trabajo me llevó a entrevistar a uno de sus vecinos, un rockero que había pasado cuatro años en la cárcel por fumar marihuana en un parque. El rockero corroboró que, en efecto, Alexei había sido policía…de tránsito. La imagen que pintaba el vecino era muy distinta: “Lo más cercano que ese llegó a exponerse al peligro”, me dijo, “fue por correr su motora oficial estando sobrepeso y estar a punto de caerse”.
En mi última noche, mientras Alexei me dejaba por última vez en la casa particular donde me hospedaba, logramos hablar un poco acerca del futuro. Le pregunté si él pensaba que el sistema cambiaría.
“Como no”, me dijo. “Si aquí el que trabaja se gana sus dólares y hace lo suyo. Ese es el cambio”.
“No me refiero a lo económico”, le dije. “En lo político, ¿va a haber un cambio?”.
“Aquí esto lo queremos organizado”, me contestó, un tono aprehensivo colándose en su voz. “Yo no quiero líos”.
Entonces se calló por primera vez desde que lo conocí. Fue un silencio incómodo, sobre todo por ser tan inusual. Al cabo de un rato me preguntó: “¿Qué tu quieres? ¿Que esto se desorganice? ¿A eso es que tu vienes a entrevistar a los rockeritos esos?”
Era una pregunta cargada. En aquel momento se discutía a lo largo de la isla el escándalo de Zunzuneo. Los americanos habían creado una especie de Twitter cubano diseñado para crear foros de opinión pública y favorecer a los disidentes. Pero era un plan mal organizado y la red se desarticuló con facilidad. Las noticias del incidente tuvieron una cobertura amplia en los medios del país; la torpe trastada del enemigo estadounidense se comentaba intensamente en todos lados. De cierta manera, mi proyecto se veía amenazado por los intentos incompetentes del gobierno de los Estados Unidos por inmiscuirse, una vez más, en los asuntos internos de la isla. Yo no había ido a Cuba a hacer un reportaje político, pero algunas de las entrevistas que conseguí presentaban un cuadro crítico del gobierno.
Ahora Alexei me preguntaba si yo estaba allí para crear problemas, es decir, para entrevistar a algún disidente político. Si le contestaba de alguna manera que sintiera sospechosa, podría contarle de mí al comisario de barrio del Partido Comunista. Ya me había advertido un amigo que trabaja como periodista en una revista local que fuera discreto. De recibir algún informe de mis actividades, me asesoró, las autoridades podrían confiscar el material que había grabado al salir de la isla.
“Me da igual”, le dije finalmente a Alexei, midiendo mis palabras. “Yo no tengo una apuesta en esta carrera”.
La contestación le agradó.
“Este boricua sí que sabe”, me dijo entre carcajadas.
Luego nos despedimos. Yo pensé que esa sería la última vez que hablaría con él. Cuatro meses después Obama hacía un anuncio tan histórico como inesperado: Estados Unidos reestablecería relaciones diplomáticas con Cuba por primera vez en más de 50 años. No era el fin del embargo, pero ciertamente fue el aviso más contundente de que hay cambios gigantescos que se avecinan.
Las reacciones no se hicieron esperar. Algunos proclamaban la victoria de Fidel, por más que el Comandante lleva casi una década fuera de la escena política. Según ese argumento, la revolución pudo más que el vecino abusador del norte. Al final, un presidente de los Estados Unidos se vio forzado a negociar con el gobierno cubano, dándole una legitimidad tardía a la revolución. Para los liberales estadounidenses, la liberalización paulatina y timorata iniciada por Raúl era la señal que estaban esperando. Dentro de este bando, reestablecer relaciones es una manera de apoyar una transición al capitalismo. Pero esa es solo la primera mitad del cálculo. Se espera que el país, una vez que haya visto las posibilidades de un sistema de mercado, decida salir de su sistema político basado en un solo partido. Economía primero y política después, esa parece ser la base de la movida de Obama.
Yo solo podía pensar en Alexei y su brega de cuentapropista. No le va mal. En el último año se ha comprado un televisor y una computadora nueva, me contó. De todas las opiniones sobre el acercamiento entre los dos antiguos enemigos de la Guerra Fría, la suya era la más que me importaba, así que lo llamé. Cuando contestó, el día después del anuncio, estaba todavía en medio de la euforia optimista producida por la noticia.
“Yo le iba al negrote desde el primer día”, me dijo refiriéndose al Presidente Obama. “Lo próximo que hace es que tumba el embargo ese de mierda. Tu verás”.
Recordando nuestra conversación, le pregunté si el cambio no traería un poco de la desorganización que él temía.
“¡Qué va! Los tipos que están allá arriba van a estar más organizados que nunca”, me dijo de los líderes de su gobierno. “Si ahora es que vienen los dólares de verdad”.
Entendí que a los cubanos como Alexei les importa poco una apertura política. Lo único que quieren es mejorar su condición de vida. Miran a China y ven un modelo que está más cerca que nunca, aunque no miden bien las consecuencias del capitalismo de estado.
“Yo lo que quiero es que esto mejore para todos”, terminó por decirme Alexei. “Y que no se desorganice”.
