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El comunismo de la inteligencia

A Ian Camilo y a los estudiantes suspendidos y expulsados. De mi universidad nadie los puede botar; las puertas de mi salón están siempre abiertas.
 

“[T]he egalitarian maxim, can be summed up in two principles: firstly, equality is not a goal; it is a starting point, an opinion or a presupposition which opens the field of a possible verification. Secondly, intelligence is not divided, it is one.  It is not the intelligence of the master or the intelligence of the student, the intelligence of the legislator or the intelligence of the artisan, etc.  Instead it is the intelligence that does not fit any specific position in a social order but belongs to anybody as the intelligence of anybody. Emancipation then means: the appropriation of this intelligence which is one, and the verification of the potential of the equality of intelligence.”—Jacques Rancière1

Recientemente me preguntaron cuál es mi filosofía de enseñanza y este texto es la respuesta. Presento pues, esquemáticamente, mi filosofía de enseñanza a la que aquí llamo, siguiendo a Jacques Rancière: “comunismo de la inteligencia”.

El comunismo de la inteligencia es la aplicación de la máxima igualitaria al ámbito de la inteligencia. Es decir, si partimos de la base de que todos de facto —no solo de jure— somos iguales: ¿qué consecuencias tiene esto para nuestra concepción de la inteligencia? La respuesta es que la inteligencia es igual para todos, es una para todos. No podemos, desde esta perspectiva, jerarquizar conocimientos asignándole más valor absoluto a ciertos saberes y a individuos que los posean.  ¿Se sigue de lo que acabo de decir que todos somos igual de inteligentes? Y si sí, ¿cómo hacemos la idea del comunismo de la inteligencia compatible con la idea de la Universidad como institución responsable de la  transmisión del conocimiento?

La respuesta a la primera pregunta es simultáneamente: sí y no. La clave está en distinguir entre inteligencia y conocimiento. Ciertamente no todos tenemos el mismo conocimiento, ni en general, ni sobre áreas del saber particulares. La invitación del comunismo de la inteligencia es a entrenarnos a no ver en esta asimetría relativa del conocimiento razón para juzgarnos más o menos inteligentes. Esas asignaciones de valores usualmente van asociadas a que tendemos a valorar, siguiendo a Aristóteles en su Metafísica, los conocimientos abstractos por encima de los prácticos; es decir, que solemos jerarquizar el conocimiento, y consecuentemente atribuimos una inteligencia superior a aquellos individuos que dominan las áreas más abstractas del saber y hacemos lo contrario con aquellos que no las dominan. Vemos entonces claramente que de esa jerarquización y valoración se sigue que, como profesores (sobre todo como profesores de filosofía, el más general y abstracto de los saberes) nos posicionemos desde la “sabiduría” en relación al estudiante “ignorante”. La consecuencia política y pedagógica que se desprende de esta postura es la tendencia a ensanchar cada vez más la distancia y diferencia entre estudiante y profesor, obstruyendo en el mejor de los casos, e imposibilitando en el peor, las identificaciones y la comunicación necesarias para la correcta enseñanza y aprendizaje de nuestras materias en el salón de clases.

El comunismo de la inteligencia busca, mediante la desjerarquización valorativa de los saberes y mediante la premisa de la igualdad de la inteligencia, generar mutuo respeto entre saberes y el libre intercambio de ideas en el salón de clases, garantizando así la mutua influencia y el aprendizaje bidireccional entre profesor y estudiante.

La diferencia entre ambos enfoques se hace evidente mediante un ejemplo: “Facebook”. Es ya un lugar común escuchar profesores que se quejan de que sus estudiantes no leen, no saben escribir, tienen menos cultura general que los estudiantes de una década atrás, etcétera, etcétera. Estas observaciones se suelen dar por verdaderas sin acudir a prueba alguna, ya que, hasta donde yo sé, no ha habido un decrecimiento radical de los estudiantes que graduamos cada año, ni una escasez de profesionales en ningún área del saber, si acaso todo lo contrario. Si por otro lado miramos la situación desde un punto de vista más neutral, rápidamente tenemos que llegar a conclusiones opuestas. Nuestros estudiantes pasan la mayor parte de su día leyendo y escribiendo, solo que lo que leen son mensajes de texto, posts, tweets, artículos, blogs, y los escriben constantemente. ¿Qué hacer con esto? Podríamos, como convencionalmente hacemos, descartar todas estas formas como ocasiones desvirtuadas de lectura y escritura o podemos, partiendo del comunismo de la inteligencia, verlas como oportunidades para compartir horizontalmente el conocimiento. Sí es cierto que yo sé más filosofía que la mayoría de mis estudiantes, pero ellos saben más que yo sobre música punk, mecánica, deportes, Wisin y Yandel, pornografía, computadoras, piratería, UFO’s, yoga, YouTube, y sobre cientos de temas de los que leen a diario en internet. El comunismo de la inteligencia maximiza las posibles redes e interacciones semióticas que puedan formarse al compartir e integrar estos conocimientos, en lugar de anular su valor con relación a escalas valorativas jerárquicas que poco tienen que ver con la realidad contemporánea.

Pero sigue quedando la pregunta de ¿cómo hacemos la idea del comunismo de la inteligencia compatible con la idea de la Universidad como institución responsable de la  transmisión del conocimiento? La respuesta es que no hay que hacerlo compatible, porque ya lo es. En una Universidad Comunista sigue habiendo transmisión del conocimiento, siguen habiendo exámenes, seguiremos probando si conocen el material presentado, seguiremos formando profesionales y académicos.  Todo eso queda igual, pero llegamos a ello de manera distinta, por otras vías. El comunismo de la inteligencia simplemente nos obliga a transformar radicalmente nuestra proyección, respeto y formas de comunicación hacia nuestros estudiantes. Cuando, al usar un ejemplo del contexto cultural o socio-histórico de nuestros estudiantes (la canción “¡Se vale to!’ que auspicia la tolerancia y permisividad en materias sexuales, de Calle 13, por ejemplo) y compararlo, contrastarlo o sintetizarlo con una referencia cultural canónica (como la expresión anti-metodológica del anarquismo epistemológico de la filosofía de la ciencia de Paul Feyerabend “Todo vale.”), tenemos más posibilidad de colectivamente generar un conocimiento más duradero e integrado con la totalidad de sus y nuestras creencias que si sencillamente les decimos que lo tienen que aprender porque es importante saberlo para la disciplina o para el examen. Este enfoque nos obliga a estar siempre repensando nuestra propia disciplina, sus motivaciones y metas, sus justificaciones y su pertinencia.  Además, tiene como efecto secundario—y no menos importante—el sembrar las bases de una sociedad más justa y verdaderamente democrática y participativa.

El comunismo de la inteligencia también nos obliga a cambiar lo que hasta ahora había sido la justificación retórica de la filosofía: “conocimiento por el conocimiento mismo”.  Ya no podemos creernos semejante ingenuidad: “saber es poder”.  El conocimiento tiene implicaciones éticas, estéticas, epistemológicas, políticas, amorosas, científicas. Por lo tanto, la pregunta ya no puede ser ¿qué dijo Descartes, Husserl o Derrida?  Sino ¿con qué se come eso que dijo Descartes, Husserl o Derrida?  Tenemos que seguir el giro pragmático de Gilles Deleuze y Felix Guattari cuando en la introducción a Mil Mesetas nos dicen:

“We will never ask what a book means, as signified or signifier; we will not look for anything to understand in it. We will ask what it functions with, in connection with what other things it does or does not transmit intensities, in which other multiplicities its own are inserted and metamorphosed, and with what bodies without organs it makes its own converge. A book exists only through the outside and on the outside. A book itself is a little machine; what is the relation of this literary machine to a war machine, love machine, revolutionary machine, etc.—and an abstract machine that sweeps them along?2.

El psicoanálisis no es solo un acercamiento innovador a la conciencia humana, es también herramienta de normalización y sujeción. La deconstrucción no es solo una estrategia político-filosófica de hallar estructuras discursivas de poder en las trastiendas de la escritura filosófica, sino que puede ser también ocasión de un cinismo intelectual inmovilizante. La ecuación E=mc2 no solo es una fórmula para comprender el funcionamiento interno de las estrellas, sino una receta para una bomba atómica. El marxismo no es solo una meta-teoría económica, sino un algoritmo de politización que ha producido, simultáneamente, las más enormes atrocidades, así como el ensanchamiento insospechado del ideal de justicia social en el mundo.

¿Qué enseñamos, cómo enseñamos, pero sobre todo para qué enseñamos? Estas son las preguntas que nos invita a contestar el comunismo de la inteligencia. Estas son las contestaciones que tenemos que tener antes de poner un pie en el salón de clases. Sin ellas, nuestra tarea se reduce a la mera reproducción del saber, a la imposición jerárquica de cánones y requisitos disciplinarios. Sin ella la Universidad se reduce a una institución productora de status quo.

De modo que si me preguntan: ¿cuál es mi filosofía de enseñanza? Mi respuesta es: que entro al salón de clases a crear y a formar parte de una comunidad de iguales que nos reunimos a compartir en el ejercicio de nuestra inteligencia colectiva para incrementar nuestro conocimiento en una materia particular, con el fin de incrementar nuestro conocimiento general y así estar en mejor posición para interactuar con y afectar el mundo, siempre movidos por la certeza de que otro mundo (mejor) es posible.

  1. Rancière, Jacques (2010). “Communists without Communism?” en Savoj Žižek y Coustas Douzinas The Idea of Communism. Verso: London. p. 168 []
  2. Deleuze, Gilles y Felix Guattari (1998). A Thousand Plateaus: Capitalism and Schizophrenia.  Minnesota University Press: Minneapolis.  p.4 []

  • http://twitter.com/BenitoCabezales Angel Acevedo López

    No sé que tal sea en el salón, en el día a día, pero esta descripción no me parece comunista. Si estoy muy de acuerdo con casi todo menos con la dependencia en los examenes y la necesidad de demostrarte mejor no puede ser parte de la desjerarquización sino que todo lo contrario es lo que precisamente ha permitido la jerarquización del saber. Un educador no debe preguntar a un estudiante lo que sabe, lo que debe preguntarle es lo que puede hacer con lo que sabe. Aun así esto es algo que debieran leer muchos profesores.

    • Bernat Tort

      Angel:

      Tu problema con los examenes es una preocupación medular del comunismo de la inteligencia.  Para una constestacion parcial de tus preguntas por favor lee la contestación que le dí a Yara (más abajo).

      gracias de nuevo,

      Bernat

  • C Leegonzalez

               Debo decir que me sorprende gratamente tu escrito: me hace claras algunas de tus posiciones y en adición se me hacen loables, al punto que en su mayoría, las comparto incuestinablemente. Aunque me siento en el animo de intercambiar impresiones en torno a ello (y no lo debo negar, criticas y diferencias de peso también) no lo haré porque me extendería hasta el extremo de la falta de cortesía: y creo en la cortesía del pensar de la que hablaba Ortega. En algún momento conversaremos, ya en persona, ya a través de este mismo espacio. Por ahora te envio saludos y un profundo agradecimiento por lo que haces en tu salón de clases y nos compartes en este espacio.  

    • Bernat Tort

      Querido Christian:

       

      ¿Gracias por la condescendencia?  Es una puyita para animarte
      a ser descortés.  La virtud intelectual que más estimo, derivada de la
      ética de la investigación científica, es la capacidad y disposición a abandonar
      cualquier creencia si la evidencia lo requiere.  Y aunque ciertamente
      estos asuntos no se resuelven acudiendo a evidencia sino a consistencias o
      inconsistencias argumentativas y a la disposición que tengamos en ser fieles y consecuentes
      a nuestras ideas, no dormiría tranquilo si pienso que me libre de una crítica
      por cortesía de mi interlocutor.  Yo no suelo ser ni condescendiente ni cortés
      con nadie en este foro y espero lo mismo a cambio.

      Bernat 

      • Bernat Tort

        Christian:
        Puyita aparte, mil gracias por tu última oración.
        un abrazo,Bernat

        • C Leegonzalez

          Ya he escrito algo al respecto de tu maravillosa idea. Un tanto restringido, debo decir, a la determinacion psicologica de tu hipotesis. Se que hay mucho que comentar al respecto fuera de este tema.Que haya sido cortes aqui, por materia de espacio, no signigica en lo absoluto que mi cortesia sobrepuje a mi inclinacion a la critica. Solo le ha diferido en el espacio. ver cuando te pueda hacer llegar mi parecer. Un abrazo.

  • http://www.facebook.com/larayari Yara Larí Gorbea Colón

    Saludos Profesor,

    Concurro con usted y soy partícipe del “comunismo de la inteligencia”.
    Actualmente mi mayor interés es estudiar las filosofías de la educación y
    quizá desarrollar algo nuevo… Tomé un curso este semestre donde
    escribí mi filosofía educativa (algo preliminar) a raíz de lo estudiado
    en clase y considerando mis metas para la enseñanza de acuerdo con la
    sociedad a la que aspiro. Me gustaría que la leyera… es algo todavía
    en pañales y nace de una idealización un tanto comunista de la sociedad,
    pero es lo que más me motiva perseguir.

    Si hubo algo que me preocupó cuando leí la columna fue:

    “En una Universidad Comunista sigue habiendo transmisión del
    conocimiento, siguen habiendo exámenes, seguiremos probando si conocen
    el material presentado, seguiremos formando profesionales y académicos”

    Énfasis en “exámenes”… A lo mejor parezca que hable estrictamente como estudiante, pero insisto que muchas veces el examen no examina más que
    la memoria. Si el “comunismo de la inteligencia” se trata en gran medida
    de atender y manifestar el “para qué” de la enseñanza, su aplicación y
    vínculo con la realidad, entonces el examen tiene que mantenerse en el
    mismo plano. Son capacidades muy distintas memorizar, entender,
    analizar, cuestionar, comparar… y el examen tradicional, me atrevo a
    decir que casi siempre falla en evaluar las que verdaderamente importan.
    Sí entiendo necesaria alguna forma de corroborar que ese intercambio de
    conocimientos, que la consolidación de una inteligencia colectiva se
    esté produciendo, pero todavía no encuentro la forma más efectiva de
    hacerlo.

    Abrazos cibernéticos,

    Yara

    • Bernat Tort

      Yara:

       

      Primero: ya entregué tu nota, de modo que puedes decirme
      “tu”, jeje.

       

      En cuanto al asunto de los exámenes, no creo que pueda ser
      reducido a que hablas desde la perspectiva del estudiante.  Hay realmente
      un problema aquí.  Pero como suelen ser los problemas, este es mucho más
      complejo de lo que aparente y tu última oración evidencia que lo sabes.
       Ahora bien, cómo resolverlo de manera que la idea y función de la
      Universidad como institución encargada de la transmisión del conocimiento sea
      compatible con la idea de que la inteligencia es una y la misma para todos.
       Es por esto que distinguí entre inteligencia y conocimiento, para poder
      justificar que de lo que se trata es de un intercambio de un conocimiento
      específico (el de la materia de cada curso) y no solo de un compartir de una
      inteligencia colectiva en abstracto.

       

      El problema, como lo he logrado ver hasta el momento, es doble, o
      permite dos soluciones. O tomamos la ruta de Rancierè y Freire y decimos que
      realmente no hay nada que enseñar, que no hay a quién emancipar (postura de
      Rancierè en “El espectador emancipado”) en cuyo caso la radicalidad
      de la postura amenaza con un reestructuración tan radical de la universidad que
      no sé hasta qué punto la institución la pueda sobrevivir (y esto no es una consecuencia
      negativa en sí sino que es un cambio radical que conllevaría transformaciones
      sociales que simplemente no me puedo imaginar).  O logramos, y es lo que
      he intentado (aunque evidentemente de forma preliminar y un tanto insatisfactoria),
      encontrar alguna forma de hacer compatible la verticalidad epistemológica
      característica de la transmisión del saber tradicionalmente entendida y la
      horizontalidad política que implica el comunismo.  Aquí tenemos que
      bifurcar el problema nuevamente en su aspecto político y epistemológico.  En términos políticos el hecho de que el
      profesor tenga todo el poder, en la forma de la moderación de la interacciones
      en el salón de clases y en las decisiones en torno al material asignado, el
      tipo de evaluación y finalmente la calificación del estudiante, hacen que el salón
      de clase se asemeje más a una monarquía parlamentaria, en el mejor de los casos
      y a una dictadura autoritaria en el peor.  Esta relación vertical del poder es la que el
      comunismo de la inteligencia pretende aliviar o 
      reestructurar, aunque no completamente (debido al aspecto epistemológico
      que discutiré ya mismo).  Mediante la
      desjerarquización de los saberes, el diálogo horizontal incrementa y los
      posibles vínculos entre el conocimiento y las experiencias que ya tienen los estudiantes
      y el material dado en clase por el profesor aumentan, y por lo tanto las
      posibilidades de que esos vínculos permanezcan el la forma de conocimiento
      duradero son mayores. 

       

      Ahora bien,  esta
      horizontalización, en mi esquema tiene su límite en los exámenes.  La pregunta, tuya y de Ángel más arriba, es
      ¿porqué?  Sencillamente porque no se me ha
      ocurrido cómo garantizar la transmisión del conocimiento de otra forma.  Lo que hay que tener claro es que un examen
      no evalúa inteligencia, solo el manejo del material en un contexto discursivo
      particular.  En el caso de la filosofía:
      el manejo del vocabulario técnico, capacidad argumentativa oral o por escrito,
      capacidad de análisis hermenéutico de textos, etc.  De aquí no se desprende que el que mejor
      salga en un examen de filosofía es el mejor filósofo.  Solo que es el que más conocimiento pudo
      plasmar en el examen dentro de los parámetros establecidos en el mismo por el
      profesor.   Lo que nos lleva a una distinción
      medular en el este asunto del comunismo de la inteligencia y que requiere de
      mucha madurez de parte del estudiante.  Tenemos
      que distinguir radicalmente entre la nota que sacamos en los cursos y lo que le
      sacamos al curso.  Sacar F no es equivalente
      a haber perdido el tiempo por seis meses. 
      Luego de seis meses, aun cuando no cumplas con los criterios de evaluación
      del curso, puedes ser una persona distinta (radicalmente distinta) a la que
      llegó.  Como me dijo (literalmente) una
      estudiante al final del semestre: “Profe siento que maduré en este curso”.  Esa madurez no hay nota que se la despinte,
      eso que se discutió en el curso que conectó con sus experiencias, con su historia
      personal, con su conocimiento, quedará y la habrá transformado para
      siempre.  En otras palabras, hay que
      distinguir entre educación y diploma.  

       

      Pero, nuevamente, de aquí no se desprende que no haya maneras
      creativas de hacer ambas metas (las políticas y las epistemológicas) más compatibles
      entre sí.  Varios amigos me han escrito
      alternativas, alternativas además que ellos han tratado en el salón de clase: exámenes
      colectivos (o solidarios); emparejar en el examen al estudiante con mejor nota
      con el estudiante de peor nota y así sucesivamente;  evaluar colectivamente (en un foro en el que
      el estudiante tenga que justificar ante toda la clase por qué cree que merece
      la nota que cree que merece); etcétera.  Finalmente
      podemos tomarnos en serio la idea radical de transformar la Universidad y
      eliminar el límite temporal de los cursos. 
      Que nadie pase un curso  hasta que
      su conocimiento sea satisfactorio en el tema, ya que de nada sirve pasar a un
      estudiante con C (es decir con un dominio mediocre del material) para que luego
      pase a un curso más complejo con una base insatisfactoria.  [Este último punto se lo debo a Kacho López Mari
      que a su vez lo saco de khanacademy.org sitio que creo debes visitar.  Son comunistas de la inteligencia (matemática)
      radicales].  Una suerte de Universidad Montessori
      donde cada estudiante tenga mentores que estén pendientes del progreso y nivel de
      cada quien y cada grado (Bachillerato, Maestría o Doctorado) toma lo que tome
      el estudiante en tener un conocimiento cabal de su materia.  Claro que esto último no resuelve
      completamente el problema político de la verticalidad de la evaluación vs la
      horizontalidad del poder que pretende el comunismo.  Y sobre esto último no se debe confundir el
      comunismo político con el comunismo de la inteligencia.  Asimismo la asimetría del poder no se debe
      equiparar a la asimetría del conocimiento. 
      El comunismo, el político como el de la inteligencia, parte del supuesto
      de que todos somos iguales y de que la inteligencias es una para todos, pero la
      igualdad del conocimiento se gana, se conquista, no se presume.

       

      Por último fue mi afinidad
      por las ciencias naturales lo que no me permitió darme el lujo de eliminar los
      exámenes.  Los edificios no se construyen
      con cualquier ecuación estructural sino con unas muy específicas, las bacterias
      no se matan con cualquier sustancia sino con ciertos antibióticos, no me puedo (realmente
      no me quiero) imaginar a un medico que no tomo ningún examen.  Y aunque
      pareciera que desde las humanidades nos podemos dar el lujo de ser más
      “hippies” y comunistas, la historia, los textos filosóficos, las
      obras de teatro, etc. aceptan una cantidad ingente de interpretaciones, pero no
      todas son igual de buenas.  Los cursos individuales de música requieren
      del dominio de ciertas técnicas, etc.  ¿Qué
      hacemos con esto?  ¿Cómo optimizamos esas interpretaciones, sin imponer el
      conocimiento y sin limitar las múltiples e insospechadas interpretaciones que
      depara el futuro?  No son preguntas retóricas: ¿Cómo? ¿CÓMO?.  Mi
      respuesta humilde (en  un sentido no cristiano) es experimentando y cagándola
      en el camino.  Como dice
      Zizek citando a Brecht: “Try again.  Fail again.  Fail better.”

       

      Un gran abrazo virtual,

       

      Bernat

  • Oterogarabis

    Excelente Bernat!
    Gracias por este diálogo con nosotros, los idiotas. Te tengo está: una canción de Joe Cuba, a mediados de los setenta concluía su letra más o menos así:
    “el que sabe sabe y el que no, que se quede bruto”
    Y entraba el coro: “Coro ya o ya coro” y Cheo le metía: “Me voy pa’ Miami a ponerme cocolo”
    ¡qué delicia dialogar con esos saberes!
    juan

    • Bernat Tort

      Juan:

      Gracias por el comentario y por traer al
      medio el vínculo con tu columna (titulada “Nosotros
      los idiotas”, para beneficio de los lectores). 
      Aunque mi texto no fue escrito originalmente con esa intención, cuando
      lo revisaba para publicarlo aquí no pude dejar de ver las conexiones y las
      coincidencias.  Tu columna me hizo
      reflexionar mucho sobre estos asuntos. 
      De hecho, se puede leer mi texto como  contrapunteo y como
      complemento al tuyo.  Creo que tenemos la misma meta política en
      cuanto a las consecuencias de ambas posturas en el salón de clases.  Coincidimos cuando dices: “Reconociéndome
      como un idiota quizás pueda librarme del peso de mi mayor idiotez: la de
      considerar que sé mucho más que mis estudiantes, más que los administradores,
      el político, el ingeniero, el abogado, o más que ese “tú”, que sueño que me
      lee.” [Juan Otero Garabís]  Creo que tu estrategia retórica—la de
      llamarnos idiotas—cumple una función de humillación (en el sentido de hacerse
      humilde) que abre paso a la posibilidad del comunismo de la inteligencia, que
      abre paso a poder apreciar el saber del otro, ese otro previamente considerado
      idiota (o ignorante).  Sin embargo, le he
      dado vueltas y vueltas en mi cabeza y creo que el llamarnos idiotas al final
      nos sale más caro. 

                  La
      razón por la que no me gusta eso de llamarnos idiotas es que si ya
      se me hacía difícil creerle a Sócrates cuando lo decía allá para el siglo
      quinto A.E.C. (“Yo solo sé que no sé nada”), mucho más difícil se me hace de
      boca de un amigo que me consta que no lo es. 
      Y aunque entiendo y aprecio que así como Sócrates lo decía para sentar
      las bases metodológicas para la correcta actitud ante el ejercicio del saber y
      la búsqueda de conocimiento (es decir, que hay que admitir ser ignorante para
      estar en posición de buscar genuinamente y sin prejuicios el conocimiento), tú
      estás retóricamente admitiendo la idiotez para generar en ti y en tu lector la
      actitud correcta para apreciar la sabiduría del otro, pienso que en última
      instancia es una estrategia que se muerde su propia cola.  Al auto-identificarnos con y como idiotas
      cometemos una contradicción performativa que le quita legitimidad a nuestra
      propia palabra.  Es como cuando, en la primera meditación, Descartes
      considera por un segundo—para poder dudar de la existencia de su cuerpo—que
      puede que él esté loco e inmediatamente lo descarta diciendo: “Pero son locos y
      yo no sería menos extravagante si me condujera según su
      ejemplo.”  Descartes sabía que el recurso retórico del reclamo de
      locura solo podía hacer que perdiera a sus lectores ya que: ¿por qué habrían de
      hacerle caso a un loco?  Fue por eso que descartó esa posibilidad y
      no le dedica ni un segundo más.  Así mismo: ¿por qué he de hacerle
      caso a un idiota, incluso si tan solo para que me diga que soy
      idiota?  De hecho, la única prueba irrefutable de idiotez que se me
      ocurre es precisamente el ser persuadido de la propia idiotez por un
      autodenominado idiota.    

      Así mismo se me hace muy difícil auspiciar el
      “anti-intelectualismo” retórico implícito cuando dices: ”Uno de los aspectos que resultan
      más molestosos de nuestra profesión es el afán de erudición: el consabido
      bombardeo de citas con el que autorizamos nuestro discurso y con el que
      atormentamos a nuestros lectores. Es nuestra forma de decir: “¡vaya, qué mucho
      sabemos!”; pero que a veces revela más cuán inseguros estamos de nuestro
      pensamiento propio que la rigurosidad de nuestros estudios e investigaciones.”
      [Otero Garabís]  En realidad este
      “anti-intelectualismo” es solo una postura retórica producto de la mezcla entre
      un cierto sentido de culpa por ser intelectuales (pues sabemos que de alguna
      manera u otra nos hace privilegiados en nuestra sociedad, en cuanto que
      apalabrados y en cuanto que a priori legitimados en y por nuestra palabra) y de
      un intento genuino (que compartimos) por zanjar las diferencias entre lo que
      nuestra sociedad ve como dos clases separadas: los sabios (o intelectuales) y
      los ignorantes (o idiotas).  Creo que podemos cumplir esta última
      meta sin recurrir a la cuestionable estrategia de negar aquello que nos
      constituye esencialmente.  Pues ¿quién en su sano juicio puede negar
      que tú seas un intelectual?  ¿Y quién puede negar que esa cualidad
      defina lo que eres en (casi) todos tus actos: en cómo ves (el mundo, películas,
      obras de teatro, la música, las noticias, etc.) y habitas tu mundo? Pues a
      diferencia de otras profesiones y ocupaciones (en mayor o menor grado), esto de
      ser intelectuales (que es más una vocación que una profesión) no es algo que
      dejemos de ser al ponchar a las seis de la tarde.  Así sea solo porque nuestros saberes y
      disciplinas consisten precisamente en tener una visión crítica y reflexiva ante
      el mundo.

      Creo que la clave está en desdibujar las diferencias entre
      “alta” y “baja” cultura.  ¿Porqué citar a Heidegger es más “molestamente
      erudito” que citar a Joe Cuba?  Tú mismo
      lo contestas al decirme: “¡qué delicia dialogar con esos
      saberes!”  De hecho, todos (o casi todos “que no
      es lo mismo, pero es igual” [Silvio]) tus textos son vivo ejemplo de todo lo
      que se puede hacer y sacar al trabajar una cita de un soneo de Hector Lavoe en
      “equal standing” con una cita de cualquier texto canónico.  El issue
      entonces no es citar o no citar, sino cómo y para qué citamos.  Si
      citamos como tapabocas intelectual, pecamos de la falacia ad verecundiam
      (falacia de autoridad).  Eso no es “molesta erudición” sino un error
      argumentativo.  Está mal y punto.  No por citar, sino por
      argumentar incorrectamente.  Ahora, si fieles a la importancia que le
      da la posmodernidad a las tradiciones, discursos, paradigmas, juegos
      lingüísticos, genealogías, etcétera, vemos las citas como portales
      hipertextuales que enriquecen la discusión (tanto para el que tenga las
      referencias como para el que no) y las posibles líneas de fuga que se pueden
      derivar de nuestros discursos, entonces no hay nada de “erudición” ni de
      “molestia” sino una orgía de sentidos virtuales prestos a ser “mal”
      interpretados y llevados a fronteras insospechadas. Una de las diferencias, tal
      vez la más marcada, entre la modernidad y la posmodernidad es que la modernidad
      reniega del pasado y pretende, mediante un acto creativo, espontáneo y radical
      comenzar a construir el mundo desde cero.  La posmodernidad, más
      vieja y sabia (y quizá por ello también más decadente, a veces), reniega de tal
      pretensión de pureza y se arrima a su pasado, aunque de forma crítica, no con
      el fin de elogiar su estirpe sino con la certeza de que no hay camino al futuro
      que no esté teñido por su pasado.  Solo sabiendo quiénes somos y cómo
      es que hemos llegado a ser quienes somos, podremos soñar con otros yoes
      posibles, mejores y más buenos.

      Es por eso que puse la cita de Deleuze y Guattari.  Es
      un uso pragmático el que debemos auspiciar en la cita y no un uso academicista
      (que es el uso que criticas en tu columna).  Pero del hecho de que
      haya usos academicistas del citar no se sigue que citar es una forma de
      inseguridad del pensamiento propio.  Citar es una forma de dar cuenta
      de que no hablamos en el vacío, de que formamos parte de comunidades
      discursivas que a su vez nos forman y atraviesan.  Es honestidad
      intelectual (sin querer implicar que no citar sea deshonesto, claro
      está).  ¿Si no puedo pensar en política sin que mis pensamientos
      estén mediados por las canciones de Silvio, qué otra cosa puedo hacer sino
      citarlo?  ¿Si no puedo mirar la sombra de los árboles moverse en el
      piso en días ventosos sin pensar en la fenomenología de Husserl, no te parece
      apropiado y correcto que dé cuenta de ello con una cita?  Una cita es un invitación al lector
      transeúnte a explorar caminos que nos parecen importantes (a los escritores) y
      que nos conforman y constituyen como sujetos. 
      Es un compartir experiencias más que una imposición de saberes.  Al menos esa es la pretensión del comunismo
      de la inteligencia.  

      Digamos de las citas en la escritura lo
      que Danto y Duchamp dicen del arte y la pintura: “It is part of what defines
      contemporary art that the art of the past is available for such use as artists
      care to give it.” [Arthur Danto]  Y “Since the tubes of paint used by
      the artist are manufactured and ready made products we must conclude that all
      the paintings in the world are ‘readymades aided’ and also works of
      assemblage.” [Marcel
      Duchamp]  Aludir a la pureza del pensamiento valiente y autónomo vs
      el “autorizado” e inseguro, no me parece
      una buena estrategia ya que todo nuestro discurso no es sino la reiteración,
      con deriva semiótico-semántica, el re-arreglo y permutación de los discursos
      que nos constituyen; es un continuar un diálogo del que todos somos causa—pero
      sobre todo efecto.  El punto no es citar menos, sino citar
      más, no solo a lo canónico sino a todo lo que nos sirva para optimizar, expandir,
      rizomatizar, exponenciar nuestro pensamiento.  El punto es dar tela
      pa’ cortar; que “¡vengan los buenos a comer de este helado GIGAAAAANTEeeee!”
      [Silvio Rodríguez]    

      Aquí lo dejo, pues ya se me fue la mano en
      extensión, pero creo no es tomarme demasiada licencia decir que estarías de
      acuerdo conmigo en que preferiríamos habitar en un mundo donde compartamos de una inteligencia generada colectivamente que en un mundo poblado por
      idiotas (por retórica que sea esa idiotez).

       Un abrazo y
      gracias de nuevo,

       Bernat

      • Oterogarabis

        Querido Bernat:
        “Dime a quien citas y te diré quien eres”: grafitti inédito en alguna pared universitaria, sobre la que alguien habrrá intervenido agregándole uno que otro acento.
        Cuando me defino como idiota lo hago, porque tras mi autorizada intelectualidad hay otro que me considera como un pendejo, incapaz de acceder a lo que él/ella sabe, domina, ¡goza! Sea medicina, mecánica, leyes, moda, música, artes culinarias o esa coplejidad maravillosa que metaforizamos al llamarla “la calle”. Y cada cual se las ingenia para articular un discurso que funciona como un castillo protector de los secretos del dragón-princesa, por cuyas murallas solo pasan los más autorizados —algunos por sumisos— o los más osados —como Gengis Kan. Nuestra forma de construir esas murallas es con las referencias al mundo del cual nos rodeamos. A veces suena al refraseo tonto de Descartes: “Cito, entonces existo”.
        Y hablando de Descartes, no podemos olvidar la presencia, si recuerda bien nunca aludida, de Erasmo y su “locura”.
        Mi afirmación no pretendía la dureza filosófica a la cual bien la sometes, lo cual te gardezco en el alma. Más bien, merodea las fronteras de los discursos . . . porque es uno de los rasgos distintivos dela posmodernidad que nos habita y que habitamos: reconocer que todo es discurso. Que la modernidad se fundó en ese ámbito extraño entre las naves de Colón y los libros de Plinio; La nouvelle Eloise de Rousseau y los rifles de Washington y Bolívar. Entonces cómo medir los discursos de Tito Kayak y Filiberto Ojeda; de Rivera Schatz y Hilton Cordero; del que le dispara a su ex-esposa frente a sus hijos o se apropia de la Baldorioty como si filmara una escena de Hollywood. Obviamente están muy lejos de los discursos que aludimos y pienso que los nuestros se convertirían en diárrea si los confrontáramos a circunstancias totalmente agenas a las paredes del grafitti.
        “¡Wow!” “¡Me fui!”: Marvin Santiago.
        Gracias por dialogar y sobre todo por revitalizar con tanto entusiasmo el discurso filosófico.
        un abrazote y el otro, lo bailamos,
        juan

        • Bernat Tort

          Juan: 
           

          Jajaja…esa cita del grafiti me la quedaré
          para siempre. 
           

          Lo sé, cuando dices que tu afirmación no
          pretendía rigor filosófico, pero a los comunistas de la inteligencia consistentes
          se nos hace muy difícil distinguir lo que lo pretende de los que no [sirva esto
          de explicación a Benjamín (y a Verónica) con quien discutí en una de las  pasadas columnas de Mara].  Trato de leer
          como si todo lo tuviese o pretendiese y en el caso de tus textos no es un ejercicio difícil. 
           

          Ahora, al mambo.  Concedo absolutamente al reclamo de ausencia de
          Erasmo.  Me confieso hijo de Descartes,
          su modernidad y su racionalismo.  Probablemente
          es un mal disciplinario.  La filosofía de
          la ciencia se piensa mejor desde esa línea genealógica que desde esa otra
          modernidad (a la que tendré que prestar más atención) que comienza con Erasmo y
          con Montaigne y que según Stephen Toulmin [Cosmopolis: The Hidden Agenda of Modernity]
          configura un discurso de lo razonable en lugar de lo racional.  De hecho, ahora al escribirlo me doy cuenta
          que puede que esa modernidad sea mucho mejor comienzo para un comunismo de la
          inteligencia.  Mi afinidad con las
          ciencias naturales, sin embargo, limitan las posibles soluciones al comunismo
          de la inteligencia que acepto.  La razón principal para no proponer eliminar los exámenes y ese tipo de relación de
          poder vertical en el salón de clases es que hay saberes que hay que aprender de
          una(s) forma(s) (aunque lleguemos a ellos por caminos distintos) y no de otras.  Por eso es que excluí a Erasmo y su locura. 
           

          Creo, por los ejemplos que pones al final,
          que tu propuesta es más general que la mía, que le aplica a la vida social en su totalidad y no solo al salón de clases. 
          Me abro a la posibilidad de que en esos casos (como el de la Baldorioty) en que no tenemos seis meses para “comulgar” nuestros saberes, tal vez el
          asumirnos idiotas sea una estrategia más eficaz (¿tal vez?) o al menos más
          terapéutica.  Mi propuesta, por el
          momento es más modesta, quiero desarrollar poco a poco y con toda la ayuda que
          llegue, las bases de una Universidad Comunista. 
          Cuando titubeo (en otros escritos) al llamarme comunista lo hago porque todavía no tengo resuelto cómo se come eso. 
          Lo único que tengo claro es que he jurado fidelidad (en el sentido de Badiou)
          a renovar la idea del comunismo, y me voy sintiendo más cómodo con
          identificarme como comunista en la medida en que se me va ocurriendo cómo y con
          qué, aquí y allá, se come.  Y como toda
          persona precavida comienzo por lo que conozco, comienzo por las paredes del grafiti.  Me temo que todavía no he desarrollado un discurso que exceda esta frontera sin hacerse diarrea.  “But I’m Triyng.”  De modo que prometo seguirle dando vueltas a
          la idiotez y a la locura en mi cabeza, a ver si me sale algo más razonable y
          menos racional. 
           

          Te quiero pa’tras, 

          Bernat

  • Adriana

    Gracias, Bernat. Concurro contigo, y ademas resalto la performatividad del saber como placer colectivo; como eventualidad inmanente y emergente. Hay que explicarle bien esto a los estudiantes, quienes ya han aprendido a recibir conocimiento jerarquico y evaluan estas aperturas com0 ‘deficiencias’ del instructor!

    • Freiriano

      si se lo explicas contradices la tesis de Bernat; es preferible que lo descubran en la marcha y que el maestro les guie y provea las condiciones para hacerlo. si se lo explicas, fomentas el conocimiento jerarquizado y las relaciones jeraquircas que la explicacion conlleva.

      • Bernat Tort

        Adriana y Freiriano:

        En algún punto en el medio de sus comentarios esta el reto mayor de la propuesta del comunismo de la inteligencia.  Ciertamente Freiriano tiene razón en que si asumimos la postura de que les tenemos que “explicar”, “mostrar el camino”, “guiarlos”, y cualquier otro sinónimo del binomio sabiduría/ignorancia, lo que haremos seráreproducir las jerarquías que queremos abolir. Pero, por otro lado Adriana tiene razón en que si toda la experiencia de nuestros estudiantes ha estado constituida por el binomio sabiduría/ignorancia, entonces ellos, producto de esa subjetivación, se encontraran en el salón de clases esperando ser “educados”, de tal modo que si se topan (y me ha pasado) con un paradigma de enseñanza distinto, la reacción de muchos es la sensación de que les estamos tomando el pelo, de que no les estamos enseñando, de que no les estamos dando las herramientas que necesitan para practicar sus disciplinas y/o profesiones.  Tengo estudiantes que han interrumpido un diálogo (comunista) riquísimo, para decir que no les interesa lo que tengan que decir sus compañeros, que solo quieren que hable yo y les diga lo que viene en el examen. ¿Qué hacer aquí?  O para usar una analogía: ¿Qué hacemos con la mujer que quiere usar burka? ¿Con el individuo que no se quiere emancipar? 

        La pregunta es compleja ya que si asumimos que estos individuos no están emancipados o están enajenados, estamos ubicándonos en el polo “sabiduría” y a ellos en el polo “ignorancia”, en cuyo caso pecamos de lo que Freiriano acusa a Adriana.  Pero si no lo hacemos estamos igualmente aceptando que hay que respetar todas las posturas por igual, que todas las opiniones tienen el mismo “estandin” y si esto es cierto ¿a qué exactamente es que se viene a la universidad si no hay nada que aprender, si no hay posturas que corregir, argumentos que depurar, prejuicios que abandonar?  ¿Qué y para qué es la Universidad? 

        La pregunta como siempre regresa en la forma ético-política más pura: ¿Qué debemos hacer?  La única respuesta que se me ocurre es “experimentar”.  Tratar varios acercamientos, ver qué funciona; no hay reglas.  A mí me ha funcionado comenzar el semestre presentándome como un comunista de la inteligencia, explicando (posición de Adriana) qué es eso (¿con qué se come?) y poniéndolo en práctica (posición de Freiriano).  Tenemos toda la vida para llegar a una mejor solución, lo importante es comenzar atratar de hacerlo aunque fallemos rotundamente en el intento.

        Loco por continuar este diálogo,

        Bernat

  • Febojavier

    Este artículo es el lanzamiento de un reto altruísta. Lo acepto y abro mis buenas intenciones.

  • Aurea María Sotomayor

    Excelente comentario, Bernat. Tengo la convicción de que cuando entramos en un salón de clases se abre un espectro de potencialidades e intercambios posibles que modifica incluso la tesis que genera el curso, precisamente por la convicción que dirige al método, el potencial de la igualdad de la inteligencia, lo cual concurre en las reflexiones que de allí puedan surgir. Eso nos impone mucha responsabilidad a todos pues sobre todo impera el diálogo y no el dictamen. En eso radica el éxito del momento didáctico, en la capacidad de escucharse y explorar “con qué funciona eso”, como diría Deleuze.

    • Bernat Tort

      Aurea:
      Gracias por tu comentario.  Creo que das en el clavo acentuando “el momento didáctico”, esa era precisamente una de las razones por las que no estuve de acuerdo con el documento “La universidad que queremos”.  Con el sobre énfasis en el aspecto cognitivo-inmaterial, donde el intelectual podía seguir trabajando con independencia del espacio y la materialidad del salón de clases, me parece que se les escapaba (a los suscriptores) entre los dedos inmateriales todo lo que pienso ha de ser rescatado y auspiciado en la universidad.  Como comunista y como posmoderno no puedo olvidar la materialidad, el cuerpo y las interacciones bidireccionales en tiempo real en el salón de clases.  Es ante la cara del estudiante que interpretamos e interpretan todos los gestos corporales, faciales, los silencios, las entonaciones que trascienden nuestra intención y que le dan vida autónoma a los pensamientos y dan pie en el diálogo a las “malas” interpretaciones, a las “confusiones” y las ambigüedades que ocasionas las derivas semióticas que generan nuevos paradigmas y nuevos mundos.  Este era el punto de Derrida en su crítica a la metafísica de la presencia en “La voz y el fenómeno”: todo lo que se le escapa a la intención del sujeto, en el momento de la mediación del cuerpo.  Por eso es que hay que rescatar el salón de clase no como lugar de reproducción del saber sino de su creación.
      Un abrazo,
      Bernat