Este libro titulado ISLA: ENTRE MARES Y COLINAS contiene poemas rescatados del olvido por su autor, el doctor y poeta Manuel Martínez Maldonado. Según comunica en un correo electrónico dirigido a Rafael Trelles, estos poemas pertenecen a los años entre 1961 y 1973. Estamos, pues, ante textos de juventud y de una temprana madurez, en el inicio de una brillante y destacada plenitud profesional en el campo de la medicina y la investigación científica. Detrás de ese joven académico se agazapaba otra pasión —despertada en su infancia y jamás abandonada—: la literatura y, en particular, la poesía (de este género ha publicado ya cinco libros, todos escritos con posterioridad a los que aquí se reseñan).

Portadada del libro de poesía de Manuel Martínez Maldonado Isla entre mares y colinas
La obra presenta dos secciones bien definidas: los primeros catorce poemas constituyen un conjunto con notable coherencia poética. El resto versa sobre la patria —Puerto Rico—, esa isla entre mares y colinas a la que alude el título. El autor se inscribe en una larga tradición de la lírica puertorriqueña, entre cuyos exponentes podemos destacar a José Gautier Benítez, Virgilio Dávila, Juan Antonio Corretjer, Edwin Reyes o José Luis Vega, por mencionar algunos. Uno de los poemas de esta sección, el 28, “El viento y tú” (el único fechado, 6 de septiembre de 1955), es un hermoso homenaje a una amada que se funde con el paisaje isleño que le sirve de marco. Ella, cercana, se abre al amor “como rosa, como lirio”, mientras ese mar anhelado parece permanecer lejos de la voz poética, que lo evoca con nostalgia al tiempo que se aferra a la mujer. Intuyo que ella forma parte de esa isla y de ese mar distante, y funciona como presencia de aquello que permanece en la nostalgia cuando se vive lejos de la patria.
El poemario abre con unos versos poderosos: “Este dolor de hoja muerta / que siento latir / aquí dentro, / es luz que llevan mis brazos / al infinito cielo”. De entrada aparece el motivo de la hoja muerta —o las hojas muertas— que vertebra la sección inicial. De inmediato nos enfrentamos a un dolor que parece incesante e irremediable. En un giro lorquiano, “algo de hoja muerta / tiene la luna esta noche”. Se nos aclara que esa luna “está amarilla / y sola, pero no es que esté en pena”. Es inevitable advertir aquí ecos de Juan Ramón Jiménez, por la alusión al amarillo y a las hojas. Sabemos cuán importante fue Jiménez para nuestro autor, que pudo conocer y tratar personalmente al poeta de Moguer, entonces residente en Puerto Rico. Curiosamente, en Juan Ramón el amarillo suele asociarse a la primavera, las flores y la vida, mientras que en la poesía de Martínez Maldonado adquiere tonos otoñales, con lo que ello implica en términos de dolor, pérdida y pasado.
No siempre, sin embargo, predomina el otoño. En el poema 3, “Retoño”, se atisba la esperanza y aparece una luna “roja y nueva, / que esparce sus brazos húmedos / entre los astros” y da paso a la mañana. Pero en el siguiente texto “el tiempo pasa triste… / y un perfume de hoja muerta / pasa sobre él, / en el pico de un pájaro”. Toda esta sección oscila entre la nostalgia y un ferviente anhelo de vida y verdor. ¿Desea la voz poética el regreso a la exuberancia del trópico y de la primavera, mientras permanece en pleno otoño en un país que le resulta ajeno? Estas interrogantes parecen responderse afirmativamente en la segunda parte del libro.
En el poema 8, “Lluvia”, los ojos besan las hojas y exhortan a otra persona a hacer lo mismo. La imagen recuerda a Garcilaso de la Vega —“Yo hago con mis ojos crecer, lloviendo…” (Égloga I)—. Esas lágrimas que “besan” las hojas acaso desean devolverles la vida, transformarlas en primavera. Tampoco se nos escapan los ecos de Walt Whitman y sus Leaves of Grass, abundante en hojas muertas o, más aún, podridas. Y cómo olvidar la hermosa canción “Les feuilles mortes”, compuesta por Jacques Prévert en 1945, con su célebre versión en español, “Las hojas muertas”. Todas estas posibles intertextualidades no restan originalidad a la poesía de Martínez Maldonado: más bien emplean y potencian un motivo literario, enriqueciéndolo con un universo propio, rico y sugerente.
Valgan algunos ejemplos: “Este dolor de hoja muerta, / es de estío, de nube que vuela al viento”. La mención al vuelo —y al pájaro— sugiere el deseo de trasladarse a otro paisaje, uno de hojas vivas. Este impulso se acentúa en los versos: “¡Cambie el viento! / Y volando al aire entre tantas hojas secas, / y entre los troncos por donde viaja la aurora, / harás tú la primavera”. ¿Es ese “tú” la amada, o la imaginación anhelante del propio poeta? No es necesario saberlo: el poema se mantiene ahí, en el misterio que es la fragancia de la mejor poesía. De hecho, es la poesía la que construye un paisaje alterno al que vive la voz poética; un paisaje lejano que se extraña y evoca con nostalgia, y que se crea a través de los versos. Así lo sugiere la imagen: “Sueñas tú con las brumas / de tu yo sin nombre / y se abre entre mis manos / tu esencia del ser / que es poema de horizonte”.
Resulta difícil precisar quién o qué es ese “tú”, porque todo remite al “poema de horizonte”, expresión que conjuga nostalgia y realidad. La realidad del poema se antepone a ese horizonte vislumbrado, imaginado o deseado. El poeta triunfa, así, sobre las hojas muertas de la nostalgia y la pérdida, porque consigue crear el poema que evoca y, al mismo tiempo, genera aquello que desea reencontrar.
Considero que la segunda sección del libro se dedica a la isla de Puerto Rico, patria del autor. En un correo electrónico dirigido a Rafael Trelles y a mí, el poeta revela que los escribió mientras se hallaba en Toledo (Ohio), en 1961, “y con la posibilidad de no volver. Es algo que me sucedió con más intensidad cuando me quedé en Tejas ocho años hasta volver en 1973”. Sin duda, esa posibilidad de no regresar a la patria acentúa el desgarro y la nostalgia: “Las eternidades son sin ti / infinitas”. También nos señala Martínez Maldonado que la isla se convierte en patria y en mujer. Más aún, estimo que se trata de una figura femenina maternal; por ejemplo, en estos versos: “¿Cuándo grabaste en mi pecho / esta canción de cuna? Mécete pensando / en las fronteras que definen nuestras vidas”. Y, más adelante: “Se podrán diseñar nuevos ocasos. / Por lo menos uno / que crearé para ti, / para que lo mezas, / como a un niño en tu regazo”.
Ese anhelo de ser acunado por una isla nutricia se desdibuja cuando el yo lírico le reprocha: “No amamantas a tus hombres; no acurrucas / en tu cuna los astros de la mente”. Esta patria ha perdido parte de su nombre (Rico): se ha quedado en mero “Puerto” y ha extraviado su identidad —“¿dónde dejaste tu alma?”—; hasta “la poesía ha naufragado”. La llama “inútil calavera abandonada… ¡Oh, patria que ha perdido la oración, oveja enclenque / que ha perdido la Esperanza!”. (Cabe recordar que la oveja alude al escudo de Puerto Rico, donde aparece una oveja que representa a San Juan Bautista, nombre original de la isla). La exhorta a despertar con imperativos: “Despérzate. / Transfúndete con luz. Embriágate de antídoto para las tinieblas”.
Frente a esos verbos exhortativos, casi al final del libro asoma una esperanza más concreta: ahora utiliza el presente para anunciar que su patria logrará reencontrarse con su identidad perdida y renacerá en ella la primavera, la vida: “mi isla entreabre los ojos / y resuelve lo misterioso de su pasado indígena, / buscando sus raíces / para hacerle un nido a la primavera…”.
Entre los poemas de esta sección, destacan dos por su particular densidad simbólica. El primero, “Sembrador de falsedades”, por la original metáfora del toro y el toreo. El toro representa la mentira, y sus cuernos son signos de interrogación. Resulta inevitable la comparación —por contraste— con el famoso “Josco” de Abelardo Díaz Alfaro, donde el toro es la patria indómita; o con “La brecha” de José de Diego, que invita a resistirse a la opresión: “Haz como el toro acorralado: ¡Muge! / O como el toro que no muge: ¡Embiste!”. Aquí, en cambio, el toro de la falsedad será enfrentado por el torero que, con su “celeste capote / de las antiguas verdades”, le planta cara y le prende “banderillas salvadoras”. “No embestirás el alma / de este pueblo seco”, sentencia el poema; “y el estoque final / secará tu belfo para siempre”. ¿Sugiere esta imaginería —tan hispánica— que la tradición cultural forjada resiste y triunfa frente a los embates y falsas promesas del imperio invasor norteamericano y sus intentos de asimilación?
El poemario cierra con un bellísimo canto, casi testamentario, titulado “Aquel día”, que expresa la esperanza y el anhelo de permanecer tras la muerte. Merece leerse completo:
Algún día
Hoy lo he pensado por primera vez.
Algún día desandaré todo este largo trazo
que he perseguido hasta esta tarde llena de trinos.
No quiero conocer el llanto de esta forma.
No quiero que entierren a mi osito de paja,
ni a mi voz, ni a mi guitarra, ni a mi canción,
ni a mi verso, ni las cosas que dejé inconclusas.
Quiero ser sinfonía en el viento,
que cada fracción de mí vuele sobre el mar,
sobre cada ruta que esté libre de sombras.
Quiero que cada ciclo se distinga
por la metamorfosis que contendrá
los átomos inconfundibles de mi cuerpo.
Que pueda ser la esponja que seca
cada lágrima, cada lamento.
Que no quede olvidado por los besos
que no di, por palabras que no escribí,
por el peso de eso que llaman destino
que esconde los enigmas que se funden
sin que se puedan resolver por el camino.
El científico que habita al poeta no hace referencia a trascendencias ni inmortalidades: solo al deseo de seguir siendo un recuerdo consolador y útil en su metamorfosis natural. Espera no ser olvidado ni por lo que dejó de hacer ni por el destino. No sabe Manuel Martínez Maldonado que es imposible olvidarlo por ser quien es y cómo es, y que su poesía deja un rastro indeleble en el corazón de quien se acerca a ella.
