Uber y la llamada economía colaborativa

La respuesta de afirmación de la ciudadanía ante las actuales propuestas no puede pasar por generar más desregulación, individualismo y neoliberalismo.

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[dc]U[/dc]ber inició operaciones en Puerto Rico y es de esperar que el debate sobre esta opción se intensifique en la medida que el servicio se expanda, como está ocurriendo en muchas ciudades del planeta. Uber es un ejemplo de una nueva forma de negocios neoliberales, llamados un tanto cínicamente «colaborativos», nacidos del deseo de profundizar la desregulación de los mercados.

El asunto es sumamente complejo porque, desde la perspectiva de los consumidores, constituyen una nueva opción de servicios, más eficientes y hasta más baratos que los que ofrece el mercado formal tradicional.   Para quienes están desempleados, es una nueva forma de ganarse un ingreso, aunque sea esporádico, bajo, y sin beneficios marginales; pero un ingreso, que al fin sirve de complemento para quienes lo necesitan. Para los trabajadores organizados empresas como Uber son un elemento de peligrosa y grave desestabilización gremial. Y tienen razón también porque llegar a un salario estable, con beneficios como pago de días de enfermedad, vacaciones, etcétera, ha costado sangre, sudor y lágrimas al movimiento obrero en todos lados.

Finalmente, para los gobiernos, estos negocios casi fantasmas son una pérdida de recursos fiscales porque sustituyen a empresas formales, no pagan impuestos y resulta muy difícil dar cuenta de sus operaciones. Me queda claro que dependiendo desde donde uno mire estas iniciativas las defenderá o buscará detener su expansión.

Uber no posee ni un sólo vehículo en el mundo pero transporta a millones diariamente. Airbnb, otra empresa “colaborativa”, no posee un solo hotel y es el mayor ofertante internacional de excelentes alojamientos para turistas. Netflix no es una productora de cine pero ha organizado una impresionante oferta audiovisual por TV al alcance de cientos de millones de personas desde sus casas, sólo apretando un botón.

Ciertamente, la llamada economía colaborativa está cambiando la forma de hacer negocios, pero debemos analizar muy bien si lo que vendrá generará mayor bienestar o mayor exclusión. Sin duda, este genial e innovador tipo de organización empresarial nos deslumbra y seduce como consumidores. Y ahí justamente es donde está el núcleo de la dificultad de analizar su aporte a la economía y a la sociedad en su conjunto. Quienes hacen uso de estos servicios economizan mucho –dinero, tiempo, trámites, porque la tecnología informática es su pilar de gestión y ha simplificado significativamente todos los procedimientos del negocio. Por ende, si nos vemos a nosotros mismos esencialmente como consumidores, clamaremos porque los negocios colaborativos se permitan y se alienten. Consumimos mejor y más barato, pero no nos hacemos cargo de las consecuencias de nuestra acción.

Pero si nuestra identidad primaria es de ciudadano o ciudadana, si es de entes que nos consideramos sujetos de derechos fundamentales y de deberes inherentes a la ciudadanía, necesitamos entender bien el impacto de esta propuesta hacia el otro o la otra. Las llamadas empresas colaborativas son en realidad un nuevo resorte del neoliberalismo seductor y hay que considerar sus posibles impactos con mucho cuidado.

De las primeras medidas del neoliberalismo de los años noventa fueron la desregulación de mercados y la mitificada “flexibilización” laboral. Hoy conocemos bien sus resultados, pero cuando se anunciaron muchas personas -especialmente mujeres– quedaron encantadas. Porque se nos vendió como la posibilidad de entrar al mercado laboral trabajando parte del tiempo y parte estudiando o atendiendo a hijos y familia. ¡Por fin las mujeres podrían conciliar sus roles esenciales!, se nos llegó a decir… Muchísimos países cambiaron su legislación laboral y hasta sus constituciones para “atemperarla” a la nueva promesa: la modalidad de trabajo flexible, temporero, por horas; supuestamente como el propio trabajador o trabajadora la quisieran definir.

El impacto de esta política fue apabullante en todos lados: la contratación esporádica fue progresivamente suplantando el trabajo de tiempo completo, aquél que venía con beneficios de vacaciones, pago de días feriados, bonos y en muchos casos, hasta pensión. La modalidad de horario parcial y flexible que se inició en las tiendas por departamentos muy pronto se extendió a casi todos los demás ámbitos de la economía, incluyendo la construcción, restaurantes, gasolineras, y hasta profesiones como la docencia universitaria, donde hoy, en casi todos lados, una desmesurada proporción trabaja por contrato y a tiempo parcial. Las prestaciones sociales –aquellos beneficios de antaño que aseguraban una vida digna y una vejez con cierto nivel de seguridad– quedaron reservadas sólo para un pequeño grupo de funcionarios en altos mandos; la masa trabajadora, en la mayoría de los países las perdió y se empobreció. Por eso, desde mediados de los noventa comenzó a crecer la desigualdad social según muestran numerosos estudios.

El golpe más fuerte de ese impacto lo recibieron los y las jóvenes. Al iniciar el siglo XXI solo un fragmento de la juventud, al menos en Puerto Rico y el resto de América Latina, podía asumir los desafíos de formar familia o de tener una vida independiente de sus padres. La gran mayoría de la juventud hoy pertenece a lo que podríamos llamar un sector vulnerable de la sociedad. A pesar de haber estudiado más, ganan proporcionalmente menos que sus padres a su edad y sus expectativas de mejora son menores. Por eso, para un sector importante de la juventud, estudiar no es ya certeza de un mejor futuro.

El capitalismo siempre ha encontrado la manera de renovarse y de adoptar nombres mediáticamente atractivos para sus mutaciones. En esta fase de post neoliberalismo la estrella debutante es la “economía colaborativa”: la de Uber, Airbnb, Netflix y muchos otros que intentan despuntar en esa lógica de negocios. Es un nombre precioso, como lo fue ‘flexibilización” en su momento, que atrae a los que están preocupados por la desigualdad, la solidaridad, la horizontalidad, y que condenan las desviaciones del viejo y burdo capitalismo. Desde la mirada identitaria consumista, es muy difícil luchar contra la noción de lo “que me conviene”. En cambio, si nos vemos como ciudadanos y ciudadanas que buscan tejer una madeja de afectos, reciprocidades, compromisos y al menos cierto nivel de equidad en intercambios económicos para que todos puedan tener algo, comenzamos a ver el problema desde otra perspectiva.

Soy plenamente consciente de que hay muchas razones para clamar por servicios mejores y más baratos. Los precios de los hoteles, o de los cines, en la mayoría de los países, llegaron a ser escandalosamente altos para la familia promedio de hoy. Un sindicalismo y un gremialismo trasnochado contagió en muchos países al sector de servicios con prácticas funestas de jerarquías artificiales, con baja productividad y eficacia de las y los trabajadores, y con resistencias a la innovación. Por eso hoy, mucha gente pide que se intervenga con los taxistas que están decididos a detener la instalación de Uber en San Juan, en Paris, en Montevideo, o donde sea.

La respuesta de afirmación de la ciudadanía ante las actuales propuestas no puede pasar por generar más desregulación, individualismo y neoliberalismo. Pasa por repensar las formas de producir y distribuir bienes, servicios e ingresos de manera tal que vayamos reduciendo la desigualdad social, en vez de incrementarla. Frente a la presencia de facto de las empresas “colaborativas” en nuestro medio tenemos opciones y variadas. Por ejemplo, podemos ayudar a generar marcos razonables de operación para ellas y para toda la sociedad. En el caso de Uber, puede haber un registro de choferes, vehículos y movimientos, que permita al gobierno cobrar un impuesto de las mismas y asegurar que una parte de éste vaya a un fondo de solidaridad para distribuir entre los choferes como compensación parcial de lo que pierden por no tener beneficios marginales asegurados.

Tenemos que hacer el cálculo. A lo mejor el costo de los viajes nos sale igual que en un taxi, pero estaremos frenando el deterioro de la calidad de vida de quienes trabajan en el medio. Igual puede hacerse con las propiedades que se alquilan a través de airbnb y otras empresas similares. El impuesto que se cobra por habitación de hotel debe estar disponible a los gobiernos para el trabajo de promoción de turismo y para el mantenimiento de las ciudades y del patrimonio que tanto buscan los turistas. De esa manera, los alquileres caseros y los hoteles podrían convivir sin demasiados daños de unos a otros.

La otra opción que me parece urgente e innovadora es comenzar a salir de la lógica de que todos los intercambios entre los seres humanos tienen un precio. Desmonetarizar la vida me parece un desafío hermoso, realista y potente. ¡Hay tanto que podemos hacer mediante el intercambio de tiempo, de habilidades, de perspectivas! La posibilidad de innovar de verdad y de hacer una economía basada en la colaboración está ahí; en el trabajo en equipo, en potenciar conocimientos y capacidades diversas, en la alegría que brinda inventar, renovar o transformar algo junto con otros y otras, y no en la generación de una patente para privatizar lo que individualmente hagamos.

El consumismo y el individualismo nos acercan indefectiblemente a una sociedad que será cada vez más desigual, violenta y crispada. Atajar la profundización de este avance requiere develar los mitos que esconden las nuevas propuestas, como las de “economía colaborativa” y encontrar ajustes razonables para convivir con ellas, mientras avanzamos en generar otra calidad de vida donde el intercambio horizontal sea cotidiano, normal y no la excepción. Tenemos que ser capaces de actuar como nos pedía el gran poeta venezolano Andrés Eloy Blanco en su Coloquio bajo la Palma: “lo que hay que dar es un modo de no tener demasiado y un modo de que otros tengan su modo de tener algo”.

Marcia Rivera
Profesora universitaria, socióloga con múltiples estudios sobre los procesos electorales de Puerto Rico, la pobreza y las comunidades, la mujer trabajadora, feminismo y la educación. Fundadora del Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (Cerep). Analista política en la televisión y en otros medios. Se desempeña hoy como Directora Área de Políticas Sociales del Instituto Latinoamericano de Educación para el Desarroillo (ILAEDES)de Uruguay.

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Marcia Rivera
Colaborador/a

Profesora universitaria, socióloga con múltiples estudios sobre los procesos electorales de Puerto Rico, la pobreza y las comunidades, la mujer trabajadora, feminismo y la educación. Fundadora del Centro de Estudios de la Realidad Puertorriqueña (Cerep). Analista política en la televisión y en otros medios. Se desempeña hoy como Directora Área de Políticas Sociales del Instituto Latinoamericano de Educación para el Desarroillo (ILAEDES)de Uruguay.

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