[dropcap]L[/dropcap]a primera novela de Patricia Highsmith, Strangers on a Train, tuvo éxito, pero alcanzó el estrellato cuando Alfred Hitchcock la compró y la convirtió en una película apreciada por los críticos y sumamente taquillera. La idea de la trama, dos desconocidos “intercambian” asesinatos: el primero matará el padre del otro, y ese a la mujer del primero, presagiaba que la autora tenía una intuición extraña para crear relaciones basadas en la mentira y el engaño. El gran Raymond Chandler, que no se llevaba con el director, escribió el guión con Czenzi Ormonde, y, de seguro, eso contribuyó en parte a que el filme fuese exitoso, pero la trama novel y macabra tuvo mucho que ver.
No fue hasta que Highsmith publicó, The Talented Mr. Ripley, en 1955 que su nombre comenzó a reconocerse ampliamente. No me refiero solo a ella, sino a Ripley. Tanto así que fue un francés, René Clément, el primero en llevarlo a la pantalla en 1960 con Alain Delon en el papel principal. La historia parece al principio ser simple. Tom Ripley está batallando con el mundo para poder sobrevivir en Nueva York. Está dispuesto a hacer cualquier cosa para establecer su existencia.

Dakota Fanning interpreta a Marge Sherwood en la miniserie de Netflix.
En una fiesta, en la que luce una chaqueta con el nombre de Princeton, el magnate Herbert Greenleaf le pregunta que si conoció allí a su hijo Dickie. Se suscita una conversación entre los dos en la que Tom hace ver que, no solo conoció a Dickie, sino que se estimaron desde el primer momento. La narrativa inventada de Tom convence al padre de tal manera, que le propone que viaje a Italia para persuadir a su hijo a volver a los Estados Unidos y dirigir el negocio familiar. Por supuesto, todos los gastos serán pagados. Ni tonto ni perezoso, Ripley ve en la propuesta una oportunidad para construir desde los cimientos una nueva vida. Ayuda a convencer al señor Greenleaf que Tom le recuerda a su hijo: es de la misma altura, seis pies y una pulgada, su figura es delgada, pero no flaca, y su rostro tiene cierto parecido. Por supuesto, Tom acepta. Lo hace después de averiguar algunas cosas sobre Mr. Greenleaf, incluyendo la enfermedad de su esposa, la madre de Dickie.
Cuando llega a su destino y conoce a Dickie Greenleaf y a su novia Marge Sherwood, continúa con sus mentiras y sus invenciones y comienza una relación de amistad con ambos. Entre muchas otras falsedades, le hace creer a Dickie, como hizo con su padre, que estudiaron en la misma universidad y que comparten la misma pasión por el jazz. Se las arregla para estar con ellos casi todo el tiempo y desarrolla una teoría de los sentimientos de uno para el otro: Dickie se quiere a sí mismo más de lo que quiere a Marge. Ella no es ninguna tonta e intuye que hay algo más que amistad en la forma en que Tom se comporta con Dickie. Es un tema que está muy evidente en el libro y en la versión fílmica de 1999 Anthony Minghella: el homoerotismo abunda. Y la actuación de Matt Damon como Ripley no deja dudas. Pero, sin embargo, cuando Dickie empieza a cansarse de su compañía y de su dependencia, los sentimientos de Ripley se desmoronan. Su nuevo estilo de vida está a punto de desaparecer y tendrá que usar todo se talento para la supervivencia para no perderlo.
En la nueva adaptación en Netflix, una serie creada, escrita y dirigida por Steven Zaillian, el tema homoerótico es un poco subliminal, pero hay una sensación inescapable de que Marge sospecha que ese es uno de los motivos de Ripley y no descarta que sea parte del repudio que de súbito desarrolla Dickie por él. Encontré cierto paralelismo en el libro y en la serie con, el sentimiento de Tom por Dickie, alguien que está muerto, con la obsesión de Scottie (James Stewart) por Madeleine (Kim Novak) en Vertigo de Alfred Hitchcock (1958). No solo quiere personificar a un muerto, sino usar su ropa, sus anillos, escribir con su pluma fuente y vivir como él. Es lo que quería hacer Scottie con la muy viva Judy Barton (Novak), quien personificó a Madeleine antes y después de su muerte. Es la necrofilia llevada al extremo de querer representar al muerto y convertirse en él .
Aunque la serie se aparta a veces de otras interpretaciones fílmicas y del libro, la cinematografía en blanco y negro es hermosa y a tono con lo que está sucediendo. De hecho, si uno vuelve a leer el libro se da cuenta que es en blanco y negro. El suspenso de cada capítulo está fundado en las situaciones creíbles dentro de una trama que sería imposible -en nuestra época de teléfonos inteligentes y fotos instantáneas- aceptar hoy día. Pero, hay que aceptar que estamos en Italia solo diez años después de la Segunda Guerra. Lo otro es que, a pesar de que el actor Andrew Scott, que interpreta a Ripley tiene su atractivo, no es Matt Damon, ni muchísimo menos Alain Delon, a quienes le sobra carisma para convencernos de que se pueden salir con las suyas siempre. Tampoco es John Flynn (Dickie) el muy apuesto y convincente Jude Law, que representó a Dickie en la versión de Minghella. Sin embargo, la fotografía, las actuaciones atinadas, el trasfondo de las tomas, y la música, permiten ver los ocho capítulos sin mucha dificultad.
