
Portada del libro de Manuel Martínez Maldonado, «Las obras cumbre del Teatro Puertorriqueño: René Marqués. Exilio, coloniaje y fuentes»
Celebro toda publicación sobre nuestro teatro, especialmente en un país sin foros estables para el pensamiento crítico. Los libros, más que las redes o la prensa colonizada, nos permiten dejar constancia de una dramaturgia viva que, en su mejor momento, encara la violencia estructural del coloniaje. En este marco, el libro de Martínez Maldonado es una provocación saludable: aporta, sacude, polemiza y, sobre todo, interpreta.
Desde el inicio, dejé saber al autor que no comparto todas sus conclusiones, y con su habitual profesionalismo me dio licencia para decir lo que pensara. Y así lo hago. La crítica, si ha de serlo, debe partir del criterio. Y el criterio requiere experiencia, elementos de comparación, marcos ideológicos y, sí, también afectos. No hay crítica sin contexto, ni juicio sin historia.
Martínez Maldonado defiende que Marqués no convierte La carreta ni Los soles truncos en manifiestos políticos. Discrepo. Ambas obras están atravesadas por una crítica a la colonialidad que no es velada ni secundaria. Que su forma sea simbólica no niega su carga ideológica. Reducir la emigración a un drama emocional es olvidar que el despojo tiene raíces políticas. En ese sentido, Marqués es, y sigue siendo, un dramaturgo político.
El autor propone que La carreta y Los soles truncos constituyen el pináculo creativo de Marqués. Aquí también disentimos. Si bien ambas han sido impuestas por décadas como lecturas escolares, eso no las convierte en cumbre alguna. Obras como Tiempo Muerto de Méndez Ballester o Vejigantes de Arriví superan a estas piezas tanto en estructura como en profundidad dramática. Afirmar lo contrario requiere obviar buena parte del corpus teatral puertorriqueño.
Martínez Maldonado aporta una lectura novedosa al sugerir la influencia de Tobacco Road en La carreta, lo que abre conexiones transnacionales interesantes. Sin embargo, omite la deuda más cercana y directa con El desmonte (1940), de Gonzalo Arocho del Toro. Ambos arecibeños, ambos conocedores del desarraigo rural, y ambos escritores de escenas casi idénticas. La intertextualidad no es sospechosa, es histórica. Y es un dato que vale la pena poner sobre la mesa.
Uno de los aciertos más provocadores del libro es su lectura del personaje de Luis. Martínez Maldonado explora su falta de deseo sexual y sugiere que podría tratarse de un eco simbólico de la homosexualidad reprimida del propio Marqués. No afirmo ni niego la hipótesis, pero sí reconozco su potencia crítica. El cuerpo en la dramaturgia marquesiana está cargado de silencios, culpas y derrotas. Y ese silencio, si se escucha bien, dice mucho más que lo que se grita.
Sobre Los soles truncos, el autor subraya sus contradicciones ideológicas: una obra católica, europeizante y burguesa, escrita por un independentista de discurso radical. Coincido. La pieza no enmascara su nostalgia por un pasado decimonónico y excluyente. Y eso, en el contexto de un teatro que pretendía denunciar el coloniaje, resulta problemático. Marqués era un liberal conservador, y en esa contradicción habita toda la tensión de su teatro.
Martínez Maldonado se luce en su análisis escénico. Divide las etapas migratorias de La carreta con lucidez, examina la psicología de sus personajes sin moralismo, y acierta al reconocer que el protagonista real es Luis. En sus análisis sobre Los soles truncos, especialmente al abordar la dinámica entre Inés y sus hermanas, toca fibras profundas de género, sacrificio y alienación. Leí con placer estas secciones, incluso cuando me alejaban de mis propias lecturas.
Lo que no comparto es su decisión de no incluir en su estudio otras obras igualmente relevantes, lo cual limita el alcance de sus conclusiones. Tampoco me convence la afirmación de que Marqués fue pionero en tratar el exilio. Ese tema recorre nuestra literatura desde el siglo XIX. Y usar la palabra «panfletario» para referirse a ciertos tonos políticos en el teatro me parece riesgoso: ¿de verdad es panfleto toda protesta? ¿Dónde queda entonces el teatro nacional como resistencia?
Aun así, reconozco el mérito del libro como detonante de nuevas discusiones. No es un texto complaciente. No es un elogio sin fisuras. Es, sobre todo, una lectura apasionada que dialoga, incomoda y desafía. Y eso, en estos tiempos de consenso superficial, se agradece profundamente.
Gracias a Manuel Martínez Maldonado por la valentía de escribirlo, y por permitirnos entrar en su crítica con los zapatos embarrados de historia, política y teatro.
