A las criaturas que llamamos animales, sin la pretensión de que lo que escribo les haga falta.
Aunque sato, en rigor, es la palabra exacta para describir nuestros largos periplos de mezclas y sincretismos, no creo que podamos ya reclamar ese nombre siquiera. Las satas son demasiado buenas.
Entre el dogma de la tradición judeo-cristiana que arbitra la presencia o ausencia del alma y la moral y el dogma de la tradición filosófica continental que hace lo propio respecto a la razón y el lenguaje, la especie humana en Occidente lleva siglos contándose a sí misma su indiscutible superioridad. Yo, dueña exclusiva de alma, moral, razón y lenguaje, soy imprescindible y tengo el poder –incluso la misión– de organizar el mundo, cuya inherente multiplicidad y diferencia me resulta amenazante. Como tal, decido mi posición en el tope de arreglos jerárquicos que, por supuesto, también decido yo. Desde allí, procedo racional y libremente a someter al mundo a mi manipulación, control y vigilancia. El proceso asegurará, en todo momento, mi conveniencia y supervivencia, y para que así conste y sea obedecido, lo declaro ley. La Ley del Padre.
¿Acaso esta lógica no es la misma que nos resulta absolutamente intolerable de las tiranías, sean las de los Creontes o las de las corporaciones?
No soy capaz de entender la asignación de superioridad a un edificio respecto a una telaraña o a un nido. No soy capaz de entender la asignación de superioridad a la mentira y el desdoblamiento nuestro respecto a la incapacidad que para ello tienen los irracionales. No soy capaz de entender la asignación de superioridad a la razón humana y sus legados de destrozo a escala planetaria respecto a la organización social de cualquier especie, por más “bárbara” que nos parezca. No soy capaz de entender la asignación de superioridad a nuestro lenguaje respecto al de ballenas, monos, yeguas, insectos, pájaros…
¿Por qué un oso que escapa del zoológico carga sobre sí el signo de la pena de muerte? Porque representa un peligro inminente, me contestan. ¿De veras podemos, fríamente, asignarle esa responsabilidad? ¿Quién ha sido el peligro milenario y a escalas trepidantes?
Ojalá, ojalá, las otras especies sobrevivan el apocalipsis que la humana ha construido tan meticulosamente sin esperar la venida de ningún dios. Serán los picos, las patas, las ramas y las alas las que nos pidan cuenta, como alguna vez en una entrevista Galeano anticipó. Mas no sé qué cuenta podremos dar porque no sé, de veras no sé, cómo hemos vuelto tolerable nuestra necrófila humanidad.
¿Alma? ¿Moral? ¿Razón? ¿Lenguaje?
Refuto.
