El mundo del velorio “exótico”
Me alegra poder reseñar este trabajo del colega sociólogo Luis Javier Cintrón-Gutiérrez y abrir este espacio de intercambio en la Universidad de Puerto Rico en Humacao en torno a su libro El muerto parao: Velorios, marginalidad y performance en el Puerto Rico contemporáneo (Ediciones Flamboyán, 2025), recién salido del horno.
La muerte y los rituales asociados a ella han ocupado un lugar central en la historia de la humanidad. Como bien plantea el autor, en nuestra cultura la muerte siempre ha formado parte de la cotidianidad, de la reflexión sobre el sentido de la existencia, de la condición colonial y de la identidad cultural caribeña. Me atrevo a decir que —independientemente de la forma que tome el velatorio— hay algo de performático en todo duelo y despedida.
Este libro propone una mirada etnográfica y sociológica a los llamados velorios exóticos: una práctica funeraria que, pese a su aparente marginalidad, expone dimensiones profundas de nuestra vida social y cultural. Cintrón-Gutiérrez describe cómo, en estos rituales, “se expone el cadáver fuera del ataúd, asumiendo posiciones que evocan segundos de vida de las personas en cuestión. Esta práctica mortuoria tiene la peculiaridad de plasmar el cuerpo en posiciones que evocan un last performance o última escenificación, retando la lógica de ser cadáver y adoptando posiciones que simulan actos de vida” (p. 17).
La propuesta de Cintrón-Gutiérrez conecta rápidamente con el concepto de imaginación sociológica desarrollado por C. Wright Mills a finales de la década de 1950, probablemente una de las ideas más potentes de la sociología moderna. Este concepto se refiere a la capacidad de ir más allá del evento individual y conectar la experiencia personal con procesos sociales e históricos más amplios. Mills advertía que solemos interpretar nuestros problemas individuales como si fueran resultado exclusivo de nuestras decisiones personales. Sin embargo, fenómenos como el desempleo, la pobreza o la violencia reflejan estructuras sociales, procesos económicos y decisiones políticas que trascienden lo individual. Todos estos procesos se entrelazan en el análisis que propone Cintrón-Gutiérrez sobre los “estilos de vida y actitudes que predominan en los velorios exóticos” (p. 18).
¿Qué son los velorios exóticos y por qué nos interpelan? ¿Qué dicen sobre nuestras jerarquías sociales y culturales? ¿De qué manera revelan cómo la muerte se convierte en mercancía y espectáculo mediático? ¿Qué relaciones pueden observarse entre este fenómeno y la violencia estructural —económica, racial y territorial— reflejada en estos rituales? ¿Cómo puede la etnografía acercarnos a una comprensión de la narcocultura y de las culturas subalternas más informada sociológicamente, menos punitiva y más humanizada? Estas son algunas de las preguntas que emergen al navegar el texto.
En esta exposición —más que reseñar el libro de manera clásica— me interesa destacar su relevancia para nuestra comunidad de aprendizaje, subrayando algunos de sus ejes temáticos.
II. Exclusión, marginalidad y colonialidad del poder
Durante una presentación reciente en la Universidad de Puerto Rico en Humacao, pregunté al grupo de estudiantes presente si estaban familiarizados con los velorios denominados “exóticos”, y constaté que no necesariamente. Nuestra comunidad estudiantil —nacida mayoritariamente a partir de la década de 2000— está, en términos generales, más vinculada a entornos rurales y suburbanos fuera de la zona metropolitana de San Juan.
Como muestra el autor, en Puerto Rico este fenómeno se vincula principalmente con las culturas urbanas y los barrios marginados del área metropolitana. Esta observación resulta clave: en la propia historia y conformación de la ciudad —y en las políticas estatales diseñadas para paliar la pobreza durante la industrialización y modernización del país— se han reproducido dinámicas de exclusión, marginalidad y colonialidad, tanto en lo geográfico como en lo simbólico (véase, por ejemplo, el trabajo de la socióloga Linda Colón).
Un argumento central del autor es que “los velorios observados tienen la particularidad de ser productos de la exclusión y la marginalidad puertorriqueña” (p. 18). Empleando de forma muy pertinente la teoría de la colonialidad del poder de Aníbal Quijano, Cintrón-Gutiérrez va develando el telón de fondo de estos rituales. El estilo de vida, las actitudes y otros elementos que forman parte de este performance no deben entenderse —como advierte en el prólogo Jossiana Arroyo-Martínez— simplemente como un acto de negación de la muerte, ni reducirse a la influencia aislada de la narcocultura.
Por el contrario, estos velorios y las culturas que los rodean deben comprenderse como expresión de un proceso de exclusión más complejo, atravesado por la ideología capitalista neoliberal y por amplias dinámicas de poder e inequidad. El autor observa que dicho proceso se ve reforzado por políticas públicas de carácter colonial y punitivo, como la Mano Dura contra el Crimen, que resultó en la militarización de facto de los residenciales públicos y otras comunidades marginadas durante la década de 1990. Se trata, en definitiva, de una mirada transversal que conecta la estética del duelo con estructuras históricas de desigualdad y colonialidad.
Desde esta perspectiva, pueden trazarse conexiones directas entre la precariedad que atraviesa amplios sectores de la sociedad puertorriqueña y el avance de la economía informal. Una parte significativa de esta economía está asociada a la dinámica del narcotráfico. El ciclo de pobreza y violencia se perpetúa porque —en ausencia de un proyecto de desarrollo humano y económico inclusivo— la narcocultura se consolida como referente simbólico y material. En este contexto, Cintrón-Gutiérrez, citando a Córdova, señala que dentro de la economía ilícita más amplia “el narcotráfico se ha solidificado como una actividad económica más para acceder a bienes y al ascenso social” (p. 34).
III. La muerte como mercancía y espectáculo
Luis Javier Cintrón-Gutiérrez analiza diversas manifestaciones culturales que conforman la iconografía de los velorios exóticos. Su registro abarca desde la música que acompaña estos rituales y la producción y venta de objetos conmemorativos —como camisetas y memorabilia— hasta las dinámicas colectivas de familiares y allegados, así como el papel de los medios de comunicación en la espectacularización de estos eventos.
Aunque el autor aborda múltiples significados en torno a la muerte, pueden destacarse tres dimensiones fundamentales: la muerte (1) como espacio límite abierto a la interpretación de los vivos, (2) como proceso de socialización determinado por factores sociales, políticos y económicos, y (3) como producto cultural y mediático inscrito en la lógica capitalista (p. 23).
Desde esta perspectiva, los velorios exóticos pueden leerse a la luz de lo que Sayak Valencia denomina capitalismo gore: una racionalidad que emerge en contextos de marginalidad, exclusión y pobreza, donde la violencia deja de ser una patología social para convertirse en mecanismo de supervivencia y forma de movilidad o reconocimiento. Este proceso incide también en la construcción de identidades y en la búsqueda de respeto dentro de entornos precarizados.
En este marco, el velorio se transforma en espectáculo: un acto público que proyecta un estilo de vida y una narrativa sobre la muerte vinculada al universo de la narcocultura. La identidad que se construye en estos rituales no se articula en torno al ascenso social mediante el trabajo formal, sino mediante una economía simbólica asociada al narcotráfico y sus imaginarios. Estos “ritos funerarios emergentes” reflejan las aspiraciones de sectores marginados que encuentran en la narcocultura una vía de sustento y una forma de enfrentar la muerte.
Cintrón-Gutiérrez sintetiza que “cuando se plantea el concepto de narcocultura se habla esencialmente de un giro en el quehacer cotidiano basado en la búsqueda del dinero, la fama y el ostentar objetos caros sobre la moral y la ley del sistema estatal, cuyo motor principal son las economías informales del narcotráfico y sus imaginarios” (p. 33).
Las observaciones del autor permiten identificar rasgos recurrentes en estos rituales: (1) el culto al ocio y al consumo ostentoso como forma de legitimación social, (2) la conversión del velorio en espectáculo que exalta la cultura de la violencia y de la calle, y (3) una filosofía de vida que privilegia el exceso y el disfrute inmediato, aun a riesgo de una muerte temprana.
El análisis del papel de los medios de comunicación revela cómo la prensa y las redes sociales amplifican la visibilidad de estos rituales, otorgándoles nombres, categorías y proyección global. En ausencia de un debate político serio sobre la violencia y la desigualdad, los medios se convierten en el principal espacio de producción de sentido, a menudo desde el sensacionalismo. Como apunta el autor, “los funerales se han convertido en objetos mediáticos”, absorbidos por el capital y reproducidos como mercancía cultural.
Un dato inquietante es que entre el 70 % y el 80 % de los homicidios en Puerto Rico están vinculados al narcotráfico, lo que lo ha convertido en la principal causa de muertes violentas desde la década de 1980 (p. 73). Ni los residenciales públicos, ni la política de Mano Dura, ni la presencia de agencias federales han logrado contener esta problemática. La violencia y su representación se han naturalizado como parte de la vida cotidiana, filtrándose en los espacios íntimos, artísticos y rituales.
IV. Relevancia del estudio etnográfico
Uno de los mayores aciertos del libro es su aproximación etnográfica rigurosa. Como señala Arroyo-Martínez en el prólogo, “el autor es testigo, interlocutor y participante de estos velorios exóticos” (p. 11).
Este acercamiento recuerda el trabajo del antropólogo Philippe Bourgois en En busca de respeto: Vendiendo crack en Harlem, quien subraya que las técnicas de observación participante han demostrado ser más adecuadas que las metodologías cuantitativas para documentar la vida de sujetos marginados por sociedades hostiles.
La ausencia de enfoques etnográficos en la política pública tiene consecuencias concretas: muchas decisiones institucionales se toman desde visiones parciales, cargadas de prejuicios, que encubren las raíces estructurales de los problemas que pretenden atender.
El mérito del trabajo de Cintrón-Gutiérrez radica en articular observación participante, entrevistas no estructuradas, análisis mediático y datos censales para explorar los velorios exóticos como expresiones de una cultura marginal, pero profundamente presente en la cotidianidad puertorriqueña. La muerte y el velorio se configuran como un último performance que, retomando a Bourdieu, opera como distinción social y reclamo de reconocimiento: una afirmación de pertenencia y diferenciación mediante una estética propia donde lujo, cultura de calle y bling-bling funcionan como signos de estatus y resistencia simbólica.
El trabajo de campo permite acceder íntimamente a estos espacios públicos. Un ejemplo ilustrativo es el caso de Jomar Aguayo en la barriada Israel (p. 52), donde la puesta en escena del funeral —el fenecido jugando dominó, la música a alto volumen, el bizcocho compartido, las cervezas y un ambiente irreverente— convierte el velorio en un espectáculo de transgresión y ocio en medio de la violencia cotidiana.
El cruce de métodos cualitativos y cuantitativos permite al autor reconstruir un perfil social revelador: predominan muertes violentas, velorios localizados en zonas marginales del área metropolitana de San Juan, muchos de ellos en residenciales públicos; las edades de los fenecidos oscilan entre los 22 y 24 años; y, salvo excepciones, las víctimas son mayoritariamente hombres, lo que apunta a dinámicas de género y a una cultura marcadamente machista.
Cintrón-Gutiérrez sitúa estos rituales en el contexto del neoliberalismo posfordista, caracterizado por el colapso del modelo industrial y del Estado benefactor, la expansión de la precariedad laboral y la economía informal, y la redefinición de las aspiraciones sociales a través del consumo y los símbolos de éxito. Su diálogo con el trabajo de Muñiz Varela resulta particularmente pertinente al señalar el fracaso del populismo reformista y del Estado benefactor como pilares de un modelo desarrollista sostenido en el endeudamiento individual.
Desde mi perspectiva, El muerto parao debería convertirse en referencia obligada en cursos de Ciencias Sociales e investigación cualitativa por: (1) ofrecer una lectura sociológica y decolonial de la violencia y la marginalidad, (2) demostrar el potencial analítico de la etnografía para comprender fenómenos sociales emergentes, y (3) articular una narrativa sólida a partir de fuentes diversas.
Referencias mínimas
Bourgois, P. (2010). En busca de respeto: Vendiendo crack en Harlem. Siglo XXI Editores.
Cintrón-Gutiérrez, L. J. (2025). El muerto parao: Velorios, marginalidad y performance en el Puerto Rico contemporáneo. Ediciones del Flamboyán.
Colón Reyes, L. (2023). La herencia de la exclusión: Desigualdad y pobreza. Puerto Rico, siglo XXI. Publicaciones Gaviota.
Mills, C. W. (1959). The sociological imagination. Oxford University Press.
Valencia, S. (2010). Capitalismo Gore: Control económico, violencia y narcopoder. Melusina.
