Puerto Rico Verde: la revolución que viene con sol, machete y una libreta de ingeniero
[dropcap]S[/dropcap]i uno presta atención, verá que el país está hablando.
No a través de las bocas usuales —los tertulianos pagos, los alcaldes de medio tiempo o los “analistas” que nunca han pisado una finca para trabajar ni instalado una placa solar— sino por las grietas. En los apagones que dañan la comida de la nevera. En la rabia callada del que llega a casa y no encuentra ni agua ni wifi. En la mirada del joven que sabe que lo están empujando al aeropuerto con la misma amabilidad con la que seguramente empujaron a sus padres.
Y es ahí donde aparece Puerto Rico Verde (PRV): no como un partido más, sino como una especie de conspiración luminosa contra el abandono. Una propuesta que, a diferencia de lo que se grita en el Capitolio, no viene con promesas vagas, sino con planos, mapas solares, y una noción clara: el país no se arregla con discursos, sino con kilovatios, comida local y trabajo que no humille. Una respuesta consecuente, y sobre todo lógica, a lo que fue una Alianza que fue vituperada y completa víctima de la demagogia jurídica de los partidos contrincantes.
PRV se define como un movimiento con columna vertebral técnica y corazón comunitario. No se avergüenzan de hablar de ingeniería, pero tampoco olvidan que sin justicia no hay voltaje que valga. Su idea es simple pero radical: descentralizar la energía, romper con los contratos coloniales, energizar desde abajo, y reactivar la economía local no con “zonas libres” sino con fábricas que fabriquen lo que hace falta: sistemas solares, baterías, alimentos procesados, herramientas agrícolas y software útil.
El plan tiene nombres, números, y fechas. Cuatro años, seis regiones energéticas, mil microrredes, un fondo de transición ecológica para municipios y cooperativas. Se acabó el romanticismo sin presupuesto. Aquí hay cuentas. Quieren usar los $9,500 millones de FEMA no para reconstruir el desastre, sino para sustituir el modelo que lo causó. Dicen, con la serenidad de quien ya se cansó de mendigar, que la energía no puede ser un negocio colonial, sino un derecho y un motor.
No es poesía. Aunque hay quien podría confundirse por el entusiasmo. Pero es un entusiasmo de machete en mano. Porque lo que propone PRV no es simplemente sobrevivir los apagones. Es cambiar la ecuación entera: si tienes energía barata, puedes producir. Si produces, puedes exportar. Si exportas, puedes sostener una universidad, un sistema de salud, y un país que no expulse a su juventud.
Y aquí es donde entra la UPR, que para el PRV no es ornamento sino eje. Se acabó el trato de “gasto público”. La Universidad será el cerebro de la transición: desde la instalación solar comunitaria, hasta la manufactura verde y el diseño de nuevos currículos. Cada recinto será un laboratorio. Cada estudiante, una pieza activa del nuevo país.
Por supuesto, todo esto suena demasiado coherente como para no despertar enemigos. Ya los tiene. Los mismos que hoy se reparten contratos con cláusulas más largas que las facturas. Los que prefieren un país que funcione mal mientras funcione a su favor. Pero PRV apuesta a otra cosa: que el pueblo tiene memoria eléctrica. Que la gente sabe lo que es vivir sin luz. Que el cinismo no es una estrategia sostenible.
En una tierra donde la desesperanza ha aprendido a hablar en voz baja, Puerto Rico Verde dice las cosas de frente. Y no lo hace con la arrogancia del salvador, sino con la tranquilidad del que viene con plano en mano y herramientas en la mochila. No prometen milagros, prometen trabajo. No venden ilusiones, venden acción.
En fin, si en esta isla queda todavía un resquicio de cordura colectiva, una pizca de dignidad no domesticada, y algo de ese viejo deseo de país, puede que PRV no solo tenga razón.
Puede que tenga la llave de la reconexión nacional.
Y esta vez, no se va a apagar.
