Miramos atrás estas seis décadas de vida y vemos cómo ha cambiado el planeta. Miramos al espejo y vemos cómo ha cambiado nuestro cuerpo. En ambos casos, algunos para bien, otro no tanto. Hemos sido una generación revolucionaria en todos los sentidos.
El discurso de que los transgénicos son ‘buenos’ no solo es incorrecto científicamente, es contrario a la justicia social y ambiental y a la democracia real a las que aspiramos.
Como hija de la agricultura industrial y el supermercado, siempre me he preguntado cómo un cereal que no se puede sembrar en Puerto Rico, llegó a ser tan nuestro, llegó a ser el grano principal del plato típico puertorriqueño.
La aprobación de los transgénicos se hizo bajo una decisión política y no salubrista, ocurrió bajo un procedimiento anómalo en donde no se requirieron pruebas de seguridad, rotulación especial, ni declaración de impacto ambiental.
Muchos creen en teorías de conspiración que generan temor y confusión acerca de tecnologías que nada tienen que ver con Monsanto. El nivel de confusión ha tenido consecuencias graves.
Monsanto, que experimentó en los años 60 con Agente Naranja, experimenta ahora con las primeras generaciones de semillas modificadas genéticamente, para luego distribuir y sembrar a gran escala en EEUU.
Defender la legalización del Cannabis, aunque no la consumamos, tiene mucho que ver con la libertad sexual, los derechos reproductivos y la justicia de salud y alimentaria. Nadie tiene que pedirle permiso a otro para tener sexo.
Se trata de las mejores tierras, porque son fértiles, llanas y cuentan con infraestructura adecuada para la irrigación. Sin embargo, no es parte de la política pública aumentar la producción agrícola.